sábado 25 de septiembre de 2021
OPINIóN DESAFÍOS
24-07-2021 05:30
24-07-2021 05:30

El rol de la conducción estratégica militar

El Jefe del Estado Mayor Conjunto de las FF.AA. argentinas apela a experiencias históricas para subrayar la importancia de una sinergia entre las conducciones política y militar que garantice la defensa de nuestro país.

24-07-2021 05:30

El reconocido pensador militar, Carl Von Clausewitz, afirmaba que la guerra era una trinidad compuesta por la pasión, el cálculo de probabilidades y la razón política de la misma. Su primer componente le correspondía al pueblo, el segundo a los militares y el tercero al gobierno. 

Si reemplazáramos el concepto de guerra por el de política de defensa y lleváramos la definición de Clausewitz a un lenguaje más actual, diríamos que la política de defensa resulta de la compleja interacción entre: 1) la demanda que hace un pueblo por la defensa de sus intereses vitales; 2) la interpretación política de esa demanda, que se traduce en los objetivos políticos y la movilización de todos los recursos de poder para conseguirlos y 3) el asesoramiento de los militares sobre el diseño y el empleo del instrumento militar para conseguir dichos objetivos. 

Si bien cada componente tiene su lógica propia, no deben ser considerados en forma aislada, so pena de un rotundo fracaso en la conducción de la guerra o en la ejecución de una política de defensa. Por razones de espacio me centraré en la relación entre el conductor político y el conductor militar como un elemento clave para explicar el éxito de una política de defensa. Sostengo que dicha relación tiene que estar basada en la confianza, el entendimiento de la lógica de cada componente, y el accionar sinérgico entre la conducción política y la militar dentro del marco institucional reglado por las leyes. 

En primer lugar, la confianza implica creer que cada componente actúa en buena fe y con el genuino deseo de contribuir en forma honesta a un objetivo común. Esto requiere de mucho diálogo, trabajo en equipo y de una profunda deconstrucción de prejuicios sobre el otro. Esos prejuicios mutuos, afectan de sobremanera la eficacia de la política de defensa. Uno de los ejemplos más citados de este fenómeno fue la purga de Stalin de sus mejores generales por considerarlos potencialmente contrarrevolucionarios a fines de la década del 30. Para cuando fue la invasión nazi en 1941, Rusia carecía de un alto mando competente cuyo precio fue un elevado número de bajas al comienzo de la guerra y el hecho de casi perder la misma.

El segundo aspecto que quisiera tratar es el conocimiento de la lógica de cada componente. La política, en términos generales, tiene incentivos que la lleva a orientarse por los temas más acuciantes. Esto es así, porque los partidos políticos, sobre todo a aquellos que les toca ser oficialismo, deben responder a las demandas más urgentes de la ciudadanía. En países como el nuestro, donde la cuestión de la inclusión social es el gran desafío generacional, esa tendencia se ve reforzada por lo crítico que resulta atender esa urgencia. Como consecuencia de ello existe el riesgo por parte de los militares de pensar que al político no le preocupa la defensa, cuando en realidad sí le preocupa, pero la pondera entre otros factores.

Por otro lado, los militares tendemos a pensar en el largo plazo dado que el diseño de fuerzas, doctrina, desarrollo de capacidades llevan mucho tiempo. Generalmente los escenarios a futuro, en los cuáles se podrían hacer uso de las FFAA, se hacen a 20-30 años. Como la realidad internacional es muy volátil y resulta muy difícil predecir con exactitud qué puede pasar en ese lapso, los militares se preparan para el peor escenario posible, como una estrategia conservadora de limitar el máximo riesgo en un ámbito de alta incertidumbre y competencia geopolítica. Esto puede llevar a la percepción de que el militar es paranoico o tiende a sobrestimar el riesgo para justificar un aumento del presupuesto de defensa. En realidad, elige ser prudente dada sus limitaciones para poder predecir el futuro y las consecuencias fatales que tendría para un estado no estar en capacidad de defenderse frente a una agresión. 

