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ELOBSERVADOR / ¿Como evoluciona nuestro cerebro?
domingo 4 noviembre, 2018

"Ni la física ni la sociología son las únicas explicaciones"

Facundo Manes, la filósofa Diana Pérez y Jorge Fontevecchia participaron de la mesa redonda "Incidencia de las neurociencias en los debates sobre la sociedad". Allí se discutió sobre qué y cómo aportan esas disciplinas a la política.

por Pablo Helman

Presentación. La decana de Farmacia y BIoquímica, Cristina Arranz da la bienvenida a los oradores, Jorge Fontevecchia, Facundo Manes, Diana Pérez y el moderador, Samuel Cabanchik. Foto: obregon

Un médico que es uno de los referentes en neurociencias en el país, una filósofa del lenguaje y un editor de medios que reflexiona continuamente sobre los ecos en la sociedad debatieron en el Aula Magna de la Facultad de Farmacia y Bioquímica de la UBA sobre la "Incidencia de las neurociencias en los debates de la sociedad: las políticas públicas ante los nuevos desafíos morales". Facundo Manes, Diana Pérez y Jorge Fontevecchia plantearon tres perspectivas acerca de las causas y consecuencias ("a veces, es complejo dilucidar cuál es cuál", dijo en algún momento el presidente de PERFIL Network) del saber más sobre cuánto incide el conocimiento sobre el cerebro en lo social, desde tres perspectivas que resultan complementarias.

Un científico, una filósofa, un editor de medios, como dijimos. Y, también, para sumar y abrir el debate, una referencia a un poeta (poeta, entre muchas otras cosas), Héctor Murena, citado por el organizador del encuentro –y de todo el Ciclo Humanidades y Ciencias de la UBA–, Samuel Cabanchik, que planteó un punto de partida para el debate: "este ciclo –dijo el subsecretario de Coordinación Académica de la Universidad– se llama Humanidades y Ciencias. Me gustaría hacerlo a través de una alegoría. Voy a recordar dos pasajes breves bíblicos breves: Babel y Pentecostés. En Babel, había un lenguaje único. Se ha interpretado la importancia de ese lenguaje único que se perdió ante un castigo de Dios. Pero Murena, lamentablemente poco leído entre nosotros, dijo que había otra manera de ver las cosas: también podría ser una oportunidad. En Pentecostés ocurre un milagro: que cada uno habla la lengua de los demás. Este es el sentido de estos encuentros".

Jorge Fontevecchia retomó esta misma idea al comienzo de su charla: "Personalmente –dijo– estoy con la idea de Murena. No creo que haya un solo lenguaje. Sería preocupante que lo hubiera. Y he escuchado muchas discusiones en la Facultad de Filosofía en la que los físicos pensaban que en el futuro existiría una sola ciencia que sería, precisamente, la física; mientras que los sociólogos decían algo similar: que la única ciencia en el futuro sería la suya, la sociología. Creo que cualquiera de las dos cosas sería muy peligrosa".

El cerebro, la mente, la conciencia. Luego de la presentación de la decana de Farmacia y Bioquímica, Cristina Arranz, el primero de los oradores fue Facundo Manes, quien recordó que sus primeras clases las dio en la cátedra de Anatomía de esa facultad.

Describió también cómo fue su proceso de aprendizaje en el exterior y cómo empezó a investigar y difundir la importancia de la investigación en neurociencias y en el conocimiento del cerebro en nuestro país. "Los grandes avances científicos permitieron (y seguirán posibilitando cada vez más) –dijo– elaborar mejores estrategias de tratamiento de las enfermedades y brindar de esta manera una mejor calidad de vida a millones de pacientes y sus familias".

"La neuroética abarca el campo de la filosofía que discute los beneficios y pelogros sobre el cerebro humano", dijo Manes

Agregó que "específicamente, en el campo de las neurociencias, en las últimas décadas se produjeron grandes transformaciones gracias a las nuevas herramientas y tecnologías y el trabajo mancomunado de investigadores de diferentes disciplinas. Estos progesos son revolucionarios".

