ELOBSERVADOR
una guerra no convencional

"Lawfare": cuando la Justicia se mete de lleno en el barro de la política

Los autores ven una ofensiva de tribunales y medios contra políticos populares, no solo en la Argentina, con resultado como la prisión de Lula da Silva, la destitución de Dilma Rousseff o el procesamiento de Cristina Kirchner.

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Lideres. Uno, el ex mandatario brasileño, fue a la cárcel. Los otros dos, ex presidentes de sus países, enfrentan varios procesos judiciales que sus adversarios utilizan para condicionar su legado. | cedoc

En el ámbito jurídico el derecho de la “identidad” es un derecho humano; compromete el interés prioritario de la verdad concerniente a la persona; en correspondencia con la verdad personal se encuentra el derecho al honor, que implica una actitud moral que ampara comportamientos y/o cualidades meritorios, dignos de aprecio o por lo menos neutros desde una perspectiva valorativa. Dentro de este orden de ideas, la protección de la identidad se materializa contra una falsa apreciación cognoscitiva, un falseamiento de un dato histórico-personal objetivo, mientras que la reputación no tiene que ver radicalmente con el conocimiento de la persona, sino más bien están en juego juicios de valoración. El honor, a su vez, puede manifestarse en valoraciones personales de autoestima o respeto de la propia dignidad (honra) y en el prestigio, fama o consideración otorgados por otros. Como hemos demostrado, la deshonra –tan vieja como la injusticia– es un arma dilecta, de fácil uso y acceso para los poderosos con la disponibilidad de generalizar su uso. Atemporal, atraviesa indemne los tiempos, cuando logra prevalecer. La vienen utilizando los impunes e inmunes desde el boca a boca, con el murmullo, con la escritura, con la gráfica, la radio, la TV, y ahora con las redes sociales. Todos los distintos medios que en cada época actúan como privilegiado vehículo para difundir el embuste. El alegado secreto de una innominada “fuente bien informada” es el cendal que –hoy– todo lo cubre, para excusarse de no verificar, ni chequear, ni probar nada. Los luchadores populares la padecen desde hace siglos.

Antecedentes. Nadie quedó exento: Capdevila, Justo y Netri, como también José de San Martín (“ladrón del Tesoro del Perú”), Manuel Belgrano (incompetente en sus “procedimientos y conducta militar” en “la Expedición del Norte”), el Che (“asesino en serie” de “frialdad brutal”), Fidel Castro (“persona lejana de la austeridad predicada y llena de lujos”), Hugo Chávez (“el Mono” de los supremacistas venezolanos), Salvador Allende (“el racista antisemita” socialista), Hipólito Yrigoyen (jefe de un movimiento formado por “…ciento diez mil prontuariados en la sección Robos y Hurtos, sesenta mil pederastas y cincuenta mil más que viven al margen de la ley, del juego y de la explotación de mujeres...”), Juan Domingo Perón (“el desertor”) y Evita (“aventurera, vulgar e inescrupulosa”). Ya entrado el siglo XXI, se la están aplicando en dosis elevadas a Cristina Fernández, una entre muchos militantes populares. La deshonra fue y es una herramienta indispensable para construir la excusa predilecta de los grupos desestabilizadores a la hora de erosionar o derrocar gobiernos populares, o de hostigar a líderes combativos. Hoy la palabra que la vehiculiza es el término “corrupción”. Por su frecuencia y el modo en que se presenta hoy en día, dispone la revisión de este mecanismo aun de manera simplificada. En la vida cotidiana, los distintos saberes que se multiplican a una velocidad cada vez más abrumadora (desde la psicopatología hasta la cibernética) nutren al discurso de palabras y frases organizadas por términos nacidos en los dominios de la denominada “corrupción”. Se registra tanto la calificación “brote psicótico” (tomada de la psicopatología: “…la sexagenaria de cabello batido, aros, el rostro adusto y una elegancia extrema recorre la plaza alzando un cartel: ‘Cristina: sos psicótica y perversa’”; http://revistaanfibia.com/cronica/cacerolas-rebelion-y-felicidad/), hasta el mote “nerd” (despectivo, aplicada al perfil físico e intelectual correspondiente a una persona marginada, tímida y solitaria, que aparentemente se usó durante los 50 en el Massachusetts Institute of Technology –MIT–).