Combinar y entender éstas dos lógicas no es fácil, pero es indispensable para llevar a cabo una buena política de defensa. Una buena síntesis de estas dos lógicas podría ayudar a entender que para lograr una política de inclusión sustentable en el tiempo es condición sine qua non tener la capacidad soberana de decidir, sin condicionamientos, nuestras políticas. Es decir, tener las capacidades militares suficientes para decir “No”, cuando haya que decir “No”. La política de defensa es uno de los pilares de la soberanía nacional.

Por último, quisiera destacar qué entiendo por trabajo sinérgico. Cada componente posee una serie de cualidades únicas dado su rol y conocimiento profesional. Ambos deben actuar potenciando las capacidades del otro en el estricto respeto a sus funciones específicas, las leyes y Constitución Nacional. Cuando los militares quisieron ocupar un rol que no les correspondía las consecuencias fueron desastrosas para el país. El estratega Colin Gray definía a la estrategia militar como el puente que relaciona los objetivos de la política con el poder militar. El Estado Mayor Conjunto es justamente ese puente que asiste y asesora al Ministro de Defensa en materia de Estrategia Militar, elabora la doctrina conjunta y realiza el planeamiento estratégico militar del cual se derivan las capacidades necesarias a desarrollar y es el responsable de la conducción de las operaciones militares llevadas a cabo en tiempos de paz. A continuación, presentaré algunos ejemplos históricos exitosos de una relación cooperativa de la conducción civil y militar. 

Pueyrredón y San Martín. El primer binomio que comentaré es el de Pueyrredón y San Martín. Ambos se conocían de la Logia Lautaro, facción política que bregaba por la independencia de las colonias españolas. Dicha Logia, creada en 1812, tuvo como uno de sus éxitos la declaración formal de nuestra independencia en 1816, en un período que se discutía si convenía seguir ejerciendo el gobierno en nombre de Fernando VII o independizarnos totalmente. La decisión fue tomada en un período crítico ya que la Provincias Unidas del Río de la Plata era el único territorio de América Latina donde la revolución emancipatoria no había sido sofocada por los españoles. Tal era la consciencia política de ello, que en la declaración de la independencia en vez de optar por el nombre Provincias Unidas del Río de la Plata se optó por el de Provincias Unidas en Sud América dejando entrever ese proyecto continental emancipatorio. Nombrado Pueyrredón como Director, el objetivo a nivel interno era fortalecer la conducción del gobierno, garantizar la paz interior y dotar de un orden institucional en lo que ya se vería la diferencia entre lo que luego sería el enfrentamiento entre unitarios y federales. Todo esto en una situación de fuerte carestía económica por los gastos de las guerras contra España y el Imperio del Brasil. 

En este contexto Pueyrredón comprendió que el centro de gravedad del éxito de su gobierno residía en ser independientes y que no íbamos a ser independientes si esa independencia no era para toda América Latina. Pese a todas las urgencias del gobierno como sanear las cuentas públicas, resolver las diferencias con Artigas, las discusiones sobre el tipo de constitución, etc, Pueyrredón nunca dejó de apoyar a San Martín. Es conmovedora su conocida carta donde le dice: “Van 200 tiendas de campaña. Y no hay más. Va el mundo. Va el demonio. Va la carne. Y no sé yo cómo me irá con las trampas en que quedo para pagarlo todo. Y ¡Carajo! No me vuelva a pedir más, si no quiere recibir la noticia de que he amanecido ahorcado en un tirante de la Fortaleza.” No sólo hubo un apoyo total a la empresa libertadora, sino que también existió la confianza necesaria, en la cual Pueyrredón se jugó su futuro político en la campaña de San Martín. Una campaña que debía derrotar a uno de los imperios principales de la época cruzando una de las cordilleras más altas del mundo. 

