3rd de March de 2021
OPINIóN Iglesia y DD.HH.
21-02-2021 01:45

Nadie nace mártir

En su libro En el ojo de la tormenta. Mártires en la Argentina de los setenta, Marco Gallo cuenta la persecución de religiosos y laicos cristianos, víctimas de grupos paramilitares y del terrorismo de Estado. Historias de la vida y la muerte de decenas de personas.

Martino Rigacci
21-02-2021 01:45

Marco Gallo nació en Roma, donde se graduó en Letras y Filosofía en la Universidad La Sapienza. Es director de la Cátedra Pontificia en la Universidad Católica Argentina, miembro de la Comunidad de Sant’Egidio y coordinador de las actividades culturales en Argentina de la Sociedad Dante Alighieri. 

—¿Cómo nace este libro? 

—Es una primera aproximación al tema de la persecución de los cristianos durante la última dictadura militar a partir de una lista de un centenar de personas elaborada por monseñor Carmelo Giaquinta, entre los cuales figuran religiosos, obispos, laicos, catequistas y pastores, no solo católicos, tomando como base el trabajo realizado por la Conadep en el informe “Nunca más”. Entre 2008 y 2009 monseñor Giaquinta entregó el trabajo al entonces cardenal Jorge Bergoglio, quien a su vez me pidió que profundizara el estudio y reuniese la mayor cantidad posible de informaciones. Hay por otra parte un antecedente importante, el de la exhaustiva investigación sobre el martirio cristiano en el mundo realizada por Andrea Riccardi, fundador de la Comunidad de Sant’Egidio. 

—Se trata de una temática de la actualidad.

—Sí, hoy día es tremendamente actual en razón de las tantas persecuciones que los cristianos viven en muchas partes del mundo. El martirio forma parte de la identidad cristiana. Mártir significa testigo. Testimoniar el amor sin límites a Jesús, a pesar de que esto pueda llevar al derramamiento de la sangre.

—¿A qué apunta la investigación? 

—Los objetivos son múltiples, pero quiero destacar un concepto recordado en la presentación del libro por el teólogo chileno Pedro Pablo Achondo, quien destaca que “siempre viene bien un libro sobre la memoria”. A eso voy, contando los casos, en gran parte muy diversos uno del otro, de sacerdotes, presbíteros, curas extranjeros, obispos, teólogos, docentes, campesinos, mujeres y hombres, jóvenes y quien estaba en ocaso de la vida. 

—¿Cómo trabajó con las fuentes, hubo problemas?

—La investigación quizás encontró un límite en las fuentes escritas, que son bastante escasas. Algunas historias menores han sido reconstruidas a través de testimonios orales. Es decir, no es fácil testificar la fe de las personas y ver su propio itinerario espiritual, en definitiva las motivaciones de su accionar. 

—¿Por ejemplo?

—En el caso del padre salesiano Dorñak y del itinerario de los dos seminaristas asuncionistas, Carlos Di Pietro y Raúl Rodríguez, se manifiestan en sus vidas este camino existencial que los llevó al martirio, para testimoniar hasta las últimas consecuencias su seguimiento a Jesús. En una parte del listado de Mons. Giaquinta hasta hoy el día de hoy no hay material escrito suficiente que permita describir historias menos conocidas, por ejemplo las de catequistas que han dado sus vidas solo por el hecho de brindar una formación religiosa en los barrios marginales. Por esto hablo de una primera aproximación de la investigación, porque es posible, en el futuro quizás, con la ayuda de parientes y conocidos, poder ofrecer un panorama más acotado del martirio cristiano en aquellos años en nuestro país.

—En el libro se subraya que “nadie nace mártir”. 

—Claro, los casos examinados demuestran que son las vicisitudes de la vida las que pueden llevar a derramar la propia sangre por la fidelidad al Evangelio. Pienso en la historia de Mauricio Silva, pequeño hermano de Jesús, barrendero de la ciudad de Buenos Aires, que desaparece y muere en 1977. Silva decidió compartir la vida de aquellos, en ese tiempo, descartados y cuyos anhelos apuntaban a los más altos valores de la fraternidad cristiana. 

