Al mediodía del martes 6 me llama por teléfono
Eduardo Eurnekian. Fiel a su estilo directo y verborrágico,
lanzó su monólogo: “Necesito verlo urgente, hoy por la tarde. A la hora que usted me diga
puedo estar en su oficina. Tiene que ser hoy, porque mañana temprano salgo de viaje. Supongo que
PERFIL
publicará este domingo una nota sobre las denuncias que me hacen y
quiero que tenga mi propia versión
de los hechos. Quiero ponerme a su disposición” .
La frase “ponerme a su disposición” me hizo recordar los años ’30, cuando
los buscados por la Justicia elegían entregarse en el mítico diario
Crítica.
Le expliqué a Eurnekian que sobre el tema de Aeropuertos 2000
prefería que hablase con nuestro editor de Economía.
Que lo que a mí como periodista podría interesarme escuchar y
publicar eran sus opiniones sobre la relación de los empresarios con el Gobierno. Respondió
que solamente quería hablar conmigo y acordamos lo siguiente:
su abogado respondería a las preguntas
del editor de Economía de
PERFIL sobre Aeropuertos 2000 (ver
Notas relacionadas)
y él respondería a mis preguntas en un reportaje.
Antes de pasar a las preguntas y respuestas, como en los programas de protección al menor,
una advertencia:
el lenguaje de Eurnekian
puede herir sensibilidades. Varias veces durante la
conversación su pragmatismo radical me resultó chocante, pero tiene el valor de revelarle al
lector, con cruda sinceridad,
cómo piensa el empresario que más se ha enriquecido en la última
década y, como decía Freud, “nada es por casualidad”.
—¿Se puede ser empresario de éxito en la Argentina sin
llevarse bien con el presidente de turno?
—Depende del rol del empresario. La crisis argentina me llevó a abrirme
internacionalmente y conozco las circunstancias de otros países democráticos y no tan democráticos.
¿Qué priorizo yo en la Argentina? Priorizo que sea democrático, que respete los derechos humanos,
que haya sido elegido por el pueblo. Y si se dan esas circunstancias, yo no puedo decir si soy
amigo o no soy amigo del presidente. A mí,
que el presidente de turno me haga una llamada telefónica y me
pida algo, me honra, en cuanto y en tanto sea razonable.
—¿Con que no sea un dictador alcanza?
—
Lógico, que no sea un dictador. Ahora, ¿soy yo el que va
entrar a discutir los estilos? No es un problema mío. En el momento de la votación,
si me gusta el estilo de este Presidente, lo votaré o no.
—¿La crisis en la Argentina hace más necesario que un
empresario de cierta escala tenga buena relación con el presidente Kirchner?
—Yo lo que
no creo es que la Argentina pueda iniciar cada diez años un ciclo
de vida. El país tiene que tener políticas de mediano y largo alcance. Para poder no ser
dependientes del Estado tenemos que tener instituciones sólidas. Y esas instituciones sólidas no
son solamente las del Estado, sino también las empresariales, las culturales, las sociales. Ahora,
¿existe eso en la Argentina? No, no existe. ¿Por culpa de
quién? Por culpa de las circunstancias. ¿A quién le vamos a echar la culpa: a este Presidente, al
anterior, a los otros?
—O sea, donde las instituciones no funcionan, ¿no se le
puede pedir a un empresario que se comporte como si estuvieran en un país donde sí
funcionan?
—Se comporta en función de la institucionalidad
existente. La naturaleza de las cosas no la podemos generar ni variar. Recuerdo cuando tuve
una conferencia con el rey de Jordania y me decía: “Eduardo, la democracia significa
distintas cosas en distintas partes del mundo. Para nosotros, nuestro país es un régimen
democrático”. Y yo decía: “No, no es democrático”. Obviamente lo pensé y no se lo
dije. Pero es una barbaridad lo que se está haciendo de querer transpolar un modelo de democracia a
Irak. ¿Quién no quiere democracia en Irak? ¿Quién quiere un dictador en Irak? ¿Quién quiere a
alguien que se lleve por delante los derechos humanos? Pero, ¿se respetan hoy los derechos humanos
en Irak? ¿Quién es el responsable por los muertos actuales? Alguien se tiene que hacer cargo. Con
Alfonsín creíamos que teníamos una democracia sólida y se fue antes.
