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ELOBSERVADOR / Una catástrofe hecha TV
domingo 16 junio, 2019

Las crónicas sobre Chernobyl que originaron la miniserie

Voces de Chernóbil está planteado como si fuera una tragedia griega, con coros y unos héroes marcados por un destino fatal, cuyas voces fueron silenciadas durante muchos años por una polis representada aquí por la antigua URSS. La bielorrusa Svetlana Alexiévich ganó el Premio Nobel por estas crónicas que dieron voz a quienes fueron silenciados. Y fue el disparador del guión de la serie que ha impactado aquí y en el mundo.

Svetlana Alexiévich

Voces de Chernóbil Foto: Cedoc

Bielorrusia... Para el mundo somos una terra incognita –tierra ignorada–, aún por descubrir. “Rusia Blanca”, así suena más o menos el nombre de nuestro país en inglés. Todos conocen Chernóbil, pero en lo que atañe a Ucrania y Rusia. A los bielorrusos aún nos queda contar nuestra historia...

Naródnaya gazeta, 27/4/1996

El 26 de abril de 1986, a la 1 h 23’ 58”, una serie de explosiones destruyeron el reactor y el edificio del cuarto bloque energético de la Central Eléctrica Atómica (CEA) de Chernóbil, situada cerca de la frontera bielorrusa. La catástrofe de Chernóbil se convirtió en el desastre tecnológico más grave del siglo XX.

Para la pequeña Belorrusia (con una población de diez millones de habitantes) representó un cataclismo nacional, si bien los bielorrusos no tienen ni una sola central atómica en su territorio. Bielorrusia seguía siendo un país agrícola, con una población eminentemente rural. Durante los años de la Gran Guerra Patria, los nazis alemanes destruyeron en tierras bielorrusas 619 aldeas, con sus pobladores. Después de Chernóbil, el país perdió 485 aldeas y pueblos: setenta de ellos están bajo tierra para siempre. Durante la guerra murió uno de cada cuatro bielorrusos; hoy, uno de cada cinco vive en un territorio contaminado. Se trata de 2.100.000 personas, de las que 700 mil son niños. Entre las causas del descenso demográfico, la radiación ocupa el primer lugar. En las regiones de Gómel y Moguiliov (las más afectadas por el accidente de Chernóbil), la mortalidad ha superado a la natalidad en un 20 por ciento.

Como consecuencia de la catástrofe, se han arrojado a la atmósfera 50 × 106 Ci de radionúclidos; de ellos, el 70 por ciento ha caído sobre Bielorrusia; el 23 por ciento de su territorio está contaminado con radionúclidos de una densidad superior a 1 Ci/km2 de cesio-137. A modo de comparación: en Ucrania se ha contaminado el 4,8 por ciento del territorio; en Rusia, el 0,5 por ciento. La superficie de las tierras cultivables que tienen una concentración radiactiva de 1 o más Ci/km2 representa 1,8 millones de hectáreas; de estroncio-90, con una concentración de 0,3 Ci/km2 o más, cerca de medio millón de hectáreas. Se han eliminado del uso agrícola 264 mil hectáreas. Bielorrusia es tierra de bosques, pero el 26 por ciento de ellos y más de la mitad de sus prados situados en los cauces de los ríos Prípiat, Dnepr y Sozh se encuentran en las zonas de contaminación radiactiva...

Debido a la constante acción de pequeñas dosis de radiación, cada año crece el número de enfermos de cáncer, así como de personas con deficiencias mentales, disfunciones neuropsicológicas y mutaciones genéticas...

“Chernóbil”, Bielorrusiaskaya entsiklopedia, 1996

Según diversas observaciones, el 26 de abril de 1986 se registraron niveles elevados de radiación en Polonia, Alemania, Austria y Rumania; el 30 de abril, en Suiza y el norte de Italia; el 1 y 2 de mayo, en Francia, Bélgica, Países Bajos, Gran Bretaña y el norte de Grecia; el 3 de mayo, en Israel, Kuwait, Turquía...

Proyectadas a gran altura, las sustancias gaseosas y volátiles se dispersaron por todo el globo terráqueo: el 2 de mayo se registró su presencia en Japón; el 4 de mayo, en China; el 5, en India; el 5 y el 6 de mayo, en Estados Unidos y Canadá.