—¿Hay entonces una manera más o menos rigurosa para definir un martirio cristiano? 

—Este es en efecto un punto clave ya que es importante comprender la diferencia entre lo que podríamos definir los ‘verdaderos’ martirios cristianos, o sea las desapariciones o asesinatos en odio a la fe, o de aquellos que, en cambio, se han movido más por razones políticas o sociales. Afronto este tema sobre todo en el capítulo llamado ‘Martirio cristiano o elección política’. 

 —¿Es posible aclarar esta diferencia? 

—En 2018 el papa Francisco canonizó al obispo salvadoreño Oscar Romero, asesinado mientras celebraba la eucaristía, en el altar, martirio que puede ser definido precisamente “en odio a la fe”: Romero es en otras palabras un mártir del Evangelio, su fe hablaba de reconciliación, de amor a los pobres, de justicia social. En la vida por otra parte de Inés Adriana Cobos, cristiana metodista torturada y desaparecida en 1976, se entremezclan los ideales de la militancia política con la búsqueda de valores evangélicos, los cuales, en su caso, fueron de compasión y empatía con el dolor y el sufrimiento de los niños pobres de barrios populares.

—Pasemos al caso argentino. 

—En numerosos contextos históricos la coyuntura de nuestro país no es muy diferente a la de otras naciones de América Latina, donde en situaciones de fuerte polarización y de espacios realmente muy estrechos para el anuncio evangélico, dicho de otra manera, una posible reconciliación, puedan desembocar en la solución de los problemas, o sea en un proceso de pacificación.  

—¿Cuáles son los casos más emblemáticos del libro? 

—Todos a su manera lo son, en todos los casos se encuentra la historia de una vida, el recorrido realizado, fruto a menudo de elecciones muy profundas que marcan esas vidas, hasta la tragedia final. Miremos el que representa un caso muy conocido, el del obispo de La Rioja, monseñor Enrique Angelelli, muerto en el 1976 a causa de un accidente automovilistico que, según dictaminó la justicia argentina, fue provocado. Angelelli buscaba la pacificación de la sociedad en la que vivía, hecho que desembocó en la persecución al clero y a los agentes pastorales: un ejemplo muy iluminante de lo que representa una auténtica Iglesia martirial. El caso Angelelli no es en cierta manera muy diferente del de Romero en El Salvador: podríamos incluso decir que ‘Angelelli es el Romero del Cono Sur’. No hay que olvidar por otra parte la tragedia de los llamados ‘mártires riojanos del Chamical’ (Carlos de Dios Murias, Gabriel Longueville, Wenceslao Pedernera).

—Los casos examinados están divididos en cuatro grandes grupos, capítulos que constituyen de hecho el eje del libro. 

—Sí, el primero, que incluye al padre Mugica y al padre Dorñak, se llama ‘Los mártires cristianos entre la Triple A y el golpe de Estado” y se refiere precisamente a ese período histórico de la Argentina. El segundo abarca a los casos de Angelelli y del Chamical y se titula “Una Iglesia perseguida”, mientras que en “Los religiosos y el martirio” hablo entre otras tragedias del caso conocido como “los palotinos” y el de “las monjas francesas”. En “Humildad y martirio” me concentro en el padre Francisco Soares, una figura emblemática de los llamados curas obreros. Todos ellos representan, de una u otra manera, la problemática de los cristianos de esos años. Por otra parte, hay un capítulo en el que he recopilado las informaciones a disposición de quienes forman parte de la lista de Monseñor Giaquinta y cuyas historias no han sido registradas más que a través de fuentes indirectas. Finalmente, un apéndice en el que he querido reunir documentos significativos que hablan de aquellos mártires de los años setenta, entre los cuales una correspondencia entre el entonces P. Jorge Bergoglio y el mártir palotino, Alfredo Kelly.

 


 

La historia de María del Carmen 

Marco Gallo

Una figura para analizar en este contexto turbulento de los años setenta es la de María del Carmen Maggi, católica comprometida en el sector de la educación y que, en calidad de decana de la Facultad de Humanidades de la Universidad Católica de Mar del Plata, fue secuestrada y asesinada por las fuerzas de seguridad en marzo de 1976.