Alfonsín es un gran tipo, al que yo quiero y respeto mucho,
más allá de sus errores, porque
él me dio democracia, me dio aire. Yo empecé a sentir que
podía hacer algo por la Argentina, que podía hacer algo para cambiar mi país. Y vino
Menem y también parecía que teníamos una democracia sólida, que
venía a cubrir un poco el
hueco que nos dejaba Alfonsín en el tema económico. Mario
Bunge habla de hacer diques de contención en la sociedad.
El primer dique de contención es la Constitución, respetarla.
Luego vienen los otros diques: el social y el económico.
—¿Y cuál fue su expectativa con De la Rúa?
—Me pareció brillante el cambio. “Estamos en un país serio, pasar de un gobierno
de un partido a otro. Estamos en un bipartidismo sano, genuino”, me dije. ¿Ahora la culpa es
mía que no lo aguantaron a De la Rúa? No fui yo el que puso las barras bravas en la calle para
echar a un presidente. En ese marco de inseguridad político-social-económica, ¿qué se le puede
pedir al empresario?
—Estados Unidos es una sociedad que usted conoce muy bien.
¿Allí los empresarios son menos dependientes del gobierno de turno?
—
Las grandes empresas de Estados Unidos están haciendo negocios con
el señor Bush mientras juegan al golf con él. A tal punto están unidos al poder estos
señores, que la empresa ligada al vicepresidente Cheney está cuestionada por contratos con el
gobierno. Ahí está el rol del periodismo, que con justicia se lo llama “el cuarto
poder”, porque cuando los tres poderes no funcionan debida y articuladamente, el que les
llama la atención es el periodismo. El periodismo es el que golpea la puerta a los tres poderes y
le dice: “¡Cuidado! Acá la Justicia está siendo subyugada por el poder”.
—¿La Justicia es independiente en la Argentina?
—¿Por qué cargarle la cuestión solamente a la Justicia? ¿Es que tenemos seguridad
cuando salimos a la calle? Hemos hecho guetos con los countries y ni siquiera los countries
funcionan. Yo creía que después del ’83 la Argentina iba a entrar en un proceso de evolución,
después de haber tenido 53 años de un poder que existió únicamente en manos de los cuarteles. ¿De
qué gobierno civil hablamos? ¿De Frondizi? ¿De Illia? Es mentira que hubo gobierno civil. Los
únicos gobiernos civiles que hubieron en la Argentina comenzaron en el ’83. Y la sociedad fue
injusta con Alfonsín, porque no pudo terminar su mandato.
—Los empresarios dicen que este Gobierno les genera miedo.
¿A qué atribuye esa queja?
—
Este Gobierno tiene un estilo que, yo diría, es propio del
Presidente.
Lo que estamos cuestionando es un estilo. Ahora, ¿debemos
perdernos en la hojarasca o tenemos que mirar el bosque? Evidentemente, los empresarios tienen que
defender los principios de la libertad económica y es evidente que los gobiernos quieran limitar de
alguna manera esa libertad, porque es parte de lo que consideran su poder. Yo tengo negocios en
muchas partes del mundo y creo que la relación entre poder y empresariado es la misma.
—El miedo que se manifiesta en la Argentina no existe en la
mayor parte del mundo.
—Porque el empresariado acá es demasiado chiquito. Ha quedado tan atomizado el poder
económico, que
en la Argentina no existe un
verdadero poder económico. Cada crisis ha ido borrando una clase
dirigente empresaria. . Yo, desde la década del ’50, he visto pasar la caída de Perón,
de Frondizi, que también tuvieron su élite empresarial. Todas desaparecieron. Luego vino una nueva
clase empresaria advenediza con la democracia. Yo mismo me considero parte de ella. ¿A qué se debe
todo esto si no es a una falta de institucionalidad profunda?
