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ELOBSERVADOR / 50 años de un asesinato, nunca esclarecido
domingo 30 junio, 2019

La muerte de Vandor, un crimen que marcó a fuego al peronismo

El 30 de junio de 1969 marcó un paso en la escalada de violencia que siguió en la década ulterior. ¿Cómo fueron las últimas horas del líder sindical?

Santiago Senen González

Preocupación. Al final de su vida, Vandor estaba obsesionado con la unidad del sindicalismo. Los días previos marcaron una tensión que también se vio en su funeral. Foto: shutterstock

En esos días febriles de junio de 1969, cansado, casi extenuado, el líder de la poderosa Unión Obrera Metalúrgica (UOM) enviaba mensajes a diestra y siniestra. Ofreció su respaldo a su contrincante principal, Raimundo Ongaro, buscando la unidad del movimiento obrero, pero la CGT de los Argentinos no respondió y ratificó el paro general para el martes 1º de julio. Mandó a sus colaboradores a entrevistar al presidente de la Junta de Comandantes en Jefe, almirante Pedro Gnavi, y al secretario de Trabajo, Rubens San Sebastián. Agendó mentalmente una probable reunión con Onganía que podría concretarse luego de un encuentro en el recreo del sindicato de Aguas Gaseosas, el mismo lunes 30 de junio.

El clima político estaba más que caldeado. Se cumplía un mes exacto de las jornadas del Cordobazo y la protesta se hacía oír en las calles. Ese viernes 27 de junio había sido asesinado el periodista Emilio Jáuregui en una refriega policial. Jáuregui había trabajado como cronista en el diario La Nación entre julio de 1960 y diciembre de 1962. Es decir, hasta que decidió afiliarse al Sindicato de Prensa en el que, después de varias discusiones políticas y divisiones, fue elegido secretario general. En 1966, Onganía intervino el sindicato. Jáuregui había encabezado una manifestación de repudio a la visita que Nelson Rockefeller, gobernador del estado de Nueva York, realizaba a Buenos Aires como enviado de Richard Nixon en una gira latinoamericana. La marcha fue apoyada por todos los partidos políticos; el radicalismo, el peronismo, los partidos de izquierda. La concentración mayor tuvo lugar en plaza Once y desde allí decidió caminar a la avenida 9 de Julio.

Neustadt. La Policía reprimía y los manifestantes corrían; un patrullero persiguió a Jáuregui y le cruzaron el auto en Tucumán y Anchorena, abrieron fuego y lo mataron. Fue el único muerto y dos medios de entonces contradijeron la previsible versión oficial de que estaba armado: el diario La Prensa y la revista Primera Plana.

A las 8 de la mañana del lunes 30 de junio, Bernardo Neustadt tiene una breve conversación telefónica:

—¿Cómo está Augusto?

—Más o menos… Acabo de levantarme de una fuerte gripe.

—Quisiéramos invitarlo a un programa de televisión con jóvenes que quieren irrumpir en la vida sindical, preguntando…

—Puede ser, pero no ahora… Estamos con este problema de la unidad que no me deja dormir. Además mañana tenemos que evitar el paro, porque no lo entendemos útil para el movimiento trabajador, al que lo quieren arrastrar hacia el caos y la desintegración. Y usted sabe cómo es esto: hay que estar con los dos ojos bien abiertos… En todo caso, hablaré con Roqué, o con Héctor López… Mire, véngase para aquí, para Rioja, a las 11 y veremos…”.

Cafiero. Luego de estos últimos contactos con Gazzera y Neustadt, Vandor atiende por última vez el teléfono: es el dirigente y economista Antonio Cafiero, allegado a Las 62 Organizaciones, quien llama a la sede de la UOM buscando a Gazzera. Eran las once y media de la mañana del lunes 30 de junio del 69.

   —Hola, Vandor, ¿qué dice?

   —Hola, Cafierito.

   —Lo ando buscando a Gazzera. ¿Está por ahí?

   —No, aquí no.

   —¿Cómo se prepara para mañana, Vandor? Todo saldrá bien, ¿no?

   —¿Usted cree, Cafierito?

Vandor cuelga el teléfono y sigue repasando la agenda diaria con sus colaboradores cuando oye ruidos extraños en la antesala de su despacho, en el primer piso del edificio de la calle Rioja al 1945. Acciona el dispositivo eléctrico que abre la puerta solo desde dentro, le dice a Alfredo Pennisi, secretario de la seccional Santa Fe: “Che, voy a ver qué cornos pasa”, camina dos pasos y apenas alcanza a ver dos rostros y una ráfaga de balas fulminantes que lo tumban. Llegó a gritarle a Pennisi: “¡Alfredo, tirate al piso!”. Socorren en vano al secretario general, su asesor de prensa, Federico Vistalli, y el asistente Mariano Martín. Pennisi y decenas de dirigentes, entre los que estaban Roque Azzolina, Herminio Iglesias y Norberto Imbelloni, habían sido reducidos por el grupo comando de cinco atacantes, que dejan dos artefactos explosivos y escapan sin intervención de la custodia. En apenas quince minutos, la trágica incursión había culminado. Trasladado al policlínico del gremio, en Hipólito Irigoyen al 3200, Vandor murió antes de llegar.

