miércoles 30 de noviembre de 2022
DOMINGO LIBRO

El candidato del tono justo | Raúl Alfonsín, ese líder que convenció con la mirada

En Raúl Alfonsín de editorial Edhasa, Pablo Gerchunoff recorre, analiza y piensa la vida del expresidente, como así también destaca los rasgos de la personalidad de este correligionario desde su nacimiento en Chascomús hasta su muerte. Aquí, un fragmento de cómo se negó a hacer campaña antiperoNista y las virtudes de orador que lo llevaron a la presidencia en las históricas elecciones del 30 de octubre de 1983.

09-10-2022 04:31

En las veredas había mesas con urnas, y muchos jóvenes depositaban en ellas el panfleto de convocatoria al acto con sus nombres y apellidos. “Si vos querés que este hombre sea presidente primero tenés que afiliarte y votar para que él sea candidato”. Parecía persuasivo. A tal punto que de todos los comités de todos los distritos del país pidió a partir de ese día la visita de Alfonsín, que se viera su cara de cerca, que se escuchara su voz sin intermediación. Personalismo en estado puro, yrigoyenismo (por no decir peronismo), la sigla del partido menos destacada, el estilo de Balbín sepultado. Alfonsín recorrería el país entero tres veces hasta el 30 de octubre de 1983. Pero antes aparecerían las rispideces radicales, señal de que Alfonsín ganaba terreno. Ese fin de semana posterior al acto en la Federación Argentina de Box, se reunió el plenario del Comité Nacional. Contín, presintiendo la ola que se acercaba, calificó a Alfonsín como “el eterno perdedor”. Alfonsín, sentado en el medio del salón, contestó, confrontativo pero confiado. Otros también contestaron. En las semanas que siguieron, esa ola que Contín temía fue arrasadora, sobre todo para un radicalismo que había vivido anestesiado: en el Club Atenas de La Plata, en Posadas, en Tierra del Fuego, solo por dar algunos ejemplos de un movimiento perpetuo y agotador. Era un Alfonsín omnipresente. Naturalmente, en el proceso de empadronamiento, eran muchos más los que se afiliaban al Partido Justicialista, y ese fue un argumento que los dirigentes peronistas se dieron a sí mismos para convencerse de que la derrota era un imposible, pero la diferencia era que la afiliación al radicalismo tenía un sentido, un objetivo, una utopía, mientras que la afiliación al justicialismo era el trámite de llenar una papeleta o, en el mejor de los casos, confirmar una identidad política, pero de eso no se seguía ninguna otra cosa más que esperar los comicios nacionales del 30 de octubre de 1983, esperar casi burocráticamente que el que “se sabía que iba a ganar” ganara.

Raúl Alfonsín recorrería el país entero tres veces hasta el 30 de octubre de 1983

En todo caso, lo que no se podía poner en duda era que en el oficialismo de la Unión Cívica Radical sí crecía la preocupación.

A principios de diciembre de 1982, el alfonsinismo organizó un multitudinario acto en el Luna Park, en el que Alfonsín presentó a Víctor Martínez como su compañero de fórmula. Competirían con Fernando de la Rúa (el representante más popular del viejo balbinismo) por la presidencia del partido y luego por la candidatura presidencial. Lo segundo no hizo falta. La campaña de afiliación y el voto de los nuevos afiliados parecieron inclinar la balanza del poder partidario a favor de Alfonsín en la batalla por la conducción de la Unión Cívica Radical. Sin embargo, no fue solo la movilización. Fue también la negociación política, el tejido sutil y reservado que no siempre aparecía en los diarios. En junio de 1983, una fracción del balbinismo de la provincia de Buenos Aires aceptó la propuesta del Movimiento de Renovación y Cambio para confeccionar una lista común de aspirantes a delegados al Comité Nacional en el principal distrito argentino. Antonio Tróccoli, precandidato a gobernador por el sector balbinista, anunció el acuerdo y lo calificó de “bueno y equitativo”. Eso fue un golpe definitivo para el sector de la Línea Nacional que encabezaba César García Puente en el distrito y también sería un golpe definitivo para De la Rúa en la nación. Del lado de lo que pasó a llamarse “balbinismo auténtico” –un sello ideal para Alfonsín– quedaría también Juan Carlos Pugliese, su correligionario de la quinta sección electoral. Antonio Tróccoli terminaría siendo el primer ministro del Interior de Alfonsín y Juan Carlos Pugliese, el presidente de la Cámara de Diputados de la Nación. También con De la Rúa sería Alfonsín generoso. La inspiración victoriosa genera bonhomía.