Aquí no solo intervendría la ciencia: hay cuestiones que tienen que ver con otros campos del saber que inciden: "estos avances en las neurociencias impactan en todas las disciplinas (porque todo lo que hacemos lo hacemos con el cerebro) y, sin dudas, también generan disyuntivas relacionadas con nuestra privacidad, moral, identidad, seguridad, espiritualidad, libertad y personalidad. Es así que los profundos avances dados potenciaron la necesidad de un área específica: la neuroética".

¿En qué consiste? “Aunque algunos consideran que se trata simplemente de una bioética del cerebro, la neuroética abarca el campo de la filosofía que discute los beneficios y peligros de las investigaciones sobre el cerebro humano. Y, en relación a ello, considera lo técnicamente viable con lo éticamente aceptable".

Entender esto es enfrentarse a reflexiones que pueden compararse a las suscitadas en temas como la tecnología, por ejemplo: "nos encontramos frente a la posibilidad del desarrollo de neurotecnología que nos permita superar algunas de las limitaciones del propio cuerpo humano. Esto genera una serie de preocupaciones éticas y legales. Sus usos, lo decimos una vez más, deben estar claramente definidos: promover el bienestar de la vida de las personas y el de toda la comunidad".

Para él, "los avances en el conocimiento y las consideraciones neuroéticas no deben limitarse a un panel de expertos, sino que debe implicarse a la sociedad en su conjunto. Todos aquellos que tenemos la posibilidad de difundir estos estudios no solo debemos comprender las expectativas y miedos, sino también limitar las falsas esperanzas".

Luego, enfatizó que "el avance de la neurociencia promete entender aún más el funcionamiento cerebral y diseñar un sinfín de nuevas aplicaciones. Esta revolución de los estudios sobre el cerebro requiere una reflexión permanente y una evaluación profunda de su impacto para que se respete, se proteja y se desarrolle lo que es mejor para la humanidad".

Sobre el avance de las neurociencias cognitivas humanas dijo que "estudian los procesos mentales como ser la toma de decisiones, la memoria, el olvido, la creatividad. Todo lo que hacemos lo hacemos con el cerebro, así que obviamente conocer lo que sabe la ciencia moderna acerca de cómo funciona la mente siempre será de gran importancia e impacto. Pero de ninguna manera esto quiere decir que las neurociencias vienen a reemplazar a ninguna otra rama del conocimiento: son una herramienta más".

Alertó sobre los usos del conocimiento sobre su especialidad: "muchas veces se hace una utilización inadecuada del prestigio científico como marketing para diversos fines. Hay que desalentar y denunciar esa promoción y alertar a toda la sociedad sobre ello. El conocimiento superficial va en contra de los objetivos de cualquier investigación científica y puede convertirse en una herramienta de manipulación y engaño".

A partir de aquí, se abren nuevos enigmas y temas de descusión: "el avance de la investigación científica, particularmente de las neurociencias, está planteando y planteará cada vez más dilemas legales, éticos y morales que no pueden quedar confinados a las paredes del laboratorio y los científicos, sino que deberán ser debatidos y analizados por toda la sociedad. Allí radica la importancia de la divulgación científica: todas las personas deben estar al tanto de estos avances y participar de las discusiones que surjan a partir de ellos".

Los prejuicios son parte de la discusión pública, no solo en este tipo de temáticas. "múltiples investigaciones científicas demuestran que nuestra forma de ver el mundo y concebir la realidad no es resultado de la evidencia ni de la lógica, sino que es una construcción basada en en nuestra historia, prejuicios y esquemas mentales. Tanto es así que incluso aunque enfrentemos datos objetivos y evidencia que contradigan nuestras visiones previas, es muy difícil que generen un cambio en nuestra forma de pensar. Es decir, la evidencia no cambia lo que pensamos. Entre otros factores esto se debe a que, en términos evolutivos, para el ser humano es más importante sobrevivir y pertenecer a un grupo que la verdad", dijo Manes.

Al referirse a las repercusiones políticas, agregó que “al día de hoy, existe vasta evidencia de que comprender cómo la gente piensa y se comporta es un activo esencial para alcanzar el diseño y la implementación de políticas públicas más efectivas. Por eso, las neurociencias y las ciencias del comportamiento pueden contribuir en el diseño de mejores políticas públicas, especialmente de políticas sociales”.

