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EDUCACIóN / Estado del arte
domingo 19 mayo, 2019

¿Por qué leemos a Baruch Spinoza?

(24/11/1632 – 21/2/1677)

Marcos Travaglia*

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domingo 19 mayo, 2019

Nacido hace casi 400 años, Spinoza produjo un enorme revuelo en la historia de la filosofía y más allá de ella. Desde su curiosa vida hasta sus ideas, nos legó una filosofía que sigue viva como el primer día en las manos de quienes lo leemos y nos identificamos con ella. Estas palabras no agotan lo que podría decirse en una introducción, pero tal vez sean una buena invitación a acercarse a conocer más.

La persona (ya personaje) de Spinoza es un campo de discusión por sí sola. Alrededor suyo giran numerosas historias y conjeturas que lo hacen o bien un ateo impío o un virtuoso y ebrio de Dios. Nació y vivió en un contexto que lo nutrieron de influencias diversas: judaísmo sefardí, cabalá, republicanismo y siglo de oro holandés, obras de Lucrecio, Maquiavelo, Hobbes y Descartes.

El spinozismo está más vivo que nunca.

A sus 23 años fue excomulgado de la sinagoga con un duro y famoso decreto, pero fue recibido por círculos liberales compuestos por librepensadores, políticos, filósofos y científicos con quienes trabajó con avidez y amistad. Recibió injurias y atentados, a la vez que despertó enorme curiosidad, al punto que la gente se acercaba a su casa para verlo cual pieza en exposición. Pasó buena parte de su vida en relativa reclusión, distante de quienes podían significar un peligro pero muy cerca de aquellos con quienes compartía inquietudes e ideales.

En 1670 publica anónimo y con gran repercusión su Tratado teológico político, defendiendo la república y la libertad de pensamiento y expresión contra el avance del autoritarismo y el fanatismo religioso. Murió joven y legó una obra bastante escueta, pero su vestigio capturó una enorme atención hasta la actualidad, desde Hegel a Einstein, pasando por el feminismo, el marxismo, las neurociencias y el psicoanálisis.

Benedictus o Maledictus, Spinoza presentó una cosmovisión original y compleja en la Ética demostrada según el orden geométrico, publicada por amigos pocos meses después de su muerte. Allí demuestra cual Euclides que todo es Dios y todos somos en Dios. Esto es, no hay trascendencia: Dios se equipara a la naturaleza, y los seres particulares somos modos de esa única sustancia. Dios no tiene rasgos morales ni valores, es pura producción, plena e irrestricta, de la realidad. Así, los humanos no somos “un imperio dentro de otro imperio”, sino parte de la naturaleza. Nos afectamos mutuamente y buscamos perseverar en el ser con la mayor alegría. Nuestra diferencia del resto de los seres es por nuestro tipo y grado de complejidad constitutiva y no somos más cercanos a Dios que cualquier otro.

Esta horizontalidad entre los individuos se aprecia en otros aspectos de su pensamiento. Políticamente, defendió la democracia y libertad de pensamiento. Los valores son productos humanos, no principios divinos. Sin embargo, no por ello los rechaza: reflexionar sobre nuestras ideas, prejuicios y afectos, qué cosas nos potencian, alimentan nuestro deseo y nos alegran, nos llevan a conocer cuáles son los bienes verdaderos de la vida. Así, hacia el final de la Ética defiende una forma de vida que destaca la importancia de conocernos a nosotros mismos, a la naturaleza, a Dios y a las relaciones entre todas las cosas. En el trato con los demás, resalta la importancia de la amistad, aquel vínculo en el que se desea tanto bien para la otra persona como para la propia.

La riqueza e influencia del spinozismo es difícil de abarcar y resumir. En nuestro país y continente Spinoza es leído con avidez. Hay importantes grupos de investigación en Buenos Aires, Córdoba y Santa Fe, y desde hace 16 años se realiza el Coloquio Spinoza -generalmente en Córdoba-, que convoca a spinozistas de todo el mundo. Podríamos decir, entonces, que el spinozismo está más vivo que nunca.

 

*  Profesor en Filosofía (UBA), tallerista de filosofía con niños y docente en Centro Cultural Borges

 


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