San Martín, por otro lado, comprende las limitaciones de Pueyrredón y emplea una estrategia asimétrica, la famosa “Guerra de Zapa” para desgastar a las fuerzas españolas maximizando la economía de fuerzas (algunos militares ingleses que participaron de la expedición a Perú destacaban que “era un general que gastaba poco”). Parte de su éxito residió en dividir a las fuerzas españolas y que no supieran por dónde sería el cruce de las columnas principales. Cabe destacar que San Martín nunca usó a su ejército por motivos personales y se negó a participar en la lucha fratricida contra la Liga de los Pueblos Libres que presidía Artigas. En este ejemplo podemos ver cómo un objetivo claro de la conducción política de ese entonces, libertad de los pueblos de América Latina, fue interpretado por la conducción militar que lo tradujo en la Campaña de los Andes y Expedición al Perú. La conducción política pese a las urgencias coyunturales apoyó y confió en la conducción militar y la militar supo entender las restricciones económicas, adaptando su modo de hacer la guerra. Más importante, la conducción militar no se metió en cuestiones de política interna, sino que diseñó el plan libertador definido como necesario por la conducción política. Cuando ese binomio se rompió por la falta de apoyo de Buenos Aires a la Campaña del Perú, San Martín tuvo que retirarse y dejar a Bolívar concluir su campaña.

Roosevelt-Marshall. Pasemos entonces a otro ejemplo de binomio exitoso propios a una cultura y tiempo totalmente distintos. El binomio Franklin Delano Roosevelt- George Marshall. El general Marshall representa uno de los ejemplos más paradigmáticos del profesionalismo, ética y forma de comportarse de un asesor militar de alto nivel, en una democracia moderna. Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial en 1939, la mayoría del Congreso de los EE.UU. así como la opinión pública eran “aislacionistas” y bregaban por la neutralidad. Sin el apoyo del Congreso, Roosevelt deseaba apoyar a Francia y al Reino Unido mediante el envío de la mayor parte de la producción de cazas y bombarderos. Mientras todo el gabinete aprobaba esa decisión, Marshall expresó su desacuerdo en forma sincera y respetuosa. Explicó que era un riesgo excesivo para la defensa de EE.UU. si Francia y el Reino Unido perdían la guerra (algo que estuvo muy cerca de pasar) y se quedaban sin una Fuerza Aérea moderna. El presidente premió esa sinceridad nombrándolo Jefe de Estado Mayor del Ejército. Posteriormente, aunque Marshall no estaba de acuerdo, ejecutó con celo profesional lo que se conoció la política de “préstamo y arriendo” de equipamiento militar al Reino Unido y a la URSS en una cantidad menor al plan original. No sólo lo hizo por el respeto a la conducción política de la defensa sino porque también entendía la importancia geoestratégica de apoyar a los que iban a ser sus futuros aliados. Entender la lógica y necesidad del nivel de decisión político es un aspecto fundamental que debe tener en cuenta todo asesor militar de alto rango. 

Por otro lado, Marshall convenció a Roosevelt de aprobar un paquete de requipamiento por USD 1.400 millones de hoy y llevar al ejército de 175.000 a 1.200.000 efectivos pese a un primer rechazo del presidente a ese programa. Cabe destacar que Marshall aún siendo un general de gran influencia por su brillante foja de servicios, siempre se negó a usar canales extra institucionales con la prensa o congresistas partidarios del rearme. Entendía que no aceptar la conducción civil de la defensa minaba la disciplina y el gran capital de las FF.AA de los EE.UU., que era la confianza de sus ciudadanos.  

Roosevelt tenía tan gran estima de esa lealtad que afirmó: “Cuando desapruebo [se refiere a las recomendaciones de Marshall] no tengo que mirar por encima de mi hombro para ver si va al Congreso a hacer lobby contra mí o vuelve al Departamento de Guerra. Sé que va al Departamento de Guerra, a darme el apoyo más leal que un Presidente puede desear de su Jefe de Estado Mayor.”  

