miércoles 06 de julio de 2022
OPINIóN entrevista

“Los extremos radicales no distan tanto entre ellos”

David Garriga investiga el terrorismo de matriz yihadista y, muy especialmente, el proceso por el cual una persona se radicaliza. Subraya la importancia de las redes en este fenómeno y destaca cómo los supremacistas blancos muestran que la sociedad occidental también e está radicalizando.

22-05-2022 02:32

El español David Garriga es criminólogo y especialista en terrorismo de etiología yihadista. Es, además, el presidente de la Comunidad de Inteligencia y Seguridad Global (Ciseg), una asociación que trabaja para la prevención del radicalismo violento y la lucha contra el terrorismo.

Profesor en las universidades de Valencia, Barcelona y el País Vasco, es autor, entre otros, de Yihad, ¿qué es? fue uno de los oradores del programa “Prevención del extremismo violento y el terrorismo: Tendencias y temas emergentes en materia de reclutamiento, propaganda y radicalización", organizado por el Congreso Judío Latinoamericano y el Comité Interamericano Contra el Terrorismo (CICTE) de la OEA.

PERFIL lo entrevistó para analizar la situación actual de yihadismo, en particular de Estado Islámico, el rol de las redes sociales en los procesos de radicalización y para conocer su opinión sobre el terrorismo doméstico, como lo llamo el presidente Joe Biden, que representan los supremacistas blancos responsables de masacres como la del sábado 14 de mayo, cometida por un joven de apenas 18 años. El autor deja en claro que, pese a que en muchos medios, especialmente argentinos, se denomina así al grupo yihadista, es importante llamarlo Daesh, como parte de una "contranarrativa" necesaria para combatir su difusión. 

—La guerra en Ucrania sacó de la agenda muchas noticias que normalmente hubieran tenido espacio, entre ellas todas las vinculadas al yihadismo. ¿Qué sucede, por ejemplo, en Afganistán, con esa serie de ataques que han tomado como blancos a chiítas y sufíes?

—Después de la retirada de las tropas en Afganistán dejamos un país en donde se aplicaría la sharía. Una ley islámica tomada desde una versión estricta en donde se vulnera muchos derechos humanos, pero con unos talibanes que han aprendido la lección y saben qué quiere escuchar Occidente. De entrada, necesitan reconocimiento como estado. La creación del Emirato Islámico de Afganistán necesita el reconocimiento de los demás países para que pueda comercializar con el exterior. Ellos son ricos en minas de zinc, por ejemplo, y de momento ya hay algunos países como China, Rusia e Irán que están abriendo puentes con Afganistán, incluso, si llegan a creerse sus mentiras, la ONU les reconocerá como país, pero en realidad no parece que vayan a dejar de ser un estado en donde los derechos humanos se vulneran y por ser mujer u homosexual tu castigo puede llegar a ser la muerte. 

El error es no haber invertido durante estos 20 años en restablecer el país, en apoyar al pueblo, por el contrario, se enriquecían los señores de la guerra a cambio de mantener el país tranquilo. Cierto que se permitió ciertos derechos hacia las mujeres y niños que con los talibanes no era posible ni lo será ahora, pero no se trabajó para la población.

—Usted ha estudiado los procesos de radicalización en el marco del Islam. ¿Qué papel asigna a las redes sociales en esto y, particularmente, a los llamados mensajes de odio que circulan en ellas?

—El terrorismo de Daesh ha sabido adaptar sus medios de captación y radicalización a nuestros días. Y aunque muchos espacios como las cárceles y ciertos círculos sociales han sido, y siguen siendo, entornos propicios para la radicalización de una persona, han sabido ver en Internet un aliado para la captación y reclutamiento de personas. 

Aunque podría parecer que las conductas y las ideas que promulgan los terroristas de etiología yihadista y en concreto los de EI tienden a la regresión a épocas pasadas, a la recuperación de comportamientos tradicionales tal y como afirman en su ideología extremista, a partir de la autoproclamación del Califato, en 2014, este grupo terrorista ha desplegado un brazo propagandístico nunca visto hasta el momento por parte de una organización terrorista. Las redes sociales e internet han pasado a convertirse en un escenario imprescindible para su actividad propagandística. Su fácil acceso, el anonimato, el poco control gubernamental en algunos casos y la rapidez en el uso y distribución de la información han sido cruciales para la captación y radicalización de nuevos terroristas.

El terrorismo de etiología yihadista utiliza las redes sociales e internet como plataforma para hacer llegar su discurso extremista a todo el mundo. A través de estas herramientas difunden su discurso, captan nuevos adeptos y radicalizan a sus seguidores en Occidente a través de chats, foros y espacios webs en donde la persona puede encontrar material radical. El uso por parte de los terroristas de mecanismos que continuamente están evolucionando, hace que sea muy difícil para las fuerzas y cuerpos de seguridad y servicios de inteligencia poderse anticipar a sus iniciativas de atentado. Con la aparición del covid, el incremento de horas consumiendo redes sociales y juegos por parte de la sociedad debido al aislamiento obligado fue una oportunidad para estos terroristas para incrementar la captación y las narrativas para el auto-adoctrinamiento on-line, invirtiendo más captadores en redes sociales y video juegos. 