La lección de piano. La segunda de las oradoras fue la filósofa e investigadora del Conicet Diana Pérez: "Intentaré demostrar cómo es que las neurociencias –y sobre todo las formas cómo se ven públicamente las neurociencias– debería complementarse con algunas preguntas y algunos saberes que vienen de otras disciplinas".

Más allá de las múltiples miradas posibles sobre la cuestión de las políticas públicas, señaló que para ella es esencial el aporte de los científicos en los temas sociales.

"Creo que los científicos deben ser consultados por dos razones: la primera de ellas es porque las instituciones científicas son financiadas  y mantenidas por el gobierno nacional. Tal es el caso del Conicet o de la Universidad de Buenos Aires. Por lo tanto, los saberes que se logran deben volver a la sociedad para mejorar las políticas. Más que si se debe consultarlos, diría que debería ser obligatorio que los consulte. Pero además, hay otra razón: es que la ciencia da el mejor conocimiento que tenemos del mundo. Esto sucede con el mundo natural y, por qué no, también con lo humano".

Agregó que a su juicio lo neurocognitivo es un aspecto de una cuestión muy compleja, la conducta humana: "no basta con conocer el cerebro –dijo– para entender la compleja conducta humana".

Para Pérez es importante estar atentos a dos errores (de los que están exentos los científicos que tienen una visión no reduccionista de su trabajo): “la visión que a veces llega a la sociedad a través de ciertos medios de comunicación por cuestiones de espacio y de llegar a determinado público pueden llegar a simplificar cuestiones que son más complejas. Así es como aparecen noticias como “se encontró la hormona del amor”, o cuestiones por el estilo. Es algo que suele ponerme nerviosa: porque es imposible entender el amor simplemente conociendo el cerebro de una persona. Vamos a necesitar de otros saberes".

Propuso una analogía para entender la cuestión. “Es como si estuviésemos frente a un cuadro que nos guste mucho, Los Girasoles de Van Gogh por ejemplo, y pensar “que la peculiaridad de esa obra de arte se puede encontrar estudiando las particularidades de los pigmentos o del lienzo con el que está hecha la obra. Con eso se puede entender algo, y quizás muy importante, pero no todo. Y esas cosas son, muchas veces, cuestiones de la historia. Con la conducta pasa algo similar a lo que sucede con el arte: es necesario saber qué pasa en nuestro cerebro, pero no es la única determinación de lo que hacemos".

La historia también es para ella determinante de cómo es nuestro cerebro: “los expertos –explica– no tienen la arquitectura del cerebro con la misma estructura de los expertos. Si comparamos el cerebro de un pianista con el de alguien como yo que no sé tocar el piano, vamos a encontrar que en las partes relevantes que tienen que ver con la motricidad o nuestra capacidad auditiva va a estar desarrollado de una manera que no está en mi cerebro".

Para ella, es clave la labor de las ciencias sociales y de las humanidades en el proyecto de elucidación: “muchos estudios sobre la mente humana suman los conocimientos biológicos con el saber de los psicólogos, historiadores”.

Diana Pérez: "La ciencia da el mejor conocimiento que tenemos del mundo. Esto sucede con el mundo material y también con el mundo humano".

Además señaló "otra de las dificultades que uno puede ver en cómo se presentan las neurociencias en lo público tiene que ver con saber qué preguntarle al científico, qué autoridad tiene el científico para hablar respecto de qué temas. El conocimiento científico, tal como está hoy, siempre es un conocimiento particular sobre un tema en particular. En realidad, los que participamos de la comunidad de ciencia y técnica de este país somos especialistas en algo, algo bastante acotado. Y a veces, por el entusiasmo de comunicar a una gran audiencia, o tal vez cómo nos hacen las preguntas, emitimos opiniones que no son las de nuestra especialidad. Y ahí es cuando la opinión del científico es una entre otras".

