martes 09 de agosto de 2022
OPINIóN Grave crisis

Sin escuela no hay lectores, sin lectores no hay libros

Tal vez llegó el momento de pensar que de la mano de un nuevo pacto educativo el Estado y la iniciativa privada se potencien y resurja otro pacto al interior del campo cultural: el de la escuela con la edición.

03-10-2021 02:03

Las cifras difundidas recientemente sobre el espectacular crecimiento en lo que va de 2021 de la industria editorial europea y, dentro de ella, de la española, resultan francamente impactantes.  En efecto, el informe de Forum Edita Barcelona divulgado no da lugar a ambigüedades: “En España, las ventas crecieron un 44% en el primer semestre de 2021 respecto al año pasado, el sector salió muy fortalecido de la pandemia y llegará a los 1.100 millones de euros de facturación este año, algo que mejora las magnitudes de 2011, el que hasta ahora era el mejor registro de la última década…”. Pero hay más: “No es sólo que el sector editorial haya recuperado lo perdido en pandemia (una cifra en torno a los 89 millones de euros), es que incluso comparando las ventas de lo que llevamos de 2021 respecto a las pre-Covid de 2019, el mercado del libro crece: factura un 17% más que hace dos años. La tendencia no es exclusiva de España. Si allí el mercado ha crecido un 44% respecto a 2020, en Francia lo ha hecho un 43.4%, en Italia un 36.9%, en Bélgica un 25% y en Portugal un 18.8% (El mundo, 8/9/2021).

Argentina. Estos datos, al tiempo que permiten confirmar que el libro, pese a todo, sigue resistiéndose a abandonar el lugar expectable que siempre ocupó en el universo de los consumos culturales, hoy reconfigurados, expandidos y también atomizados, no dejan de desconcertar cuando uno dirige la vista a lo que ocurre de este otro lado del Atlántico y, particularmente, en nuestro país. Y en realidad, mucho más cuando sin intención de limitarse a un presente dramático, alguien quiere animarse a bosquejar cómo será un posible escenario futuro del sector.

La Argentina sigue sin contar con cifras unificadas, convincentes y mucho menos oficialmente compartidas por los diferentes actores de nuestra industria del libro. Sin embargo, hay consenso entre todos ellos en describir como desoladoras las consecuencias que la pandemia trajo aparejada a la ya golpeada industria, cuya recuperación apenas muestra atisbos de la que viene experimentando Europa.  

Si bien la explicación de la crisis que desde hace ya varias décadas atraviesa a la industria editorial argentina exige sociológicamente la atención a diferentes variables, la intención de estas líneas es la de hacer foco en una dimensión que a lo largo de la historia ha sido clave para comprender el estado de salud de la industria editorial: el lugar que la escuela ha cumplido –y debe cumplir- en la conformación de públicos lectores y, concomitantemente, de un mercado editorial más o menos sólido. 

Público lector. En efecto, son muchos los estudios que han revelado el modo en el que los procesos de alfabetización ocurridos entre fines del siglo XIX y comienzos del XX contribuyeron de modo decisivo a la conformación de un público lector y, del mismo modo, en qué medida la consolidación posterior de las clases medias universitarias cumplió un rol clave en lo que fue tal vez la última de las etapas expansivas que vivió el mercado del libro en nuestro país. 

Con la perspectiva puesta en lo que viene ocurriendo en nuestro medio, además de la recuperación misma, lo que más llama la atención en las conclusiones del Forum Edita es el hecho de que la pandemia haya actuado como un catalizador, y no como un retractor, de la actividad editorial y librera en los países centrales. De modo lamentable, exactamente lo contrario fue lo manifestado por los editores y libreros argentinos a la hora de evaluar los efectos que en nuestro país tuvo el prolongado “Quedate en casa” que impusieron nuestros gobernantes como modo de enfrentar el covid-19 desde el otoño de 2020. Un año después, los referentes de la edición argentina manifestaron que la pandemia vino a profundizar una crisis pre-existente y que la caída del sector, durante el tiempo que duró el confinamiento, fue cercana a un 30%, según un informe de la Cámara Argentina del Libro (CAL). 

Más allá del juicio acerca de los efectos que las cuarentenas pudieron haber tenido en los diferentes aspectos de la vida de la gente, ¿cómo puede explicarse el hecho de que dichas reclusiones hayan tenido efectos tan diferentes en industrias editoriales como la española o la argentina?

Educación. Sería bueno entonces, nuevamente, apuntar al rol que la educación cumple en la generación permanente de nuevos lectores, reafirmando lo que de modo lamentable resulta una verdad de Perogrullo: el alto nivel de asociación entre una educación extendida y de calidad, y la salud de la industria del libro. La continuidad y profundización durante todas estas décadas de la “tragedia educativa” argentina, qué duda cabe, en nada contribuyó para que una buena proporción de quienes aquel 20 de marzo de 2020 marcharon a sus casas, lo hicieran con el fin de invertir más tiempo leyendo y más dinero comprando libros. El crecimiento significativo de las ventas “on-line” de libros ocurrida durante todos esos meses de encierro, en todo caso, es más un indicador del modo en que se transformó la práctica comercial de los que ya eran lectores (y compradores) de libros que de nuevos lectores. Por el contrario, la realidad predominante fue el cierre de librerías ocurrido durante el confinamiento y la caída de 12,4 millones de ejemplares que se produjeron en 2019 a los 8 millones del 2020, de acuerdo el informe de la CAL.  

Pero si la expansión y la calidad de la educación constituyen las condiciones, aunque no suficientes, sí necesarias, para la buena vida de la actividad editorial, las cifras de lo ocurrido en la Argentina en materia educativa en todo este tiempo debieran hacernos pensar seriamente sobre las reales posibilidades de recuperación, en el futuro próximo, de la industria del libro argentino. 

Es hoy aceptado por todos que la educación argentina atraviesa su peor momento que, por efecto de la pandemia, al menos un millón de chicos tuvo un “bajo o nulo contacto con la escuela”, y “una mirada sobre los datos de deserción interanual entre 2019 y 2020 indican que el abandono escolar llegó a quintuplicarse durante 2020 y afectó con mayor énfasis en los alumnos que forman parte del 62% de pobres en el país” (La Nación, 17/6/2021).

Entonces, frente a esta realidad, ¿es válido preguntarse acerca de las posibilidades de recuperación de la industria del libro sin pensar que dicha recuperación se encuentra como nunca, en el presente, pero mucho más en el futuro, ligada al destino mismo de la educación? ¿Es acaso posible que la reactivación de esta, la más potente de las industrias culturales, pueda darse de modo claro y fecundo contando tan solo con aquellos, siempre pocos, que han logrado aún contra todo, convertirse en lectores? Y aun más: ¿podrá la industria del libro crecer a futuro solamente de la mano de las acciones –aun cuando eficaces- llevadas adelante por un Estado que, además de esta necesidad, deberá atender todas las otras urgentemente esenciales? 

Tal vez y pese al dramatismo que la hora impone, haya llegado el momento de pensar que de la mano de un nuevo pacto educativo en el que el Estado y la iniciativa privada se potencien mutuamente, haya un lugar indispensable para reponer, recreado, qué duda cabe, otro pacto al interior del campo cultural que resultará también indispensable: el de la escuela con la edición.

*Sociólogo especializado en temas culturales. Docente y editor.

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