El talento comunicacional era difícil de igualar. Alfonsín se conectaba con “los otros”

Las elecciones en la provincia de Buenos Aires se llevaron a cabo el 17 de julio de 1983, un año después de aquel primer acto que había disparado el proceso en la Federación Argentina de Box. Alfonsín se quedó con los cuatro delegados. Una revancha inapelable de sus reveses de los años setenta, pero con Balbín fuera de la escena.
Al día siguiente, De la Rúa anunció en un comunicado que Línea Nacional allanaría el camino a Alfonsín, aunque sin nombrar a su rival. Alfonsín ya contaba con 57 de los 95 delegados al Comité Nacional, y todavía faltaba votar en Chaco, Santiago del Estero, Catamarca y Jujuy. Con siete delegados más, Alfonsín tendría dos tercios de los delegados, y por lo tanto el control absoluto del partido.

Carlos Contín calificó de “extraordinaria” la actitud de De la Rúa y dijo que, si fuera por él, le entregaría el poder a Alfonsín “ahora mismo”. Conversiones en tropel. Mientras tanto, Alfonsín declaraba en Chascomús que se podría proclamar la fórmula presidencial antes del 14 de agosto, que era la fecha prevista. La primera parte del trabajo –la de triunfar en la interna partidaria– estaba hecha, y en su dinámica él había crecido como candidato nacional. Ahora comenzaba la segunda fase, la que la mayoría de los argentinos, incluyendo muchos que lo iban a votar, creía imposible: derrotar al peronismo.

Tenía la convicción de que era muy importante atraer a los “peronistas desengañados”

Alfonsín decía tener una fe en sí mismo difícil de creer para quien no conociera la historia de su eterna fe desde los tiempos de Chascomús. La convicción que transmitía hacía dudar a los escépticos.

¿Por qué ganó Alfonsín la elección nacional? Ya esbozamos una primera razón: porque ganó las elecciones internas con un mensaje que llegaba a franjas muy amplias de la sociedad: la democracia como solución, o más precisamente como conditio sine qua non de todas las soluciones, aun de las más complejas. La democracia, aquello que no se había probado. Pero eso no fue lo único. Hubo, por lo pronto, un soporte crematístico, la recaudación de fondos coordinada por Raúl Borrás que hizo factible la campaña: los consignatarios de hacienda Colombo y Magliano, Gabriel Romero, amigo de Alfonsín y por ese entonces el operador de talleres ferroviarios de Chascomús, los hermanos Eurnekian (uno de ellos, Murat, sería secretario de Industria de Alfonsín), Manuel Madanes (presidente de ALUAR), Jorge Garfunkel (propietario del Banco del Buen Ayre), José Scioli (cuyo hijo Daniel se afiliaría al radicalismo), Héctor Peres Pícaro, Alejandro Romay, Noel Werthein (presidente del Banco Mercantil Argentino) y un grupo importante de productores rurales estuvieron entre los principales aportantes. Tan importante como el dinero, hubo un talento comunicacional de Alfonsín que su asesor de campaña David Ratto descubrió asombrado el primer día que habló con él. Y hubo, por fin, una penetrante inteligencia de Alfonsín para descubrir los puntos débiles del gigante supuestamente imbatible.

