La Argentina volvió a ser noticia en el mundo gracias a las imágenes (familiares para los que
siguen el derrotero del país) de enfrentamientos violentos ante la pasividad de las fuerzas del
orden. Esta recurrente combinación de intolerancia interna y fracaso del Estado es una fórmula que
ahuyenta potenciales inversores, pues alimenta los peores prejuicios y confirma las perennes
percepciones de que el país carece de la infraestructura institucional y de un clima de negocios
adecuados y homologables al resto de los países emergentes.
Los protagonistas de la última expresión de la decadencia política argentina no son figuras
desconocidas para los directorios de las empresas más importantes del país. La familia Moyano ha
venido desplegando desde que Kirchner llegó a la Presidencia una agresiva estrategia para
incrementar exponencialmente su poder, incluyendo la extorsión, la usurpación y el bloqueo de
plantas, sin que las autoridades políticas y/o judiciales puedan (o se animen) a impedirlo. La
política de control de precios en general y la figura del secretario Moreno, en particular, son
permanentes motivos de preocupación y de sorna, aunque hay consenso en que las distorsiones
generadas por la inflación reprimida complicarán aún más las cosas. En este contexto, el anuncio de
la eventual aplicación de la Ley de Abastecimiento causó sorpresa e indignación.
Mancha venenosa. Paralelamente, luego de los penosos
episodios de San Vicente y del Hospital Francés, el presidente Kirchner cerró un acuerdo energético
de dimensiones pantagruélicas con Evo Morales. Pocos han hecho tanto para incrementar la
inseguridad jurídica: modificó unilateralmente las reglas de la Convención Constituyente,
capacitándola para desconocer todo lo hecho por el Estado boliviano hasta el momento. Para
completar el panorama, Evo nacionalizó los recursos naturales y expropió a Petrobras, el gigante
estatal brasileño, el principal socio estratégico de la Argentina.
El problema boliviano es muy grave para el entorno de negocios argentino por la profunda
crisis interna que padece, incluyendo los rumores permanentes de golpe de Estado, y porque fomenta
el temor de una crisis energética que el Gobierno todavía niega pero que todos descuentan. Sin
embargo, se tornó aún más crítico desde que se conoció que Hugo Chávez está desplegando fuerzas del
ejército venezolano en 20 puntos clave de su territorio.
El presidente Kirchner es demasiado inteligente y pragmático como para dejarse llevar por la
retórica desbordada y los delirios bélicos de su, por ahora, socio caribeño. Pero, como comprobó en
su reciente viaje a Nueva York, donde intentó atraer nuevas inversiones, su proximidad con Chávez
es una fuente de sospechas y recelo en todo el mundo civilizado.
Chávez es el principal sostén internacional del líder fundamentalista iraní, que, además de
alimentar la escalada nuclear y reiterar su intención de borrar a Israel del mapa, quiere crear una
comisión que revise la dimensión del Holocausto, del que niega su existencia. En este contexto, la
política interna y exterior de la Argentina es incompatible con el objetivo de atraer inversiones
en las áreas clave y en las magnitudes necesarias para promover un desarrollo dinámico, equitativo
y sustentable. Podrá haber un sesgo hacia sectores no regulados por el Gobierno, como la minería y
el turismo. Habrá seguramente algunos amigos que seguirán consiguiendo negocios de manera no
transparente. Pero para eliminar la marginalidad, reducir la pobreza, mejorar la equidad en la
distribución del ingreso y recrear los mecanismos de movilidad social ascendente, el país necesita
reglas del juego claras y estables, un Estado que brinde bienes públicos y un sistema político
competitivo y democrático. No tenemos nada de eso.
* Director de Poliarquía Consultores y Profesor de la UTD