Paradójicamente tal confianza haría que Roosevelt le pidiera quedarse en Washington en vez de comandar la operación Overlord, más conocida como el desembarco de Normandía. Fue Marshall quién convenció a Roosevelt de no ceder a la presión británica de invadir a Europa desde el sur (vía Grecia e Italia) y desembarcar en el norte de Francia cómo vía más rápida para derrotar Alemania. Roosevelt, pese a la enorme influencia que ejercía Churchill sobre él, decide apoyar y confiar en su general para llevar a cabo una de las operaciones más complejas de la historia militar. 

Otra contribución de Marshall fue que logró que exista una unidad de comando durante la operación Overlord que estuvo a cargo del general Eisenhower, contrario a lo que proponían los británicos de una suerte de junta de pares en la toma de decisiones. De hecho, fue esta unidad de mando lo que le permitió a Eisenhower conducir las pujas entre los países aliados, muchas veces motivadas por el ego de sus generales, y evitar la descoordinación de la maniobra militar.

Como aspectos destacables de este binomio se puede apreciar que la confianza y lealtad mutua fueron elementales fundamentales para la victoria de los aliados. Esta cooperación no se debió a una cuestión de lealtad personal, sino del rol que cada conducción debía cumplir y lo más interesante, es que se mantuvo pese a que existieron diferencias de opiniones. No he tenido espacio para desarrollarlo, pero el diálogo franco fue el elemento que cimentó esa relación e hizo posible trabajar en forma conjunta pese a haber tenido diferencias. Así, a Roosevelt le tocó la tarea de preparar a un país para entrar en un conflicto bélico de dimensiones descomunales teniendo al Congreso y una parte considerable de su país en contra de participar en la guerra. Eligió para ello un general profesional que se destacó por su, a veces, incómoda honestidad, lealtad, compromiso y excelencia profesional para llevar a cabo los objetivos fijados por la conducción política.

Ho Chi Min y Vo Nguyen Giap. Finalmente concluiré con un binomio que se ha caracterizado por haber derrotado a tres de las grandes potencias del siglo XX: Japón, Francia y Estados Unidos. Se trata de la dupla Ho Chi Min y Vo Nguyen Giap. Este binomio es un modelo paradigmático del accionar sinérgico de la conducción política y la conducción militar. Ho Chi Min se destacaba por su liderazgo carismático, una aguda lectura del contexto y un talento organizativo sin igual. Comprendió que el centro de gravedad para lograr la independencia de Vietnam era la organización de los campesinos, en especial aquellos que no tenían tierras o debían pagar rentas abusivas para usufructuarla. Dado que el sentimiento de pertenencia estaba muy culturalmente arraigado en la sociedad vietnamita, Ho Chi Min decidió constituir un frente amplio de liberación nacional que incluía a todos los movimientos políticos que luchaban contra el colonialismo en Vietnam. Iba a ser el nacionalismo más que el comunismo lo que aglutinaría a la Liga para la independencia de Vietnam o más conocido como el Viet Minh, que lucharían contra los japoneses primero y luego contra los franceses. El trabajo de Ho fue el organizar y dotar de una estructura coherente al Viet Minh mediante un trabajo de hormiga de agitación y propaganda organizando las células resistentes en cada aldea.  

Sobre ese modelo, Giap, un profesor de historia conocedor de temas militares será designado por Ho para constituir el brazo armado del Viet Minh. Ho seleccionó a Giap pese a no tener experiencia militar alguna (incluso frente a otros cuadros del Partido Comunista Indochino que habían prestado servicio en el ejército colonial francés) porque a su entender era el que mejor entendía la situación político militar. Ho Chi Min confió y dio pleno apoyo al plan de Giap. Entendiendo las necesidades de la conducción política Giap fue organizando sobre la estructura del Viet Minh su brazo armado que lo dividió en 3 grupos: 1) uno compuesto por todos los miembros del Viet Minh que proporcionaban logística, inteligencia y apoyo sanitario; 2) un segundo grupo compuesto de guerrillas y células que actuaban en forma local y 3) un tercero compuesto por lo que serían elementos regulares y personal más experimentado. Este es el ejemplo de sinergia donde el componente político apoya al militar y el militar al político.