Bastó menos de una semana para que Chernóbil se convirtiera en un problema para todo el mundo...

El cuarto reactor –la instalación denominada Refugio– sigue guardando en sus entrañas de plomo y hormigón armado, como antes, cerca de 200 toneladas de material nuclear. El combustible se mezcló, además, en parte con el grafito y el hormigón. Nadie sabe qué ocurre hoy con este combustible.

El sarcófago se construyó de manera precipitada; se trata de una construcción única en su género; quizá los ingenieros petersburgueses que la diseñaron puedan sentirse orgullosos de ella. Debía mantenerse en funcionamiento durante treinta años. Sin embargo, los técnicos montaron la instalación “a distancia”. Las planchas se unían con la ayuda de robots y de helicópteros; de ahí que haya grietas. En la actualidad, según algunas fuentes, la superficie total de las zonas defectuosas y agrietadas supera los 200 metros cuadrados, por los que siguen desprendiéndose aerosoles radiactivos. Si el viento sopla del Norte, entonces, en el Sur, se detecta actividad radiactiva: con uranio, plutonio y cesio. Más aun, en los días de sol, con la luz apagada, se ven columnas de luz que caen del techo en la sala del reactor. ¿Qué es esto? También la lluvia entra dentro del reactor. Y cuando el agua cae sobre la masa de combustible, es posible una reacción en cadena... El sarcófago es un difunto que respira. Respira muerte. ¿Cuánto tiempo aguantará? Nadie sabe dar una respuesta a este interrogante; hasta hoy, es imposible aproximarse a muchos de los nudos y construcciones para establecer su grado de seguridad. En cambio, todo el mundo comprende lo siguiente: la destrucción del Refugio daría lugar a consecuencias aun más terribles que las que se produjeron en 1986.

Ogoniok, Nº 17, abril de 1996

Antes de Chernóbil, por cada 100 mil habitantes de Bielorrusia se producían cerca de 82 casos de enfermedades oncológicas. Hoy, las estadísticas son las siguientes: por cada 100 mil  habitantes, hay 6 mil enfermos. Esto quiere decir que se han multiplicado por 74.

En los últimos diez años, la mortalidad ha crecido en un 23,5 por ciento. De cada catorce personas, solo una muere de vieja y, por lo general, se trata de individuos en edad de trabajar, de entre cuarenta y seis y cincuenta años. En las regiones más contaminadas, tras un examen médico, se ha establecido que, de cada diez personas, siete están enfermas. Al visitar las aldeas, uno se sorprende de ver cómo ha crecido el espacio ocupado por los cementerios...

Hoy en día aún se desconocen muchas cifras. Se mantienen en secreto: tan monstruosas son. La Unión Soviética mandó al lugar de la catástrofe 800 mil soldados de reemplazo y “liquidadores” llamados a filas; la edad promedio de estos últimos era de treinta y tres años. Y a los muchachos se los llevaron directamente del pupitre al cuartel...

Solo en las listas de los liquidadores de Bielorrusia constan 115.493 personas. Según datos del Ministerio de Sanidad, desde 1990 hasta 2003 han fallecido 8.553 liquidadores. Dos personas al día.

Así empezó la historia... En las cabeceras de los periódicos soviéticos y extranjeros aparecen reportajes sobre el juicio de los acusados por la catástrofe de Chernóbil.

En cambio ahora... Imagínense un edificio de cinco plantas. Una casa sin habitantes, pero con sus enseres. Los muebles, la ropa, objetos que ya nadie podrá usar de nuevo nunca. Porque esta casa está en Chernóbil... Pues justamente en una de esas casas muertas de la ciudad las personas encargadas de llevar a cabo el juicio a los acusados de la avería nuclear ofrecían una pequeña conferencia a la prensa. En las más altas instancias, en el Comité Central del PCUS, se decidió que la causa debía examinarse en el propio lugar del delito. En el propio Chernóbil. El juicio se celebró en el edificio de la Casa de la Cultura local. En el banquillo de los acusados había seis personas: el director de la central atómica, Víktor Briujánov; el ingeniero jefe, Nikolái Fomin; el segundo ingeniero jefe, Anatoli Diátlov; el jefe del turno, Boris Rogozhkin; el jefe del taller del reactor, Alexandr Kovalenko, y el inspector del Servicio Estatal de Inspección de Energía Atómica de la URSS, Yuri Laushkin.

