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EDUCACIóN / ESTADO DEL ARTE
domingo 14 julio, 2019

¿Por qué leemos a Giordano Bruno?

(09/02/1548 - 17/02/1600)

Fernando Beresñak

Foto:
domingo 14 julio, 2019

Tengo a Thetis en los ojos y en el corazón a Vulcano

En 1600 Bruno fue prendido fuego hasta la muerte por la Inquisición. El poder eclesiástico sostiene que no fue muerto por sus afirmaciones cosmológicas. Se lo incendió para aleccionar sobre la imposibilidad de construir una forma de vida ajena a la única que habilita el poder hegemónico epocal.

Así, resulta sumamente sugestivo sospechar que las ciencias y humanidades contemporáneas, esas que reduciendo su cosmovisión intentan ubicarlo en sus filas, no lo aceptarían dentro sus instituciones acusándolo con algunas de las etiquetas que se ponen allí dónde comienza la ignorancia del que las invoca.

Se lo ha denominado “panteísta”, “racionalista”, “místico”, “teólogo herético”, “filósofo”, “hermético”, “mago”, “cosmólogo”, y más. Pero sería injusto disociar los tipos de aguas que fluyen y confluyen en un acaudalado río. Quien capte la rica fortaleza concomitante de esos flujos, podrá desmentir el espíritu reinante en la actualidad que insiste, como única forma de estar en el mundo, en los estudios especializados dentro de áreas cada vez más compartimentadas y específicas. Es que, como lo señala la teoría bruniana de los vínculos en general, el pensamiento está ligado más allá de lo evidente.

Con todo, al nolano se lo conoce por defender las ideas del heliocentrismo, de un universo infinito, eterno, isomorfo e isotrópico, de que habría vida en otros sistemas planetarios y de la existencia de múltiples mundos (teoría que, bajo la denominación de multiversos, en el último siglo ha captado la atención de la vanguardia científica).

La ciencia lee a Bruno porque quiere ver en él a un antecesor escasamente riguroso de muchas teorías que hoy ella sostendría adecuadamente con sus métodos; pero también porque en él observa a un mártir del tiempo, tanto por las intromisiones del poder gubernamental (la Iglesia) como por las limitaciones científico-experimentales de la época. Así, él sería un eslabón para defender el carácter principalmente experimental y aparentemente progresivo que profesa la ciencia.

Sin embargo, quien lea sus obras podrá visualizar que su cosmología está alejada de la actual búsqueda científica. Aquella es el reflejo de un viaje que sucede fuera del tiempo y de los lugares físicos, en dónde la fuerza que lo arrastra es más grande que la voluntad y en donde el conocimiento de códigos y objetos específicos (el lector podrá encontrarlos en sus escritos) lo ayudarían a penetrar los obstáculos propios de los misterios cosmológicos.

En este sentido, esos señalamientos que hoy se destacan como (proto-)descubrimientos eran símbolos que, a través de su resignificación de lo que estaría más allá de la comprensión de los hombres, ante todo permiten el conocimiento de sí. Esta búsqueda, que avanzaba enmascarada, también es su legado.

Asimismo, realzó la imaginación como medio para la indagación psíquica y la reconstrucción política del mundo, dos temáticas nodales de nuestros tiempos. A diferencia de las meras proclamas a favor de su poder, elaboró un riguroso método de la memoria para comprender la lógica detrás de esa fuerza.  La dinámica recíproca entre las imágenes, los signos y las ideas generaría una chispa capaz de desencadenar una disruptiva línea causal −nueva o proveniente de otros tiempos− y así alterar los mundos psíquicos y socio-políticos. Estas elaboraciones teóricas sobre la imaginación siguen siendo cofres valiosísimos −y todavía poco explorados− para el psiquismo y la política.

Bruno decía: “la necesidad, que por encima de toda [otra] salta, sólo al amor obedece”. Indagar en los primerísimos principios de todo cuanto existe, como lo hizo, responde a una necesidad que ninguna voluntad podría satisfacer. Sólo el amor o el ánimo puede llevarlo a uno tan lejos.

Hoy, ni la imaginación ni la cosmología se consideran instancias reflexivas para elaborar una forma de vida. Por eso, si todavía leemos a Bruno es porque amamos el ímpetu para conformar una vida más allá de ésta.

 

*Investigador del CONICET y de la UBA/FSOC/IIGG. Es autor del libro titulado El imperio científico. Investigaciones político-espaciales, publicado por Miño y Dávila editores en 2017.


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