OPINIóN
Un pequeño gran libro

Por qué hay que leer “Tabú”, de Andrés Rieznik

Es un texto imprescindible para filósofos y filósofas, para investigadores de la ciencia digna, para docentes y para luchadores sociales en busca de argumentos o paciencia para lidiar con los obstáculos cotidianos y con quienes reproducen discursos de odio y de “grieta”.

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“Tabú”, de Andrés Rieznik, es un pequeño gran libro, de solo 158 páginas. Acaba de ser declarado por la Comisión de Cultura de la Cámara de Diputados como “libro de interés del Congreso Nacional”. Fue por unanimidad. Es decir, los diputados y diputadas de todos los partidos votaron a favor. Algo insólito, que salta toda grieta y que, claro, no es noticia.

Sin embargo, debería serlo: ¿la Cámara de Diputados decide, y sin ningún voto en contra, que un libro (¡de divulgación científica y discusión ética!) merece ser considerado “de interés”? Sí, no dudo de que es una gran noticia. Y es muy justo, porque en ese libro Andrés Rieznik hace un recorrido que no dudo en conceptuar como imprescindible para cualquier persona interesada en el conocimiento, en la filosofía y en el destino de la especie humana. En esta nota trato de explicar por qué.

Una moral secular. Primero Andrés presenta sus razones para que se comprenda la urgencia de conversar socialmente sobre los descubrimientos actuales de la biología del comportamiento humano.

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Después propone dos puntos de partida morales útiles para guiar esa discusión: 

*el principio de igualdad –la idea de que aunque seamos muy diferentes, que lo somos porque no hay dos humanes iguales (“humanes”, sí, como propuso para denominar a nuestra especie el gran filósofo español Jesús Mosterín). Y como no hay dos humanes iguales, nuestros intereses deben ser considerados de igual manera; 

*la necesidad de una moral secular, no basada en creencias personales, sino que se desprenda de una mirada compartida, casi como un corolario del principio anterior.

El principio de igualdad basado en la igual consideración de intereses no es otra cosa que el viejo principio de que “nadie es más que nadie”, que proviene del refranero hispánico, y que en el Rio de la Plata y el Litoral es casi un rezo laico, que se remonta a tiempos de la Revolución de Mayo, del nacimiento del federalismo de la mano de Artigas. Es bueno retomarlo como lo hace Andrés, reformulado en términos de una razonabilidad a prueba de balas: somos todos diferentes, pero lo que es igual es la consideración que merecen los intereses que tenemos. Una noción que sólo puede ser rechazada por personas egoístas o elitistas, y que por supuesto jamás podrían defender ese rechazo en público. O al menos con razones “confesables”, porque ¿cómo explicaría el elitista que sus intereses merecen mayor consideración que los de otra persona? ¿Qué razón sería suficiente para fundamentar algo así?

Diferenciaciones. Luego el autor describe algunos descubrimientos y métodos de la neurociencia (no de la neurochantada, diferenciación muy relevante), de la psicología evolutiva (superando el psicoanálisis y otras teorías pseudocientíficas) y la genética del comportamiento (un mundo nuevo de estudios sumamente fructífero). Y a la luz de los principios ya mencionados, discute las posibles aplicaciones de esos descubrimientos en educación y en salud mental.

Todo esto lo hace de una manera sumamente clara e informada, con muchas notas al pie para quienes deseen profundizar, pero sin interrumpir el hilo para que el recorrido sea (como logra serlo) no solo elocuente, sino también entretenido. Con un tono en la escritura que es amable sin dejar de ser polémico, y que toma postura ideológica explícita sin ser condescendiente con quienes comparten esa posición inicial.

Por si fuera poco, lo hace con buen humor y con una carga de poesía y dulzura que atraviesa todo el libro: desde las menciones a las inspiraciones familiares que influyeron en su pensamiento, hasta las grandes referencias que iluminan su trabajo, y ahí conviven Carl Sagan y Judith Rich Harris, con Daniel Córdoba, René Lavand y la abuela del propio Andrés. Mérito no menos destacable: Andrés no deja de lado las emociones cuando razona (en verdad, nadie lo hace. Pero de ahí a hacerlo consciente, y a aprovecharlo como lo hace el autor, hay una distancia considerable).

En el camino, y enhebrando todos estos elementos, discute de manera original cuestiones morales como el aborto, la muerte digna y la investigación con células embrionarias, y plantea un tema metafilosófico de primer orden: sugiere que la moral puede ser vista como ciencia, y la ciencia como moral.

