viernes 30 de julio de 2021
OPINIóN Opinión
07-03-2021 01:50

Un legado inmoral

07-03-2021 01:50

En 1793, Immanuel Kant dio a conocer un ensayo titulado Sobre el dicho: esto puede ser correcto en la teoría pero no vale para la práctica. Se trata de su escrito más político, entre otras cosas, porque fue concebido en medio de grandes transformaciones históricas: George Washington iniciaba la presidencia de los Estados Unidos y la Revolución Francesa culminaba con la ejecución de Luis XVI y María Antonieta.

En ese texto, que luego sería conocido como Teoría y Práctica, Kant afirma que los líderes políticos deben gobernar de acuerdo a principios morales y que la ética debe guiar sus acciones porque sus decisiones impactan en toda la población, no solo en una elite. “He definido la moral como una ciencia que enseña no cómo debemos ser felices, sino cómo debemos ser dignos de la felicidad”, sintetizó Kant.

Es bueno recordar el imperativo kantiano en medio de una pandemia que obliga a los líderes del mundo a actuar éticamente. Cuando los países más desarrollados han acumulado excedentes de vacunas, sin importar que miles de millones de habitantes de países pobres no podrán ser inoculados este año. Y cuando la Organización Mundial de la Salud (OMS) advierte sobre el dilema ético, al anticipar que la inequidad de la vacuna puede provocar un “colosal fracaso moral”.

Los países más desarrollados han acumulado excedentes de vacunas, sin importar que miles de millones de habitantes de países pobres no podrán ser inoculados este año.

“Es comprensible que se quiera vacunar al personal de salud y a los ancianos, pero no es correcto vacunar a adultos sanos o a jóvenes en países ricos antes de hacerlo con el personal sanitario y los mayores de países de bajos ingresos”, dijo la semana pasada el eritreo Tedros Adhanom Ghebreyesus, director de la OMS, durante su presentación en el panel titulado “Equidad vacunal y construcción de resiliencias: dos pruebas para la solidaridad global”.

Y es que según un extenso estudio de la Universidad de Duke de Estados Unidos, la forma en la que se distribuyen las vacunas en todo el mundo representa un peligro para la salud pública tan grave como el propio coronavirus. El proyecto Launch and Scale Speedometer analiza datos globales sobre la circulación de las dosis contra la pandemia y se ha convertido en referencia internacional para políticos, académicos y sanitaristas.

En esta documentada y rigurosa investigación académica, Duke demostró que sobre 8.200 millones de de vacunas confirmadas, los países de ingreso más alto obtuvieron el 56%; los países de ingreso mediano/alto el 16%; los países de ingreso mediano/bajo el 8%; y los países de ingreso bajo el 9%; mientas que el Covax de la OMS sólo accedió a un 11% para distribuir entre varias decenas de los países más pobres del planeta.

Los países de ingreso más alto obtuvieron el 56%; los países de ingreso mediano/alto el 16%; los países de ingreso mediano/bajo el 8%; y los países de ingreso bajo el 9%.

Covax, hay que decirlo, tuvo un comienzo demasiado lento. Por caso, las primeras dosis contra el Covid fueron aplicadas recién esta semana en muchos países de Africa, Asia, Europa del Este y América Latina gracias al aporte de la OMS.

Pero mientras algunos países solo pueden vacunar gracias a este plan de emergencia y cooperación internacional, otros gobiernos más poderosos han acumulado dosis de sobra para su población. Según la Universidad de Duke, los países con más sobrante de vacunas en relación a sus habitantes son Canadá (505%), la Unión Europea (227%), Japón (124%), Reino Unido (364%) y Estados Unidos (200%).

Los líderes del G7 reconocieron en su última reunión, realizada el mes  pasado, que "nadie está seguro hasta que todos estén seguros" porque son conscientes de que no podrán garantizar la inmunidad a sus ciudadanos hasta que el virus haya sido erradicado a nivel mundial. Pero parece que la retórica del G7 no acompaña a la acción concreta.

La alianza de la sociedad civil conocida como Vacuna de la Gente, liderada por Amnistía Internacional, Oxfam y otras organizaciones defensoras de los derechos humanos, advirtió recientemente que los estados más industrializados tienen un stock disponible para poder vacunar hasta tres veces a su población. Los países de las 7 economías más industrializadas del mundo ya han comprado suficientes vacunas para cubrir a más de 2 mil millones de personas: podrían vacunar a todos sus ciudadanos y todavía les quedaría suficientes dosis para cubrir a una quinta parte del planeta.

Uno de cada cuatro habitantes del mundo vive en lugares que aún no iniciaron un plan de vacunación y la OMS estima que cerca del 90% de la población de casi 70 países de bajos ingresos tienen pocas posibilidades de ser inoculados este año.

Por eso, Francia se unió a Noruega para pedir a los países ricos que entreguen el 5% de sus vacunas contra el Covid a los países más pobres. La respuesta fue dolorosa: el Reino Unido, Estados Unidos y Canadá se demoran en confirmar que participarán de la donación pero aclararon que, en caso de hacerlo, no podrían garantizar la logística de distribución.

Mientras tanto, uno de cada cuatro habitantes del mundo vive en lugares que aún no iniciaron un plan de vacunación y la OMS estima que cerca del 90% de la población de casi 70 países de bajos ingresos tienen pocas posibilidades de ser inoculados este año.

Quizá los líderes de los países más industrializados piensen que no es su problema. Quizá entiendan que su única responsabilidad es proteger a sus compatriotas del virus. Pero lo cierto es que la inequidad en la distribución de la vacuna impedirá derrotar al Covid, a la vez que aumentará los niveles de pobreza y hambruna mundial, provocará nuevas oleadas de migración masiva y creará condiciones para el aumento de nuevos conflictos geopolíticos.

Siguiendo a Kant, habría que preguntarle a esos líderes si podrán ser dignos de felicidad cuando piensen en su legado contra la pandemia.


*Doctor en Ciencias Sociales. Director de Perfil Educación.