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ELOBSERVADOR / Crónica
jueves 25 abril, 2019

Los guardaparques no le temen a la vida en soledad porque el amor por la naturaleza es más fuerte

En Argentina hay más de 200. Las mujeres, que recién fueron incorporadas en 1986, ocupan el 20% del plantel general.

Cynthia Finvarb*

Ignacio Esteban trabaja en el área protegida del Parque Nacional Los Glaciares Foto: Gentileza Ignacio Esteban
jueves 25 abril, 2019

Miles de turistas de todo el mundo se toman un micro, manejan sus autos cientos de kilómetros o se suben a un avión para visitar algunos de los 47 parques nacionales que hay en la República Argentina.

Ignacio Esteban no necesita irse tan lejos. Le basta con abrir la ventana de su casa para contemplar las maravillas del país. Su vista oscila entre glaciares, bosques, montañas y valles. Ese es su hogar.

Hace nueve años, cuando tenía 19, decidió estudiar una carrera terciaria que más que una profesión se convertiría en su estilo de vida: ser Guardaparques. Así terminó siendo parte de una seccional del área protegida del Parque Nacional Los Glaciares, ubicado a unos 80 kilómetros de El Calafate, en la provincia de Santa Cruz.

Una vez por semana, la jefatura de guardaparques planifica las actividades que realizarán durante la semana. Las mismas pueden variar por el clima u otro suceso.

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—Vivimos todos cerca, así que durante el día nos vamos informando cómo se va desarrollando todo. En mi caso, estoy encargado de cubrir las áreas de uso público, pero en esta seccional son frecuentes las recorridas de ruta, de terreno en Bosques, Valles y Glaciares; trabajos específicos en cuanto a Conservación, asistencia a los científicos que estudian en la zona, muchos de ellos ligados con la Glaciología o la Geología. Y muchas actividades variadas que puedan surgir o que sean necesarias en el lugar.

Controlar el comportamiento de los turistas. Concientizar sobre acciones prohibidas en los parques. Todo es parte del trabajo del guardián de la naturaleza.

— Buen día, consulta, ¿ingresaron con un perro al área protegida? — pregunta Ignacio mientras se acerca al fogón familiar.

— Sí — los visitantes no dudan en afirmar, aunque minutos antes habían intentado esconderlo.

— Le voy a realizar un acta de infracción, permítanme los documentos -dirá más tarde.

— No los tenemos.

— Voy a tener que pedir apoyo de Gendarmería para identificarlos -advierte.

Entre rezongos y soplidos los visitantes entregaron sus documentos.

— Durante el primer tiempo, la primera medida que adoptábamos a los visitantes era darles la opción de retirarse del Parque. Pero, en este caso, al ser visitantes locales y tras haberse realizado varias campañas de difusión en la zona, les hago el acta de infracción, que es el cobro de una multa.

En el caso de los perros, por ejemplo, "con su ladrido y su olor ahuyentan a la fauna local sensible a su presencia, y al sumergirse en ríos o lagos, o con sus desechos, pueden ingresar enfermedades que la afecten", explican desde la Administración de Parques Nacionales (APN).

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Ignacio asegura que estas escenas son las menos agradables. Pero es necesario actuar e informarles sobre la infracción.

Terminando todo el procedimiento continuó haciéndoles entender sobre su infracción. "A muchos visitantes les cuesta entender, pero también es parte de nuestra tarea explicarles", cuenta Ignacio.

Pese a tanta maravilla junta, a Ignacio sólo hay una cosa que se ha vuelto irremplazable: la compañía de sus vínculos afectivos.

Ser un guardián de la naturaleza te enfrenta a una vida solitaria.

Lo mismo dice Sabrina Carreras, guardaparques de Parque Nacional Patagonia. Ella siempre fue amante de la naturaleza. Pero jamás se le había ocurrido estudiar algo relacionado. Empezó haciendo la carrera de publicidad, hasta que dejó todo y se decidió.

— Siempre me gustó la naturaleza, pero jamás había pensado en esta vocación. Es muy gratificante y solitaria.

Aunque ella fue afortunada y conoció a su pareja en la naturaleza, quien es otro guardaparque y ahora trabajan juntos. Muchos forman sus familias así.

***

Las mujeres recién fueron incorporadas en 1986 a la Administración de Parques Nacionales. Si bien algunas llegaron a intendentas, ocupan un 20% del plantel general.

De los 216 guardaparques nacionales que hay en actividad, sólo 56 son mujeres. A esa dotación, se suman 302 guardaparques de apoyo y 315 brigadistas.

La carrera es como la de un político. Con el paso del tiempo, empiezan a ascender y pueden llegar a ser intendentes de los parques. Y para llegar a ser guardaparque, hay diversas escuelas y carreras universitarias. En promedio, la capacitación dura de dos a tres años y hay que pasar pruebas de natación, manejo de caballos, conducción de 4X4 y lanchas, mecánica, entre otras. Una vez que avanzan los meses, se firman tres lugares donde les gustaría ir a hacer las prácticas.

En el caso de Ignacio, las realizó en diferentes reservas de la Provincia de Buenos Aires (la Reserva Municipal Ribera Norte, en San Isidro y Reserva Natural Integral Punta Lara, en Ensenada) y en el Parque Nacional Quebrada del Condorito, en la provincia de Córdoba.

Aunque el compromiso por el cuidado del medio ambiente lo descubrió de niño, cuando fue boy scout. A él “la satisfacción de lograr el interés y amor por la naturaleza en las personas desde su rol de Guardaparque le llena el alma”.

***

Los parques nacionales y la creación de áreas protegidas representan una tradición muy antigua en Argentina, que se remonta a la primera donación de tierras que realizó Francisco Pascasio Moreno, en 1904. El Estado argentino, siguiendo su ejemplo, declaró luego varios parques a lo largo de las fronteras para resguardar las cuencas y bosques más importantes.

En la Patagonia, menos del 5% del área tiene algún tipo de estado de conservación (en todo el mundo, aproximadamente el 13% de la tierra está bajo algún tipo de protección). Las mayores amenazas para las tierras son el pastoreo excesivo, las actividades mineras y el desarrollo de gas, que no paran de degradar áreas silvestres.

Por eso, alguien debe cuidar de esas tierras.

Con 28 años, Ignacio imagina realizar, en un futuro, un proyecto de conservación que sea fructífero.

—Un trabajo de conservación de especies animales o plantas ligado a la educación para trabajar en conjunto con la comunidad en la que me encuentre en ese momento. Siempre estaré ligado a la naturaleza.

¿Acaso la protección y preservación de todos los aspectos en áreas silvestres se termina en algún momento para los guardianes?

La respuesta, sin duda, es no. Cuando la vocación es más fuerte, suceden cosas como éstas.

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Esta crónica es parte del portal de historias www.escrituracronica.com

 


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