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OPINIóN / COVID-19 Y SANITARISMO
domingo 5 julio, 2020

Qué hacer ante la incertidumbre, la desazón y el hartazgo

Mucho se habla acerca de si hay alternativas al aislamiento y la cuarentena frente a la irrupción de la pandemia. El exministro de Salud propone opciones y señala el peligro de desatender lo social.

Consenso. Al principio, la medida sanitaria se tomó a tiempo y con acuerdos políticos. Esta situación se desdibujó más tarde. Foto: cedoc
domingo 5 julio, 2020

Si hay algo que puede caracterizar de manera singular a este año es la incertidumbre. Hace seis meses nadie se imaginaba, ni siquiera en la peor de sus pesadillas, que a esta altura más de dos terceras partes de la humanidad iban a estar sometidas a una nueva “normalidad”, y otro tercio iba a seguir con cuarentenas o distintos grados de aislamiento social. Que íbamos a vivir en un experimento social a gran escala para mitigar la pandemia y salvar vidas pero a un costo económico y psicosocial altísimo, sin mencionar el daño colateral por la falta de atención de otras enfermedades serias debido al miedo de la gente a ir a los consultorios y hospitales. 

Mientras tanto, nuestras dudas sobre el comportamiento del Covid-19 aumentan cada día. Algunas tienen que ver con cuál es la proporción de la población infectada necesaria para alcanzar el llamado “efecto rebaño” donde el contagio baja a medida que la población adquiere inmunidad contra la enfermedad. ¿Será 60% de la población, como decían las estimaciones iniciales, o mucho menos, según algunas hipótesis que mencionan cierta reactividad cruzada con otros coronavirus como los que producen el resfrío común? ¿Será esa la razón por la cual las epidemias en algunos países europeos parecen agotarse aun cuando solo 10-20% de la población parece haberse inmunizado? ¿Cuál es la verdadera tasa de letalidad que hay que tener en cuenta, la de los casos confirmados, hoy en el 2-3% en Argentina, o la del total de infectados, que son entre cinco y diez veces más que los confirmados y bastante por debajo de 1%? ¿Cuál es la proporción de casos asintomáticos o muy leves, menos de 20%, como se decía al principio de la epidemia, o más de 80%, como se presume ahora? ¿Cuánto contagian los individuos asintomáticos? ¿Podemos esperar varias oleadas de la epidemia? ¿Tiene este virus preferencia por los climas fríos y secos o en esta primera oleada pandémica no sería así –miremos Brasil y otros países tropicales–, pero en sucesivos años se convertirá en un virus invernal como el de la gripe? Finalmente, ¿cuándo tendremos vacuna o tratamientos efectivos y seguros?, ¿antes de fin de año, en un año, más tiempo? ¿Habrá realmente una vacuna? ¿Cuánto tiempo dura la inmunidad que deja este virus: meses, años, toda la vida? Como vemos, seguimos teniendo muchas más preguntas que respuestas y muchas más incertezas que verdades. 

En este último tiempo, excepto por un pequeño puñado de temas como el caso Vicentin o la renegociación de la deuda externa, la pandemia, la cuarentena y sus consecuencias multidimensionales han eclipsado cualquier atisbo de incluir otro punto en la agenda pública. Buena parte de nuestra sociedad, ya experta en discutir sobre macroeconomía y crisis financieras, aprendió también a discutir sobre la epidemiología de las infecciones, la infraestructura y los recursos críticos del sistema de salud, las distintas pendientes de la curva de contagios, la oportunidad de los testeos o los tiempos de duplicación de casos y muertes. Hoy la angustia por un futuro cada vez más inseguro y el progresivo hartazgo social dominan la atención del Gobierno, de los políticos, los analistas, los medios y el público general. Y aquí es donde surgen varios interrogantes que la sociedad expone cada vez con mayor preocupación. Veamos algunos de ellos.

¿Donde estamos parados? La cuarentena como medida de salud pública se conoce desde el Medioevo. En el caso del Covid-19, el aislamiento, el distanciamiento social y la cuarentena son las únicas formas efectivas de responder a esta epidemia. El aislamiento se refiere a la separación de pacientes sintomáticos, mientras que la cuarentena es la restricción de personas sanas asintomáticas que han tenido contacto con casos confirmados o sospechosos. Hasta aquí lo conocido. Lo que nunca se hizo hasta ahora a nivel global fue el aislamiento preventivo o el cierre total (lockdown) para una sociedad entera, independientemente de los síntomas o la exposición. Y esta es la situación que estamos enfrentando hoy en el mundo. Sin embargo, no todos los países hicieron lo mismo. Después del cierre de Wuhan y otras ciudades en China el 24 de enero se observó una caída dramática de casos después de 12 días, y esta reducción continuó hasta ahora, con algunos focos pequeños rápidamente controlados. Esto sirvió de ejemplo para que cuando la pandemia saltó a Europa, muchos países que no habían hecho mucho para detener su propagación copiaran esta decisión cuando se desbordaron sus sistemas de salud. Tal fue el caso de Italia y España, Francia y Reino Unido más tarde. Otros cerraron preventivamente con menos casos como Israel, Australia y Nueva Zelanda. En cambio, algunos países orientales como Taiwán, Singapur, Corea del Sur y Hong Kong se basaron mucho más en el testeo, el trazado y el aislamiento selectivo con un enorme despliegue tecnológico más que en la cuarentena obligatoria. Otros recurrieron a un abordaje menos restrictivo buscando la inmunidad de rebaño en una suerte de “darwinismo social” sin otras medidas más duras, como Suecia, y también Reino Unido inicialmente. Estados Unidos, Brasil y México, con sistemas federales, decidieron no hacer casi nada a nivel nacional y dejaron que sus estados tomaran las medidas que creyeran convenientes, con un laissez faire con altísimo costo sanitario hasta ahora. En América Latina, la mayoría de los países implementaron medidas de aislamiento con diferentes grados de rigurosidad. Algunos, como Uruguay y Costa Rica, no impusieron cuarentenas obligatorias, pero sí otras medidas de distanciamiento social. Otros, como Chile, implementaron esquemas de “aislamiento por comunas” con resultados aparentemente exitosos al inicio pero luego superados por un desborde de casos que lo obligó a decretar una cuarentena estricta en el último tiempo. Hoy muchos países latinoamericanos, como Uruguay, Costa Rica, Cuba y Paraguay, pudieron flexibilizar sus aislamientos o cuarentenas porque focalizaron su estrategia. A falta de mayores recursos tecnológicos, ampliaron testeos, trazado y aislamiento de manera sistemática y metódica.