—
¿Por qué cree, entonces, que el miedo que le tienen los
empresarios al Gobierno hoy es mayor que en otras épocas?
—Dentro de seis meses los empresarios van a tener la oportunidad de votar. ¿Qué más se
puede pedir en democracia? Tenemos libertad, sabemos lo que
cada empresario expresa, dice, opina. Por ejemplo, se dice
que fulano es “kirchnerista” porque tuvo un contrato. Yo digo que el Gobierno tiene que
hacer contratos con alguien. ¿Dónde están los viejos empresarios? Agarraron su dinero y se fueron.
—¿Los nuevos empresarios K surgen sólo por el vacío que
dejan los que se fueron?
—Porque el empresario es empresario y no tiene condiciones para tratar con el poder
público. El empresario no es un político. El empresario no sale a tratar con el poder público.
Encuentra que es un halago si el Presidente lo llama y le pide una pavada. Porque en el fondo somos
inseguros.
La gente cree que el empresario es un hombre todopoderoso.
Mentira. Sabemos tomar algunas decisiones que nos salen bien, y nada más. Nos sabemos
manejar, y nada más. Sabemos tomar decisiones un poco más osadas, sabemos manejar un tema con
profundidad, sabemos rodearnos bien y eso es todo, pero somos humanos (sic). Tenemos las mismas
falencias que cualquier ser humano.
Entonces necesitamos cierta protección. Otro punto es la
sensación de seguridad física, de poder estar en un country y salir a caminar tranquilo,
sin el temor de que me van a matar o robar.
—Los empresarios que vendieron parecen tener más miedo a la
inseguridad patrimonial que a la física: su dinero lo envían al exterior pero ellos siguen viviendo
en la Argentina.
—
No coincido con que se queden tanto. Muchos de los hijos de
los empresarios de cierto nivel están viviendo en España, en EE.UU., o haciendo carrera en otras
partes del mundo. Yo creo que tenemos que atacar ese problema de fondo, si queremos poner orden.
Para que
no vuelva a suceder lo de las barrabravas que bajaron a De la
Rúa.
—Sin ellas, ¿no hubiera igualmente explotado la
economía?
—Si hubiera explotado la situación económica deberíamos haber esperado que De la Rúa
continuara hasta las siguientes elecciones. Lo mismo pasó con Perón en el ’55. Si Perón
seguía en el camino que estaba, perdía las elecciones y, de nuevo, la falta de paciencia. A Perón
lo endiosaron en el ’52, pero tres años después estaban cansados de la quema de las iglesias
y de la persecución. Yo tengo respeto por el Perón del ’73, creo que es otro Perón, un Perón
con una visión geopolítica. Y también digo que la Argentina ha tenido mala suerte, porque si a un
individuo de la capacidad y la inteligencia de Perón, en vez de mandarlo como agregado militar a
Italia o Alemania hubiera ido a Estados Unidos, hoy tendríamos otro país.
—Es una conjetura tan arbitraria como cuando Pascal decía
que si la nariz de Cleopatra hubiera sido un centímetro más larga, la historia de la humanidad
hubiera cambiado, porque ni Marco Antonio ni Julio César se hubieran apasionado por ella. Lo
concreto aquí es que para usted los Estados Unidos son un modelo más adecuado para la Argentina que
Europa.
—El de los Estados Unidos fue un modelo en determinados momentos de su historia: no en
vano la Constitución argentina se inspiró en la norteamericana. Nuestros grandes hombres conocieron
Europa. Alberdi conocía muy bien a Europa, pero por alguna razón copió el modelo americano.
—¿Qué opinan sus socios de Italia?
—Mis socios en Milán son otra cosa totalmente distinta. Ahora hemos ganado una
licitación para manejar el aeropuerto de Génova. Ellos están en estratos de desarrollo donde la
complejidad entre la relación política, económica y empresarial es la misma, pero el contexto de
respeto es distinto. Por ejemplo,
en Italia cambió el gobierno de Berlusconi por el de Prodi y, en
el fondo, no cambió nada. El que entraba al despacho de Berlusconi ahora entra al de Prodi:
me incluyo. En la Argentina pareciera que todavía se tuviera que pasar por un proceso de
decantación en cada cambio de gobierno.