El talento comunicacional era difícil de igualar. Alfonsín se conectaba con “los otros”. Eso no era inspiración momentánea, era algo que traía consigo. Yrigoyen había sido un extraordinario conversador cara a cara y sin embargo nunca había hablado en público; Illia recorría los pueblos y abría pacíficamente las puertas de las familias, pero no era un orador de masas. Alfonsín competía con Perón, como conversador, como orador en actos multitudinarios, usando los medios de comunicación, la radio y la televisión. Era candidato de pueblos, candidato de ciudades, candidato electrónico. Y en cada caso encontraba el tono justo. Sabía mirar a los ojos en una conversación, pero además tenía el raro don de mirar a los ojos por televisión. Los espectadores sentados en sus sillones sentían que Alfonsín los miraba a los ojos. Ratto decía que era imposible explicar cómo lo hacía, pero lo hacía. Tanto impresionó eso a Ratto que instruyó al Comité de Campaña para que en los espacios de campaña televisiva hubiera una sola cámara enfocándolo de frente, armando una escena íntima con la sociedad. ¿Se ganaba la presidencia con eso? No. Pero, como decía el propio Alfonsín, “se pueden obtener un par de puntos extra con eso”.

Después del acto en Oberá, Alfonsín dijo a los periodistas que estaba seguro de ganar las elecciones

Encontrar los puntos débiles del peronismo era, per se, un propósito extraño. ¿Tenía puntos débiles el peronismo? Por supuesto que los tenía, pero Alfonsín debía descubrirlos. Estaba claro que el más obvio era que Perón estaba muerto. En la campaña del justicialismo se usaron, sobre todo en los días finales, afiches callejeros y avisos en los diarios en los que, tras nombrar la fórmula Luder-Bittel, podía leerse: “El triunfo de Perón”. El 26 de octubre, en el Obelisco, Alfonsín contestó: si Perón iba a ganar, “¿quién va a gobernar a la Argentina?”. ¿No estaba confesando el peronismo con su desafortunada publicidad su propio vacío de liderazgo? De todas maneras, Alfonsín se negó a hacer una campaña antiperonista, por lo menos explícita. Tenía la convicción personal de que era muy importante atraer a lo que él llamaba “peronistas desengañados”, y para lograrlo no había que agredirlos. Por eso, vaciló cuando su equipo de campaña le recomendó a fines de abril de 1983 que denunciara las negociaciones, que ya comenzaban a trascender, entre generales y dirigentes gremiales para beneficiar a los primeros con alguna forma de “ley del olvido” y para beneficiar a los segundos con la reinstalación de las leyes sindicales de raigambre peronista y de la Ley de Obras Sociales, de raigambre onganiana.

Detengámonos en este punto, porque es crucial para la historia del gobierno de Alfonsín, que abordaremos en la segunda parte de este libro. Los rumores acerca de esas negociaciones llegaron a oídos del abogado radical José María Lladós y, por su intermedio, a los de Ricardo Yofre, que después de afiliado se había convertido en asesor de la campaña de Alfonsín. El lunes 25 de abril, Alfonsín almorzaba, acompañado por Víctor Martínez y Germán López, con la plana mayor del diario Clarín en el departamento de Ricardo Yofre. Por sugerencia de Borrás –que no había podido llegar al almuerzo–, Yofre preparó un memorándum sobre el tema y en un aparte se lo hizo leer a Alfonsín. Había que convencerlo de que denunciara “el pacto”, sobre el cual Alfonsín ya tenía alguna información. La reacción de Alfonsín: “No quiero ser el denunciante… no quiero quedar como un gorila… que lo haga Germán”. Yofre insistió: nadie podía hacerlo mejor que el propio candidato. Esa tarde, Alfonsín viajaba a Madrid y regresaría el lunes subsiguiente: “Esperemos a mi vuelta, Ricardo”. En Ezeiza, sin embargo, adelantó algo más bien licuado a un periodista de Canal 13 sobre la necesidad de tener en el país “un sindicalismo absolutamente democrático”. Fue recién el 2 de mayo que el tema cobró densidad política. Ese día, Alfonsín convocó a una conferencia de prensa y denunció que, orquestado por el ministro de Trabajo Héctor Villaveirán (pidió su renuncia), se estaba negociando entre militares y sindicalistas un pacto sobre los siguientes puntos: echar un manto de olvido sobre los excesos cometidos durante la represión al terrorismo; mantener a la cúpula del Ejército en los comienzos del gobierno constitucional; evitar la intervención del poder constitucional en la reorganización de las Fuerzas Armadas y en la definición de los gastos en el área de Defensa; garantizar, finalmente, la no revisión de los actos ilícitos cometidos durante el Proceso de Reorganización Nacional. Por el otro lado, los gremialistas mantendrían el control de los sindicatos claves a través de comisiones normalizadoras transitorias o delegados normalizadores en sustitución de los interventores.

