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Pasolini, el centenario de un ‘gurú’

El 5 de marzo cumpliría cien años Pier Paolo Pasolini (PPP). Poeta, escritor, cineasta, intelectual y figura política, con un rol clave en la literatura italiana del siglo XX.

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Intelectual. Fue inclasificable e irreverente. Amado y denostado, supo ver venir tendencias de hoy. | cedoc

A un siglo de su nacimiento, Pier Paolo Pasolini (PPP para sus tantos admiradores) sigue dando que hablar. “Fue central para nuestra cultura, un poeta que marcó una época, un director brillante, un ensayista inagotable”, destacó Alberto Moravia, uno de sus amigos más cercanos y otro de los grandes escritores italianos de esa época. Amado y denostado, profeta en su tierra, Pasolini puso al poder bajo los rayos X y anticipó algunas problemáticas hoy centrales, desde el medio ambiente hasta la sociedad de consumo.

Misterio y polémicas. Genio polifacético, provocador sutil y aguerrido, furiosamente anticonvencional, es difícil trazar una imagen coherente de Pasolini siguiendo los criterios tradicionales. Sin duda alguna, contribuyó a forjar el pensamiento de toda una generación: fue una figura controvertida, que observaba y comentaba los cambios de la sociedad, de los que él mismo fue protagonista y uno de los motores. 

Su asesinato, el 2 de noviembre de 1975 en una periférica playa de Ostia, cerca de Roma, sigue rodeado de incongruencias y misterios: las hipótesis van desde un crimen pasional resultado de la aventura de una noche y el intento de un robo, hasta un complot de las multinacionales petroleras y otros “poteri forti” de Italia. En el aire han quedado investigaciones jamás cerradas del todo. Hace unos años el caso fue reabierto tras nuevas declaraciones de Pino “la Rana” Pelosi, a quien aquella maldita noche Pasolini contactó en la estación ferroviaria Termini e hizo subir a su Alfa Romeo 2000 GTV para luego trasladarse hasta Ostia. Pelosi, quien en ese momento era menor de edad (tenía 17 años), falleció en 2017.

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Nacido en Bologna en 1922, y sucesivamente transferido a la región de Friuli, PPP fue un enamorado confeso de Roma. De físico atlético, con un rostro cuadrado y mirada atenta, transmitía una imagen dura en plena contradicción con su carácter amable y modales sosegados. Muchas de sus posiciones eran extremas. Por años desconcertó a la sociedad italiana con declaraciones y análisis a menudo inaceptables para gran parte de la opinión pública. Sus juicios radicales lograron sin embargo abrirse paso a través de la censura, las denuncias por difamación, las acusaciones por actos obscenos o por desacato a las instituciones.

Se destaca sus posiciones contra el nacimiento de la "sociedad de consumo"

Tuvo una vida que se fue convirtiendo en una obra de arte y que dedicó en gran parte a desmontar los aspectos más hipócritas de la burguesía italiana. Por otro lado, cuando en el 68 estallan las revueltas del “movimento studentesco” romano salió en defensa de los policías “hijos de pobres. Vienen de las periferias, poco importa si campesinas o urbanas”. Criticó en cambio a los manifestantes, que “tienen cara de hijos de papá. Ustedes, amigos, eran los ricos (pese a estar del lado de la razón), mientras los policías (que estaban del lado equivocado) eran los pobres”.

Queda claro que Pasolini evitaba quedar encasillado en cualquiera de los muy estrechos espacios políticos de esos turbulentos años europeos.

Leer el futuro. Lo que es muy interesante destacar del universo pasoliniano son sus posiciones contra el nacimiento de la “sociedad de consumo”. La Italia de los años 60 y 70 del siglo pasado quería convertirse rápidamente en un país moderno e industrializado, con una clase media que tuviera acceso como mínimo al bienestar material negado en décadas de privaciones. El desprecio de Pasolini por el formidable avance de ese capitalismo era neto e incuestionable, como queda claro en Scritti corsari, obra que agrupa artículos publicados entre 1973 y 1975 en el Corriere della Sera y otros medios. 

Si se leen hoy día, sus posiciones pueden parecer excesivas. En varias ocasiones fue lisa y llanamente despiadado. Comentando el que es uno de sus films más conocidos y debatidos (Salò, le 120 giornate di Sodoma) afirmó por ejemplo que “los productores obligan a los consumidores a comer mierda... Dan cosas sofisticadas, malas, los quesitos para los chicos... todas cosas horribles que son una mierda”.

Sin embargo, son precisamente esas críticas implacables las que contienen el germen de una mirada de gran actualidad: en este y en otros frentes Pasolini da la sensación de haber anticipado el futuro. 