—¿Cree que, ante cada cambio político, en nuestro país se
buscan chivos expiatorios en el empresariado?
—No, si hasta (Franco) Macri está contento con este Gobierno.
—O sea: es más una declamación para la tribuna.
—Yo creo que a los empresarios esa amorfidad institucional nos lleva a buscar
soluciones donde no debemos. Es mucho más fácil ser empresario en la Argentina, hasta cierto nivel,
que ser empresario en otros lugares del mundo.
Es mucho más fácil ser empresario en un país africano, por
ejemplo, porque no hay normas.
—¿Siendo amigo del Gobierno?
—De quien sea, del comisario de la esquina (en Africa). Depende de la circunstancia
institucional del país. Dentro de la Argentina, depende del pueblo. Yo estoy en el Chaco y tengo
una situación institucional de primera con un intendente de primera que está preocupado por las
cuestiones sociales. Al haber una íntima y estrecha colaboración con la empresa, uno hace lo
imposible, porque sabe que ese hombre está más allá de la política, que ese hombre tiene realmente
voluntad de solucionar los problemas de la falta de trabajo de la comunidad y que no está haciendo
alharaca política. Hay de todo...
—
¿Cómo hizo para conquistar la simpatía de Kirchner después de
haber sido considerado el arquetipo de la época menemista?
—Fue una situación muy dolorosa, para mí y para mis socios. Cuando negociamos con
Duhalde, él nos dijo: “La verdad Eurnekian, tiene
razón, porque el Estado incumplió un montón de cosas”.
Teníamos un acuerdo que, como siempre en la Argentina, lo
traba la Justicia y, en vez de salir cuando se hizo el acuerdo, termina saliendo una semana antes
de que Duhalde se vaya.
Viene Kirchner y lo anula. Lo voy a ver y en una audiencia
le digo: “Presidente, le pido por favor que no lo anule. Por favor, suspéndalo. ¿Qué
sensación les va a dar los socios italianos? Se negoció con De la Rúa, se negoció con Duhalde y
ahora se va a negociar con usted. Hay que respetar la imagen exterior”.
Lo entendió y dijo: “Bueno, vamos a ver todo el contrato de
nuevo”. Yo dije: “Está bien, porque no hay nada que ocultar. Veamos el contrato
todo lo que usted quiera. Si hay algo turbio, aparecerá. Y si no hay nada turbio, al final lo
aprobará”. Uno confía en el Presidente que fue votado por todos. Dije, vamos a ver qué dice
este hombre. Ya pasaron tres años.
Y puedo decir que no he conocido un funcionario de mediano nivel
que profundizara y entrara en los detalles, en los centavitos, como entra este hombre. A
este hombre no se lo engaña fácil, no se le dice “estoy gastando tanto”. Discute punto
por punto de un contrato complejo.
—¿Lo tomaría a Kirchner para CEO de sus empresas?
—
¿De CEO? Absolutamente.
—¿Y para qué no lo tomaría?
—Posiblemente
para presidente.
—Sigamos con el contrato.
—Sucedió lo que calculé: si este hombre le va a dedicar a los 69 contratos que estaban
caídos por la crisis el mismo tiempo que le dedica al mío, estos contratos salen en cinco años. Y,
efectivamente, están saliendo ahora. Creo que lo ha tomado como una cuestión muy personal.
Lo que debe tener Kirchner en mente es recuperar el poder de
renegociación del Estado. El cree que en los ’90 el Estado perdió poder de negociación
y, seguramente, en los ’80 no lo tuvo por otras razones. Por lo cual dijo: “Acá el
Estado no tiene poder para nada, entonces yo tengo que recuperar el poder de renegociación del
Estado. Si entrego la riqueza, como puede ser el petróleo, la tengo que negociar en función de los
intereses de mi país. Y si voy a entregar a alguien que maneje los aeropuertos, tengo que saber que
estoy haciendo un contrato que es razonable y que estoy defendiendo a mi país”.
