sábado 25 de septiembre de 2021
PERIODISMO PURO Entrevista
10-09-2021 23:55
10-09-2021 23:55

Edgardo Vázquez: "En el lugar del ministro, hubiera firmado antes el acuerdo con Pfizer"

Es gerente general de Bagó y antes fue del laboratorio norteamericano que suscitó la mayor polémica en torno a la compra de vacunas. Explica cómo negocian las empresas farmacéuticas con los gobiernos y analiza qué hizo bien y qué mal el Gobierno. Dice que la salud en la Argentina es más equitativa que en otros países de la región y señala cuáles son los desafíos hacia el futuro.

10-09-2021 23:55

—Pasaste de un laboratorio internacional, Pfizer, a uno argentino, Bagó, en 2018. ¿Cómo definirías las diferentes culturas empresariales?

—Un laboratorio global como ese en el que trabajaba tiene presencia en cien países. Es estadounidense. Tiene una cantidad de recursos y disponibilidad con los que nos gustaría contar en la Argentina. Esa es la primera diferencia. Dedicaba varios billones de dólares, tal como dicen los norteamericanos, a la investigación por año. El presupuesto total de investigación de la Argentina quizás sea menor al de esa empresa. Hay un tema de escala, de accesibilidad a mercados, de capacidad de competir. El laboratorio en el que trabajé tomó la decisión de invertir en el desarrollo de una vacuna. Hay países que no lo pueden llevar adelante.

—¿Cuánto implica como inversión?

—Desconozco el dato. Podemos estimar cerca de los dos billones de dólares, entre la etapa preclínica y clínica. Cuando uno mira esa escala en términos de lo que representa el desarrollo de un medicamento o de una vacuna, puede ser menos. En el proceso del covid-19 hubo mucha flexibilidad en el marco regulatorio para contar con una vacuna antes. Los costos deben haber sido menores, aunque no tengo el detalle. Pero es una actividad que requiere de una inversión financiera de altísimo riesgo, algo innato en el modelo del desarrollo del negocio farmacéutico. Hay veces en que empresas nacionales como Laboratorios Bagó, una de las empresas más grandes, de Argentina con presencia en muchos países, quedan fuera de escala. Necesitamos modelos muy colaborativos de participación, con distintos países, de vinculación público-privada, como para estar a la altura y ser competitivos. Dos mil millones de dólares se calcula que es el costo total para el desarrollo. Son varias líneas de investigación. De ellas quizás una o dos finalmente devienen en un producto comercial. El costo total de desarrollo es la división de una o dos oportunidades que tuvieron validez comercial final por la totalidad de las líneas de investigación, que son muchas más. Si se mira individualmente, muy posiblemente el costo sea menor, pero sigue fuera de la escala de muchas empresas latinoamericanas. 

—Dijiste que la vacuna que desarrollan con el INTA lleva más tiempo porque no tienen capacidad financiera para acelerar ese proceso.

—No tenemos el vínculo público-privado. En Argentina no se articula. Dificulta el proceso, pero aun cuando lleguemos a la etapa clínica, seguramente necesitemos de un modelo mucho más colaborativo que empresas que tienen la capacidad financiera para llevar un programa de investigación clínica por sus propios medios. Sería arriesgar mucho lanzarnos a un programa de estudios clínicos.

Gerardo Vázquez, en la entrevista con Jorge Fontevecchia.
REGULACIONES. “El proceso de aprobación implicó flexibilidades regulatorias. Esas flexibilidades regulatorias implican riesgos patrimoniales y judiciales para cada empresa”. (Foto Juan Obregón)

—Si tuvieron recursos financieros ilimitados, ¿podrían reducir lo que en otro caso llevaría dos o tres años a cuatro meses?

—El proceso en este caso fue con mucha flexibilidad regulatoria, llevó casi 16-17 meses.

—La Organización Mundial de la Salud declaró la pandemia en marzo y en diciembre había vacuna.

