viernes 27 de mayo de 2022
DOMINGO Teoría de la elección racional
27-02-2022 04:05

¿Siempre se gana o se pierde?

27-02-2022 04:05

Cuando la crisis económica actual hizo su entrada en el 2008, hubo una primera impresión de que la restricción en el consumo venía a destruir la era de la libre elección, la pesadumbre se imponía sobre la felicidad, y el deseo de una autoridad firme y capacitada para poner orden derrocaba el culto a la libertad individual. Un medio insignia como el Financial Times publicaba artículos sobre el sombrío panorama económico con titulares que iban desde “Un mañana prestado” y “Hora de devolver todo”, hasta “Las penas de Wall Street”. Los análisis de la sociedad invocaban la importancia de ser realistas, de “hacer un corte”. Se había cernido, se decía, un “clima de irracionalidad”. Hasta en las notas relativas al ámbito de las artes parecía emerger un nuevo discurso fatalista, y a la pregunta de “¿Cómo sobrevivir al fin de la ‘civilización’?” le salían al cruce respuestas del tipo: “Dominar el equilibrio y la armonía”, “La voz del futuro” o “La sencillez hecha canción”. Sin embargo, apenas una brisa de esperanza hizo pensar que tal vez la crisis no redundara en una catástrofe total, volvió a emerger el paradigma del “individuo que elige” como la principal herramienta ideológica de la sociedad de consumo. Ésta vez la idea venía envuelta en debates acerca de si es realmente cierto que la prosperidad incide en la felicidad y, si consumir sin tapujos es o no, una de las mejores cosas que podemos hacer con nuestro tiempo libre. Pero, muy pronto, todas esas cuestiones bastante simplificadoras se enmarañaron en una nueva versión del paradigma de la elección: ahora el consumidor debía elegir no elegir, y muchas veces hasta tenía que pagar por las indicaciones necesarias para eso. (…)

El cambio en la percepción de la prosperidad no llegó de un día para otro. La gente no se despertó una mañana con un nuevo sentido de la vida; las semillas de la crisis económica ya estaban sembradas. De igual modo, la depresión generada por la ideología de la elección ya atravesaba a la sociedad en tiempos de exuberancia económica, cosa que salta a la vista en la angustia e inseguridad imperantes durante la última década del capitalismo posindustrial.(…). Para algunos, la crisis incluso aportó una extraña y relajada forma de placer, en cuanto significaba un tope a los consumos extravagantes o, mejor dicho, a las posibilidades latentes, aunque mucho más imaginadas que reales, de acceder a ese tipo de consumos ansiados durante tanto tiempo. The New York Times captó ese nuevo estilo puritano en un artículo titulado: “Vamos a divertirnos como si fuese 1929”, donde se ofrecían consejos sobre cómo organizar una cena o una fiesta decentes en base a un presupuesto moderado, acorde con el contexto de la crisis. La nota incluía, entre otros, el testimonio de un miembro de la alta sociedad: “Lo bueno de la recesión económica es que nos quita la presión […]. Hace que podamos despojarnos de todo lo superfluo y poner el foco en lo que realmente importa: los amigos, la familia, el estar juntos”. Los anfitriones de la fiesta en cuestión, de todos modos, sintieron la necesidad de contratar a un organizador de eventos munido de consejos sobre cómo divertirse en tiempos de crisis, lo que denotaría cierta ambivalencia en aquella renuncia a los frenesíes del consumo. Seguramente querían limitar sus elecciones, pero tampoco demasiado, y para eso contrataron a alguien que se encargara de poner los límites por ellos.

La cuestión que trataremos de examinar (…) no es tanto por qué las personas van de compras o qué es lo que piensan de sus vidas, sino más bien por qué abrazan la idea de elegir y qué es lo que ganan y pierden al hacerlo. Puede que nos asuste una eventual amenaza terrorista, la expansión de un nuevo virus o las evidencias del cambio climático, pero aun así nuestras grandes preocupaciones suelen girar en torno a nuestro bienestar privado: el trabajo, los seres queridos, el dinero, nuestro lugar en una comunidad de personas, el sentido de nuestra vida, el legado que dejaremos. Todas esas cosas implican elecciones y, en la medida en que nos esforzamos para lograr lo mejor no solo en el aquí y ahora sino de cara al futuro, estas elecciones se vuelven cada vez más difíciles de hacer. La elección suma un componente de abrumadora responsabilidad al juego, algo que además suele traer adosado el miedo al fracaso, el sentimiento de culpa y la angustia por la posibilidad de terminar arrepintiéndonos del camino tomado. Todos estos aspectos contribuyen a darle a la elección una dimensión tiránica.

En las últimas décadas, la idea de elegir, tal como la presenta la teoría de la elección racional, se ha convertido justamente en eso: una idea tiránica para nuestro mundo desarrollado.

La teoría de la elección racional presupone que la gente siempre piensa antes de actuar y que en toda situación persigue el máximo beneficio con el mínimo costo. Según las circunstancias imperantes y dado cierto manejo de información necesaria, se supone que la gente siempre habrá de elegir lo que más conviene a sus intereses. Sin embargo, los críticos de la teoría de la elección racional suelen remarcar el hecho de que los seres humanos no siempre actuamos según nuestros intereses, incluso cuando estos nos son conocidos. Muchas veces, por ejemplo, gobierna nuestros actos una expresión caritativa o altruista que no se lleva bien con el interés personal puro y duro. Desde el psicoanálisis también se ha señalado que a menudo actuamos de modos para nada afines a lo que sería maximizar el placer y minimizar el sufrimiento, y que existe incluso cierto extraño placer que surge de actuar en contra de nuestro propio bienestar. Una persona puede considerar que cuenta con toda la información necesaria para arribar a la mejor decisión posible, pero, aun así, sobre su decisión acabarán influyendo fuertemente factores externos, como la opinión ajena, e internos, como los propios deseos inconscientes.

*Autora de La tiranía de la elección. Ediciones Godot. (Fragmento).

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