Depuradas de algunos elementos ideológicos, sus posturas ponen en evidencia temas que el moderno capitalismo, impulsado por consumidores cada día más atentos, llegó no solo a comprender sino también a incorporar: conceptos como los balances éticos, las certificaciones de triple impacto o las empresas “beta”, derivan precisamente de este tipo de planteos y exigencias. 

En sintonía con el enfoque pasoliniano, amplios sectores de consumidores italianos han ido generando poderosos anticuerpos contra la masificación de la producción. Anticuerpos que aún subsisten y que han contribuido, junto a otros factores, al gradual desarrollo del “estilo italiano”, una manera muy particular de producir en pequeña escala y con la calidad como eje. 

Su mirada de lo que hoy llamaríamos el “impacto social” también es incuestionablemente moderna. En la estética de Pasolini, la comida vuelve a su papel ancestral como bien primario, línea divisoria entre quienes tienen acceso a los alimentos y quienes no. Este simbolismo es evidente en el mediometraje La Ricotta (1963), en el que, entre cuadros que recuerdan a artistas como Pontorno y Rosso Fiorentino, se desarrolla la historia de un actor significativamente llamado Stracci (es decir, “trapos”). En la campiña romana, una compañía rueda La Pasión de Cristo. Stracci interpreta al buen ladrón. Pobre y hambriento, el actor renuncia a su fiambrera para dársela a la madre, pero luego, desesperado, con mil liras robadas, consigue comprar una abundante porción de pan y ricota para él, que come sin parar: morirá de indigestión durante el rodaje, en la cruz, bajo el sol, como el buen ladrón que está interpretando. El director, sin una sombra de emoción, comenta: “Morir... no tenía otra forma de recordarnos que él también estaba vivo”.

Ecologista. Otra de las áreas en las que PPP fue un precursor es lo que hoy llamamos el “medio ambiente”. En un artículo titulado “El vacío de poder”, publicado en el Corriere pocos meses antes de morir, denuncia, como un grito de dolor, la desaparición de las luciérnagas en Roma, hecho que utiliza como una metáfora política. Una descripción magistral tanto por la profundidad del análisis, centrado en el nacimiento de un nuevo fascismo, como por la belleza literaria: “A principios de los años 60 las luciérnagas comenzaron a desaparecer a raíz de la contaminación del aire, sobre todo en el campo por la contaminación del agua (los ríos azules y las acequias transparentes)”. 

PPP tampoco titubeó a la hora de atacar a un mundo industrial que en aquellos años parecía mirar al consumidor como un “objeto”. Pese a su lejanía de estas temáticas, no es exagerado pensar que su genio y su intuición lo convierten incluso en una suerte de involuntario “gurú del marketing”. Hoy está ampliamente demostrado que, más allá de cualquier juicio ético o moral, la actitud de cosificar al consumidor tampoco funciona económicamente.

Por mucho que estuviera en contra de la industrialización salvaje y desordenada, Pasolini no era un asceta: al contrario, le gustaba ir a los restaurantes. Pocos días después del asesinato, Oriana Fallaci, periodista estrella de esa época, le escribió una larga carta abierta. “Nos hicimos amigos, amigos imposibles. Es decir, yo era una mujer normal y tú un hombre anormal, al menos según los cánones hipócritas de la llamada civilización, yo estaba enamorada de la vida y tú de la muerte”. Luego recuerda las cenas romanas: “Comer contigo siempre era una fiesta, porque uno jamás se aburría”. 

Las jornadas de PPP estaban organizadas de forma extremadamente regular. Después de escribir todo el día, sobre las siete de la tarde se reunía con sus amigos: Moravia no era el único escritor, también estaban Elsa Morante o Dacia Maraini, además de Sergio Citti, Laura Betti, Fabio Mauri. Salían a cenar o comían en casa de alguien. Pasolini les huía en cambio a las reuniones de la alta sociedad. 

Está demostrado que cosificar al consumidor no funciona económicamente

Sobre su relación con la comida, Silvana Mauri Ottieri, muy cercana a PPP desde la juventud, deja interesantes observaciones: “Comía con el mismo entusiasmo de un agricultor que regresa del campo tras un día de duro trabajo. Y comía por hambre, como un niño muy sano, física y psicológicamente. Y de hecho no bebía, no fumaba, jugaba a menudo al fútbol. Era fuerte como un toro”. 

¿Qué es este entusiasmo campesino por la comida si no algo muy semejante a lo que ahora definimos “kilómetro cero”, “agricultura sostenible” o “producciones artesanales”, todos frentes claves para quien aspire a llevar una vida sana? Y quién sabe, si aún viviera quizás veríamos a Pier Paolo frecuentar los llamados “mercados orgánicos”. De lo que no hay duda es de que, de una u otra manera, nos sorprendería con nuevos escenarios del futuro tan certeros como inimaginables.

