martes 04 de octubre de 2022
ESPECTACULOS ‘Una obra para mí’

La idea del autor vuelto personaje

13-11-2021 02:37

Estoy sentado a la mesa, escucho que mis amigos hablan de no sé qué serie, de lo tremenda que es y que lo que más impacta es que se trata de una historia real. ¿Por qué eso moviliza tanto? ¿Nos condiciona de antemano ese cartelito que dice: basado en hechos reales? ¿Esa advertencia nos predispone diferente ante el hecho que veremos? A mí la realidad no me deslumbra tanto como la ficción, debo reconocer. La series tampoco me fascinan y no me mueve un pelo el cartelito que nos avisa que lo que veremos ha acontecido, más o menos así, en la realidad. Pero (porque siempre hay un pero) cuando leí A sangre fría de Truman Capote algo pasó con esa dosis de realidad en el relato. O cuando devoré Opus Gelber de Leila Guerriero. Ambos son indiscutidos exponentes de la no ficción, sus historias están basadas en hechos reales, pero lo que a mí me moviliza no es ese elemento, sino que en sus escritos ellos se vuelven personajes de la narración. Eso es lo que me interesa: el autor vuelto personaje, más que la fidelidad al devenir de los hechos. Aparte, qué sé yo si los sucesos han sido así o los han manipulado en favor del relato que necesitaban armar. Pertenezco a esos que acomodan los hechos a favor del cuentito, ya lo advertí: soy del equipo que canta “la ficción gana”.

Cuando el que escribe la historia se vuelve personaje siento que estoy ante el hechizo de cuento infantil lanzado al aire y vuelto cuerpo, siento que asisto a un hecho inédito: la potencia de la ficción fagocitándose la porción de realidad que le da origen y volviéndola toda fantasía. 

Hace ya cuatro años que la idea del autor vuelto personaje viene rigiendo mi dramaturgia, de esa que escribo solo por deseo. Se trata de un tópico del que no puedo despegarme aún. Comenzó a esbozarse en obras cortas como Argüindegui que se presentó en el C.C. Recoleta y luego se versionó en Madrid,  o en Vestida de fiesta, que tuvo su recorrido en Microteatro. En ellas los personajes narradores diseñaban la realidad que iría sucediendo, o la interrumpían para explicarla. En Una obra para mí (que desde el 15 de octubre se presenta en el Espacio Callejón) el desafío es mayor, por la duración –setenta minutos–, por la cantidad de capas del relato, porque en ella el hecho real que da origen a la historia es algo que aconteció en mi vida y me afecta, pero sobre todo porque el personaje del dramaturgo narrador, llamado YO, no dista tanto de mi persona… aunque quienes la vean no sabrán si es así, como yo tampoco puedo saber a ciencia cierta si Guerriero se comportó tal cual lo narra con Gelber.

La nueva pregunta podría ser, entonces, ¿por qué esa necesidad de narrarnos a nosotros mismos? ¿Por qué volver ficción pedazos de nuestra existencia? Creo que en la respuesta que la autora de Plano americano le dio a la periodista Rosa Beltrán hay un claro indicio: “Yo me preocupo mucho en saber para qué voy a decir, que el texto no termine siendo un regodeo de mi propio ego, porque ese regodeo formal, cuando es vacuo, le hace mucho mal a la crónica”. 

Coincido al cien por ciento con esa afirmación. Una obra para mí no es el regodeo de quien escribe, no es una suerte de biopic de un autor de teatro independiente. O no es solo eso. Es antes que nada un juego de cajas chinas, de metateatralidad hasta el hartazgo, de historias dentro de historias que se cuentan desde YO ficcionalizado que se parece a tantos otros yo que caminan a diario por la calle, que sufren en silencio y que, muy de vez en cuando, vuelven a ser felices. 

Sí, el teatro imita a la vida. La copia. La parodia. La exalta. La critica. Se parece a ella aunque con más recursos, más ensayo y más ritmo, pero solo se le parece. En el teatro los hechos reales son apenas el puntapié porque siempre, siempre, siempre, gana la ficción. 

*Actor y dramaturgo. 

Una obra para mí se puede ver en el Espacio Callejón (Humahuaca 3759) los viernes de noviembre.

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