24th de February de 2021
DOMINGO LIBRO
24-05-2020 03:18

Sin fatalismo: no estamos solos

El virus muestra que la humanidad es un comunidad

Paolo Giordano
24-05-2020 03:18

La epidemia nos anima a pensar en nosotros mismos como parte de una colectividad; nos obliga a hacer un esfuerzo que simplemente no haríamos en una situación normal: reconocernos inextricablemente conectados a los demás y tenerlos en cuenta en nuestras decisiones. En tiempos de contagio somos parte de un único organismo; en tiempos de contagio volvemos a ser una comunidad.

He aquí una objeción frecuente que surge estos días: si la letalidad del virus es, según parece, modesta, en especial para las personas que gozan de buena salud, ¿por qué alguien como yo no puede correr el riesgo personal de seguir con su vida? ¿No es una pizca de fatalismo un derecho inalienable de todo ciudadano?

No, no debemos correr riesgos. Por dos razones al menos.

La primera es de carácter numérico: el porcentaje de hospitalizaciones a causa del Covid-19 no es en absoluto despreciable. Según las actuales estimaciones, que siempre podrían cambiar, cerca del 10% de los contagiados acaba en un hospital. Un exceso de contagios en poco tiempo significaría el 10% de un número muy grande, es decir: tantos ingresos como para acabar con la disponibilidad de camas y personal sanitario o para colapsar todo el sistema de salud.

La segunda razón es sencillamente humana y tiene que ver con el subconjunto de susceptibles un poco más susceptibles que el resto: los ancianos, las personas de salud frágil. Llamémoslos los ultrasusceptibles.

Si nosotros, jóvenes y sanos, nos exponemos al virus, automáticamente lo aproximamos a ellos. Durante una epidemia, los susceptibles tienen que protegerse a sí mismos para proteger a los demás: los susceptibles son, en parte, un cordón sanitario.

Así pues, lo que hacemos o dejamos de hacer durante el contagio no nos afecta únicamente a nosotros: esa es una de las cosas que me gustaría recordar cuando todo esto haya acabado. Heme aquí buscando una fórmula concisa, un eslogan fácil de recordar. Lo encuentro en un artículo publicado en 1972 en la revista Science: “More is Different” (“Más es diferente”). Cuando Philip Warren Anderson lo escribió, se refería a los electrones y a las moléculas, pero también hablaba de nosotros: el efecto acumulativo de nuestras acciones personales sobre la colectividad es diferente a la suma del efecto de cada una de nuestras acciones considerada individualmente. Al ser muchos, cada acción tiene consecuencias globales abstractas y difícilmente imaginables. En tiempos de contagio, la carencia de solidaridad es, ante todo, una falta de imaginación.

De nuevo contra el fatalismo

La comunidad que debe preocuparnos no es la de nuestro barrio o nuestra ciudad; no es una región, ni un país, ni siquiera un continente: en tiempos de contagio, la comunidad es la totalidad de los seres humanos.

Si hasta ahora nos congratulábamos por nuestros esfuerzos en defensa de la seguridad social de nuestro país, ya podemos parar. He aquí un nuevo planteamiento, mucho más desafiante: pensemos en lo que podría llegar a ocurrir (o lo que ocurrirá) si el Covid-19 entrase con fuerza en algunas zonas de África donde las infraestructuras hospitalarias son más deficientes que las nuestras o directamente no existen.

En 2010 visité una misión de Médicos Sin Fronteras en Kinshasa, en la República Democrática del Congo. La misión se dedicaba a la prevención del VIH y a la asistencia a los seropositivos, en particular las prostitutas y sus hijos. Guardo un recuerdo nítido del cobertizo que hacía las veces de enorme burdel, donde las familias vivían apenas separadas por unas cortinas mugrientas y las mujeres se prostituían frente a sus hijos. Y lo recuerdo bien porque era la primera vez que veía una miseria tan absoluta, tan inhumana, tan chocante.

Me imagino al virus entrando en aquel cobertizo porque no hemos hecho lo suficiente por contenerlo, porque nos empeñamos en ir a aquella fiesta de cumpleaños. ¿Quién se hará responsable de las consecuencias de nuestro privilegiado fatalismo?

No todos somos igualmente susceptibles, igual que no solo existen ultrasusceptibles por edad o por patologías previas: existen millones y millones de ultrasusceptibles por causas sociales y económicas, y su destino, pese a que están lejos geográficamente, nos toca muy de cerca.