Como parte de ese recorrido, Rieznik hace una interesante distinción que complementa la discusión sobre lo descriptivo (cómo son las cosas) y lo normativo (como creemos que deberían ser) con lo persuasivo (cómo cambiamos de ideas, o cómo logramos que otros lo hagan). Una distinción de importantes consecuencias, que permite entender (¿o debería permitir?) que causas que derivan de aceptar el primer principio (el de igualdad), tales como la defensa del ambiente o el respeto a la diversidad, no dependen de ningún estudio científico, porque son axiomas independientes de cualquier conocimiento. 

Un avance en la investigación científica no debería verse como una amenaza hacia nuestra adhesión a alguno de esos principios. Al contrario: la discusión sobre cómo aplicar cualquier paso que se da en el incremento del conocimiento humano requiere adoptar esos puntos de vista, que no dependen de ninguna información, sino de los acuerdos que seamos capaces de construir. No depende de cómo son las cosas, sino de cómo queremos convivir.

Un libro posnormal. Hace ya casi tres décadas, el filósofo y científico argentino Silvio Funtowicz escribió junto a su colega británico Jerome Ravetz otro gran pequeño libro. Se tituló “La ciencia posnormal”. En algunos países de habla hispana la edición llevó el título “Epistemología política”.

En ese texto Funtowicz y Ravetz sugieren una metodología de investigación apropiada para las condiciones contemporáneas, partiendo de la base de que la ciencia evoluciona en la medida en que es capaz de responder a los principales desafíos de cada época, y que estos son cambiantes a través de la historia. “La tarea colectiva más grande que hoy enfrenta la humanidad concierne a los problemas de riesgo ambiental global y a los de la equidad entre los pueblos”, afirman.

En respuesta, se desarrollan nuevos estilos de actividad científica: se superan oposiciones tradicionales entre ciencias “naturales” y “sociales”, entre ciencias “duras” y “blandas”. Pero no basta. Es necesario, postulan, superar la mirada reduccionista analítica, que (como proponía Descartes) divide los sistemas en elementos cada vez más pequeños, estudiados por especialidades cada vez más esotéricas. Esa mirada debe ser reemplazada por “un enfoque sistémico, sintético y humanístico”, que reconozca a los sistemas naturales reales como complejos y dinámicos. Esa mirada implica reconocer también “la impredictibilidad, el control incompleto y una pluralidad de perspectivas legítimas”, como aspectos centrales de la actividad científica. En otras palabras: desterrar la certeza.

El caso típico de las situaciones que plantean estos autores es el conflicto ambiental. Allí “los factores son inciertos, hay valores en disputa, los riesgos son altos y las decisiones urgentes”. Y en esas circunstancias, se invierte la distinción tradicional entre hechos científicos objetivos, duros, y valores subjetivos, blandos. Lo que hay allí son decisiones políticas conducidas por valores que son duras en varios sentidos, y para las cuales los aportes científicos son irremediablemente blandos.

La propuesta de Funtowicz y Ravetz trasciende las fronteras de la epistemología al marcar tres rasgos centrales:

*la democratización del conocimiento. La verdad científica no se concibe como absoluta (en realidad hacía mucho que no se la concebía de ese modo: es el corazón del hipotético-deductivismo, la filosofía de la ciencia aceptada como “estándar”. Pero una cosa es decirlo y otra muy distante, actuar de ese modo);

*al avanzar en estudios retrospectivos de cómo se dieron o suprimieron debates en torno a problemas y/o participaciones posnormales, como, por ejemplo, las semillas modificadas genéticamente o la agroecología;

-al plantear la necesidad de involucrar en la discusión a diversos agentes hasta hace poco ignorados por los expertos científicos y por las administraciones gubernamentales. A esto le llaman “una comunidad extendida de iguales”, compuesta por todos aquellos afectados por un tema en concreto, que estén preparados para entrar en un diálogo sobre él. Las comunidades, las eternas convidadas de piedra.

Pensemos en un caso típico, reciente: la contaminación del río Jachal con agua cianurada de la actividad minera de Barrick Gold. Todos los componentes que marcaban treinta años atrás Funtowicz y Ravetz aparecen allí: el riesgo, la incertidumbre, las decisiones duras, la falsa certeza (el derrame era algo “que no podía ocurrir”, según los informes de la empresa).

En efecto: la idea de la “comunidad extendida de iguales” implica información disponible para la comunidad, deliberación ciudadana y decisión democratizada. Sí, no es un tema solamente científico. Y ahí es donde empezamos a hablar de ciencia posnormal, para diferenciarla de la ciencia normal que había propuesto Thomas Kuhn. “Las formas de conocimiento distintas de aquellas que se nutren en la civilización occidental moderna también son relevantes para un diálogo exploratorio tendiente a la resolución de problemas”, dicen los autores.