Pensar las neurociencias desde las ciencias humanas también es pensar la cuestión de la verdad: "las ciencias tienen la posibilidad de explicarnos cómo son las cosas. Pero cuando pasamos a otro nivel, el de la sociedad, no tratamos de explicar cómo es el mundo, sino que tratamos de decir qué es lo que nos parece el mejor proyecto de vida. Y ahí entran a tallar cosas, como por ejemplo, lo que consideramos como bien común, las normas que pensamos que son las mejores para regir la sociedad. Y cuando llegamos a estos temas, ahí donde las ciencias sociales, los filósofos en particular, podemos llegar a aportar algo en la discusión".

Para ella, se vio un ejemplo de un debate interesante a nivel social previo al voto legislativo sobre la interrupción voluntaria del embarazo. "En la historia de la ciencia sabemos que científicos muy renombrados dijeron cosas que son falsas. Cambiamos nuestras formas de ver ciertas cuestiones. Es algo que pasa en la psiquiatría: un ejemplo es que hasta hace cincuenta años, las prácticas homosexuales eran vistas como patológicas. Hoy no pensamos eso; y cambiaron porque también variaron las formas como nos entendemos los unos a los otros y de cómo queremos vivir en sociedad. No cambió nuestra biología, no necesitamos saber cómo es su cerebro para conocer sus prácticas sexuales. Ya no queremos normar cómo deben ser ciertas cosas", manifestó.

Para ella, inevitablemente las ciencias sociales y las ciencias humanas deben contribuir juntas a la comprensión de los humano: "no hay que desconocer los hallazgos de la ciencia, que son muchos –señaló– respecto de cómo funciona nuestro cerebro y nuestra biología en general. Debemos hacerlo atendiendo a nuestra historia y también teniendo en claro ciertas cosas: volviendo al caso del pianista; si lo que queremos hacer es promover pianistas: más que pensar qué droga mágica o que intervención debemos hacer en el cerebro de alguien para que sea pianista, lo que tenemos que hacer es educarlo, es generar las condiciones para que una persona pueda dedicarse a desarrollar ese arte que desea crear. Lo mismo sucede con las diferencias de género: si queremos cambiar ciertas cuestiones que consideramos inapropiadas, no solo tenemos que ver cómo funciona el cerebro de la mujer o cómo funciona el cerebro de los hombres. Pero no es tan relevante. De hecho, el cerebro de los hombres y de las mujeres funcione distinto, entre otras cosas porque las prácticas sociales nos llevan a ello”.

El cerebro y la verdad. Jorge Fontevecchia comenzó su exposición en uno de los puntos medulares de la exposición anterior y señaló el riesgo de los discursos únicos en el saber. Ni todo es física ni todo es sociología, e invitó al público a reflexionar sobre el vínculo entre mirada única y polarización política: “aprovecho lo que decía Diana, que me parecía muy adecuado, a raíz de lo del pianista, aquello de cuánto es transformado a partir de las prácticas sociales y las actividades que hacemos –dijo–. Mi preocupación por lo que es el mayor tema que está afectando a las sociedades de todo el mundo que es la polarización, acompañado de la idea del sesgo cognitivo, la ceguera paradigmática, que tiene expresiones en Trump, en la grieta de Argentina, en el triunfo de Bolsonaro, la salida de la Social Democracia en Alemania”.

Agregó: "me pregunto ¿cuánto de este pensamiento tiene un componente que también acepta lo que pueden decirnos otras ciencias y que puede afectar el funcionamiento del cerebro desde lo fáctico? Tiene que ver con un fenómeno tecnológico que voy a tratar de definir que es cómo los medios de comunicación pueden incidir en nuestra forma de representarnos el mundo". Y en esa mirada el vertiginoso cambio en los medios de comunicación ocupa, a juicio del cofundador de editorial PERFIL: "tuve el privilegio de ser el último que le hizo un reportaje a Zygmunt Bauman. Su gran preocupación era cómo se iba perdiendo la memoria a partir de los celulares inteligentes. De la misma manera que nuestros antepasados fueron agricultores y cazadores y cuando dejaron de hacerlo algo se perdió en materia de oído y olfato. Nosotros de la misma manera estamos perdiendo la memoria. Tengo amigos que se acuerdan de los números de teléfono sin anotarlos, para ejercitar su propia memoria. Lo mismo sucede con la gente que hace palabras cruzadas”.

