martes 24 de mayo de 2022
DOMINGO LIBRO
10-04-2022 04:15

Desigualdad y justicia

Guía para entender un concepto clave.

10-04-2022 04:15

Pocos términos ocupan un lugar tan central en el debate económico y político como el de “desigualdad”. Es difícil que esta palabra no figure en un discurso o arenga política; invariablemente, en casi cualquier discusión pública se invoca la idea de equidad y la necesidad de reducir las disparidades económicas. La desigualdad figura año tras año entre las principales preocupaciones de la opinión pública en todas las encuestas y sondeos. Esta preocupación no es nueva: la rebelión contra las muestras de excesiva desigualdad económica ha sido central en casi todas las revoluciones y cambios sociales a lo largo de la historia. El concepto de “desigualdad económica’’ es simple de entender: alude a diferencias entre personas o grupos en el ingreso, la riqueza y el acceso a oportunidades económicas. La idea de desigualdad es, además, tangible: la experiencia cotidiana nos enfrenta a situaciones diarias donde la desigualdad económica resulta palpable, evidente. Las brechas se manifiestan en el ingreso y la riqueza, pero también en el acceso a la educación, la vivienda, la salud, el empleo, y se extienden a cada rincón de la vida cotidiana: en promedio, las personas de ingresos más bajos tienen menos horas de ocio para pasar con sus hijos, participan menos de la vida política, están más afectadas por el problema de la inseguridad, se enferman con más frecuencia, se mueren antes. La desigualdad no es una rareza de algunas sociedades modernas, sino que es una característica distintiva de las formas de organización humana. Los antropólogos discuten aún los orígenes de la desigualdad económica, pero acuerdan en que las comunidades humanas son desiguales al menos desde el surgimiento de la agricultura y el sedentarismo, hace más de diez mil años. Casi no hay ejemplos en la historia de sociedades igualitarias, donde primen los valores de la cooperación, el altruismo y la armonía. En cambio, la desigualdad económica y social, la concentración política y con frecuencia la violencia han sido moneda corriente en todas las civilizaciones pasadas. Todas las maravillas arquitectónicas que hoy admiramos —las pirámides egipcias, las ruinas mayas, Machu Picchu, la Gran Muralla china, los grandes palacios y catedrales europeos— son obras grandiosas construidas a partir de un orden económico y político muy desigual. Este dato no implica que la desigualdad sea un fenómeno inmutable, imposible de resolver, pero deja muy en claro que eliminarla no debe ser tarea sencilla. La contundencia de la evidencia, actual e histórica, sugiere que existe alguna tendencia humana profunda hacia organizaciones sociales desiguales. 