Sabía mirar a los ojos en una conversación, pero tenía el raro don de mirar a los ojos por televisión

El pacto era exactamente lo inverso de lo que Alfonsín estaba concibiendo como plan de gobierno en la materia, pero anticipaba el rumbo de colisión y la colisión misma que debería soportar desde el 10 de diciembre si ganaba la presidencia. Sin embargo, como en la conversación con Yofre, Alfonsín evitó involucrar institucionalmente a las Fuerzas Armadas y a los sindicatos en el pacto durante la conferencia de prensa: “Tengo noticias [sobre el pacto] desde luego. Yo no diría entre las Fuerzas Armadas y el sindicalismo. Lo que a mí me ha llegado son acuerdos que se producirían entre el general Nicolaides y el general Suárez Nelson y algunos hombres del sindicalismo […] que nadie se confunda, estas no son banderas antiperonistas. Este es un intento responsable para preservar la unidad de las fuerzas populares […] la democracia no podrá ser la democracia de los pactos secretos”.

¿Los nombres de los sindicalistas? Aparecerían con el tiempo: Lorenzo Miguel y Herminio Iglesias de la Unión Obrera Metalúrgica, Diego Ibáñez del Sindicato Unido de Petroleros del Estado, Rogelio Papagno de la Unión Obrera de la Construcción de la República Argentina. Veremos que la pretendida pulcritud de Alfonsín, su intento de evitar involucramientos institucionales, no tendría el menor resultado. Para los involucrados, “pacto militar-sindical” significaría lo que en realidad significaba. Le declararon la guerra.

Una batalla menor de esa guerra ocurrió el 30 de septiembre de 1983, un mes antes de las elecciones, y benefició inesperadamente a Alfonsín. Se trataba del primer acto formal de campaña en la Capital Federal, el acto en que los porteños escucharon finalmente el “rezo laico” del Preámbulo en el estadio de Ferro Carril Oeste. Ese septiembre resultó un regalo del cielo para Alfonsín, un septiembre con un significado distinto al de 1955. Al comenzar el mes, se estrenó La república perdida, un documental histórico de calidad discutible, pero que atrajo multitudes y se convirtió de hecho en una pieza nada desdeñable en la campaña electoral de Alfonsín. El día 18, el propio Alfonsín se asombró por el acto multitudinario y en gran medida espontáneo de Oberá, donde se colmó con casi 20 mil personas una cancha de fútbol misionera. En la conferencia de prensa posterior al acto Alfonsín les dijo a los periodistas que ahora estaba seguro de ganar las elecciones y –en un sorprendente viraje respecto al Alfonsín de 1973– que “desde la dirección del Partido Justicialista se ha puesto en práctica la prédica del fascismo, traicionando al propio general Perón y deshaciendo el abrazo de Perón con Balbín”. En su campaña mesopotámica, Alfonsín no tenía límites para flexibilizar antiguas convicciones. El día 22, el gobierno en retirada aprobó una ley –volveremos a ella en el capítulo sobre la política militar de Alfonsín– declarando extinguidas las acciones penales contra uniformados de cualquier grado y prohibiendo que cualquiera de ellos pudiera ser interrogado. Se la tituló Ley de Pacificación Nacional; se la conoció como la ley de autoamnistía. Alfonsín la atacó y la calificó de “escándalo” en el acto del día 30, pero el hecho de que fuera un escándalo le dio pie para defender en el discurso –que presentamos parcialmente en “Testimonios”– su proyecto de tres niveles de responsabilidad, cuya génesis explicaremos más adelante: “No vamos a aceptar la autoamnistía, vamos a declarar su nulidad; pero tampoco vamos a ir hacia atrás, mirando con sentido de venganza; no construiremos el futuro del país de esta manera [...] Lo que queremos es que algunos pocos no se cubran la retirada con el miedo. Aquí hay distintas responsabilidades: hay una responsabilidad de quienes tomaron la decisión de actuar como se hizo; hay una responsabilidad distinta de quienes en definitiva cometieron excesos en la represión. Y hay otras distintas también de quienes no hicieron otra cosa que, en un marco de extrema confusión, cumplir órdenes”.