Esta variación incide también en los medios de comunicación. Al cambiar la percepción del mundo que ofrecen los medios, también se producen cambios en nuestro cerebro, en nuestros sesgos cognitivos, con el consiguiente riesgo de tomar posiciones extremas a nivel social.

Para ello, señaló distintos niveles en los que se produce el cambio, desde distintas perspectivas.

“Hay una causa técnica –agregó Fontevecchia–: hace 25 años había solamente radios AM, tres canales de televisión en los países en los que había muchos (en Europa existía uno o dos por país). Cuando ganó Alfonsín, hace 35 años, había tres canales en la Capital Federal. Y el propio Alfonsín perdió en todas aquellas ciudades en las que había un solo canal de televisión, en blanco y negro que solo transmitiera desde las cinco de la tarde. De aquel mundo, pasamos progresivamente a la actualidad, en la que hay 15 mil radios. Las FM ampliaron la oferta de canales hasta el infinito. Hay más de 150. Y a eso se suma internet, y el mundo digital 2.0 que nace a partir de las redes sociales. La cantidad de información que recibe una persona hoy es recibida a partir de una enorme oferta. La tecnología nos permitió todo esto".

Tal avance, sin embargo, no logró “eliminar el tiempo”. Fontevecchia explica que “tenemos una cantidad de horas parecidas a la de nuestros abuelos en las que dormimos, trabajamos o comemos. El horario laboral de ocho horas nació a principios del siglo pasado, y permanece. En líneas generales, el tiempo que necesitamos para el consumo de medios –que nos dan nuestra representación del mundo– se mantiene en entre cuatro y seis horas por día. La diferencia es que la cantidad de fuentes de información es incomparable con la de nuestros padres".

Salto cuántico. El cambio tecnológico tiene un medio que lo representa simbólicamente: el teléfono inteligente.

"Esto sucedió especialmente a partir del año 2009, con la aparición del primer teléfono inteligente –dijo Fontevecchia–. Fue simplemente pasar del Nextel a que la pantalla sea táctil. A partir de la pantalla táctil, el teléfono pasó a ser una computadora que llevamos en nuestro bolsillo”.

Luego señaló una segunda causa, que llamó mercadológica: “antes todos los medios eran pluralistas, ¿por qué? ¿eran más éticos que los actuales? No. Lo hacían por egoísmo: representaban a la sociedad. Al no haber tantos canales, tomar partido implicaba perder audiencia. A partir de que hay múltiples canales de televisión, empieza a ser posible y luego necesario, que haya segmentación. Por eso, ustedes encuentran canales de televisión que son favorables a Cristina Kirchner y otros que no lo son. No es un fenómeno argentino. Si van a Estados Unidos, se encuentran que la CNN está en contra de Trump, mientras que FOX está a favor. De la misma manera que hay canales especializados en cocina o en viajes, hay otros especializados en sesgos cognitivos”.

También describió lo que puede ser clasificado como “causa filosófica”. “La verdad –explicó–, la idea de verdad que dominó gran parte del siglo XX, que por otra parte fue el siglo de oro del periodismo empezó a cuestionarse a partir de los años 70, o quizás un poco antes, con mayo del 68, empieza a cuestionarse. Hoy estamos cambiando, de alguna manera del sustantivo al adjetivo. Pasamos de la verdad a lo verdadero. Dos personas pueden tener una idea distinta de algo y de alguna manera ambas enuncian una verdad. Y ninguno de los dos está mintiendo. Una manera de saltar la grieta es saber que se pueden decir dos cosas distintas y que ninguna de las dos es una mentira, sino una interpretación de la realidad".

Para Fontevecchia "hay un fenómeno que apareció en 2009 con el teléfono inteligente. Desde entonces, llevamos una computadora en nuestros bolsillos". 

Es cierto que muchas veces los periodistas solemos objetar que existen los hechos y que éstos son incontrastables. A lo que contestó "sí, es verdad. Pero también es cierto que suceden muchas cosas al mismo tiempo. La decisión de elegir cuáles son los hechos relevantes, cuáles son los que merecen ser destacados, los que la ciudadanía merece, es el resultado de un sesgo".