—Las primeras americanas y europeas creo que fueron en marzo-abril. Fueron casi 16 meses de desarrollo desde que surgió la pandemia hasta el producto comercial. En octubre de 2019 fueron los primeros registros desde China

—¿Los chinos llegaron a diciembre porque contaban con información previa? 

—Tienen un marco regulatorio distinto. Pueden incidir en cómo autorizan o no la comercialización de determinada vacuna. Es lo que le pasó a la Argentina. Cuando fue a buscar vacunas, había países que habían aceptado para sus propias poblaciones contar con vacunas que habían tenido un proceso regulatorio cumpliendo con las propias normas. Argentina mira a países de alta vigilancia sanitaria, casi siempre a Estados Unidos o a Europa. Los procesos regulatorios son un poco más rígidos; las normas, más claras. Desarrollar una vacuna bajo esos procesos regulatorios lleva un poco más de tiempo, a pesar de las flexibilidades.

—En la Argentina, la palabra “Pfizer” se tornó omnipresente ¿Por qué hubo ese conflicto? No fue el trato igual que para otra vacuna de origen occidental, como la de AstraZeneca.

—El proceso de aprobación implicó flexibilidades regulatorias. Esas flexibilidades regulatorias implican riesgos patrimoniales y judiciales para cada una de las empresas. Una empresa global, como Pfizer, debe tener cierta predisposición a evitar riesgos no solo en la Argentina, sino a nivel global. Tengo entendido que se le pidió al gobierno argentino lo mismo que al resto de los gobiernos. Eso fue lo que generó un momento de tirantez en la negociación.

— ¿Por qué las exigencias de un laboratorio como AstraZeneca en términos de indemnidad pueden ser menores a las de Pfizer? 

—Estuve muchos años en Pfizer. No conozco en detalle. Es una empresa que protege sus derechos. Quiere entender si lo que está comercializando después traerá algún tipo de problema.

—¿Históricamente Pfizer fue más precavida con el tema de indemnidad que otros laboratorios? 

—No fue diferente. Es una empresa que protege sus intereses, como cualquier otra, como lo haría Bagó. No veo diferencias. Vemos que en Estados Unidos sobran vacunas y nosotros todavía no tenemos para darles dos dosis a todos los argentinos. Cada uno avanza según su propio concepto de soberanía sanitaria. Argentina, entendiendo que esto no era vacunarse una sola vez, buscó la posibilidad de abastecerse localmente de vacunas. Puede haber sido un elemento que difirió o retrasó la posibilidad de adquirir determinada vacuna. Pero no estuve en la negociación.

—Estamos conjeturando para entender los procesos lógicos.

—Miremos ahora. Pfizer anunció un contrato de producción de vacunas en Brasil para toda Latinoamérica. Una posibilidad es que el gobierno argentino en todo su derecho buscó abastecerse de vacunas a nivel local. Pudo haber sido una de las flexibilidades que ofreció AstraZeneca. Parte del proceso de producción se hace en Argentina, la finalización es en México y después vuelven. Es válido que cualquier gobierno se preocupe por contar con el propio abastecimiento de vacunas. Es clave la industria nacional, las capacidades que tenemos. Argentina tuvo varios procesos de localización de vacunas. Tenemos no solo capacidad fabril; también, la intelectual. Posiblemente estuvo sobre la mesa. Cada factor privilegia situaciones. Un país con mayor población como Brasil, con un entorno macroeconómico más estable, le permite elegir por uno u otro a quien tiene que decidir la localización de la producción fuera de donde se originó la investigación y el producto. Conjeturando, puede ser que eso haya privilegiado que contemos con una parte de la producción de AstraZeneca o Sputnik en el país y no las de Pfizer.

—¿Es razonable que un país que tiene la suficiente cantidad de población y mercado desee que las vacunas se puedan fabricar allí mismo? ¿La transferencia de tecnología es algo deseable?