¿Qué pasó en Argentina? La decisión de comenzar tempranamente con el aislamiento obligatorio fue una decisión oportuna para contener la epidemia, ganar tiempo para preparar al sistema de salud y compensar algunas imprevisiones iniciales del Gobierno, como el control inadecuado de la entrada de viajeros de países en los que ya había circulación viral, o la demora inaceptable en la compra de reactivos para los testeos. Sin embargo, a pesar del aislamiento obligatorio, el aumento de casos se ha acelerado en el AMBA en las últimas semanas, epicentro de la epidemia que concentra el 95% de los nuevos infectados. Este aumento de la pendiente de la curva reconoce al menos tres razones: 1) la aceleración de casos por la propia maduración de la epidemia ya que la cuarentena dilata la maduración, pero no erradica ni elimina el virus; 2) el rompimiento progresivo de la cuarentena en el último mes y medio, más en el conurbano bonaerense, pero últimamente también en CABA; y 3) la ampliación del testeo con búsqueda activa de casos con el programa Detectar, sobre todo en CABA, comenzando primero en los barrios de emergencia y ahora en otros barrios de la ciudad. En definitiva, los meses que se ganaron para mejorar la capacidad de respuesta hospitalaria no se aprovecharon para mejorar la respuesta comunitaria, actuando de manera efectiva y sistematizada para bloquear los brotes y detectar rápidamente los casos y los contactos. 

¿Qué habría que hacer y cómo seguimos? Hoy asistimos a un endurecimiento de las medidas y pronto llegaremos a cuatro meses de aislamiento obligatorio. Esto nos debería hacer reflexionar sobre cuáles son las razones por las que después de tanto tiempo pareciera que no podemos salir de este laberinto y en lugar de disminuir los nuevos casos, como ocurrió en casi todos los países que implementaron cuarentenas tan prolongadas, estén aumentando. Y esto es porque el aislamiento solo no sirve. Esta medida debe acompañarse de una respuesta comunitaria contundente implementando amplios dispositivos de atención primaria con trazadores para rastrear los contactos y aislarlos idealmente en menos de 48-72 horas. En varias ocasiones, y desde hace varios meses, propuse aumentar el testeo, el rastreo de contactos estrechos y los aislamientos. En aquel momento teníamos muchos menos casos y había también mucha menos circulación viral y transmisión comunitaria, que hace más difícil trazar con certeza la cadena de contagios. Hoy necesitamos en el AMBA no solo aumentar los tests y laboratorios que procesen las muestras con mayor eficiencia productiva, sino también al menos 4 mil equipos conformados por cuatro o cinco trabajadores de la salud, estudiantes y agentes comunitarios en campo para “cerrar” los casos de manera rápida y eficiente. Aunque el esfuerzo técnico y logístico sea fenomenal, es factible y es también la única manera que tenemos de comenzar a torcerle el brazo a la epidemia y ver una luz al final del túnel.

¿Qué podemos esperar? La vuelta al confinamiento estricto en el AMBA aumentará la angustia, la depresión, las adicciones y la violencia doméstica. Una buena comunicación sobre cómo seguir y qué esperar es clave para preparar a la sociedad, mejorar el cumplimiento y cuidar su salud mental. En estos próximos 15 días es vital que la respuesta comunitaria que ya está dando CABA se incremente y extienda a todo el AMBA. Es cierto que tenemos menos muertes por habitante que otros países, y esto es muy bueno, pero no confiemos tanto en este dato porque todavía estamos en el primer tiempo de un partido que puede tener alargue. Por eso es importante pasar del paternalismo y la vigilancia autoritaria a la confianza en la responsabilidad individual y social para que el esfuerzo sea sostenible. Finalmente, es tiempo también de convocar formalmente a la oposición y ampliar el consejo asesor del Presidente para que no solo se vean infectólogos clínicos, sino otros expertos y profesionales independientes que amplíen las miradas y perspectivas sobre un problema que hoy trasciende la esfera sanitaria y tiene consecuencias económicas, psicosociales e institucionales cada vez más brutales.

 

*Ex ministro de Salud de la Nación.


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