Sentido de autoridad. En este contexto aparece la causa sociológica: el fin de lo sacro. Para Fontevecchia: “ustedes, como profesores, deben saber que la autoridad que tienen respecto de sus alumnos no es la misma que había hace unos diez o 15 años. Lo mismo nos sucede a los periodistas. Antes, el hecho de que algo estuviera escrito representaba una verdad. Ahora, eso no pasa. Uno puede ver en algunas generaciones una pérdida del sentido de autoridad que también permite la sensación de que todas las interpretaciones pueden resultar en el fondo válidas. Esto lleva a locuras tales como la de alguna vocera de Trump o de Putin, que son capaces de hablar de 'hechos alternativos'”.

En la enumeración de causas del cambio, el presidente de PERFIL Network dijo que  “otra causa que influye es más difícil de ver: es que los medios tal como nosotros los conocemos, es una ley que surgió en los Estados Unidos que fue en contra de los monopolios. Se la debemos al presidente Roosevelt. El mismo era de una familia patricia, pero seguramente tuvo un Edipo bien trabajado y decidió llevar adelante una ley antitrust. Hasta 1910 había en los Estados Unidos unas siete familias que controlaban esencialmente un 80% del producto bruto. Unos el acero, otros la electricidad, otros el transporte. Cuando uno tiene un monopolio, lo primero que aparece es que no existe la necesidad de competir. Y si no hay competencia tampoco existe la publicidad. Esa ley antitrust posibilitó los medios tal como los conocemos. La publicidad sostiene la producción de los contenidos, en gran parte de la gráfica y en la totalidad de la televisión y las radios".

Otro de los elementos que destacó Fontevecchia es que hoy quedan menos de la mitad de los periodistas que hace unos años atrás: "y no solo los de los diarios. Esto incluye también a los que trabajan en Internet. No es solamente un problema del papel. Sumando incluso a todos los medios digitales. En Estados Unidos había en 2012 unos 54 mil periodistas. Hoy quedan menos de 25 mil. Y este dato no es de este último año, así que deben ser menos”.

La explicación es que "hay dos nuevos jugadores, que se llevan el 80% de la publicidad mundial. Sí, dos jugadores se llevan el 80%. Google y Facebook. En Europa hay en algún sentido más conciencia de lo que representa esto. Y está desapareciendo aquella idea inicial de que Internet es algo en algún sentido más libertario. No puede serlo, en la medida que existen dos empresas que se quedan con el 80% de lo que se produce en materia publicitaria. Ahí hay un problema que creo que se irá solucionando. Especialmente cuando Estados Unidos pueda comprender que ahí existe objetivamente un problema a tener en cuenta. ¿Por qué Estados Unidos no ha aplicado una ley antimopolio?"

La respuesta la dio Julian Assange, quien descubrió los Wikileaks: "para él  –dijo Fontevecchia– Internet sigue siendo parte del aparato de seguridad de los Estados Unidos, que tiene acceso a toda la información que circula en la red o gran parte de la red. Así es como toda esa información puede utilizarse por el aparato militar de los Estados Unidos. De hecho estamos frente a una herramienta de la seguridad norteamericana. Y esto  explica por qué no avanzaron en un cambio en este sentido. Creo que Estados Unidos en algún momento va a comprender que se trata de una forma de monopolio. Y el sesgo cognitivo, las personas embrutecidas, con una sola mirada sobre la realidad que le está pasando a los Estados Unidos es la demostración de que estamos frente a una situación compleja".

Al mismo tiempo, en la sofisticación del análisis, aparece un nuevo foco de causalidad, que Fontevecchia denominó “ontológica”. "Todos ustedes deben tener alguna aplicación como Netflix o Spotify para ver cine o películas. Y seguramente estén muy satisfechos con que quien accede a estos servicios pueda recibir recomendaciones de acuerdo a lo que hayan estado viendo o escuchando previamente. Es cierto que los algoritmos pueden reconocer que a ustedes les gustan las películas de acción o las canciones románticas. Lo que es muy bueno en términos de entretenimiento puede resultar horrible o maligno en términos de contenido. Porque lo único que hace es enviarles noticias que refuerzan su propio sesgo".