—Las empresas valen por el conocimiento que implican. Traer ese conocimiento es un diferencial. El Gobierno debe estar pagando en promedio 20 dólares por vacuna. Se necesitarán 90 millones. Casi dos mil millones de dólares. Importamos 60 mil/70 mil millones de dólares habitualmente. Ahora entre un 3% y un 4% hay que dedicarlo a importar algo nuevo. Son dólares que faltan para reactivar la economía. Está bien que el costo/efectividad de esa importación es mucho mayor. Pero necesitás los dólares para pagar las vacunas. Si no, no te las envían. Tener una política de localización de la producción en Argentina es loable.

—¿Y si se te planteaba la situación de Pfizer con los requisitos de indemnidad que tenías hubieses aceptado también? 

—Como dirigente creo que sí. 

—¿Está bien lo de AstraZeneca y lo que estuvo mal es no haber aceptado las condiciones de indemnidad de Pfizer?

—Deberíamos haberlas aceptado. El beneficio final de tener vacunada a la población antes, hasta desde el punto de vista económico era favorable. Si hubiéramos podíamos acceder a mayor vacunación antes, hubiésemos podido liberar ciertas actividades económicas o volver a la escolarización en forma presencial. Cualquier esfuerzo del Gobierno en ese sentido es válido. Casi siempre en esas negociaciones hay ruido. En ese ruido juega el azar y determinadas cuestiones no se materializan.

—¿No haber aceptado las condiciones de indemnidad de Pfizer pudo beneficiar a AstraZeneca?

—No lo veo de esa manera. Son cosas totalmente diferentes. La decisión de AstraZeneca es contemporánea a lo de Pfizer. Lo de Pfizer siguió. Al final, de hecho, compraron la vacuna. El Gobierno seguía las tratativas. No veo que se hayan hecho las cosas para descartar a un competidor. El Gobierno jugó todas sus cartas y trató de adquirir las vacunas lo antes posible. Prácticamente compramos a todos los laboratorios: a China, a Rusia, a AstraZeneca, a Pfizer.

—Uruguay y Chile tuvieron las vacunas de Pfizer antes que Argentina.

—Chile recibió vacunas de Pfizer pero también de China.

—Sí, muchas.

—La participación de las Pfizer es mínima. Quizás Argentina termine comprando más vacunas de Pfizer que Chile. Pfizer tiene indicación específica para menores de 18 años. El Gobierno cuando tuvo que ver cómo vacunar a esas poblaciones con alto riesgo tomó la decisión de asumir el riesgo, de aceptar las condiciones que se le imponían y firmó un contrato con Pfizer, más allá de las cuestiones políticas.

Gerardo Vázquez, en la entrevista con Jorge Fontevecchia.
MÁS VACUNAS. “Si hubiéramos podido acceder a mayor vacunación antes, hubiésemos podido liberar ciertas actividades económicas o volver a la escolarización en forma presencial”. (Foto: Juan Obregón)

—¿No ves mala praxis?

—Es difícil opinar sobre el trabajo de otros. La pandemia trastoca las cuestiones. Hay urgencias, y un sistema de salud que manifiesta falencias.

—¿Aunque sean cantidades menores, se debería haber firmado antes con Pfizer?

—En el lugar del ministro hubiese firmado, sí.

—¿Aunque llegara solo un millón de vacunas y sea testimonial?

—Testimonial para el relato. Para los pacientes, para ese millón de personas o las 500 mil personas, porque son dos dosis, pacientes de riesgo, deja de serlo. Hubiese privilegiado articular los medios en la medida posible. Recordemos que hay una ley del Congreso que limitaba el poder de la administración. Hubiese tratado de generar los medios, como con ese decreto, para articular la compra. Me hubiera gustado que llegaran antes.

—¿Cuándo hubieran llegado las vacunas de haber pasado esto?

—Desconozco. Creo que diciembre. Nicolás Vaquer, el gerente general, cuando contestó en el Congreso planteó su propuesta.

—¿Nicolás trabajaba con vos cuando estabas en Pfizer?