Pobreza y desigualdad 

Distinto es el caso de la pobreza: mientras que las desigualdades están tan presentes en la actualidad como en muchas sociedades antiguas, el desarrollo económico y tecnológico ha permitido avances, al menos contra las manifestaciones más extremas de la pobreza. Sin duda, millones de personas en el mundo aún viven en situaciones muy precarias y muchas mueren de hambre, lo que convierte a la pobreza extrema en una vergüenza para nuestras sociedades, pero la magnitud del drama es menor en comparación al pasado histórico. Es tiempo de detenerse en algunas precisiones básicas. Pese a que los términos “pobreza” y “desigualdad” aluden ambos a problemas sociales y es común que aparezcan juntos en discursos y documentos, son 25 conceptualmente distintos. Mientras que la idea de desigualdad implica la comparación de alguna variable entre personas o grupos, la idea más extendida (no la única) de pobreza involucra una comparación contra algún umbral o valor fijo. Si el ingreso es distinto entre dos personas se dice que hay desigualdad, mientras que si el ingreso de alguna de ellas (o de ambas) es inferior al umbral de la línea de pobreza, se afirma que hay pobreza. Es posible que en una sociedad la desigualdad sea alta y la pobreza baja, como ocurre en Estados Unidos, un país en el que poca gente sufre carencias materiales extremas pero donde las brechas de ingreso son muy anchas. También es posible que la desigualdad sea baja y la pobreza alta, como en algunos países poco desarrollados de Asia y África, donde casi toda la población sufre carencias semejantes. A diferencia de la desigualdad, la pobreza es un problema que no ofrece demasiadas complicaciones conceptuales: la consideración de la pobreza como un mal social es hoy en día casi universal. Con la posible excepción de grupos muy conservadores o reaccionarios, en la actualidad todos justificamos y promovemos acciones, ya sea públicas o privadas, para aliviar las situaciones de carencia material extrema. En los Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas, aceptados por todos los países, la meta número uno para 2030 es “poner fin a la pobreza en todas sus formas en todo el mundo” y la número dos es “hambre cero”. Ni la desocupación, ni el medio ambiente, ni la igualdad de género, ni la desigualdad ocupan ese lugar central, al menos en la retórica pública. El objetivo de bajar la pobreza es claro, urgente e incontrovertible. En contraste, el argumento de la desigualdad como un mal social es mucho más discutido. Después de todo, ¿cuál es el problema con que dos personas tengan ingresos distintos? En particular, ¿cuál es el problema si ninguna de ellas sufre privaciones? ¿En qué sentido las desigualdades económicas nos resultan socialmente preocupantes? En la superficie, estas preguntas podrían parecer de respuesta obvia, pero basta notar la cantidad de filósofos y científicos sociales que han escrito y debatido sobre el tema —Platón, Rousseau, Marx, Rawls, Sen, por citar unos pocos— para reconocer su dificultad conceptual. Reflexionar sobre estas preguntas no es un mero ejercicio intelectual: las respuestas tienen implicancias directas y profundas sobre la necesidad de hacer o no políticas redistributivas, sobre su intensidad y sobre el papel del Estado, es decir sobre las cuestiones más centrales del debate en política y economía. Comencemos por ordenar la discusión. Existen dos razones fundamentales por las que preocuparse por la desigualdad: la primera es moral y la segunda instrumental. Nos preocupa la desigualdad como un problema ético y también nos preocupa por sus efectos nocivos sobre otros factores que valoramos, como la estabilidad institucional, la seguridad o el crecimiento económico. Comencemos explorando estos motivos instrumentales. 

Los efectos nocivos de la desigualdad 

Imaginemos una sociedad ideal. Seguramente compartamos con los lectores algunas características generales: sería una sociedad integrada, con bajos niveles de conflicto y sin violencia, donde haya confianza en el prójimo, instituciones estables y pleno funcionamiento de la democracia. Pues bien, todas esas características están negativamente afectadas por el nivel de desigualdad económica. Numerosos estudios de distintas disciplinas sugieren que cuando las brechas de ingreso, riqueza y oportunidades económicas son muy amplias, las sociedades se segregan en grupos que se alienan en sus propias realidades, y en consecuencia la confianza en el prójimo se reduce, las instituciones políticas se vuelven más inestables y los conflictos se hacen más frecuentes y violentos. Algunas de las voces más autorizadas en temas distributivos -el premio Nobel Angus Deaton, Anthony Atkinson o el más mediático Thomas Piketty- han advertido que el aumento de la desigualdad económica en los países desarrollados podría comprometer el propio funcionamiento de la democracia: en un contexto de grandes disparidades de riqueza el sistema político es más fácilmente capturado o influenciado por los grupos económicamente más poderosos y los mecanismos básicos de la democracia dejan de actuar con normalidad. El problema es potencialmente más grave en países con niveles de desigualdad más altos y sistemas democráticos más frágiles, como los latinoamericanos. En un estudio realizado en el CEDLAS de la Universidad Nacional de La Plata, encontramos que en América Latina la volatilidad en las instituciones políticas, la fragilidad en el cumplimiento de las leyes y el conflicto social están estrechamente asociados a la desigualdad y la polarización económica. El efecto desestabilizador de las grandes desigualdades no es solo una amenaza posible; es un fenómeno que se ha repetido muchas veces en la historia. Noah Webster nos recuerda que “Las causas que destruyeron las antiguas repúblicas fueron numerosas; pero en Roma, una de las causas principales fue la enorme desigualdad de fortunas”. Las consecuencias disfuncionales de la desigualdad no se agotan en la inestabilidad institucional y se extienden a otros aspectos de la vida civil. Muchos estudios, por ejemplo, sugieren que la desigualdad incentiva los comportamientos delictivos y violentos. En un reciente trabajo para América Latina, Ernesto Schargrodsky y Lucía Freira encuentran que los niveles de crimen están estrechamente asociados al grado de desigualdad económica. Un elemento clave en esta conexión es el sentimiento de injusticia que genera la desigualdad: si las diferencias económicas son percibidas como inequitativas, la aceptación de las normas sociales se debilita y los comportamientos disruptivos y desafiantes se vuelven más frecuentes.