Nadie es una isla

Cuando cursaba la enseñanza secundaria hubo varias manifestaciones contra la globalización. Solo participé una vez, y me llevé una gran desilusión porque no entendía cuál era exactamente nuestra queja: todo era demasiado abstracto, demasiado genérico. A decir verdad, la globalización incluso me gustaba: prometía buena música y fantásticos viajes.

Aún hoy, la palabra “globalización” me desorienta por imprecisa y proteica, pero adivino sus contornos por sus efectos colaterales. Por ejemplo, una pandemia. Por ejemplo, esta nueva responsabilidad compartida a la que nadie puede sustraerse.

Nadie, en efecto: si las relaciones entre seres humanos se representaran con trazos a bolígrafo, el mundo sería un único y gigantesco garabato. En 2020, hasta el ermitaño más estricto tiene su cuota mínima de conexiones.

Vivimos, por decirlo de forma matemática, en un grafo enormemente interconectado. Y el virus corre por los trazos de bolígrafo hacia cada rincón.

“Nadie es una isla”: aquel trillado verso de John Donne adquiere hoy un significado nuevo y oscuro.

En el mercado

Sabemos más del futuro del Cov-2 que de su pasado: las circunstancias de su nacimiento no están nada claras y es posible que requiera bastante tiempo develarlas. Sin embargo, su mecanismo nos resulta, en general, bastante familiar: el Cov-2 (al igual que el SARS-Cov veinte años antes, y antes aún el VIH) ha llegado al hombre procedente de otra especie animal: es lo que en medicina se conoce como una zoonosis.

Todo el mundo culpa a los murciélagos, de quienes también procedía el SARS, pero el Cov-2 no pasó al hombre de forma directa: antes tuvo que realizar una estancia intermedia en otra especie, tal vez una serpiente. En el interior de ese huésped su RNA habría mutado hasta volverse peligroso para nosotros, solo entonces pudo realizar el segundo salto e infectar a una o más personas: los pacientes cero de este acontecimiento global.

Se supone que todo esto ocurrió en China, en un mercado de Wuhan donde conviven, en un espacio reducido, ejemplares de distintas especies de animales salvajes: una situación extremadamente favorable para que se puedan propagar los patógenos. Reconstruir de manera exacta cómo, dónde y cuándo tuvo lugar el primer contagio a un ser humano no responde a una curiosidad vana, sino que es el cometido de la epidemiología, y es tan importante como atajar el avance del virus. Sin embargo, se trata de una misión más lenta, incluso más difícil.

El caso es que mucha gente ha querido resumir la historia del virus en unas pocas palabras lapidarias: “En China comen animales asquerosos. Vivos, además”.

En el supermercado

Tengo un amigo que se casó con una joven japonesa: viven en la provincia de Milán y tienen una hija de cinco años. Ayer, cuando madre e hija estaban en el supermercado, unos tipos se pusieron a gritarles que la culpa era de ellas, ¡que se volvieran a China!

El miedo nos lleva a hacer cosas extrañas. En 1982, el año de mi nacimiento, se diagnosticó el primer caso de VIH en Italia. Por aquel entonces, mi padre era un cirujano de 34 años y, según me ha contado, al principio ni él ni sus colegas tenían la menor idea de cómo afrontar la situación: nadie sabía exactamente en qué consistía aquel virus. Cuando les tocaba operar a un paciente enfermo se calzaban dos pares de guantes. Parece que en una ocasión, una gota de sangre del brazo de una paciente seropositiva cayó al suelo del quirófano, y el anestesista gritó y se alejó de un brinco.

Eran médicos, pero tenían miedo: nadie está realmente a la altura de un cometido totalmente nuevo. En la coyuntura actual cualquier reacción es previsible: la rabia, el pánico, la indiferencia, el cinismo, la incredulidad, la resignación... Ojalá lo recordáramos y fuéramos un poco más cautos de lo habitual, un poco más compasivos, en vez de lanzarnos a gritar insultos absurdos en los pasillos de los supermercados.

De cualquier modo, y al margen de nuestra terrible dificultad a la hora de distinguir entre etnias asiáticas, la culpa del contagio no es toda “suya”: la culpa, si hay que buscar un culpable, es toda nuestra. 

Una profecía demasiado fácil

Los virus se cuentan entre los muchos prófugos de la destrucción del medio ambiente, junto con las bacterias, los hongos y los protozoos. Si por un momento fuésemos capaces de dejar a un lado nuestro egocentrismo nos daríamos cuenta de que más que ser los nuevos microbios quienes vienen a nuestro encuentro, somos nosotros quienes los desahuciamos de sus hábitats.