Los asientos destinados al público estaban vacíos. Solo se veían periodistas. De todos modos, tampoco vivía ya nadie en el lugar; la ciudad estaba “cerrada” por ser una “zona de control radiactivo severo”. ¿No sería por esta misma razón por la que se escogió el lugar? Cuantos menos testigos, mejor; menos ruido habría. No se veían ni cámaras ni periodistas extranjeros. Como es natural, todos querían que se hubieran sentado en el banquillo de los acusados las decenas de funcionarios responsables, incluidos los de Moscú. También el estamento científico de aquel momento debería haber cargado con su responsabilidad. Pero se conformaron con los “guardagujas”.

Sentencia: a Víktor Briujánov, Nikolái Fomin y Anatoli Diátlov les cayeron diez años a cada uno. Para el resto, las penas fueron más cortas. En conclusión, Anatoli Diátlov y Yuri Laushkin murieron a consecuencia de las radiaciones. El ingeniero jefe Nikolái Fomin perdió la razón... En cambio, el director de la central, Víktor Briujánov, cumplió la condena de principio a fin: los diez años enteros. Lo fueron a recibir sus familiares y unos cuantos periodistas. El acontecimiento pasó desapercibido.

El ex director vive en Kiev, donde trabaja de simple oficinista en una empresa. Así acaba la historia.

En breve, Ucrania emprenderá una obra de gran envergadura. Sobre el sarcófago que cubrió en 1986 el destruido cuarto bloque de la CEA de Chernóbil aparecerá un nuevo refugio que se llamará Arca. Dentro de poco, 28 países donantes destinarán a este proyecto inversiones iniciales de capital que superan los 768 millones de dólares. El nuevo sarcófago deberá durar no ya treinta, sino cien años. Y ha sido diseñado con un tamaño mucho mayor porque debe ofrecer un volumen suficiente para que se puedan realizar los trabajos necesarios para sepultar de nuevo los residuos. Se necesitan unos cimientos colosales: de hecho, se prevé la construcción de material rocoso artificial hecho a base de columnas y plantas de hormigón. A continuación habrá que preparar el depósito al que se trasladarán los residuos radiactivos extraídos del viejo sarcófago. Para la cobertura superior se empleará acero de alta calidad, capaz de resistir las radiaciones gamma. Solo de metal, harán falta 18 mil toneladas...

El Arca se convertirá en una instalación sin precedentes en la historia de la humanidad. En primer lugar, sorprenden sus proporciones. Su doble cobertura alcanzará los 1.509 metros de altura. Y por su estética se asemejará a la torre Eiffel...

Una solitaria voz humana

No sé de qué hablar... ¿De la muerte o del amor? ¿O es lo mismo? ¿De qué?

Nos habíamos casado no hacía mucho. Aún íbamos por la calle agarrados de la mano, hasta cuando íbamos de compras. Siempre juntos. Yo le decía: “Te quiero”. Pero aún no sabía cuánto lo quería. Ni me lo imaginaba... Vivíamos en la residencia de la unidad de bomberos, donde él trabajaba. En el piso de arriba. Junto a otras tres familias jóvenes, con una sola cocina para todos. Y en el bajo estaban los coches. Unos camiones de bomberos rojos. Este era su trabajo. Yo siempre estaba al corriente: dónde se encontraba, qué le pasaba...

En mitad de la noche oí un ruido. Gritos. Miré por la ventana. El me vio:

—Cierra las ventanillas y acuéstate. Hay un incendio en la central. Volveré pronto.

