sábado 01 de octubre de 2022
DOMINGO Sentimiento y escuela

El poder de los vínculos

21-08-2022 01:49

Las revoluciones educativas se originan a partir de pequeños gestos de la vida cotidiana que nos aproximan a la justicia. Habitar y reflexionar sobre ese misterioso lugar físico y simbólico que son las instituciones educativas es siempre un acto ético de implicación. Las escuelas las hacemos personas que latimos, que buscamos abrigo y que fabricamos sueños. La escuela es más que edificios y paredes en la medida en que sus cimientos se basan en las condiciones de posibilidad de fabricar lazos humanos. La escuela opera bajo una presencia material, pero también bajo una de tipo simbólico. La trama escolar se compone de vínculos de intersubjetividad mediante una suerte de tejido invisible. Lograr un entramado de vínculos bajo una matriz de cuidados mutuos permite producir amarras simbólico-subjetivas.

Tejer tramas contribuye a contrarrestar los sentimientos de soledad y desamparo que pueden vivenciar las y los estudiantes y sus familias. La producción del lazo social como experiencia intersubjetiva brinda una sensación de pertenencia. El compromiso con los otros implica aprender sobre el cuidado como cualidad relacional.

Educar es conmoverse, afectarse, comprometerse, poner el cuerpo y el corazón. Es crear puentes con el conocimiento, con la cultura, con los otros donde el afecto es un mediador imprescindible. En la escuela se aprende un conjunto validado de saberes de época, a la vez que se construyen disposiciones para sentir. La experiencia escolar deja marcas y puede simbolizar el pasaje de “ser nadie” hacia el “ser alguien” en la vida. La escuela deja huellas afectivas.

Somos en gran medida el resultado de la mirada escolar que se interioriza como espejo. Me propongo sensibilizar sobre la necesidad de conceptualizar las emociones en el campo educativo, considerando que estas han sido descuidadas debido a una tradición fuertemente arraigada que divide lo cognitivo académico de lo vincular afectivo a la hora de comprender e intervenir sobre los procesos de formación, transmisión y socialización. Esta tradición ennoblece lo racional desestimando lo sentimental.

Como contraparte a este enfoque reduccionista, es preciso posicionarnos en el supuesto de que no somos seres pensantes y seres sintientes en forma separada.

Eduardo Galeano afirma que no podemos divorciar la razón de la emoción: “Me gusta la gente sentipensante, que no separa la razón del corazón. Que siente y piensa a la vez. Sin divorciar la cabeza del cuerpo, ni la emoción de la razón”.

La histórica jerarquía entre emoción y pensamiento/razón se desplaza a una jerarquía entre las emociones: de las elevadas o deseables a las más bajas, consideradas estas últimas como señal de debilidad. Por ello me interesa posicionarnos en una visión crítica respecto a la clasificación y jerarquización de las emociones.

Un enfoque socio-psíquico e histórico-cultural de las emociones no escinde los procesos del pensar y del sentir a la vez que los contextúa en las transformaciones sensibles de época. Culturas afectivas y culturas académicas se imbrican en el proceso de construcción de la experiencia escolar.

La educación deja huellas y marcas vitales; de allí la importancia de reflexionar acerca de su valor simbólico sobre la conformación de nuestra organización afectiva.

Tras largos años de desarrollar investigaciones analizando las experiencias emocionales de estudiantes y docentes, he concluido que el sufrimiento social atraviesa la vida en la escuela pero que esta también puede transformarse en un espacio que repara las heridas sociales. (…)

Mi interés es invitar a movilizar componentes de los vínculos afectivos que viabilicen que la escuela deje huella simbólica y no represente una experiencia dolorosa. Reivindicar el derecho a la ternura significa concebir el afecto como un organizador de la convivencia en la escuela. Así, la emotividad traspasa la esfera de la intimidad para ejercerse en el espacio público como derecho bajo un horizonte de justicia. Necesitamos insistir en el carácter social de las emociones. Precisamente, la justicia afectiva demanda que las infancias y juventudes, sin distinción, ejerzan su derecho al amor: ser amados, amarse a sí mismos y amar al otro. Al sentirse cuidados y protegidos en las escuelas, las niñas, los niños y jóvenes aprenderán para siempre que el amor es un valor que transforma.

Las emociones se organizan en el escenario escolar como tejido, trama o red intersubjetiva. En tanto que territorio simbólico de esperanza, la escuela tiene un papel innegable en la fabricación de soportes afectivos. El lenguaje de las emociones es una gramática fértil para interpretar y crear las oportunidades de incidir en la construcción de vínculos fraternos en la comunidad educativa. Vislumbrar en el horizonte una pedagogía humanizadora nos convoca a seguir trabajando obstinadamente como educadoras y educadores bajo la ética del cuidado. El mundo escolar se mueve por los pequeños grandes movimientos cotidianos de quienes trabajamos honestamente para transformarlo en un lugar más justo.

*Autora de Afectividad en la escuela, Paidós (fragmento).

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