Dada las restricciones de sus fuerzas, Giap organizó la campaña de liberación sobre la estrategia de 3 etapas de Mao: 1) resistencia; 2) paridad y 3) guerra de movimiento.  Poder llegar a la etapa 3 dependía de su capacidad de reclutamiento y recursos para adiestrar a sus efectivos. Ho comprendió esa necesidad y llevó a cabo una política de reparto de tierras a los campesinos lo que aumentó la popularidad del Viet Minh así como también procuró con el apoyo de China y luego de la URSS equipar a sus fuerzas. 

Giap, por su parte, consciente de las limitaciones de los recursos que le podía proveer Ho realizó un enorme trabajo para mantener en alto la moral de la tropa pese a las privaciones de la vida cotidiana. Ese accionar sinérgico se vio coronado con el éxito de la legendaria batalla de Dien Bien Phu. Giap logra rodear y sorprender a la guarnición francesa gracias al invalorable apoyo de la población campesina que cavando una red de túneles y abriendo pasos en medio de una densa jungla de montaña lograron transportar piezas de artillería pesada con su respectiva munición en mulas, bicicletas, carros tirados por animales, hombres y mujeres. Para cuando comenzó el ataque, la artillería vietnamita superaba en 4 a 1 la francesa y se había logrado concentrar en forma inadvertida a más de 50.000 efectivos combatientes contra 14.000 defensores franceses.  Este tándem de apoyo sinérgico y confianza mutua se repetiría con éxito en la Segunda Guerra de Indochina o Guerra de Vietnam (1955 a 1975).

Modelo. ¿Cuál sería entonces el modelo a seguir? Uno de nuestros grandes errores del pasado fue copiar la doctrina de otros países cuya realidad (medios, recursos humanos, idiosincrasia) eran totalmente distintos a nosotros. Por eso ni el modelo estadounidense ni el vietnamita o incluso el sanmartiniano, por razones temporales evidentes, pueden ser aplicados en forma directa para la Argentina de hoy. Sin embargo, toda historia es contemporánea en el sentido que es reinterpretada desde la realidad actual en la que uno vive. Los ejemplos antes vistos constituyen una serie de valiosas lecciones que nos deben ayudar a profundizar nuestro modelo de relación existente, entre la conducción política y la militar, dentro del marco institucional vigente. 

Desde 1983 las FFAA están subordinadas a la Constitución Nacional y a todo el sistema legal que reglamenta la política de defensa. Sobre esa roca basal creo que es necesario seguir construyendo esta relación mediante mecanismos institucionales de composición mixta (civiles y militares) en áreas tales cómo capacitación, grupos de trabajo específicos, planeamiento, doctrina, operaciones, etc. que permitan fomentar el diálogo, la confianza, la comprensión y apoyo mutuo a las necesidades de cada componente y el accionar sinérgico de los mismos.

A la espera de la nueva Directiva de la Política de Defensa Nacional, que será nuestra guía para desarrollar y operativizar la misión asignada al instrumento militar debemos tener en cuenta algunos aspectos. La extensión de nuestro territorio, incluyendo al mar argentino y su plataforma continental, sumado a los recursos humanos y materiales existentes, nos obliga a repensar el diseño y forma de empleo del instrumento militar. 