—Fuimos compañeros. No creo que haya habido mala praxis. Según la información pública, Pfizer comienza el estudio clínico de la vacuna en la Argentina. Lo anunció a mediados del año pasado. Argentina tuvo una participación significativa en ese estudio. Los resultados de Argentina se utilizaron para la aprobación en otros países.

—¿Pfizer debería haber tenido con Argentina una actitud diferente por ese estudio? 

—Tuvo una actitud diferente. Ofreció las vacunas. Desconozco las condiciones de la negociación, es algo de otra empresa, pero creo que le ofreció al Gobierno la posibilidad de acceder a las vacunas. El Gobierno estimó no eran las que necesitaba. Todavía no estaba la aprobación para menores de 18 años. 

—Aunque no fuera para chicos, si hubiera sido un millón de vacunas más en un contexto de 20 millones de vacunas, es un 5%. Pero para esas personas hubiera sido muy importante.

—Había otros contratos al mismo tiempo que también garantizaban que llegaría un determinado número de vacunas. Hoy, haciendo una retrospectiva, no creo que haya habido mala praxis del Gobierno. Todo el mundo pedía vacunas. Uno compite contra el resto de los oferentes.

—Pero vos tuviste las dos perspectivas. Intento comprender la problemática de la fabricación de vacunas y de los laboratorios, más allá del caso específico.

—Buscar la soberanía sanitaria es la concepción que tenemos. Tenemos una industria nacional con 280 fábricas de elaboración de productos, exportamos casi 1.500 millones de dólares al exterior. Es una industria robusta. Si se hubiese solicitado la localización de la producción, y eso podría haber sido uno de los elementos de demora, estoy totalmente de acuerdo con el Gobierno. Lo que no debería haber jugado es demorar la compra. Podríamos haber dicho: “Compramos las primeras dosis y la transferencia de tecnología más tarde”. Es un modelo que se hizo en el pasado. Habría que entender bien cuáles son las posibilidades que se plantearon en ese momento.

—Podría haber mala praxis parcial.

—Sí. O desconocimiento de lo que pasa en la otra parte. En la transferencia de tecnología cualquier empresa tiene recursos limitados. Por eso es ella quien decide a qué país le puede transferir tecnología. AstraZeneca tomó la decisión de hacerlo a la Argentina porque consideró que acá se podía llevar adelante. Pero se debe contar con un equipo técnico con capacidad.

—¿Los chinos lo hicieron con el Butantan de Brasil? ¿O es más parecido a lo de Richmond, que fabrica con el componente que recibe?

—Creo que se fabrica con el componente. Lo de Richmond finalmente será fabricación local, pero es como empieza cualquier transferencia de tecnología. Va de lo más sencillo a lo más complejo. Primero, fraccionalo y envasalo. Después, formulalo y después, obtené a partir de determinado proceso productivo los antígenos o realizá el proceso de fermentación. Uno empieza desde lo más sencillo. Lo de los envases parece algo menor, pero dejás de transportar por aire. El hecho de envasarlo acá facilita. En vez de diez vuelos, con dos traés la cantidad necesaria para generar un montón de vacunación a nivel local. Se reducen costos de logística y los tiempos de distribución.

—En cualquier actividad hay bienes intermedios para la fabricación de los definitivos. ¿No hay que subestimar el envasado?

—Para nada.

—La mayoría de los diez principales laboratorios del país no es extranjera. En la mayoría de los países sucede lo inverso.

—Argentina está dentro de los veinte mercados farmacéuticos más importantes del mundo. Para ponerlo de alguna manera, estamos en el G20. Somos 17 o 18. No porque consumimos medicamentos de modo irresponsable, sino porque tenemos condiciones de accesibilidad en el sistema de salud diferenciales del resto de Latinoamérica. Los logros se explican porque tenemos un sistema de salud. La salud hoy no es prioridad en la agenda política.

—¿Argentina invierte más en salud pública que el resto de sus vecinos? 

