ELOBSERVADOR
Del ‘43 hasta hoy

Una vida militante con el peronismo de fondo

Transcribimos aquí algunos párrafos de Apuntes de un hereje, nacer con el peronismo, de Sergio Bufano, que aparece estos días. Un recorrido que narra el barullo de una existencia tumultuosa. “Es un autorretrato, dice Hugo Vezzetti. Y no hay lugar para la nostalgia, sobre todo respecto de esa generación revolucionaria de la que Bufano ofrece un testimonio único que rompe con los lugares comunes de las memorias militantes”.

Evita y Perón
Evita y Perón | cedoc

No deseo atribuirme ningún privilegio histórico, pero estoy convencido de ser la persona más estrechamente vinculada a ese fenómeno imperecedero de la Argentina que se llama peronismo. Hasta nacimos juntos. Desde que cumplí tres meses de edad ha estado junto a mí. Me ha acompañado mucho tiempo antes de que tuviera uso de razón. Yo, no el peronismo...

El 15 de enero de 1944 un terremoto conmovió los suelos de San Juan y la ciudad quedó destruida. De acuerdo con la versión de mi abuela, que no estaba allí y por lo tanto es una traducción de otros dichos, apenas comenzó el temblor mi madre corrió hacia la cuna, me alzó y trató de alcanzar la calle. Ella tenía 25 años y yo era su bebé. Pero no hubo tiempo; la casa no resistió la fractura de la Tierra y todo se vino en banda. El mundo se desplomó sobre nosotros dos.

Imaginemos a Juan D’Arienzo con su orquesta típica; a Hugo del Carril interpretando Che papusa, oí y Libertad Lamarque cantando Besos brujos; imaginemos a la orquesta de Francisco Canaro tocando Yo no sé qué me han hecho tus ojos frente a una multitud solidaria que colmaba el Luna Park, el mismo sitio donde años antes velaron a Carlos Gardel. Y todo eso para recaudar fondos para mí. También para los otros miles de huérfanos que habían quedado en la calle, obvio.

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Estoy convencido de ser la persona más estrechamente vinculada al peronismo 

De las grandes catástrofes pueden emerger cosas eventualmente prodigiosas. Gracias al terremoto de San Juan, Eva Duarte conoció a Juan Domingo Perón en el Luna Park y allí se inició el romance que modificó la vida de millones de personas.

Alfredo R. Bufano, mi Tata, era famoso en aquellas épocas. Publicaba libros, dictaba conferencias y era profesor en colegios de San Rafael y de Mendoza. Amigo de Alfredo Palacios, de Ricardo Rojas, de Javier Villafañe, compartía tertulias con Samuel Glusberg, Nicolás Olivari, Raúl González Tuñón y otros poetas, escultores y pintores.

Se le ocurrió la malhadada idea de hacer un comentario público sobre Evita. Comentario crítico, nada ofensivo porque era un caballero. Y ella, Evita, lo hizo echar, le quitó todas las cátedras sin escuchar los consejos de su confesor y asesor espiritual, el sacerdote Hernán Benítez.

Al año de estar en México me vi obligado a enfrentar un fenómeno colectivo desconocido hasta entonces. Pero trágico. La crisis de identidad de otros. De los guerreros que no podían adaptarse a la “vida civil” luego de varios años tirando tiros. ¿Y ahora qué hacemos?, se preguntaban aquellos muchachos que ingresaron a la guerrilla cuando todavía no habían terminado el colegio secundario. Tenían poco más de 22 años y carecían de profesión; el único objetivo al que dedicaron toda su energía había sido la acción revolucionaria. Y de pronto se encontraban con la derrota sin poseer las herramientas de una formación profesional. Vacíos, sin nada para hacer. Sin futuro imaginable. 

¿Y ahora qué hacemos?, preguntaban.    

… La certeza revolucionaria es un sentimiento difícilmente transmisible para los seres humanos que trabajan y envejecen sin conocer la palpitación del campo de batalla; nunca podrán experimentar la sensación de plenitud que se vivía entre camaradas embarcados en un proyecto gigantesco que, aunque los hombres todavía no lo sabían, los ayudaría a huir de ese mundo envejecido y agotado.

—Terminó, la guerra terminó, recuerdo haberle dicho a un querido compañero reclutado cuando apenas era un adolescente.

Para algunos de nosotros la respuesta era sencilla: el futuro consistía en trabajar en nuestra profesión, estudiar, casarse, tener hijos, criarlos, viajar, en fin, vivir. Vivir en paz no es poca cosa; pero para aquellos que no conocían otra cosa que la guerra, y todo su universo se reducía a la lucha armada y el combate, ahora se encontraban sin rumbo. Vivir sin que la adrenalina recorra las venas es un destino que puede resultar tedioso para quien fue guerrero.

No sé por qué, recordé al Che Guevara.

En México vi la crisis de los guerreros que no podían adaptarse a la vida civil

La añoranza de la acción guerrera no es infrecuente; las emociones que producen la clandestinidad, las armas y el coqueteo con la muerte son tan intensas que es costoso desprenderse de ellas. Porque la inercia que produce el campo de batalla es difícil de detener. Un guerrero siempre quiere ser un guerrero. 