La creciente necesidad de comida lleva a millones de personas a buscar alimento en animales que sería mejor dejar en paz. En África occidental, por ejemplo, el consumo de carne de animales salvajes está aumentando, incluida la carne de murciélago, que por desgracia es el reservorio del Ébola en esa zona.

El contacto entre murciélagos y gorilas (a través de los cuales el Ébola puede transmitirse con facilidad a los seres humanos) es ahora más frecuente a causa del exceso de fruta madura en los árboles, debido a su vez a la alternancia entre lluvias excepcionales y épocas de sequía, debida a su vez al cambio climático...

Da vértigo solo pensar esa concatenación letal de causas y efectos, pero, por otro lado, se necesitan con urgencia más personas dispuestas a reflexionar sobre esta clase de concatenaciones, que no son pocas. Porque es probable que al final de la cadena se halle una nueva pandemia, tal vez más terrible incluso que la actual. Y porque en su origen no hay nada más que nosotros mismos y nuestra conducta.

Al principio me he permitido recalcar que lo que está ocurriendo había ocurrido ya y seguirá ocurriendo. No era una profecía sin fundamento; ni siquiera era una profecía. De hecho, ahora puedo añadir, objetivamente, que lo que está pasando con el Covid-19 será cada vez más habitual porque el contagio no es más que un síntoma: la infección es parte de nuestro ecosistema.

Lluvia con sol

En los años 80 estaban de moda los peinados voluminosos. Cada día se pulverizaban en el aire cientos y cientos de litros de laca. En algún momento se descubrió que los clorofluorocarbonos estaban abriendo un agujero en la capa de ozono y que, de seguir así, el sol acabaría asándonos vivos. Todo el mundo cambió de peinado y la humanidad se salvó.

Aquella vez actuamos con eficacia y cooperamos. Claro que el agujero de la capa de ozono era fácil de imaginar: era un agujero, al fin y al cabo, ¿quién no puede imaginarse un agujero? Hoy en día se nos pide que imaginemos algo muchísimo más abstracto.

He aquí una paradoja de nuestro tiempo: mientras la realidad es cada día más compleja, nosotros nos volvemos cada vez más refractarios a la complejidad.

Solo hay que fijarse en el cambio climático: el aumento de la temperatura terrestre está relacionado con las políticas sobre el precio del petróleo y con nuestros planes de vacaciones, con la competición económica entre China y Estados Unidos y con la necesidad de apagar las luces del pasillo, con la deforestación salvaje y con la carne que compramos en el supermercado. Lo personal y lo global se entrelazan de formas tan enigmáticas que nos dejan agotados antes de que logremos siquiera articular un razonamiento.

Y las consecuencias son aún peores: por un lado, los incendios en el Amazonas; por el otro, las lluvias torrenciales en Indonesia; no solo el verano más cálido del siglo, sino también el invierno más frío. Los científicos primero nos alertan de que tal vez no sobrevivamos, luego dicen que nuestra sensación de bochorno no quiere decir nada porque un día no afecta a la estadística, y mucho menos las quejas.

Al final, la única certeza es que nuestro cerebro no dispone de las herramientas suficientes: haríamos bien en equiparlo cuanto antes. De hecho, entre las enfermedades que podrían beneficiarse del cambio climático se encuentran, aparte del Ébola, la malaria, el dengue, el cólera, la enfermedad de Lyme, el virus del Nilo cccidental e incluso la diarrea, que puede que sea una leve molestia para nosotros, pero es un grave problema en otras zonas. El mundo está a punto de hacérselo encima.

Así pues, el contagio es una invitación a reflexionar y el tiempo de la cuarentena nos brinda la ocasión de hacerlo. Pero, ¿reflexionar sobre qué? 

Sobre el hecho de que no solo somos parte de la comunidad humana, sino que somos la especie más invasiva de un ecosistema frágil y magnífico.

Parásitos

Hace diez años que paso los veranos en Salento. Si estando lejos pienso en sus paisajes, algo que me ocurre con frecuencia, lo primero que me viene a la mente son los olivos. En el camino que lleva de Ostuni al mar hay unos tan antiguos y majestuosos que al contemplarlos cuesta creer que sean plantas. Sus troncos son tan expresivos que parecen capaces de sentir. En ocasiones yo también me he dejado llevar por el impulso de abrazar uno para capturar un poco de su fuerza.

