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juan carlos schmid

La CGT se convirtió en un gigante con pies de barro

En su primera intervención pública desde que abandonó el triunvirato de la central obrera, el sindicalista advierte que la Confederación General del Trabajo no representa cabalmente a los trabajadores.

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Dilema. Si desde el movimiento obrero organizado presionamos con el conflicto, se corre el riesgo de la caída del Gobierno, con consecuencias imprevisibles. Si no lo hacemos, aparecemos como el “freno” de justos reclamos populares. | presidencia

La situación actual nos ubica, a los argentinos en general y a los dirigentes en especial, en un escenario extremadamente frágil. La crisis generada por Cambiemos ha provocado, junto con la devaluación del peso, también la de la palabra del Poder Ejecutivo Nacional, arrastrando hacia la desconfianza cualquier expectativa.

Si desde el movimiento obrero organizado presionamos con el conflicto, se corre el riesgo de la caída del Gobierno, con consecuencias imprevisibles. Si no lo hacemos, aparecemos como el “freno” de los justos reclamos populares.

Es curioso que una conducción de la CGT electa después de dos años trabajosos de conversaciones, aparezca cuestionada por mostrar una supuesta “debilidad” ante un gobierno no peronista. Siempre se dijo que cuando los gobiernos no eran peronistas era más fácil unificar al sindicalismo. Habría que revisar esa apreciación, porque a pesar de que hubo confrontaciones duras en toda esta etapa, no hemos logrado conformar un frente homogéneo.

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Fallas. Desde ya que las diferencias internas vienen desde antes de la unificación porque en los sindicatos hay todo tipo de personas. Es imposible que todos congeniemos; de todas formas, la cuestión sigue siendo cómo gestionar el reclamo dentro de un colectivo heterogéneo, donde las voces de los gremios poderosos disminuyen las razones de la lógica. Debo admitir que, según mi interpretación, esa lógica convierte a la CGT en un gigante con pies de barro.

La Central Obrera tiene fallas que van desde su propio financiamiento (sostenido por los grandes gremios) hasta la forma de tomar decisiones. Y esto se extiende a todos, sin diferencias, sean combativos o dialoguistas. Si frente a las enormes dificultades que nos tocan vivir algunos cuadros aumentan su dureza para demostrar que no han perdido su voluntad de lucha, otros en cambio prefieren desarrollar relaciones o apoyos críticos para obtener resultados más alentadores.

Lógicamente, toda esta diversidad cruza al sindicalismo, exigiéndole una orgánica orientadora en su política interna. Se trata de respuestas que pueden ser aceptadas o discutidas dentro de ese marco. Aun así, todos deberíamos saber que la conducción no sólo nos obliga a participar con la mayor capacidad o experiencia sino también con más representatividad, y eso multiplica extraordinariamente las virtudes y los defectos de la conducción.

 El error de un sindicato de base afecta solamente a ese colectivo y, en todo caso su entorno. El error de la conducción, en cambio, se descargará inexorablemente sobre todo el conjunto.

De allí que sea tan difícil conducir, porque estamos en la “vidriera”, donde miles de ojos y voces registran hasta el mínimo detalle. Por eso, ser dirigente exige sentir esta responsabilidad que crece con el nivel de conducción: cuanto mayor sea el cargo ejercido, mayor será la gravedad del defecto o la relevancia de la virtud.

Otros pobres, más pobres. Vivimos en un ambiente sobrecargado de prejuicios sobre el rol del sindicalismo. De un lado tenemos a quienes imaginan al sindicato sólo como un instrumento para negociar salarios. Del otro, tenemos a muchos argentinos que nos ven como “privilegiados”. Todo parece jugarse en blanco y negro, olvidando la riqueza de la experiencia sindical en la construcción de ciudadanía, como organizadora de voluntades para defender y ampliar los derechos de todos los argentinos.

Seguramente hemos cometido errores, pero nunca avalamos ni respaldamos proyectos ni medidas que cercenan los derechos de los trabajadores.

Sería honesto que se lo reconozca, en lugar de lanzar acusaciones al voleo. La CGT nunca estuvo en una postura de integración ni de conciliación de intereses con el Gobierno. Por el contrario, en estos años hubo lucha. Lucha también para no caer en la tentación de resolver esta encrucijada con violencia, porque sería muy peligroso para los intereses que representamos. Cada vez que el pueblo argentino ha intentado esa vía, la sangre que corrió fue la de los trabajadores, y nuestra responsabilidad como dirigentes es no reiterar esos errores, a pesar de todas las provocaciones que sufrimos a diario.