El contraste con las ambigüedades y los silencios de Luder frente a la autoamnistía fue patente e hizo más que tolerables las palabras de Alfonsín para un público que cuatro años después las rechazaría. No obstante, el obsequio más valioso lo recibió Alfonsín el día mismo del acto de Ferro, cuando René Azar, secretario general de la Unión Tranviarios Automotor y amigo personal de Lorenzo Miguel, declaró un paro de colectivos con el propósito de restarle público a la concentración y terminó convirtiéndola en una gesta para los jóvenes que “cortaron las alambradas” –como hubiera dicho Perón–, atestaron la cancha y los que no pudieron ingresar se apiñaron sobre la calle Avellaneda saltando y cantando. Suele decirse, no sabemos si certeramente, que ese acto definió la elección. En todo caso, fue su “Oberá metropolitano”.

Hubo más regalos para Alfonsín, pero que no surgieron de decisiones equivocadas de la conducción justicialista ni de sus candidatos, sino de lo que emanaba de la historia, pero de la historia no tan reciente. Luder era, para una franja importante del electorado, un rostro conocido, uno de los participantes del caos de 1975, no era fácil determinar con qué grado de responsabilidad. ¿Era de aquellos que habían tomado las decisiones importantes? ¿Había sido en cambio un hombre prudente? No era sencillo definirlo para el ciudadano medio que ahora volvía a votar. Luder había estado allí al comienzo del terrorismo de Estado; había estado allí cuando nacía la alta inflación. Luder era la vieja política; Alfonsín, con Balbín muerto, era la nueva política. El acto inspirado de Alfonsín fue dosificar las palabras y el silencio. De nuevo, no quería ser antiperonista. Casi no habló del desgobierno de Isabel. Sí se refirió a la última economía peronista en el acto del 26 de octubre, a modo de recordatorio, por si alguien lo había olvidado: “Todos recordamos la crisis de autoridad que se produjo al fallecimiento del general Perón. Todos recordamos la instancia difícil de la Argentina que todos hemos vivido. No se llegó a saber quién gobernaba en la Nación. Apareció la hiperinflación del Rodrigazo y cuando los sectores del trabajo se impusieron, como correspondía, se creó un enorme desorden social. Apareció la disputa en el partido por los intereses del poder, por el acceso al poder, y hubo prepotencia y hubo miedo, y así se dio la excusa al privilegio para que terminara con el gobierno constitucional […] Se produjo la lucha enloquecida entre las tres A y la represión. Sin duda no es eso lo que quiere nadie en la Argentina […] Pero esta crisis de autoridad continúa en el Partido Justicialista, tal como se pone de manifiesto en una campaña en la que jamás se debió haber caído en la calumnia, jamás se debió haber caído en métodos reñidos con la democracia argentina. Queremos construir la convivencia en la paz, queremos hacerlo entre todos y todos juntos. Estamos convencidos de que es posible lograrlo y que además tenemos la obligación de lograrlo los argentinos”.

Eran palabras demasiado potentes. Era una realidad demasiado evidente. Alfonsín ganó las elecciones del 30 de octubre con más del 52% de los votos y con diez puntos porcentuales de ventaja sobre Luder. Un cambio radical de la historia.