—Lo hizo históricamente. El sector industrial argentino dedicado a la producción de medicamentos tiene más presencia porque Argentina garantiza accesibilidad a los medicamentos de modo diferencial. Lo hizo durante muchos años. Obviamente nuestros vecinos mejoraron su situación. Hoy el país con mejor ingreso per cápita en Latinoamérica es Chile, o Uruguay. Pero las condiciones de accesibilidad a la salud no tienen que ver con el promedio de Argentina. No fuimos capaces de generar mayor riqueza por habitante en los últimos treinta años. Pero la salud sigue siendo central al igual que la educación pública. No podíamos darnos el lujo de financiar la educación pública, pero tomamos la decisión política de hacerlo. Le dedicamos 6 puntos del PBI a la educación pública. Y también 11 puntos del PBI al cuidado de los argentinos. Hubiera sido ideal que el PBI creciera, porque son los mismos 11 puntos que treinta años atrás.

"No fuimos capaces de mejorar la riqueza por habitante, pero la salud y la educación siguen siendo centrales."

—¿Cómo serían los parámetros de los vecinos?

—Chile está en el 8% en cuanto a salud pública. Pero es un 8% de 20 mil dólares per cápita, aunque distribuido de una manera totalmente arbitraria.

—Invertimos un 40% más que ellos del producto bruto en salud.

—Relativamente, en términos del PBI. En Perú todavía es más bajo. No recuerdo los datos, pero estaban en el orden del 7%, quizás un poco más. Algunos llegaban al 10%. Uruguay está en nuestra línea en términos de la inversión.

REPORTAJE DE FONTEVECCHIA A EDGARDO VAZQUEZ 20210901

—¿Por qué incide la accesibilidad?

—Es la forma que tenemos nosotros de administrar la salud. La Argentina fue mucho más equitativa en la distribución de ese gasto.

—¿Más democrática? 

—Igualitaria. A pesar de las diferencias de CABA con el interior, se intentó brindar servicios para toda la población de manera bastante razonable. Comparado con países desarrollados hay diferencias. Pero recuerdo que alguna vez hablaba con un colega en Irlanda y para atenderse con un especialista en riñón tenía turno dentro de siete meses. Algo inaceptable aquí. En un hospital público hay un nivel de atención superador al de Irlanda, uno de los tigres de Europa en crecimiento. Por eso la salud no está en la agenda política. La sociedad no demanda mejores prestaciones de salud, a pesar de la pandemia. Tenemos accesibilidad a tratamientos innovadores que en Europa quizás no llegan a toda la población.

—Una de las particularidades argentinas son las obras sociales de los sindicatos. 

—Alemania en algún momento tuvo vinculada la prestación de salud a los sindicatos. El último que las conserva dentro de los países relevantes es Argentina.

—¿Era algo habitual y fue dejando de serlo?

—Existían otros casos. Teníamos al Estado como prestador central o el segmento privado. En el modelo americano, la salud es esencialmente privada. Tenés derecho a los servicios que podés pagar. Hay un modelo de seguro. Cuanto más  pagás, más posibilidades tenés. En un modelo más europeo la salud es un derecho universal. Todos tienen acceso prácticamente al sistema. Siempre hay una pequeña parte de la población que puede hacer algo distinto. Un país con inequidades como Argentina tiene un modelo equitativo, un país federal, con 24 provincias, con un ingreso per cápita muy distinto en la Ciudad de Buenos Aires que en Formosa. Los sindicatos, como son prestadores nacionales, lograron ecualizar el nivel de prestaciones. Fueron buenos administradores. El costo promedio de un paciente para el sistema de la seguridad social es mucho menor que el que tiene el sistema público. Fue más eficiente en la administración de los recursos y tiene mejor calidad el sistema de la seguridad social. Además, es solidario. Muy pocas personas pagan lo que usan en salud. Tenemos una segmentación bastante particular. Las personas cuando llegan a su edad jubilatoria pasan todas a PAMI y eso desbalancea la ecuación. En los primeros sesenta o setenta años de vida el gasto de salud es muy acotado. Todo se concentra en los últimos años de vida. Tenemos jubilados que cobran la mínima. Muchos son pobres. Cuando el PAMI toma la decisión de dar medicamentos gratis, les permite acceder a algo que de otra manera sería imposible.