El mundo del trabajo que vivimos hoy tiene muy poco que ver con el de la época de la Resistencia Peronista, en cuyos últimos tramos empezaron a trabajar y a formarse muchos de nuestros dirigentes sindicales. Necesitamos una visión renovada que entienda esta realidad y pueda encarar los desafíos del futuro.

Nos debemos un debate generoso, honesto, amplio y profundo sobre lo que viene ocurriendo. Estamos ante una muy fragmentada sociedad, incluido el mundo del trabajo. Hay, por lo menos, un tercio de la población que está fuera del mapa de posibilidades de los demás argentinos. Catorce millones de pobres están encerrados en ese círculo maldito, que obliga a salir a la calle a reclamar.

Hoy, en la vida política hay un nuevo actor: los movimientos sociales, que ponen de manifiesto una composición atípica de la clase trabajadora. El hecho de que no tengan acceso al empleo formal, porque el sistema los excluye o la crisis los expulsa, no significa que no sean trabajadores. El sindicalismo tiene que ponerle el oído, el corazón y los ojos a esta realidad. Porque no es viable una sociedad como la que se está construyendo, de “dos velocidades”, la de los excluidos y la de quienes todavía, mal que mal, están dentro del sistema.

Es hora de que avancemos en la integración plena de todos nuestros compañeros. Cuando decimos integración, lo hacemos con el criterio más amplio, es insuficiente hablar de “inclusión” porque quien está fuera del sistema no debería ser injertado en éste, sino incorporado plenamente con pleno goce de todos los derechos y de las obligaciones que corresponden.

Nuevo esquema. En mi opinión, el rol de las grandes confederaciones no es el de dominarlo todo. Y en esto tenemos una deuda, no solo hacia los movimientos sociales, sino dentro de las mismas filas de la CGT. Es necesario dar espacio a las regionales del interior, en consonancia con nuestra historia, y  entender que es conveniente avanzar en formas más participativas. Un  aspecto esencial es darles mayor apertura a los sectores juveniles y las mujeres.

Y, sobre todo, debemos afianzar nuestra autonomía del poder político y económico. El contubernio para agradar a los políticos de turno termina siendo un voraz cáncer que carcome nuestras estructuras, nuestra independencia como organizaciones y hasta la credibilidad de nuestra representación. Esto se ha transformado en una deuda muy difícil de levantar. No hemos sido claros en los últimos tiempos; como prueba de ello, hay que ver cuál es el grado de aceptación y reconocimiento que tenemos ante la sociedad. Sin duda que en esto juegan las campañas de desprestigio, alentadas por los sectores interesados en desarticular la organización gremial. Razón de más para combatirlas con conductas claras y de autonomía sindical, en defensa de esos derechos.

Es vital abrir el debate, que debe ser honesto y de frente, sin cuestiones que vengan ocultas tras el poncho. La CGT siempre estuvo entre líneas de fricción. En los años 50 nos pusimos firmes ante nuestro líder indiscutido, cuando creíamos que la burocracia gubernativa avanzaba sobre nuestros derechos. El General tuvo que padecer nuestra rebelión y enojo, expresado en memorables huelgas que hoy son tema de estudio de los historiadores. En los 60, a la sombra de la Resistencia, se generaron diferentes líneas, que se expresaron en la CGT vandorista y la CGT de Ongaro, siempre en tensión permanente. En los 70, enfrentamos al “Rodrigazo” y especialmente al “brujo” López Rega. No debe olvidarse que su expulsión del gobierno y del país se debió a la acción mancomunada del movimiento obrero organizado.

¿Qué es obsoleto? ¿La huelga o el descarte social? Frecuentemente desde diversas usinas ideológicas se pretende convencernos de que deberíamos aceptar mansamente la pobreza estructural, el descarte social, la miseria.

Ante la contundencia del paro nacional de septiembre, no faltaron los analistas que dijeran que “la huelga es un dispositivo obsoleto”. Es una mirada corta, incapaz de representar las causas de la protesta. Se argumenta que se pierde el presentismo, se lamentan por los chicos que se quedan sin días de clase, o por quien pierde la venta diaria de la que vive... Uno ya no sabe si detrás de esos parloteos se esconde solamente una intencionalidad política o vaya a saber qué.

Esas mismas monsergas contra los justos reclamos populares ya se oían  hace un siglo, cuando comenzaban a organizarse gremialmente los trabajadores. Y nos las vienen repitiendo desde entonces; claro, se olvidan de que en nuestro país y en todo el mundo, las que permitieron estructurar una sociedad  más justa fueron esas luchas.

¿Qué es obsoleta? ¿La lucha por una sociedad mejor, que ampare a todos sus integrantes, que erradique el hambre y la humillación? ¿O quitarle  al pueblo el derecho a la protesta contra una situación que destruye el presente y le niega el futuro?