Ciencia. Como dice la filósofa argentina Cecilia Hidalgo, la propuesta de Funtowicz-Ravetz tiene amplias implicancias para la actividad científica propiamente dicha “pero fundamentalmente para el accionar colectivo, responsable ante los problemas planteados por el riesgo ambiental y tecnológico, global y local, y la equidad entre pueblos, especies y generaciones. La complejidad de tales problemas involucra de manera ahora explícita a muchos agentes hasta hace poco ignorados. Todos los que ponen algo en juego en las decisiones públicas tienen su lugar en el diálogo que tenderá a hallar respuestas y soluciones y su participación adquiere el carácter de esencial. Los expertos científicos o los administradores gubernamentales ya no son los únicos participantes legítimos”.

Futnowicz y Ravetz dicen que “por exitosa que haya sido (la racionalidad científica) en el pasado, el reconocimiento de los riesgos ambientales globales muestra que este ideal de racionalidad ya no es universalmente apropiado. 

La actividad científica ahora abarca el manejo de las incertidumbres irreductibles en el conocimiento y en la ética, y el reconocimiento de las diferentes perspectivas y maneras de conocer legítimas. De este modo, su práctica se torna más cercana al funcionamiento de una sociedad democrática, caracterizada por una participación extensiva y por una tolerancia de la diversidad. Así como el proceso político ahora reconoce nuestras obligaciones con respecto a las generaciones futuras, a las otras especies y, por cierto, al ambiente global, la ciencia también expande el alcance de sus intereses. Estamos viviendo en medio de una transición rápida y profunda, de manera que no podemos predecir su resultado. Pero podemos ayudar a crear las condiciones y las herramientas intelectuales por las cuales el proceso de cambio podrá manejarse para mayor beneficio de la humanidad y del ambiente global”.

El libro de Andrés Rieznik, en ese sentido, es un modelo de divulgación científica posnormal: su objetivo es claramente extender la comunidad de iguales, proveerles de información que de otro modo es inaccesible para las personas, y habilitar su participación en debate tan necesarios como sorprendentes. Por ejemplo: la revolucionaria tecnología Crispr, que permitirá abordar mediante edición genética (en realidad ya lo está haciendo) enfermedades como el cáncer, pero también permitiría jugar a ser dioses, creando seres de sueño… o de pesadilla. ¿Qué haremos con ella? ¿Dejaremos que solo los ricos y poderosos puedan acceder, o les exigiremos a nuestras obras sociales que nos cubran tratamientos de ese tipo?

Razones para no dejar de razonar. Todo el libro de Andrés Rieznik es una fuerte convocatoria a razonar críticamente, pero en base –a la vez– a principios éticos y a evidencia científica. Y a la educación como la herramienta para lograrlo. “Así como cuando, una vez que aprendemos a leer, luego ya no podemos elegir no hacerlo, cuando gracias a la educación aprendemos a razonar, no podemos dejar de hacerlo frente a nuevas ideas”, afirma.

La conclusión (en realidad, una de las muchas que ofrece) es que nuestra capacidad de ponernos en el lugar de los demás (y de aceptar que incluso hay seres no humanos capaces no solo de pensar sino de sentir y de sufrir) es lo que nos ha regalado la evolución. Y ese tesoro es lo mejor que tenemos: es lo que nos permite aspirar a ser mejores y pensar que podemos seguir expandiendo “la frontera de nuestra empatía”.

En suma, se trata de un libro imprescindible para docentes que crean que su rol es dar herramientas que liberen a las personas; para filósofos y filósofas que quieren discutir cómo vivir mejor en el mundo; para científicos y científicas con dignidad cuya convicción les indique que el conocimiento debe estar al servicio de valores y no del mejor postor; y en fin, para luchadores sociales que a veces sienten que necesitan mejores argumentos o 

más paciencia para lidiar no solo con los obstáculos cotidianos sino con quienes reproducen discursos de odio y de “grieta”.

Un librazo, en definitiva. Es uno de los mejores aportes que he visto en los últimos años. Y brilla en el amplio panorama de la divulgación, entre los incontables ejemplares de esnobismo, moda, demagogia, búsqueda de currículo y pretenciosidad que circulan e inundan el mundo del ensayo destinado al gran público en la Argentina actual.

*Licenciado en Filosofía y periodista. Integra la cooperativa periodístico-cultural El Miércoles, en Entre Ríos.  Texto publicado originalmente en  La Vanguardia digital.