sábado 25 de junio de 2022
DOMINGO Entender los 70

El dolor del sinsentido

10-10-2021 02:16

Estamos obsesionados por la comprensión de los 70. Pero comprenderlos quizá implique devaluarlos, y eso duele: revela el enorme sinsentido que dio lugar a que muchos de nosotros terminaran desaparecidos.

Nadie se atreve todavía a decir que el heroísmo de la entrega fue inversamente proporcional a la pobreza de las propuestas y a la carencia de talento de la dirigencia guerrillera. El romántico deseo de futuro de una generación, combinado con la ambición de poder de quienes se pusieron a su frente tirando contra la democracia, arrojó como resultado una experiencia amarga.

La guerrilla tuvo un sentido cuando intentó cortar el ciclo de dominio militar de la oligarquía sobre los humildes, luchar contra la proscripción del peronismo y forzar la restitución de la soberanía popular. Pero cuando enfrentó a Perón terminó enfrentada con el pueblo. Perón no era una casualidad, sino el símbolo más profundo del pueblo. La guerrilla se expulsó del corazón de los argentinos, por eso se la pudo aislar: sin apoyo popular solo le quedó el peso militar y las Fuer zas Armadas eran un enemigo imposible de vencer.

Si la dignidad de la primera pelea fue maravillosa, la segunda nos deja una marca muy negativa: después de tanta entrega generosa hubo demasiado pragmatismo. Y la falta de autocrítica lo perpetuó: aquellos que eligieron la violencia en los 70, y sobrevivieron, resulta ron deglutidos por el poder en los 90 cuando la figura del militante fue reemplazada por la del operador político. La política, aquella opción de voluntad colectiva a la que se habían entregado, mutó en la corrupción y la prebenda.

Ya no quedaron personajes como Avelino Fernández, quien fue secretario de la Unión Obrera Metalúrgica (UOM) y cuando Lorenzo Miguel le ganó volvió a la pieza del conventillo. Muchos militantes que en los 70 lucharon por una distribución justa de la riqueza, en los 90 me explicaron, mientras pedían una botella de vino de 200 dólares, que eso no era posible. Se contentaron con recibir su parte.

La violencia no es la síntesis del debate político de los 70 sino la manera en que se lo clausuró al servicio de los pragmáticos que impondrían una ideología incuestionable. La obediencia sirve a una causa tan bien como a la opuesta. La lucha armada cortó un proceso de discusión que sin duda estaba llevando la política a su momento más importante, adelantó el final a un ci clo cuya riqueza de pensamiento y debate hubiera permitido una sociedad más justa. Fue el quiebre de la discusión y el camino hacia su frustración. Al poco tiempo ya no se podía debatir sin ser considerado traidora la causa que, en nombre de una supuesta nobleza, generó el mayor número de vidas sacrificadas sin llegar a constituirse en opción de poder. Porque la guerrilla en la Argentina nunca fue una amenaza real para el poder. La entrega de los militantes no puede cubrir la magnitud del error.

Los panegíricos que se han escrito sobre esos tiempos son el resultado de una exégesis desmedida. Se estudia un fenómeno que la tragedia obligó a sobredimensionar pero que el pueblo nunca asumió como propio. Los golpes de Estado en los países del Cono Sur utilizaron la guerrilla como una excusa para eliminar la democracia, no porque estuviera cerca de asaltar el poder. Los dirigentes como Mario Firmenich jamás entendieron dónde se encontraba el poder. Perón se lo mostró y ni quisiera así logró verlo. Como consecuencia, demasiadas vidas —y, por cierto, no la suya ni la de sus amigos en la Conducción Nacional de Montoneros— se apagaron al servicio de una causa carente de sentido.

En abril de 1977, Firmenich dio una muestra de su sensibilidad al respecto. En una entrevista que le realizó Gabriel García Márquez, quien todavía no era premio Nobel de Literatura, declaró: “A fin de octubre de 1975, cuando todavía estaba en el gobierno Isabel Perón, ya sabíamos que se daría el golpe dentro del año. No hicimos nada para impedirlo porque, en definitiva, también el golpe formaba parte de la lucha interna en el movimiento peronista. Hicimos en cambio nuestros cálculos de guerra, y nos preparamos a soportar, en el primer año, un número de pérdidas humanas no inferior a 1500 bajas. Nuestra previsión era esta: si logramos no superar este nivel de pérdidas, podíamos tener la seguridad de que tarde o temprano venceríamos”.

García Márquez, al tanto de la barbarie cotidiana de las Fuerzas Armadas en el poder, le preguntó qué sucedió, acaso en busca de una señal de contacto entre su entrevistado y la realidad. “Sucedió que nuestras pérdidas han sido inferiores a lo previsto. En cambio, en el mismo período, la dictadura se ha desinflado, no tiene más vía de salida, mientras que nosotros gozamos de gran prestigio entre las masas y somos en la Argentina la opción política más segura para el futuro inmediato”, le respondió Firmenich.

Toda generación tiene presencia equilibrada de poetas y de contadores, de sentimentales y de almaceneros. La desgracia de los 70 quizás consista en que la parte mayoritaria de lo mejor de nuestra generación ingresó en una guerra que terminó en masacre y a los mediocres que sobrevivieron se les hizo el campo orégano para dominar la sociedad. No quedaba nadie más.

En eso se nota que el genocidio dejó marcas en los sobrevivientes: de alguna manera somos solo eso, sobrevivientes, y nos queda cierto regusto a frustración, y la sensación de que la ideología llevó a tanta muerte. De ahí que muchos participantes de esa epopeya hayan vuelto a la burguesía de la que quizás nunca debieran haber salido y terminaron votando, e inclusive convirtiéndose a sus políticas, al menemismo o a la Alianza. En esos espacios, y en otros que se prolongan hoy, inclusive dentro del mismo peronismo, no había peligro alguno porque no había ideología.

Los sobrevivientes cargan con ese pasado de distintas formas. 

La derrota, si consienten la palabra, y los muertos fueron una casualidad desafortunada. Para los desaparecidos queda el dolor, que se impone sobre las heridas de los sobrevivientes.

*Autor de Juicio a los 70. Editorial Sudamericana (fragmento).

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