—Tras la disolución del califato, se habló del fin de Daesh, pero sigue habiendo guerra en Siria, donde Rusia bombardea con frecuencia posiciones yihadistas. ¿Cuál es la situación actual del grupo?

—Cierto es que el atentado del 11-S dibujó un enfrentamiento entre Al Qaeda y Estados Unidos que nos levantó a todos un estado de alarma frente a un terrorismo que muchos desconocían de su existencia, pero poco a poco, y analizando algunos de los manuales de estos terroristas (“Manual de la Barbarie”, de Abu Bakr Naji y los escritos de Mustafá Setmarian Nasur, alias Abu Musab al Suri en la “Llamada a la Resistencia Islámica Global”), se refleja la intención de no limitar los ataques a los Estados Unidos, sino que su hoja de ruta les lleva a atacar el vientre blando de Occidente, Europa. Así, casi tres años después del fatídico atentado de las Torres Gemelas, fuimos víctimas de un atentado en Madrid en el 11 de marzo del 2004 y varios atentados en países europeos como Londres, París, Bruselas, Berlín o Niza en los años siguientes.

Este surgimiento de atentados de Al Qaeda en Europa en los albores del siglo XXI se incrementó con la aparición de EI, una facción más virulenta y agresiva constituida en el año 2014. Su ideología, su manera de manipular y reclutar entre la población occidental con la ayuda de medios más rápidos, una mayor accesibilidad a posibles perfiles vulnerables y el amplio uso de las nuevas tecnologías para la difusión de su propaganda, hicieron que se incrementaran los atentados en Europa perpetrados desde células y actores solitarios captados y radicalizados en el propio continente. Este terrorismo tiene mucha facilidad para adaptarse y reinventarse, lo hemos visto durante la pandemia con el incremento de la captación y el auto-adoctrinamiento online, y mientras ellos siguen su plan poniendo a prueba a nuestras Fuerzas y Cuerpos de Seguridad y Servicios de Inteligencia, Occidente permanece un paso por detrás en materia de prevención. Su tiempo en conseguir sus objetivos, entre los que aparece la implementación del Califato a nivel mundial, no es igual que el nuestro. Ellos trabajan a medio-largo plazo con unos objetivos muy claros, conociendo muy bien a Occidente y a los occidentales. Si “supuestamente” tan bien se está trabajando en temas de prevención, llegados a este punto, quizás deberíamos preguntarnos: ¿por qué siguen todavía radicalizándose algunos jóvenes musulmanes nacidos en Europa? Para responder a esta pregunta creo que debemos plantearnos varias cosas: por un lado, los terroristas de etiología yihadista conocen muy bien la manera de actuar y pensar de Occidente, por el contrario, la mayoría de occidentales no musulmanes desconocen el islam. La vinculación del islam con el terrorismo, intencionada por los grupos terroristas, e inconsciente, o no, por parte de algunos partidos políticos y medios de comunicación, ha favorecido que en los diferentes países de la Unión Europea se engrose cierto temor y antagonismo hacia los musulmanes y que actualmente este ideario crezca en Europa. De hecho, algunos jóvenes musulmanes nacidos en el viejo continente se encuentran en la situación de no sentirse pertenecientes a su país y sufrir la etiqueta de terroristas por parte de la sociedad debido a su religión. Este sentimiento provoca un odio hacia el país que los ha visto nacer, favoreciendo, junto con otros factores, ser víctimas potenciales de los reclutadores terroristas. Inconscientemente o no, estamos facilitando esta dicotomía social que tan bien han orquestado los terroristas para Occidente. Cada vez más proliferan las políticas multiculturales de algunos países, en las que los inmigrantes son bienvenidos pero desplazados a la periferia de las ciudades, frente a otras políticas interculturales que permiten la convivencia entre varias culturas en los mismos barrios. Las primeras acaban sirviendo de herramienta para la creación de guetos, espacios de cierta peligrosidad y que facilitan la radicalización y el reclutamiento.

Otro de los conceptos que se ha prostituido es el de islamofobia. Desde diferentes espacios de poder, muchas veces por ignorancia, otros por miedo a ser tachados de islamófobos, han permitido que se integren en una sociedad occidental conceptos radicales vinculados al islam. Esto hizo que proliferen barrios donde se aplica la sharía fundamentalista y una ortodoxia primigenia incompatible con una sociedad democrática que respeta los derechos humanos y debería de cuidar, por ejemplo, que no se vulneren los derechos de la mujer en nombre de un islam radical. Importante destacar aquí el papel de las Comunidades Islámicas en Europa, que son las garantes, aunque a veces silenciadas, de advertir de lo que es o no islam radical. El islam tiene cabida en nuestra sociedad, por supuesto, lo que no lo tiene es el radicalismo, el odio y la segregación. Cuando se permite que una religión, ideologia o manera de funcionar pueda dañar, separar o obligar a los demás hacer cosas que no quieren hacer es cuando hay que evitar que se siga por ese camino, y cerrar los ojos frente a esto, desplazándolos en ghettos o mirar para otro lado, no solo es perjudicial para la seguridad de todos sino una tremenda imprudencia.