En su fuga hacia adelante, a ese compañero los nicaragüenses le proporcionaron una solución. Partió a luchar contra el dictador Somoza, en una guerra ajena, junto al Frente Sandinista de Liberación. ¿Hace falta que cuente el final? Las balas de Somoza son tan mortíferas como las balas de cualquier lugar del mundo. Y no fue el único, otros corrieron la misma suerte en las selvas de Nicaragua o de El Salvador. 

El Rubio viene de matar a un hombre y quiere que todos nos enteremos; lo hace desde su silla como en el escenario de un teatro. Estoy hipnotizado y no puedo apartar mis ojos del rostro del narrador. Tengo la sensación de que toda la confitería ha sido invadida por un agrio olor a muerte que penetra en las fosas nasales. Es el olor dulzón y empalagoso de la sangre. 

“Lo que distingue al hombre inmaduro es que quiere morir noblemente por una causa, mientras que lo que distingue al hombre maduro es que quiere vivir humildemente por una”, escribió J. D. Salinger, que conoció el brillo de las armas durante la guerra y la rememoró en “El guardián entre el centeno”. 

Llega Mami a la escuela a una hora temprana para retirarme. Salgo contento y con curiosidad. Pero ella está preocupada: se levantó la Marina, me dice. ¿Se levantó la Marina? ¿Cómo será que se levantan los marinos? Están bombardeando la Plaza de Mayo añade y entiendo que hay una revolución que quiere destituir a Perón.

Cuando al día siguiente veo las fotos de la Plaza de Mayo en la 5° edición del diario La Razón, recuerdo las imágenes de la revista Life de la Segunda Guerra Mundial, muertos, devastación, gente que llora. ¿Y los pilotos? No veo a los pilotos sonriendo junto a los cazas. ¿En dónde están los pilotos de los bombarderos? Me dicen que se escaparon al Uruguay. Ah, valientes los soldados argentinos.

“Mire m’hijito, mire con atención. Los que queman libros son fascistas”

Una mañana me visten con la ropa de salir y tomamos el trolebús que nos deja cerca del Congreso. Caminamos varias cuadras hasta llegar a la avenida Rivadavia, donde está la Casa del Pueblo de los socialistas que anoche incendiaron los peronistas. La policía ha colocados vallas y no nos dejan pasar, pero podemos ver más de 100 mil libros que están humeando sobre la calle. De la vieja casona solo quedan ruinas y paredes ennegrecidas.

Mire m’hijito, mire con atención. Los que queman libros son fascistas. Eso es el fascismo, me dice Ariel mientras señala la pira de libros destruidos.

... asisto a una charla de Ismael Viñas, principal dirigente del Movimiento de Liberación Nacional, junto con Susana Fiorito, Ramón Alcalde, Guillermo Alfieri, Celia Guevara (la mamá del Che), Carlos Ezcurra, Osvaldo Pedroso, Rafael Filipelli, un montonazo de gente. Escucho, tímido y en silencio, a Viñas que nos explica la historia de la Argentina, dominada por “una burguesía oligárquica que, asociada al imperio británico, explotaba a nuestro país como una colonia agrícola-ganadera”. Su interpretación sobre la historia me convence; también el proyecto de construcción de una vanguardia que represente los intereses del proletariado. Y ahí nomás, en el primer encuentro, firmo mi ficha de afiliado.

Cambio de registro y recurro al sarcasmo. No quiero agobiar a nadie con dolores ajenos. Voy a imaginar una propuesta tan cívica como utópica: ¿y si creáramos un Parque de la Memoria dedicado a los asesinados por la Triple A (AAA), por la Juventud Sindical Peronista (JSP), por el Comando de Organización (CDO), por Concentración Nacional Universitaria (CNU), por el Sindicato de la Construcción, por la Unión Obrera Metalúrgica, por por son infinitos los por…

¡Qué tontería, Marcos! Hubieras estado a gusto moviéndote como combatiente por las calles de Buenos Aires, vestido con tu saco de Rhoders ocultando la Beretta en la cintura, convencido como todos de que ya faltaba poco para el Gran Acontecimiento. ¡Qué atolondrado! Elegiste la derrota antes de tiempo. Si esperabas un poco nos hubieran derrotado juntos, melón. Todos juntos, que es mejor. Mucho más intrépido y legendario. ¿Quién se acuerda del EGP en Salta? En cambio, de nosotros todos se acuerdan; ha pasado el tiempo y todavía escriben libros sobre los heroicos setenta. Artículos, novelas, se filman películas, se entrevista a los ex, se levantan monumentos y se ponen baldosas en las calles. Yo postergué la derrota hasta 1976.

La Gran Derrota ocurrió mucho después de que decidieras meterte en ese monte cochambroso, siguiendo a ese pequeño Pol Pot que se llamaba Ricardo Masetti, el Comandante Segundo que no siguió fusilando a sus propios compañeros porque no le alcanzó el tiempo.

* Periodista. Fragmentos de su libro Apuntes de un hereje, nacer con el peronismo.