Democracia restringida. Del mismo modo se esgrime el argumento de que el movimiento sindical no es el que debe diagramar el plan económico y las políticas públicas. Es cierto: los responsables de hacerlo son los hombres y mujeres elegidos para ejercer las funciones de gobierno. Es lo que dice la Constitución. Pero nuestra ley fundamental también dice que los habitantes de la República tenemos el derecho a reclamar, incluido el de hacerlo mediante la huelga, para hacer frente a las consecuencias negativas de esas políticas, a exigir que se cambie el rumbo, a que se respeten nuestros derechos a la vida, al trabajo, al salario, a la vivienda, a la salud, a la educación, a un haber jubilatorio digno.

Quienes pertenecemos al sindicalismo argentino creemos en una democracia participativa, que se practique todos los días. Personalmente, no creo en una democracia limitada a que los ciudadanos votemos cada dos o cada cuatro años. En esos períodos, por los meses que duran las campañas electorales, nos convertimos en un objeto deseado por los políticos, y se repite el cuento de la Cenicienta: a la medianoche del baile, el hechizo termina. A las seis de la tarde de un domingo, dejamos de valer a razón de una persona un voto, y vuelven a tallar los intereses de los factores de poder. Y si te he visto, no me acuerdo.

Un sistema político que se reduzca a los rituales democráticos no pasará de ser una democracia restringida. La verdadera democracia, moderna y efectiva, como hace ya mucho dijo el general Perón, consiste en hacer lo que el pueblo quiera.

Es hora de volver a las fuentes para retroalimentarnos. Es hora de romper las claves sindicales de un discurso para “entendidos”, en el que suele haber un trecho muy grande entre lo que se dice y lo que se hace.

Tenemos que asumir el lenguaje claro de quien lucha por la reivindicación de sus derechos, y no para preservar minúsculos espacios amañados con el poder político de turno. Esos poderes políticos que inclusive, en un raro ejemplo de honestidad intelectual, no ocultan su intención de vernos ejecutados por el pelotón mediático. Insisto en la necesidad de desarrollar una política sindical federal y mantener cercanía con las organizaciones populares. Nunca debemos olvidar: vox populi, vox Dei; sobre todo, debemos saber que no es cierto que la voz de los dirigentes sea la voz de Dios.

Aquellos que están al timón de nuestro país deben entender de una vez por todas que deben virar el rumbo, para que todos los argentinos lleguemos sanos y salvos al puerto; nuestro pueblo desea salir del laberinto de pobreza en el que está encerrada la Argentina. Y deben hacerlo antes de que sea demasiado tarde.

Para imponer ese cambio de rumbo, la CGT tiene que recuperar un espíritu confederal de mayor amplitud, un procedimiento orgánico sostenido y, sobre todo, un programa que no tenemos desde hace ya mucho tiempo; los paros y los planes de lucha serán consecuencia de ello y no al revés.

Sinceramente siento bronca por no haber podido hacer más en esa CGT reunificada con gran esperanza después del Congreso Normalizador de Obras Sanitarias. ¿Impotencia, incapacidad? No lo creo. En todo caso, refleja la crisis de la dirigencia y la falta de voluntad de convertirnos en protagonistas vivos de la historia. Para que estas propuestas ganen el corazón y la mente de los nuevos trabajadores es imprescindible ejercer una conducta ejemplar, consecuente con los principios y valores del sindicalismo.

Hace pocos días el obispo de La Plata, monseñor Víctor Fernández, dijo: “Más que mantener mi poder, se trata de desatar procesos. Si ganás un espacio pero no desatás un proceso nuevo, eso es pan para hoy y hambre para mañana…” Comparto plenamente estos conceptos.

Necesitamos un movimiento sindical a la altura de este momento histórico, dispuesto a representar y a expresar al conjunto de los trabajadores, ocupados y desocupados, incluidos en convenios y precarizados, activos y jubilados, a toda la clase trabajadora, para que nuestra voz suene clara y potente, y sea un faro para nuestros afiliados y para toda la sociedad argentina.

Descuento que, por defender estas razones, no faltará quien agite contra mí alguna infamia. No importa; el que ha elegido tener una conciencia debe aceptar las desventajas de renunciar al uso de ciertos medios o resignar cargos públicos. ¿Qué logra en cambio? Presentir el triunfo de sus ideas, el reconocimiento de la coherencia. Y cuando ese triunfo tarda en llegar, saber que todo cuesta, en especial vivir como uno piensa.

*Secretario general de la Confederación Argentina de Trabajadores del Transporte (CATT)