La Xylella fastidiosa apareció por primera vez cerca de Galípoli en 2010. Allí comenzó su parsimoniosa marcha hacia el norte, infectando los olivares kilómetro a kilómetro. Al principio, simplemente parecía que el sol había quemado un poco de follaje, pero al cabo del tiempo los árboles se transformaron en esqueletos. El verano pasado, conduciendo por la autopista que va de Bríndisi a Lecce, vi auténticos cementerios de árboles grises.

Con todo, diez años no han bastado para poner a todo el mundo de acuerdo.

“La Xylella existe”.

“La Xylella no existe”.

“La Xylella infectará todos los olivos”.

“La Xylella solo afecta a los olivos descuidados”.

“La Xylella la causan los herbicidas”.

“La Xylella viene de China”. (¡Siempre los chinos!)

“Es necesario talar todos los árboles en un radio de cien metros alrededor de un ejemplar infectado”.

“Basta con un poco de cal sobre los troncos, a la vieja usanza. ¡Que nadie se atreva a tocar los olivos!”

“La epidemia es un problema regional”.

“Es un problema nacional”. 

“Es un problema europeo”.

Entretanto, el parásito avanza y se multiplica a sus anchas. Empieza a asomar por Antibes, Córcega, Mallorca: a la Xylella le encanta viajar.

Expertos

4 de marzo. El gobierno acaba de anunciar el cierre de todas las escuelas de Italia y yo ya he discutido con un par de personas. En tiempos de contagio se discute sobre todo sobre las diferencias entre el Covid-19 y una gripe estacional, pero también sobre las medidas de contención, que para unos son demasiado blandas y para otros una exageración.

Así ha sido desde el principio: por un lado, está quien subraya la propensión de la enfermedad a mandar gente al hospital; por otro, quien la describe como un resfriado sobrevalorado. Hay quien asegura que se lava las manos un poco más a menudo y punto, y quien reclama que el país entero sea puesto en cuarentena. “Los expertos aseguran”, “que hablen los

expertos”, “aunque los expertos creen que...”. 

“En la ciencia, lo sagrado es la verdad”, escribía Simone Weil. Pero, ¿cuál es la verdad si, acudiendo a los mismos datos y compartiendo los mismos modelos, se llega a conclusiones opuestas?

En tiempos de contagio, la ciencia nos ha defraudado: buscábamos certezas y solo hemos encontrado opiniones. Hemos olvidado que siempre es así en realidad; que, de hecho, no puede ser de otro modo: para la ciencia la duda es incluso más sagrada que la verdad. Ahora mismo eso no importa.

Contemplamos a los expertos pelearse como los niños ven discutir a sus padres: de abajo hacia arriba, y luego empezamos a discutir entre nosotros.

Multinacionales extranjeras

Allí donde la concordia no echa raíces solo crece mala hierba, igual que en los intersticios entre las baldosas de la calle. Las malas hierbas de la ciencia son las meras conjeturas, las manipulaciones o las falacias propiamente dichas.

“La Xylella fastidiosa ha salido de un laboratorio, creada por multinacionales extranjeras para debilitar nuestra producción de aceite... es más: para tapizar toda Apulia con campos de golf”.

“El cambio climático es parte de un ciclo natural”.

“Greta Thunberg es una asalariada de las multinacionales extranjeras y gasta plástico a diestro y siniestro”.

“También el coronavirus ha salido de un laboratorio, creado por multinacionales extranjeras para después vendernos la vacuna... otra vacuna que hará que nuestros hijos se vuelvan autistas”.

“La gripe estacional causa más muertes que el coronavirus”.

“Los chinos ya lo sabía”.

“Los americanos ya lo sabían”.

“Bill Gates lo sabía”.

“A estas alturas, en Wuhan están matándose a tiros en las calles”.

Somos libres de creer que el Covid-19 empezó a propagarse en China a partir de un vial robado de un laboratorio militar ultrasecreto. Esta idea es sin duda más fascinante que la hipótesis de la transmisión desde los murciélagos; sin embargo, requiere suposiciones mucho más arbitrarias que un fenómeno recurrente y ampliamente documentado como la zoonosis: hay que presumir la existencia del laboratorio y del proyecto militar, la existencia del propio vial y del plan para robarlo, etc. En casos como este, la ciencia echa mano de la navaja de Occam; es decir: toma siempre el camino más corto. La solución correcta es con toda probabilidad la más simple, la que exige el menor esfuerzo imaginativo.

Sé muy bien que la teoría del laboratorio militar ultrasecreto es mucho más divertida, pero habría que dejarla para una buena película de espías.