—Los manuales de gestión enseñan que la obsesión por los
detalles puede restar en lugar de sumar eficiencia, porque impide la delegación y, con ella, la
especialización.
—Tiene que ver con los estilos. ¿Cómo se cambia la personalidad? De la Rúa tenía un
estilo: confiaba en otros y él no se involucraba para nada. Menem era un individuo que seguía
determinados temas, no todos. Son estilos. Yo soy un empresario obsesivo que puede manejar un área,
pero no varias simultáneamente. No podría tener un multimedios y un aeropuerto. O estoy todo el día
metido en el multimedio o estoy todo el día metido en los aeropuertos. Yo conozco cuáles son mis
limitaciones.
—¿Qué piensa de los controles de precios?
—En noviembre de 2005, cuando se hicieron los pronósticos empresariales de la inflación
de 2006, se hablaba de aumentos salariales del 30% y 40%, y de que iban a tener un impacto del 20%
en la inflación. Evidentemente era alarmante. ¿Qué se podía haber hecho? ¿Qué se nos ocurre a
nosotros? Por un lado, la gente no suficientemente bien paga. Por otro, un sistema de libertades
sindicales que permiten pedir el 40 por ciento. ¿Qué puede hacer el Estado? Llamar a las dos partes
y decir: “Usted no pida tanto más que esto y usted no aumente tanto más que esto”.
¿Hizo mal?
¿Interfirió en las relaciones? Posiblemente. Pero si no
intervenía, hubiéramos entrado en
una espiral inflacionaria. ¿Cómo lo solucionan de aquí en
más? No lo sé. Ese primer paso de autoridad fue bien dado.
—¿Se puede crecer al 9% sin inflación?
—Los países que crecen a tasas muy altas lamentablemente tienen índices de inflación
que deberían controlarse para que, bajo ningún punto de vista, ese índice de inflación llegue a los
dos dígitos. Otro tema es la tasa de interés: si la analizamos en pesos, un 10% ó 12% anual
parecería razonable. Pero si sabemos que vamos a tener a fin de año un dólar estable de $3,10, una
tasa de interés de 10% ó 12% en dólares pasa a ser alta. No puede existir un crecimiento a tasa
elevada con baja inflación. Conozco el caso de China. En China hay inflación.
—¿No teme que la presión sobre los precios genere un efecto
“resorte” a mediano plazo?
—Coincido. Hoy no se lo ve, pero
podría ser. El equipo del Gobierno, los empresarios y los
sindicatos tenemos la responsabilidad de que eso no suceda. Creo que una pauta muy importante se va
a ver en el proceder de los sindicatos durante estos meses. En estabilidad no se puede discutir el
tema de salarios todos los años. Ni tampoco todos los gremios juntos el mismo año.
—La Argentina eligió el modelo de los tigres asiáticos de
los ’60 y los ’70: dólar muy alto y sueldos muy bajos, pero nuestra cultura del ahorro
y de disciplina va en contra de sacrificios tan exigentes. ¿Hay un dilema en ciernes?
—No es ningún dilema. Es el mismo caso que sucedió en países como Japón y Alemania,
después de la guerra, y en China. En China, cuando comenzó todo este proceso, el promedio salarial
era insignificante: 6 ó 12 dólares por mes. Hoy ya están ganando US$120 mensuales. En la Argentina
tenemos que basarnos en un dólar alto para que todo el mundo tenga trabajo, porque si ponemos un
dólar razonable, un 30% de la población se quedará sin trabajo. Ahora, tanto el Estado como el
empresariado privado tendrán que buscar los mecanismos de formación del trabajador, para ir
incorporando productos de mayor valor agregado, porque ayer fue China, hoy puede ser la India,
mañana Bangladesh y después todos los países de Africa los que competirán con nosotros con sueldos
más bajos aún.
—¿La solución no está en la inversión?
—Si tuviéramos más inversión tendríamos más inflación. Y la Argentina tiene un buen
nivel de inversión.