Desigualdad y crecimiento.

Muchos afirman que la elevada desigualdad es perjudicial también para el crecimiento económico. En su excelente libro sobre los orígenes de la prosperidad, Daron Acemoglu y James Robinson aseguran que la clave está en el tipo de instituciones que se desarrollan y prevalecen en un país: extractivas o inclusivas. Las primeras están diseñadas para extraer rentas y riquezas del resto de la sociedad con el fin de beneficiar a una élite. Uno de sus ejemplos nos toca de cerca: las instituciones que implantó la conquista española en América Latina -encomienda, mita, repartimiento- se diseñaron con el objeto de extraer toda la renta posible de los recursos naturales y del trabajo de los pueblos indígenas. Las economías segmentadas resultantes en cada territorio hispanoamericano generaron riquezas para la Corona española, los conquistadores y sus descendientes, pero no contribuyeron a sentar las bases para un desarrollo inclusivo. El mismo argumento se aplica a las instituciones diseñadas por Portugal en la ocupación del actual Brasil y por otras potencias europeas en el Caribe: Inglaterra en Jamaica, Francia en Haití, los Países Bajos en Surinam. La relación entre desigualdad y crecimiento no se remite solo a la historia. Hay argumentos que subrayan los efectos nocivos que la desigualdad puede tener sobre el crecimiento a través de las distorsiones en la asignación de recursos y en las oportunidades de inversión, ya sea en capital físico o humano. La desigualdad de ingresos o riqueza puede implicar que quienes ocupen ciertas posiciones, realicen ciertas tareas o se embarquen en ciertos emprendimientos no sean los más aptos, los más capacitados y eficientes, sino simplemente aquellos que tuvieron la oportunidad económica de hacerlo. No son necesariamente los mejores los que acceden a ser médicos, ingenieros, jueces, artistas, científicos y gobernantes, sino los que tuvieron la oportunidad económica de sortear todos los escollos para llegar a esas posiciones. Seguramente este libro podría haber sido mejor escrito por alguien que jamás tuvo la oportunidad de hacerlo. 

Hablemos de fútbol 

El caso del fútbol masculino es ilustrativo. A diferencia de la mayoría del resto de las actividades, es relativamente fácil detectar el talento deportivo a temprana edad. Adicionalmente, si esa presunción se concreta y el niño talentoso se convierte en un futbolista exitoso, la retribución económica es enorme. Como consecuencia de estas dos condiciones, existe una extraordinaria red de búsqueda de talentos que incluye tanto canales formales como informales. Es muy difícil que un potencial gran futbolista en América Latina no sea descubierto a tiempo. Alguien lo ve jugar en un potrero y le avisa al club de barrio, que lo convence de acercarse y al poco tiempo ya lo están mirando de clubes más importantes de la ciudad y su nombre empieza a circular en la lista de ojeadores profesionales que le arreglan una prueba en un club nacional importante. Esa gigantesca red de búsqueda de talentos que brinda oportunidades a casi toda la población por igual tiene sus frutos: hay una enorme cantidad de jugadores latinoamericanos exitosos. Larga es la lista de estrellas del fútbol que tuvieron una infancia humilde en distintos países de América Latina y que fueron descubiertos a tiempo. Sin ese trabajo extenso y continuo de brindar oportunidades a los talentosos no tendríamos ninguna chance de competir de igual a igual con las selecciones de países más poblados y económicamente más poderosos. Pero ¿quién hace el mismo trabajo masivo de búsqueda de los futuros cracks de la ciencia, de las nuevas estrellas de la ingeniería, de los genios del arte? La manifiesta desigualdad de oportunidades hace que en estos casos la búsqueda funcione de forma relativamente eficiente solo en el subgrupo económicamente más acomodado de la población; en contraste, los talentos en los estratos más pobres terminan no aflorando, se desperdician. Ciertamente, en ocasiones alguien se filtra a costa de un gigantesco esfuerzo e inusual talento, pero para la gran mayoría las barreras son demasiado altas. Está claro que el desperdicio de esos talentos tiene que tener consecuencias. En fútbol sería una selección nacional sin chances en las competencias internacionales; en economía las consecuencias son menor crecimiento, menor desarrollo y menor bienestar. 

