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El consenso sobre la economía de China es sólido... y erróneo

El crecimiento del consumo per cápita en China ha sido el más rápido de la historia, desafiando la tesis de que su modelo mercantilista perjudica el bienestar de sus propios ciudadanos.

China's National People's Congress Opens in Beijing
China's National People's Congress Opens in Beijing | Fotógrafo: Qilai Shen/Bloomberg

WASHINGTON, DC— ¿Está el modelo de desarrollo de China perjudicando a los consumidores nacionales? Aunque existe un acuerdo casi universal de que es así, eso no lo convierte en verdad.

Entre las diversas formas que adopta este argumento, la más simple se basa en la dicotomía entre mercantilismo y libre comercio: el modelo de China es mercantilista y, por lo tanto, otorga preferencia a la producción y la inversión sobre el consumo y el bienestar. Por ejemplo, en Trade Wars Are Class Wars, Matthew C. Klein y Michael Pettis sostienen que existe un grave conflicto distributivo dentro de China ("guerras de clases"), en el que los responsables políticos favorecen a las élites y a los allegados en las grandes empresas, priorizando así los beneficios sobre los ingresos salariales. Alternativamente, algunos argumentan que las políticas laborales represivas son fundamentales para el éxito del modelo chino y del este asiático en general.

La prueba principal de todos estos argumentos es la participación del consumo de los hogares en el PIB chino. Aunque esta métrica es más baja en China que en Estados Unidos, fue respetablemente alta hasta principios de la década de 1990. Fue entonces cuando China se volvió mercantilista, acumulando grandes superávits en cuenta corriente que redujeron drásticamente la cuota de consumo. Esta métrica tocó fondo en torno al 35% en 2010, y hoy se sitúa en solo el 40%, sustancialmente por debajo de la de EE. UU. e incluso por debajo de países comparables de Asia oriental.

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Pero esta métrica, citada con frecuencia, es potencialmente engañosa en tres aspectos: interesa más a los macroeconomistas que a los economistas del desarrollo; no evalúa a los países en puntos comparables de su tiempo de desarrollo (es decir, en puntos similares de su trayectoria de crecimiento); y es probablemente de más interés para los analistas que para los consumidores chinos. A estos últimos posiblemente les importe más cómo cambia su consumo en tiempo real que la cuota nocional del PIB o algún escenario hipotético que imagine una estrategia de desarrollo alternativa.

Es por eso que mi libro de 2011 sobre China, Eclipse, ofrecía una métrica alternativa. Cuando uno observa el consumo de los hogares chinos per cápita junto con países comparables en términos de su "momento de despegue" del crecimiento de la posguerra, el panorama cambia.

Si el consumo per cápita es un indicador razonable del nivel de vida, los ciudadanos chinos han salido notablemente bien parados, incluso mejor que sus homólogos en los países de Asia oriental de más rápido crecimiento. Por ejemplo, entre 1978 y 2024, el consumo de los hogares chinos per cápita creció a un asombroso 7,6% anual, de media, frente al crecimiento del 5,2% en Japón, el 5,7% en Corea del Sur y el 6,2% en Taiwán durante un periodo comparable de 46 años. Eso hace que el desempeño de China no sea solo impresionante, sino sin precedentes.

Por supuesto, es necesario hacer varias salvedades. Los datos de crecimiento y consumo de China podrían ser dudosos. Los promedios pueden ocultar cambios bruscos en la distribución del ingreso, enmascarando la experiencia real del ciudadano medio. Y China comenzó con niveles de consumo más bajos, lo que tiende a favorecer las tasas de crecimiento por alcance (en sus puntos de partida, el consumo de otros países era de 3 a 5 veces el de China). No obstante, la noción de que el consumidor chino está siendo perjudicado no es coherente con la realidad.

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También es digno de mención que la fase mercantilista extrema de China —cuando la cuota del consumo en el PIB disminuyó drásticamente desde finales de la década de 1990— no causó ninguna desaceleración en el crecimiento del consumo per cápita. Aunque la cuota del consumo en el PIB estaba disminuyendo, el PIB en sí estaba aumentando tan rápidamente (debido a la estrategia de desarrollo más amplia) que los niveles absolutos de consumo también se dispararon.

Dicho de otro modo, incluso si los salarios reales (ajustados a la inflación) crecen más lentamente que la productividad en cada momento, preservar la competitividad global permitirá un crecimiento más rápido y duradero a lo largo del tiempo gracias al motor exportador resultante. Esto es, de hecho, lo que muestran los datos. El crecimiento anual medio del consumo per cápita de los hogares chinos fue del 7,9% durante la fase de máximo mercantilismo (1995-2010), coincidiendo con el fuerte descenso de la cuota del consumo en el PIB; cuando eso se invirtió después de 2010, el crecimiento del consumo disminuyó al 6,2%.

¿Qué conclusiones políticas pueden extraerse de estas tendencias? Para empezar, la estrategia mercantilista de China puede cuestionarse sobre la base de que perjudica a otros países en desarrollo al ocupar un espacio de exportación excesivo en bienes de baja cualificación, como argumentamos recientemente Shoumitro Chatterjee de la Universidad Johns Hopkins y yo. Además, las distorsiones (derivadas de la política industrial y la infravaloración del tipo de cambio) que sostienen el mercantilismo chino han generado desequilibrios globales y desencadenado conflictos comerciales. Y el enfoque de China también está conduciendo a una inversión excesiva e improductiva en el propio país, un problema con el potencial de poner en peligro el crecimiento futuro.

Por todas estas razones, pedir a China que cambie su estrategia de desarrollo puede estar bien justificado. Pero los críticos no pueden cuestionar el mercantilismo chino basándose en que penaliza a los consumidores chinos. Es evidente que la represión laboral no se ha interpuesto en el camino de unos avances económicos vertiginosos. Parece extraño criticar a un país por ofrecer tasas de crecimiento en los niveles de vida y el consumo que han sido quizá las más rápidas, largas y de base más amplia (afectando a cientos de millones de personas) de la historia. El consenso imperante nos dice más sobre los observadores de China que sobre la realidad sobre el terreno. Debemos desconfiar de las "críticas feroces a China" que se hacen pasar por una preocupación por los consumidores chinos.

(*) Arvind Subramanian es miembro de alto nivel del Instituto Peterson de Economía Internacional y coautor (con Devesh Kapur) de A Sixth of Humanity: Independent India’s Development Odyssey (HarperCollins India, 2025).