—Pero con un significativo aporte de construcción y
celulares: la importación de verdaderos bienes de capital es 30% menor que en 1998.
—Me acuerdo de aquella discusión sobre caramelos o acero. Yo creo que no hay caramelos
ni acero: es actividad económica, venga de donde venga.
—¿Qué reflexión le merecen los ataques que sufrió Alfredo
Coto, casualmente por los pronósticos de inflación a fines de 2005, y el cambio de ánimo del
Gobierno hacia él después de los controles de precios?
—No sé. Yo tengo muy buena relación y lo aprecio a Alfredo. Hay una historia visible y
una invisible. Una historia chiquita y una grande. Yo no conozco ninguna de las cuatro: él a mí
jamás me manifestó nada. No puedo opinar.
—Opine, entonces, de la fragilidad del empresario nacional.
¿En Brasil los empresarios son más independientes del gobierno por una cuestión de escala?
—Sin lugar a duda hay algo de escala, pero no creo que sea el caso de Coto. Los
supermercados argentinos tienen un buen nivel de escala y un buen nivel de competitividad.
—¿Por qué los empresarios brasileños compran empresas
argentinas?
—Primero,
porque las empresas argentinas son baratas. Si hoy yo
saliera a vender los aeropuertos, que hoy en el mundo tienen un valor razonable porque hay
apetencia, me encontraría con que un extranjero miraría nuestra historia y se preguntaría: ¿Cuántos
ceros le agregaron a su moneda con décadas de inflación? ¿Cuántos cambios tuvieron? ¿Cuántos
defaults hicieron? Eso pesa mucho en la valuación. Necesitamos tiempo para cambiar esa imagen y
cada uno en la sociedad tiene que cumplir su rol. El rol del cuestionamiento que hace la prensa me
parece brillante, lo tienen que cumplir. Pero los empresarios estamos en otra cosa y no tenemos que
dedicarnos a mirar detalles.
—Por sus experiencias como empresario en Ecuador, Armenia,
Italia y Uruguay, ¿la percepción de corrupción allí es mayor, igual o menor que en la
Argentina?
—El problema de la corrupción es como lo que se dice de la mujer del César: hay países
donde dicen que no hay corrupción, porque la mujer del César aparenta. En cambio, hay otros con
fama de altos índices de corrupción, pero haciendo negocios no aparece.
—Transparency International califica a Italia como el país
más corrupto de Europa y con niveles similares a los de la Argentina. ¿Coincide esa valuación con
su experiencia?
—El sistema que ellos tienen entre la municipalidad, la gobernación, la región y la
nación es muy complejo. Nosotros acabamos de cerrar un contrato para el manejo del aeropuerto de
Génova y, entre idas y venidas, tuvimos que negociar con todos. Ahora yo digo:
¿A qué llamamos corrupción? ¿Lo es el tener que conformar a cada
uno de estos señores de distintas maneras para lograr algo?
—¿Conformar con qué cosas?
—Todas: desde que tome esto y que luego no me permita esto otro.
—Concretamente: ¿En Italia hay más o menos corrupción que en
la Argentina?
—El tema de la corrupción en la Argentina es distinto. Si hay algo que tienen los
países centrales es una determinada homogeneidad que no tenemos acá. Entonces esa falta de
homogeneidad permite un marco de más libertad en la valoración de distintos actos. Si yo a los
policías les doy una pizza, ¿es un acto de corrupción? ¿Y si yo considero que atender a un servidor
público facilitándole algún medio no es un acto de corrupción? Yo creo que las diferencias sociales
en la Argentina son muy grandes y eso impide la homogeneidad.
—¿Podría ser un poco más concreto?
—Los grandes escándalos de corrupción los he visto en los países centrales: Enron,
Parmalat...
—
Cambiemos de tema. ¿Cómo le va con las licitaciones de obra
pública a las que se está presentando?
—Yo peleo las licitaciones porque mis competidores no son nenes de pecho.