No vi la explosión. Solo las llamas. Todo parecía iluminado. El cielo entero... Unas llamas altas. Y hollín. Un calor horroroso. Y él seguía sin regresar. El hollín se debía a que ardía el alquitrán; el techo de la central estaba cubierto de asfalto. Sobre el que la gente andaba, como él después recordaría, como si fuera resina. Sofocaban las llamas y él, mientras, reptaba. Subía hacia el reactor. Tiraban el grafito ardiente con los pies... Acudieron allí sin los trajes de lona; se fueron para allá tal como iban, en camisa. Nadie les advirtió; era un aviso de un incendio normal.

Las cuatro... Las cinco... Las seis... A las seis teníamos la intención de ir a ver a sus padres. Para plantar patatas. Desde la ciudad de Prípiat hasta la aldea de Sperizhie, donde vivían sus padres, hay 40 kilómetros. Ibamos a sembrar, a arar. Era su trabajo favorito... Su madre recordaba a menudo que ni ella ni su padre querían dejarlo marchar a la ciudad; incluso le construyeron una casa nueva.

Pero se lo llevaron al ejército. Sirvió en Moscú, en las tropas de bomberos, y cuando regresó, solo quería ser bombero. Ninguna otra cosa. [Calla.]

A veces me parece oír su voz... Oírlo vivo... Ni siquiera las fotografías me producen tanto efecto como la voz. Pero nunca me llama... Ni en sueños... Soy yo quien lo llama a él...

Las siete... A las siete me comunicaron que estaba en el hospital. Corrí hacia allí, pero el hospital ya estaba acordonado por la milicia; no dejaban pasar a nadie. Solo entraban las ambulancias. Los milicianos gritaban: “Los coches están irradiados, no se acerquen”. No solo yo, vinieron todas las mujeres, todas cuyos maridos habían estado aquella noche en la central.

Corrí en busca de una conocida que trabajaba como médica en aquel hospital. La agarré de la bata cuando salía de un coche:

—¡Déjame pasar!

—¡No puedo! Está mal. Todos están mal.

Yo la tenía agarrada:

—Solo quiero verlo.

—Bueno –me dice–, corre. Quince o veinte minutos.

Lo vi... Estaba hinchado, todo inflamado... Casi no tenía ojos...

—¡Leche! ¡Mucha leche! –me dijo mi conocida–. Que beba al menos tres litros.

—El no toma leche.

—Pues ahora la tendrá que beber.

Muchos médicos, enfermeras y, especialmente, las auxiliares de aquel hospital, al cabo de un tiempo, se pondrían enfermos. Morirían... Pero entonces nadie lo sabía.

A las diez de la mañana murió el técnico Shishenok. Fue el primero... El primer día... Luego supimos que, bajo los escombros, se había quedado otro... Valera Jodemchuk. No lograron sacarlo. Lo emparedaron con el hormigón. Pero entonces aún no sabíamos que todos ellos serían solo los primeros...

Le pregunto:

—Vasia, ¿qué hago?

—¡Vete de aquí! ¡Vete! Estás esperando un niño –estoy embarazada, es cierto. Pero ¿cómo lo voy a dejar? El me pide–: ¡Vete! ¡Salva al crío!

—Primero te tengo que traer leche, y luego ya veremos. (...).

Llega mi amiga Tania Kibenok. Su marido está en la misma sala. Ha venido con su padre, que tiene coche. Nos subimos al coche y vamos a la aldea más cercana a por leche. A unos tres kilómetros de la ciudad. Compramos muchas garrafas de tres litros de leche. Seis, para que hubiera para todos. Pero la leche les provocaba unos vómitos terribles. Perdían el sentido sin parar y les pusieron el gota a gota. Los médicos nos aseguraban, no sé por qué, que se habían envenenado con los gases, nadie hablaba de la radiación.

Entretanto, la ciudad se llenó de vehículos militares, se cerraron todas las carreteras... Se veían soldados por todas partes. Dejaron de circular los trenes de cercanía, los expresos... Lavaban las calles con un polvo blanco... Me alarmé: ¿cómo iba a conseguir llegar al pueblo al día siguiente para comprarle leche fresca? Nadie hablaba de la radiación... Solo los militares iban con caretas. La gente de la ciudad llevaba su pan de las tiendas, las bolsas abiertas con los bollos. En los estantes había pasteles... La vida seguía como de costumbre. Solo... lavaban las calles con un polvo...


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