Contar los días

Acabo de recibir un correo electrónico: iba a participar en una convención en Zagreb donde exponentes de diversas disciplinas y países buscaríamos juntos un nuevo significado al hecho de ser europeos; sin embargo, ahora los organizadores me invitan a “reconsiderar mi participación” ya que las autoridades competentes desaconsejan la concurrencia de invitados procedentes de zonas de riesgo, entre las que se cuentan Italia, China, Singapur, Japón, Hong Kong, Corea del Sur e Irán. Curiosa pandilla: el G7 de los infectados.

Mientras la epidemia avanza y ronda ya los 100 mil contagiados, asisto al desmantelamiento de mi agenda. Marzo no será como lo esperaba, ya veremos cómo marcha abril. Es una extraña sensación de descontrol a la que no estoy acostumbrado, pero trato de no resistirme: no hay uno solo de estos compromisos cancelados que no pueda recuperarse más adelante o sencillamente perderse sin pena ni gloria. Nos enfrentamos a algo mucho mayor que merece toda nuestra atención y respeto; que exige todo el sacrificio y la responsabilidad de los que seamos capaces.

Gran parte de esta crisis tiene que ver con el tiempo, con nuestro modo de organizar y exprimir el tiempo. Estamos a merced de una fuerza microscópica que se arroga el derecho de decidir por nosotros. Nos sentimos apretujados y rabiosos, como en un embotellamiento, pero sin un alma alrededor. En este estrujón invisible nuestro único deseo es regresar a la normalidad: creemos que tenemos derecho a hacerlo. De repente, la normalidad se ha convertido en nuestro bien más preciado, nunca antes le habíamos dado tanta importancia. Si lo pensamos con detenimiento, ni siquiera sabemos en qué consiste exactamente, pero la queremos de vuelta.

Aun así, la normalidad sigue suspendida y nadie puede saber hasta cuándo. Ahora es el momento de la anomalía y nos toca aprender a habitarla, encontrar razones para aceptarla más allá del miedo a la muerte.

Posiblemente sea cierto que los virus no están dotados de inteligencia, pero en esto son más astutos que nosotros: cambian con facilidad, se adaptan. Tenemos que aprender de ellos.

El atolladero en que nos encontramos tendrá consecuencias enormes: puestos de trabajo perdidos, colapso en todos los sectores. Todo el mundo lidia ya con sus propias pérdidas. Nuestra sociedad puede permitirse cualquier cosa, menos bajar el ritmo. Pensar en lo que está por venir me resulta demasiado complejo; soy incapaz de imaginarlo, me rindo: aceptaré las novedades conforme lleguen, una por una.

En el salmo 90 hay una invocación que últimamente no consigo sacarme de la cabeza:

“Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría”.

Puede que me venga a la mente porque nos pasamos la epidemia contando: contamos el número de enfermos y recuperados, los muertos, los ingresados y las mañanas de ausencia escolar; contamos los miles de millones que se volatilizan en la bolsa, las mascarillas que se han vendido y las horas que faltan para conocer el resultado de la prueba; contamos los kilómetros de distancia del foco más cercano y las reservas de hotel anuladas; contamos nuestros vínculos, nuestras renuncias. Y contamos una y otra vez los días, más que cualquier otra cosa: los días que nos separan del final de la emergencia.

Sin embargo, creo que el salmo pretende sugerirnos otro modo de contar: enséñanos a contar nuestros días para que los valoremos, para que valoremos cada día, incluyendo estos que nos parecen un penoso intervalo.

Podemos defender que el Covid-19 es un incidente aislado, una desgracia o una calamidad, gritar que la culpa es de los demás. Somos libres de hacerlo. Pero también podemos esforzarnos en dotar de un sentido al contagio, hacer un mejor uso de este tiempo, ocuparlo en pensar lo que la normalidad nos impide pensar: cómo hemos llegado hasta aquí y cómo queremos reemprender nuestras vidas. 

Contar los días. Traer al corazón sabiduría. No permitir que tanto sufrimiento sea en vano.

 

☛ Título: En tiempos de contagio

☛ Autor: Paolo Giordano

☛ Editorial: Salamandra

 

Datos sobre el autor

Paolo Giordano nació en Turín en 1982 y es licenciado en Física Teórica.

Con apenas 26 años se convirtió en el fenómeno editorial más notable de los últimos tiempos en Italia con La soledad de los números primos, editado en cuarenta países.

Es autor también de las novelas El cuerpo humano, Como de la familia y Conquistar el cielo.

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