Mis competidores me quieren hacer de goma y yo los
quiero hacer de goma a ellos. Entonces, cuando ganan una
licitación y me preguntan si hubo corrupción, yo no sé dónde hubo corrupción. Yo, la verdad, me
rompo el lomo para ganarlas y de cinco que me presento, en cuatro pierdo. Llegar adonde llegué hoy
me llevó cuatro años. Yo no empecé de un día para otro a ganar licitaciones. Empecé haciendo 2
millones, 3 millones, 5 millones, y me ponían un pie encima los capitostes. Es lógico, está bien,
porque yo era “advenedizo”. Hoy me gané mi lugarcito y puedo competir por un poco más.
No puedo presentarme a una obra pública por $500 millones, porque a lo mejor me dan los números
pero no la capacidad técnica.
—¿Qué piensa de De Vido?
—Es un hombre de confianza del Presidente, al que debe conocer muy bien. El Presidente
es conciente del poder que tiene. Y ahora yo traspolo: ¿A quién le doy el poder en mi empresa? ¿A
quién le transfiero parte de mi poder? A la gente que le tengo confianza. Entonces, el Presidente
tiene gente de confianza que le permite manejar un área tan sensible como es la de los servicios
públicos. Ahora, ustedes en PERFIL hacen denuncias, por ejemplo la del gasoducto. Esos son
elementos que ustedes manejan.
—¿Qué estuvo bien de los ’90?
—Que el Estado no podía seguir manejando los servicios públicos y los privatizó.
—¿Y mal?
—No tuvieron la habilidad de crear el marco de contralor: con las privatizaciones se
quedaron a mitad de camino. Si lo hubieran hecho bien, no hubiéramos tenido la debacle posterior.
—
¿Qué está mal en la economía actual?
—
El Gobierno no se ha fijado todavía los tiempos para la
estrategia. Es extraordinario en lo táctico. Si yo soy un general brillante con la táctica,
¿para qué quiero estrategia? Si eso lo dejarán para el próximo gobierno, no lo sé. En algún
momento, van a ver que las cosas van a ir lo suficientemente bien, que están dominadas las grandes
pautas y variables económicas, y dirán: “Muchachos, sentémonos a mirar el horizonte”.
Eso es lo que falta.
—
Después de más de una década como empresario de medios, ¿cree que
la fusión de Multicanal y Cablevisión amenaza la pluralidad?
—Los negocios son muy evolutivos: hoy es un negocio el cable, por ahí en cinco años no
lo es más por la tecnología, por nuevas apariciones, por internet.
—¿Votaría a Macri y a Lavagna en las próximas
elecciones?
—Yo los veo a ambos como individuos que han venido de la vida empresarial. Y deben
saber cómo nos sentimos los empresarios y cuáles son nuestros problemas.
—Para Jefe de Gobierno de la Ciudad: ¿Macri o
Telerman?
—
A mí Macri me gusta en Boca. Tiene la habilidad de llevar a
Boca a ser exitoso. Me voy a encontrar ante la disyuntiva de elegir entre dos exitosos: uno que en
el día a día me lo demuestra y el otro que me tiene que convencer de que lo hará. Yo no excluyo
votarlo a Macri, pero si estoy en la duda, no cambio a quien lo está haciendo bien, como Telerman.
—¿Y Lavagna a presidente?
—Primero quiero saber con quién va a competir. Para mí todavía no está claro si compite
con Cristina o con Néstor. Si lo hace con Néstor, votaría por Kirchner porque, otra vez, no
cambiaría a quien lo está haciendo bien. Si la candidata fuera Cristina, recién allí lo pensaría,
entre ella y Lavagna.
"A Kirchner lo tomaría de CEO pero no de presidente"
El presidente de Aeropuertos Argentina 2000 habla de todo. De la relación de los empresarios con el Gobierno. De la corrupción. De los controles de precios y las quejas del empresariado. De cómo negoció con el Presidente, detalle por detalle, el nuevo contrato entre su compañía y el Estado. Del estilo K. De su relación con el ministro De Vido. De la inflación. Del modelo económico. Y de sus preferencias para las próximas elecciones por Kirchner y Telerman, por sobre Lavagna y Macri.