Rockefeller. Por esas mismas horas, la atención pública estaba concentrada en otra parte de la ciudad. Una extraordinaria movilización policial rodea el desplazamiento de Nelson Rockefeller, enviado del presidente norteamericano, desde el Palacio San Martín a la Casa de Gobierno, donde lo recibe el presidente Onganía. En las adyacencias de la Plaza de Mayo se apostaron cientos de policías de civil y de uniforme, camiones de la Policía Federal con personal fuertemente armado. Precedido por 28 motociclistas y tres carros de asalto de la policía, llegaba el visitante estadounidense acompañado de una nutrida comitiva. De la parte argentina participan de la reunión el secretario de Comercio Exterior, Elvio Baldinelli, el secretario de Agricultura y Ganadería, Lorenzo Raggio, el embajador argentino en los EE.UU., Eduardo Roca y el asesor general de Planeamiento, Mariano Grondona. Era, hasta esa hora del día, la noticia más importante del día. Pero no lejos del despacho presidencial, el ministro del Interior y el jefe de Policía recibían las primeras informaciones de lo ocurrido en la sede de la UOM, en Parque Patricios.

Antes de las 12, las redacciones de los diarios ya conocían la noticia del atentado; las emisoras de radio y televisión no tardaron e divulgar las primeras informaciones, pese a que el coronel Luis Máximo Prémoli, secretario de Prensa y Difusión, deseaba que se ocultara el episodio durante una hora o dos.

Había muerto el más importante dirigente gremial de la época. El que había ejercido una gravitación central en los turbulentos años que siguieron al derrocamiento de Perón en 1955 y luego, durante la agitada década del 60, fue uno de los máximos líderes del sindicalismo peronista. Creador de un estilo, una táctica y una estrategia que definieron el accionar del poder sindical, movilizó a miles de personas en las tomas de fábricas y juntó masas obreras como ningún otro lo había hecho hasta entonces. El que había sido el único dirigente peronista que se atrevió a enfrentar a Perón e imaginar la formación de un renovado Partido Laborista, cuando el líder del movimiento estaba exiliado y era incierto su futuro político. El que logró concitar elogios del Che Guevara, desvelos e inquinas en quienes acompañaron a los gobiernos de Frondizi e Illia y lo tuvieron como un pertinaz adversario, y, al mismo tiempo, el respeto de los generales que entonces manejaban los hilos del poder en sus relaciones con el peronismo, que estaba formalmente proscripto pero seguía presente de mil y un modos en la escena nacional. El que había protagonizado, además, intensas rivalidades con el sindicalismo combativo, que cuestionó sus métodos y posiciones pero creció también en ese antagonismo con su figura.

Operativo Judas. Cada uno de sus movimientos fue configurando el prototipo del dirigente sindical dispuesto a sentarse a la mesa de los dueños del poder, cuando ya había transcurrido mucho tiempo del sindicalismo de resistencia obrera y todavía no habían llegado los tiempos del sindicalismo empresarial. El juego pendular de “golpear y negociar” se había roto. Recién el 11 de febrero de 1971, diecinueve meses después del crimen y cuando se habían sumado a la luctuosa lista el general Pedro Eugenio Aramburu y José Alonso, una organización armada hasta entonces desconocida, autodenominada Ejército Nacional Revolucionario, se adjudicó “el ajusticiamiento del traidor Augusto Timoteo Vandor” en lo que llamó Operativo Judas. El nombre que le ponen al grupo comando es el de Domingo Blajaquis, militante  muerto en La Real de Avellaneda, junto con Rosendo García.

El crimen de la calle Rioja marcó para muchos el inicio de la etapa de violencia que desembocó en los trágicos años 70.

Miguel Gazzera, 1969: testimonio de las vísperas

Miguel Gazzera (22/05/1922-9/9/2011), legendario dirigente del Sindicato de Fideeros, fue uno de los más cercanos confidentes de Augusto Vandor. En testimonio que se reproduce en el libro ¿Quién mató a Vandor?, que se publica en estos días, recuerda una comida en una cantina de Paraguay y Anchorena, en los meses finales. “En esa conversación –estaban presentes Paulino Niembro, Avelino (Fernández) y Lorenzo (Miguel)– le sugerí: “¿Por qué no te vas unos meses del país?, las cosas han quedado muy mal, te van a matar”. La respuesta tardó unos días: entre contrariado y reflexivo, me contestó: “Si hay algo que puede ser jodido para mí, prefiero que sea acá”.

El relato de Gazzera es pormenorizado: “Ese domingo 29 me encontré con Augusto Vandor que hasta ese momento no había conocido… Había olvidado la declaración que teníamos que analizar y se entregaba al juego con los niños casi con necesidad: desbordando ternura… Habló largo rato conmigo con sus dos hijos sentados en sus rodillas que lo hostigaban empeñados  en prolongar el juego, mientras su compañera nos servía un segundo desayuno… Nos olvidamos de la declaración y era casi el mediodía cuando le entregué el proyecto que había preparado, y me despedí de Vandor. Entonces, naturalmente, ignoraba que me estaba despidiendo definitivamente de Augusto Vandor”.

Gazzera fue uno de los sindicalistas que negociaron el cese a la intervención de la CGT, conformó en 1957 Las 62 Organizaciones Peronistas e interlocutor frecuente de Perón durante los años de su exilio en Madrid. Se convirtió así en uno de los pilares fundamentales para el regreso del líder al país. Una película documental realizada por Florencia Orce (su nieta) y Pablo Moro –Nada culmina en la víspera–, estrenada semanas atrás y que se puede ver en el cine Gaumont, ofrece un valioso testimonio sobre la trayectoria de este dirigente y su época.

Santiago Senén González es coautor  con Fabián Bosoer de El Hombre de Hierro (1993, Corregidor), Saludos a Vandor (2009, Vergara) y de ¿Quién mató a Vandor? (2019, Indie Libros).


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