De la desigualdad a la pobreza 

Hemos insistido en que la pobreza y la desigualdad son dos fenómenos relacionados, pero conceptualmente distintos. También acordamos sin mayores controversias que la pobreza es un mal social, mientras que ubicar a la desigualdad en esa categoría requiere de un mayor esfuerzo argumental. Estamos, de hecho, desarrollando un primer argumento en ese sentido: la desigualdad tiene consecuencias nocivas sobre otros fenómenos como la cohesión social, la seguridad, la estabilidad y el crecimiento. Agreguemos a esta lista la conexión entre desigualdad y pobreza. Un ejemplo simple puede ser útil para entender este vínculo. Supongamos una sociedad compuesta por dos personas, Andrea y Belén, que obtienen ingresos de 300 y 1.200 pesos, respectivamente. Asumamos que esa brecha está enteramente justificada por sus diferencias en méritos: Belén es probadamente más talentosa, esforzada, responsable, creativa y perseverante que Andrea, y en consecuencia logra alcanzar un ingreso superior. Es posible que en este escenario particular la desigualdad no nos resulte éticamente preocupante. Ahora bien, asumamos que la línea de pobreza es de 400 pesos. En ese caso Andrea sufre de privaciones materiales, ya que su ingreso es solo de 300 pesos: con esos recursos no alcanza a satisfacer sus necesidades básicas, padece hambre y sus condiciones de vivienda son precarias. Aunque no nos resulte objetable per se, la estructura desigual de ingresos está asociada a una situación de pobreza. Si, por ejemplo, los ingresos fueran 500 y 1.000, en lugar de 300 y 1.200, entonces Andrea no sufriría privaciones. Una forma de combatir el fenómeno éticamente condenable de la pobreza es a través de políticas que modifiquen la estructura de remuneraciones; en este ejemplo, políticas que transfieran ingresos de Belén a Andrea, aun cuando el proceso que genera esa estructura inicial de ingresos no nos parezca éticamente objetable. Cierto nivel elevado de desigualdad, aunque quizás justificable, no es compatible con un objetivo social superior: la ausencia de pobreza. Las razones discutidas hasta ahora tienen un elemento en común: nos molesta la desigualdad por sus consecuencias, por sus implicancias sobre otros fenómenos como el crecimiento, la inseguridad o la pobreza. Pero existe una razón más profunda para preocuparse por las brechas económicas: la desigualdad puede ser un mal en sí mismo, independientemente de que tenga o no consecuencias sobre otros factores. Pero ¿qué hay de intrínsecamente malo en la desigualdad? 

Desigualdad e inequidad

La desigualdad económica nos preocupa cuando pensamos que es injusta, cuando es signo de inequidad. Pero ciertamente no toda desigualdad es inequitativa. Aunque etimológicamente las dos palabras provengan del latino Aequitas, la diosa del comercio justo y de los comerciantes honestos en la mitología romana, desigualdad e inequidad no son sinónimos. Desigualdad es un término descriptivo: que el ingreso de una persona sea igual o no al ingreso de otra persona es un hecho de la realidad, objetivo, factible de comprobar sin involucrar ningún juicio de valor. En contraste, inequidad es un concepto normativo. Para evaluar a una situación de desigualdad de ingresos como justa o injusta es necesario tomar una posición ética que, o bien desestime las diferencias de ingreso por juzgarlas justificadas, o bien las considere moralmente cuestionables. Lógicamente esta posición ética es subjetiva: depende de juicios de valor personales. Pero, afortunadamente, las normas éticas no difieren tanto entre las personas, al menos a cierto nivel básico. En las sociedades modernas las diferencias de ingresos que se explican solo por esfuerzo o talento no generan mayores controversias; en cambio las que provienen de una marcada desigualdad de oportunidades o de situaciones de discriminación o corrupción son motivo de preocupación. Si una persona A tiene características personales (talento, disposición al esfuerzo, perseverancia) semejantes a otra persona B, pero no puede acceder a la misma posición económica por falta de oportunidades o por discriminación, entonces la situación de desigualdad resultante entre A y B será evaluada como injusta. No es difícil pensar en situaciones del mundo real en las que una persona disfruta de un nivel de vida muy superior al de otra como consecuencia solo de la suerte de haber nacido en un hogar afluente o de pertenecer a algún grupo de poder, o peor, como resultado de involucrarse en conductas de violencia o corrupción. En esos casos la desigualdad es ciertamente inequitativa: molesta nuestro sentido de justicia. ¿Cómo no rebelarse ante el contraste, muchas veces visible en cualquier ciudad grande latinoamericana, entre la mansión amurallada del hijo de algún magnate con fortuna de dudoso origen y el hacinamiento a pocas cuadras de personas que ni siquiera tuvieron la oportunidad de terminar la escuela secundaria? Esas brechas son difíciles de justificar: la desigualdad, en tanto evoque esas situaciones, es un fenómeno inaceptable. Pero no todas las desigualdades económicas tienen ese origen.