Cierto es que desde la pérdida del califato “físico” del Daesh, este sigue estando presente en siria e Irak pero con efectos de poco impacto. Con el supuesto asesinato de sus líderes y la disminución de sus atentados a gran escala en occidente, sigue siendo un grupo terrorista activo. Es verdad que las filiales asentadas en África son las que, a día de hoy, están siendo su principal fuente de propaganda, tanto de Daesh como de Al-Qaeda. Algunas con una fuerte actividad como su filial en el Congo y Mozambique (ISCA) o la de África Occidental (ISWA) o ISGS en el Gran Sahara entre otras, cuyas motivaciones están más dirigidas en conseguir objetivos particulares pero que, el hecho de jurar fidelidad a Daesh les da mucha más repercusión. Todo y con eso,  dudo que reciban ordenes directamente de los grupos centrales, aunque es posible que financiación y adiestramiento si.

Dicho esto, y aunque Daesh apareció de una filial de AlQaeda, las filiales asentadas en África, a corto plazo no creo que abandonen su pertenencia a los grupos centrales. Hay un interés mútuo de ambos, por un lado la financiación y adiestramiento de unos, y por otro, la propaganda y repercusión mediática de los otros. 

El tema de la presencia de más o menos yihadistas se debe a un conjunto de factores. El geográfico es uno de ellos, que ligado al político, cultural y religioso tiene un peso importante en ese proceso. Oliver Roy, especialista en estudios islámicos, dice que la raíz de problema es la “islamización de los radicales”. Gilles Kepel, politólogo y orientalista, en cambio, afirma que es la “radicalización del islam” lo que peligra. 

Por ello, a parte del factor geográfico también deberíamos plantearnos el ideológico y la interpretación rigorista del islam y plantearnos si ¿el islam se radicaliza o los radicales se islamizan?

Personalmente, me decantaría por la segunda opción. Si bien ciertas ramificaciones del islam pueden radicalizarse en contextos sociales concretos, desde un sentido estrictamente criminológico, ya se conocen casos de personas fanatizadas que pertenecían a otras luchas, y no necesariamente terroristas, que se han unido al Daesh (neonazis, etc-). Todo esto, lo que nos indica, es que no es el objeto de veneración el que importa y radicaliza a estos individuos, sino el empleo de éste para captar a perfiles determinados para que se fanaticen cada vez más. En este caso, se emplea el secuestro de una religión como es el islam puramente como una herramienta.

—Para cerrar con lo que sucedió días atrás en Buffalo, el politólogo Ian Bremmer sostiene que, desde el punto de vista de la cantidad de ataques y de las víctimas que provocaron, los supremacistas blancos representan una amenaza terrorista doméstica para Estados Unidos mayor que el islam radical. ¿Está de acuerdo?

—Los ataques supremacistas no son algo particular de un país u otro. E autor manifiesto de esta masacre, Payton Gendron, es un estadounidense de 18 años que ha emitido en directo a través de las redes sociales la matanza, se ha inspirado en el ataque de Brenton Tarrant contra ciudadanos musulmanes en dos mezquitas de la localidad de Christchurch, en Nueva Zelanda, 2019 dejando decenas de muertos, quien a su vez se había inspirado en Andrew Brievick, de Noruega, que consumía propaganda de etiología yihadista a través de sus revistas online. Los extremos radicales no distan tanto entre ellos.

Si nos centramos en la perfilación del terrorista, podemos observar que el hecho de publicar en directo la masacre indica que normaliza el acto violento y lo legitima, creyendo que lo que está haciendo es lícito y que tiene autoridad moral para hacerlo. 

Hechos como este nos tienen que hacer reflexionar si no estaremos asistiendo a una radicalización de la sociedad occidental a través de narrativas radicales de poca o nula credibilidad, pero con mucha carga emocional. Muchas veces, bombardear en las redes sociales propaganda no analizada sobre amenazas continuas por parte de supuestos grupos terroristas puede producir un efecto peligroso, dando la sensación de amenaza continua y ayudando a crear más xenofobia hacia algunas comunidades que erróneamente se vinculan con grupos terroristas. Por eso es sumamente importante que el analista en inteligencia y cualquier profesional relacionado con este tipo de terrorismo que abarca diferentes espacios, no solo tiene que ser parte de un equipo multidisciplinar, sino que tiene que estar formado en varios ámbitos relacionados en este tema. Un acierto es el curso de “Prevención del extremismo violento y el terrorismo” realizado por el Congreso Judío Latinoamericano (CJL) y OEA, en el que se logra esta sinergia entre diferentes profesionales y formaciones.

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