Corazones rotos. Vemos así que las palabras o expresiones tienen mayor o menos impacto estigmatizante según los valores que predominan en una sociedad y en una época (v.gr., “acaparador” en épocas de desabastecimiento). Estos vocablos, al multiplicarse, instalan un cliché, como “hierba mala nunca muere”, o “no hay dos sin tres”, que ocupa un espacio en nuestra subjetividad y desde allí se traslada al ámbito de la conformación del “sentido común” de un momento determinado de la historia, y por lo tanto –sin que seamos del todo conscientes– separan “lo que está bien” de lo que “está mal”. Esta suerte de sentido común, una vez establecido, no permite articular contextos y por lo tanto pensar en la relación entre causas y consecuencias. El saqueo articulado no solo requiere de esa maquinaria sino que también necesita ser “aceitada”. Lo sabía bien Margaret Thatcher cuando dijo: “…la economía es el método, la finalidad es cambiar el corazón y el alma”. Uno de los clichés que ha revivido es el que el responsabiliza al empleo público de la penosa deriva económica de la Argentina (conviene recordar la muletilla pretérita y falaz de Alvaro Alsogaray “…achicar el Estado es agrandar la Nación”). A la vez otros que comprenden un arco nutrido que va desde el “exceso de empleados públicos” (“ñoquis” e “ineficientes”… vagos y malentretenidos), las empresas públicas, el sistema impositivo y las regulaciones, hasta “los políticos corruptos que solo quieren enriquecerse a costa del sufrimiento de todos los demás”. Todos estos (y muchos más) se presentan como los enemigos de época que logran su difusión luego de pasar por el arsenal multiplicador que ofrece hoy la comunicación.

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Proyecto fracasado. La “antipolítica” y también la indiferencia por la política se ubican a la vera de ese río heterogéneo. Las figuras del espectáculo devenidas en cultores de la gestión pública (o quienes minoritariamente proponen bajar las jubilaciones y pensiones, eliminar los planes sociales y privatizar la salud y la educación) y los que “no piensan”, empiezan a ocupar lugares convenientes para que los que más tienen tengan más, y menos los que menos tienen. En este orden de ideas, la táctica de guerra no convencional conocida como lawfare (judicializar operaciones sobre datos inexactos o incompletos, surgidos de las más oscuras usinas, y multiplicados ad infinitum; o sea uso indebido de instrumentos jurídicos para la persecución política, destrucción de la imagen pública o inhabilitación de un adversario) es la operación predilecta para sacar de escena a quienes pretenden, desde diferentes andariveles, dar, en palabras del sociólogo Carlos De Angelis, “…respuesta al fracaso de los proyectos de modernización-globalización-liberalización, cuando el resultado es la exclusión de amplios sectores de la sociedad, incluyendo a parte de las clases medias”. Siempre será más cómodo declarar que “…no sabemos lo que pasó, pero no volverá a ocurrir” (sic). En particular si los damnificados no ponen los elementos en contexto, y el temor (a la pérdida de la fuente de trabajo, a no tener futuro, a… todo y a nada en particular) posterga los reclamos. Y esto sucede aunque la pobreza y la decadencia –aun naturalizadas– invaden de manera silenciosa pero inocultable y progresiva todos los poros de la sociedad. El resultado se patentiza en que las exteriorizaciones de conflictividad social y de rebelión son moderadas en comparación con otros momentos históricos argentinos, en los que la exclusión de las mayorías de la riqueza provocaba enfrentamientos. Así, la fuga de capitales de US$ 70.885 millones muestra una cifra que se agiganta al compararla con las reservas actuales de US$ 65 mil millones, aunque estas cifras cambian por minutos. Un endeudamiento creciente al que se suma la dolarización de las tarifas y de los combustibles, dentro del marco de una inflación incontenible que deteriora el valor del peso y por lo tanto el de los salarios. La recesión no encuentra lecho. La apropiación por parte de un grupo minúsculo de privilegiados de porciones ingentes del negocio de la energía (su generación, el transporte y la distribución) y de la inversión pública.

Esbirros. Hay un retroceso de quienes día tras día pierden los derechos que históricamente les permitieron participar en una distribución más igualitaria de los ingresos. Se vislumbra un horizonte conformado por las reformas laboral, previsional e impositiva que parece no ser aún un detonante suficiente. Tampoco “…la fragilidad de la coyuntura económica y financiera internacional, (que) compromete el futuro del endeudamiento en dólares”. La corrupción como premisa penetra en la vida política –lo vimos– de la mano de la infamia. Comienza con los esbirros mediáticos descalificando al objetivo y a su círculo más íntimo, los apostrofa como venales e incompetentes; la prensa lo instala en la opinión pública, para luego propiciar el golpe. Fue golpe duro ayer, con tanques y soldados; blando hoy, con el Congreso y los Tribunales reemplazando las botas y los uniformes.

*Fragmento del libro Lawfare. Guerra judicial-mediática, de Editorial Ariel.