Desigualdades aceptables

Supongamos dos hermanos mellizos que fueron criados en la misma familia, con las mismas oportunidades. Uno de ellos elige esforzarse, primero en el estudio y luego en el trabajo, resignando horas a otras actividades para progresar económicamente; el otro, en cambio, elige una vida menos sacrificada, abandonando antes el estudio y trabajando solo lo necesario. Como resultado de estas elecciones, el primer hermano tiene un ingreso más alto y posiblemente pase el resto de su vida en una posición económica más acomodada. Claramente, existe desigualdad económica entre estos dos hermanos, pero ¿es en este caso la desigualdad objetiva un signo de inequidad, que merece acciones reparadoras? Seguramente para muchos de los lectores la respuesta sea negativa. Más aún, muchos argumentarán que la desigualdad del ejemplo es deseable: es justo que si los dos hermanos se esfuerzan distinto, sus premios económicos difieran. El ejemplo de los mellizos es extremo, pero ilustra un punto importante: dado que el ingreso, la riqueza y otras variables económicas son en parte consecuencia de decisiones personales sobre esfuerzo, sacrificio y toma de riesgos, las diferencias que resultan de estas elecciones no son necesariamente injustas y, en consecuencia, no es evidente que deban ser motivo de preocupación ni de políticas compensatorias. Es posible que parte de la desigualdad económica en una sociedad no sea injusta. Desigualdad e inequidad no son sinónimos: una situación puede ser desigual y equitativa a la vez. Pocas dudas caben de que Messi es uno de los jugadores de fútbol más grandes de todos los tiempos (a mi juicio, el más grande, pero no quiero perder lectores por discusiones futbolísticas). Múltiples balones de oro y otros galardones lo distinguen nítidamente por sobre el resto de sus colegas actuales y sobre los del pasado. La presencia o no de Messi en un partido afecta la concurrencia al Camp Nou, el estadio del FC Barcelona donde juega el delantero argentino, e incide sensiblemente sobre la audiencia televisiva mundial del partido.* A nadie * Mientras reviso este capítulo, en agosto de 2021, me entero que el Barcelona no le renovará el contrato a Messi. Decido dejar el párrafo como está; mezcla de incredulidad y de homenaje a las dos décadas maravillosas en que “Messi” y “Barcelona” eran dos palabras inseparables. extraña que los ingresos de Messi sean altos. Lo que es más importante para la discusión de este capítulo: a pocos les molesta que los ingresos de Messi sean más altos que los de otros delanteros en otros equipos del mundo. La razón de la aceptación de esta desigualdad de ingresos manifiesta entre futbolistas proviene de la evaluación de sus causas. En el caso de Messi, la causa es una objetiva diferencia de talento para jugar al fútbol comparado con sus colegas. En general, todos tendemos a aceptar como justas diferencias en premios que respondan con claridad a méritos comprobables, independientemente de donde estos provengan, incluso de ventajas genéticas completamente ajenas a la voluntad o el esfuerzo de las personas.

 

☛ Título: Desiguales

☛ Autor:  Leonardo Gasparini

☛ Editorial: Edhasa
 

Datos sobre el autor 

Leonardo Gasparini es Licenciado en Economía por la Universidad Nacional de La Plata (UNLP) y Doctor en Economía por la Universidad de Princeton.

Es fundador y director del Centro de Estudios Distributivos, Laborales y Sociales (CEDLAS) de la UNLP; profesor de grado y posgrado en esa universidad e investigador del Conicet. 

Fue profesor visitante en la Universidad de British Columbia (Canadá), Neuchâtel (Suiza) y en la Universidad Libre de Berlín (Alemania), entre otras.

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