Como en el caso de Emilio Mignone, también María del Carmen Maggi vivió en el campo de la educación superior un tiempo de transición y de teorías pedagógicas y educativas en contraste. La búsqueda de una universidad más abierta a las masas populares chocaba con una concepción más tradicionalista de tinte elitista y meritocrático. Muchos testimonios recogidos indican la muerte de Maggi como una señal en contra de la presencia y de la predicación evangélica de monseñor Eduardo Pironio, entonces obispo de Mar del Plata. Sus detractores lo acusaban de simpatías montoneras, simplemente porque buscaba, entre otras cosas, en la educación superior católica, un mayor acercamiento a los estratos más pobres. En esta perspectiva, como secretaria general de la Universidad Católica, Maggi defendía la universidad popular; recuerdan algunos testigos sus palabras: “En un país de desiguales, lo único que iguala es la educación” (…).

La Universidad Católica fue la única entidad privada en todo el país que funcionó durante tres años gratuitamente. Pero también -recuerdan algunos testigos de aquella época- “fue la única que contabilizó tres secretarios generales desaparecidos en tan poco tiempo. No es casualidad”. Una reunión entre Maggi y Pedro Arrighi, rector de la Universidad Provincial, motivó que esta fuera apartada del cargo en esa casa de estudios. Sucedió que en ese encuentro Arrighi planteó a la Maggi que la única manera de integrar la Universidad era “designar como decano en la Facultad de Derecho al doctor Jorge Aguilera, que representaba a la derecha del peronismo”. Otra condición era que el personal no docente no podía participar de la futura unificación de las dos Universidades (Católica y Provincial), lo mismo que el claustro docente. “Y por último -le advirtió Arrighi- dígale a monseñor Pironio que me deje de extorsionar con la venta de la biblioteca de la Universidad”.

Esa conversación, grabada por Maggi, fue expuesta en conferencia de prensa, y, pocas horas después, Arrighi quedó cesante en su cargo. Sin embargo, según la opinión de testigos, “ese día, se puede decir, la condenaron a muerte a María del Carmen Maggi” (…).

El secuestro y la desaparición de María del Carmen Maggi tuvieron su inicio el 9 de mayo de 1975 y su trágica conclusión el 23 de marzo de 1976. La Comisión para la Verdad, Justicia y Memoria de Mar del Plata describe así los momentos sucesivos al secuestro y el rápido cierre de la causa: “El secuestro de María del Carmen Maggi alcanzó amplia difusión en la prensa local y nacional, no obstante, la actividad procesal desplegada por la Justicia Federal fue prácticamente nula. A pesar de que la madre, el padre y un vecino de la nombrada declararon como testigos describiendo a algunos de los integrantes del grupo armado que la secuestró, ese identikit no tuvo amplia difusión y fue publicado localmente solo una vez (…).

La misma Comisión relata el hallazgo de la militante católica: “El 23 de marzo de 1976 se produce el hallazgo del cadáver de María del Carmen Maggi, e insólitamente el sumario no es reabierto, el Juez Federal y el Fiscal Federal parecen no haberse enterado de esta circunstancia ampliamente publicitada, ni sus secretarios, en fin, nadie en el Juzgado ni en la Fiscalía leyó los diarios locales en aquellos días o no quería correrse riesgo alguno en cuanto a la posible individualización de sus autores. Las gravísimas omisiones se extienden a la Justicia Provincial, que abre un sumario escindido de la investigación que debió continuarse en la Justicia Federal, disponiéndose la identificación del cadáver y la anotación de la muerte de la Lic. Maggi en el Registro Civil de Vidal”. En las anotaciones de la Comisión se manifiesta la muerte violenta de la dirigente universitaria: “No obstante, puede saberse, por el informe secreto de la DIPPBA Mar del Plata, suscripto por el subcomisario Assad, que la muerte de María del Carmen Maggi fue provocada por ‘traumatismo de cráneo’”. Y otra anotación de la Comisión, según las declaraciones de testigos, es que, antes de morir, ella perdonaba a sus verdugos “porque no sabían lo que hacían”. Esta conducta final confirma su profunda espiritualidad, crecida en las filas de la Acción Católica.

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