El resultado es socialmente peligroso: "así, la idea que nos hacemos del mundo es cada vez más sesgada. Las empresas de streaming están hechas por ingenieros. Así está muy bien que se gane tiempo recomendando música romántica a quienes les gusta ese tipo de expresión. Pero como para los  ingenieros todo es una cuestión de bits, lo mismo da si se trata de una película, una canción o una investigación sobre corrupción gubernamental".

Este sería otro de los roles de las ciencias sociales: explicar cosas que “ni la física sola ni la sociología solas pueden explicar”.

Desde el punto de vista semiológico, el fenómeno también encuentra explicaciones, a juicio de Jorge Fontevecchia: “hay una proliferación de programas y de contenidos a través de los cuales la lógica es el grito. Un ejemplo puede verse en la noche de América, en Intrusos, por ejemplo. Es el mejor ejemplo de cómo la política adoptó formatos que antes eran los del espectáculo. No es algo que suceda solo en América. También Bolsonaro creció en imagen yendo a ese tipo de programas, en los que la clave es solo el impacto".

 


 

Tribulaciones y oportunidades del animal paradójico

Como en ninguna otra época, la nuestra nos invita a pensar la condición humana desde sus extremos, al punto que cabe hablar de una condición paradojal para autorrepresentarnos en la actual configuración del estado de cosas del mundo contemporáneo, describible como un mundo de nichos, más que de naciones o pueblos. ¿Por qué, cabe preguntar, la situación contemporánea empuja al antrophos a tal extremo: el de reducir y homogeneizar el mundo como nicho, justo cuando la tecnociencia convierte a todo individuo en protagonista potencial de un globo vuelto ilimitado? Precisamente por ello, porque la exigencia de límite y protección aumenta su imperiosidad, ante la intemperie de un mundo demasiado abierto. Uno de los síntomas más elocuentes del modo disociado en el que habitamos al encerrarnos en nichos, es la indistinción entre hechos y representaciones, propia de instancias primitivas o incluso presimbólicas. Más aún, para el animal paradójico en el que nos hemos convertido, todo y nada pueden ser igualmente significativos, ruidos y señales se confunden, y donde así ocurre, no hay ambiente ni mundo, sino refugios narcisistas dentro de la pequeña masa en la que nos movemos, defendiéndonos de la intemperie creciente.

Frente a este panorama, se vuelve urgente interrogar cómo deben ser nuestras prácticas políticas, cuáles nuestras instituciones, tales que en su dinámica real resuelvan esta ambivalencia paradojal de lo humano. El peligro inminente en todo tiempo y lugar, parece haber sido eliminar la paradoja por la vía de regímenes que consagraron la sumisión de la mayoría al grado mínimo de capacidad causal y normativa, mientras sus élites concentraban el poder sobre las condiciones materiales que favorecieran la realización y el gozo de lo humano para sí mismos, regulando el lazo social a través de su propia distinción entre lo normal y lo patológico, lo legítimo y lo ilegítimo, lo elogiable y lo condenable.

El desafío de nuestro tiempo es encontrar la resolución de la condición paradojal aludida, en la construcción de organizaciones sociales y políticas que valoricen positivamente el pluralismo democrático, permitiendo y alentando una dinámica colectiva que abra hacia la creatividad indefinida sin dejar de estabilizar y de admitir identificaciones y fraternidades protectoras.

En el contexto de esta complejidad en la que nuestra biología y el desarrollo técnico-científico-comunicacional tensan los extremos de nuestra condición paradojal, generamos un espacio de diálogo interdisciplinar, en el marco del programa “Universidad de Buenos Aires para el siglo XXI”. El panel inicial no pudo ser más halagüeño, haciendo eje en las neurociencias y la comunicación, desde las perspectivas científicas y filosóficas puestas en diálogo. El martes próximo, continuaremos con la problemática de la posverdad.

*Samuel M. Cabanchik. Filósofo, subsecretario de Asuntos Académicos, UBA.


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