La primera cuestión es que hoy parte de nuestro territorio soberano se encuentra ocupado por una potencia extra regional. La cuestión de Malvinas e Islas del Atlántico Sur no se puede entender sino es en clave de su importancia geopolítica de proyección sobre la Antártida. El enorme esfuerzo que hizo el Reino Unido de Gran Bretaña en la guerra de 1982 y en el sostenimiento de una base militar conjunta, que hace de Malvinas uno de los territorios más militarizados del mundo, obedecen a su claro interés de proyectar su influencia sobre el Atlántico Sur, incluyendo la Antártida y la comunicación marítima entre los océanos Pacífico y Atlántico. 

Desde una lectura realista del contexto actual argentino y en un horizonte temporal de 20 años, se hace evidente que para defender semejante territorio no podemos seguir teniendo una doctrina que se base en la saturación de medios.

La economía de fuerzas, el desarrollo tecnológico autónomo y las capacidades militares con efectos multiplicadores de fuerzas serán los pilares fundamentales para el diseño de las FFAA argentinas del siglo XXI. Esto implica una forma no lineal del empleo del instrumento militar que rehúse el combate abierto y opere contra las vulnerabilidades críticas del agresor, sometiéndolo a un alto grado de desgaste. Desde esta concepción no se procura destruir la fuerza física del agresor sino su moral, atacando donde se es fuerte y no presentando combate donde se es débil. La extensión de nuestro territorio nos da la ventaja de la profundidad estratégica para realizarlo. De este modo al agresor le será extremadamente costoso maniobrar en territorio argentino.   

Este rediseño de FFAA implicará un necesario apoyo del componente político en generar un horizonte presupuestario de defensa estable y sostenible en el tiempo, como por ejemplo es la herramienta del Fondef (Fondo para la Defensa). Es claro que este proceso de recuperación de capacidades es a largo plazo y requerirá de varias gestiones para alcanzar el objetivo final deseado. En ese proceso de transición iremos recuperando las capacidades de ciertas unidades que nos irán permitiendo desarrollar, testear y corregir la nueva doctrina. 

Así en el Ejército serán prioritarias los Elementos de Despliegue Rápido, capacitados para concentrar el poder de combate en puntos estratégicos y ser reempleados, para lo cual deberán disponer de blindaje ligero que no afecten su rapidez e incrementen sus posibilidades de supervivencia, con especial énfasis en las tropas de operaciones especiales como multiplicadores de poder de combate y mantener el expertise adquirido en el combate en los ambientes geográficos particulares de nuestro extenso y diverso territorio; en la Armada la recuperación de la capacidad submarina, exploración y la conformación de medios navales que permitan conformar Fuerzas de Tareas ágiles y con gran poder de fuego y en la Fuerza Aérea la recuperación de la capacidad de caza interceptora supersónica complementada con el empleo de vehículos aéreos no tripulados y el transporte estratégico. Esta breve mención de capacidades prioritarias a recuperar, no debe ser interpretada en un sentido extensivo sino como ejemplos. 

Una muy especial mención merece una política de desarrollo tecnológico autónoma que integre el complejo científico tecnológico de las FFAA al civil, sobre todo en áreas como inteligencia artificial, sensores, ciber y robótica. La Argentina es un país que, dado su sistema educativo, cuenta con un alto grado de recursos humanos calificados que ganan licitaciones a nivel mundial como Invap. Los desafíos cotidianos de la coyuntura actual no deben hacernos perder el horizonte estratégico del desarrollo de esas capacidades, ya sea con tecnología propia o mediante diversos instrumentos de transferencia con países socios. Serán esas capacidades las que vayan traccionando a las FFAA hacia la necesaria modernización de estas.

En estos tiempos históricos que nos toca vivir, Argentina exige que cada uno de nosotros cumpla con su deber. La Constitución Nacional fija el objetivo claro de proveer a la defensa común. En pos de lograr ese bien común, la conducción política y militar deberán ambas trabajar con confianza, empatía, lealtad, patriotismo y en forma sinérgica, con una plena subordinación de las Fuerzas Armadas al Poder Político.

*Jefe del Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas.

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