El centenario. En Italia ha surgido “una suerte de supermercado Pasolini. Cada uno toma de sus obras lo que necesita: jirones de frases, fragmentos de poemas, doblegando los argumentos de Pasolini a su propia explotación, distorsionando su sentido”, advirtió el periodista Giovanni de Luna en el diario La Stampa. 

Es cierto que de una u otra manera, para bien o para mal, nunca se ha dejado de hablar de Pasolini. Los próximos meses permitirán apreciar su obra desde varias perspectivas. Este será su año y ya hay varios libros listos para ser publicados. Dacia Maraini sacará un volumen de memorias (Caro Pier Paolo) en el que el pasado se cruzará con el presente y el futuro, mientras otra prometedora obra (Moravia y Pasolini, las dos caras del escándalo) lleva la firma de Renzo Paris, quien fue amigo de ambos. Habrá, por otra parte, una nueva edición de Pasolini, morir por las ideas, del docente de literatura Roberto Carnero, y no faltará una antología con poesías tanto del mismo PPP como de otros autores con poemas a él dedicados.

*Experta italiana en agroindustria e historia de la cocina. https://storiaincucina.food.blog/.

 


 

La trattoria de Pasolini y esos años 70

A. L.

“Estamos en este lugar ‘desde’ mi bisabuelo...’’. Hablar con Roberto Panzironi de su popular trattoria (Al Biondo Tevere), donde Pier Paolo Pasolini transcurrió las últimas horas de su vida, es como hablar de la historia del barrio romano donde se encuentra el local, frente a la conocida Via Ostiense y de cara a la arbolada orilla del Tíber. Una zona con mucha magia, que por muchos años fue casi de frontera: allí terminaba la ciudad y luego solo había campos. Roberto es hijo de la ‘Signora Pina’, fallecida el año pasado, quien estuvo junto al marido, Vincenzo, al frente del restaurante.

—Tu restaurante tiene una larga historia...

—Abrió en 1915 en este barrio, por eso digo que estamos aquí desde la época de mi bisabuelo, en una de las zonas industriales de Roma: había establecimientos de todo tipo, pequeñas fábricas, aserraderos, el tradicional Mercado General de la ciudad, una pista para las carreras de galgos y el gigantesco Gasómetro, que se incendió hace unos meses. En esa época había trabajo para todos, arrancábamos a las 10 de la mañana...

—¿Qué recuerdo tenía tu madre de esa noche?

 —Te puedo contar su recuerdo pero también el mío: yo tenía 18 años y no puedo olvidar ese 1º de diciembre de 1975 ni tampoco a Pasolini. Esa noche mi madre estaba al frente de la cocina y mi padre fue en cambio el encargado de servirles la mesa a él y a Pino Pelosi, tal cual se ve en la película de Abel Ferrara llamada precisamente Pasolini, con Willem Defoe que interpreta a Pier Paolo: yo en el film hago el papel de mi padre.

—Volvamos a esa noche.

—Al día siguiente, cuando mi madre se enteró de la noticia del crimen, quedó obviamente muy impresionada. Enseguida le puso una cintita roja a la silla donde la noche anterior se había sentado Pasolini. 

—¿Cuáles son entonces tus recuerdos de esa época y de él?

—Hay que tener en cuenta que en esos años era realmente muy famoso. Y era educado, muy amable, hablaba despacio, me daba la sensación de que observaba siempre todo de manera muy atenta. A menudo decía que le gustaba mucho Roma por el sol, el clima, la gente. Eran los primeros años 70 y al restaurante venían no solo Pasolini sino también otros intelectuales muy conocidos, como Alberto Moravia, Elsa Morante, Dacia Maraini, Anna Magnani o incluso Rafael Alberti junto a Dolores Ibarruri, la Pasionaria. Hace unos años, en 1951, nuestro restaurante se convirtió en el set de Luchino Visconti para su película Bellissima, precisamente con Anna Magnani. Mi madre tenía un diario y todas las noches anotaba quién había estado, las comidas... escribía todo’.

 —¿Y los platos preferidos de Pasolini?

—Se notaba que había nacido en el norte de Italia porque jamás pedía porciones grandes de pasta... los italianos del sur comen en cambio platos gigantescos. Comía con muy poca sal, era muy atento a la salud. Le gustaban los spaghetti aglio e olio, el lenguado meunière, que aquí era muy común, hongos crudos apenas condimentados.

—¿Qué comió pocas horas antes de ser asesinado?

—Llegó tarde, cerca de la medianoche, mi madre ya estaba ordenando la cocina. Encargó un aglio e olio pero no para él sino para Pelosi. Pasolini solo pidió una fruta y una cerveza.