"Se requieren miles de millones de dólares para desarrollar la vacuna."

—Argentina recibe inmigrantes desde hace cuarenta o cincuenta años de los países vecinos. Hoy muchos de ellos tienen un producto bruto per cápita igual que la Argentina. ¿La causa está en la salud y la educación pública?

—Lo resumiste muy bien. No hay nada que agregar. Se podría tomar el producto bruto per cápita dividiéndolo por la cantidad de población; pero también podría ajustarse por lo que se pueda hacer con ese producto bruto per cápita. En Chile la educación universitaria es principalmente privada; lo mismo en Colombia y Perú. Una persona que viene tiene la posibilidad de acceder a una formación universitaria con costo mínimo. Un segundo elemento es la salud. Hay tours de atención oncológica, gente que viene a atenderse, dada la calidad de nuestras prestaciones. Podemos discutir si es lógico o no, si deberíamos pagarlo, si puede haber límite a las erogaciones. Existe estrés financiero sobre el sistema de salud. Argentina tiene la misma cantidad de camas de hospitales por habitante que un país desarrollado. Lo mismo sucede con los médicos. Es un diferencial. El capital humano tiene un rol esencial en esto. Hay que cuidarlo y darle sustentabilidad. Llevar la discusión más al plano político sobre cuántos recursos dedicarle a salud y a educación. Cada vez viviremos más y hay que entender cómo vamos a hacerlo. Y comprender cómo vamos a financiar eso.

—¿No hay una justa percepción en la sociedad argentina del valor que tiene el tema de la salud pública?

—Hay percepción. Hicimos un estudio de base de la pirámide para entender qué le pasaba a una persona que necesitaba atenderse en una unidad de atención primaria o en un hospital. Lo hicimos en el Conurbano y una ciudad del interior. El primer momento era de frustración. Se tenía que levantar muy temprano para solicitar el número, esperar, pero una vez que estaba encauzado, se encontraba muy contento. Sobre todo, con la atención hospitalaria, no tanto de la unidad de atención primaria. En ambos casos estaban muy satisfechos. Nos sorprendió el resultado. Sobre todo, estaban muy satisfechos con la calidad humana de los médicos.

—Uno de los problemas de Argentina es económico: gasta más de lo que puede. Tenemos educación y salud pública de un país desarrollado y no la podemos pagar. No planteo no hacerlo. Pero la discusión de fondo es que hay una calidad de bienes y servicios de un nivel por arriba de la economía argentina. Quizás la discusión política debería ser al respecto. 

—Salud y educación son inversiones, no gasto. Cargarle al presupuesto de un año las erogaciones en esos dos conceptos es un enfoque demasiado ortodoxo. Debe mirarse en el largo plazo y qué hacemos con ese capital humano. Lo peor que podríamos hacer es ajustar en estos dos niveles para que cierren las cuentas. 

—Es lo que hicieron esos países que no tienen déficit. Se trata de ver no solamente el vaso medio vacío, sino el medio lleno. 

—Es una decisión política correcta. La discusión es qué otras cosas deberíamos dejar de hacer para poner más plata en educación y salud.

—Del producto bruto, el 70% del gasto público va a subsidios, jubilaciones. El planteo sería cómo crecer.

—La sociedad no está en condiciones de seguir generando excluidos. Es responsabilidad de la clase dirigente de la cual formo parte como empresario. Debemos buscar un modelo en el que todos tengamos la posibilidad de salir adelante. No es a costa de subsidios. Desperdiciamos una oportunidad. Nos endeudamos mucho en la administración anterior y no generamos una transformación. Se deberían haber usado recursos para aliviar al sector privado, el único que genera riqueza en el país. Potenciar sus posibilidades y que siga prestando servicios de calidad. Me hubiera gustado acelerar el sector privado para seguir incluyendo a aquellas personas que hace treinta años que quedan afuera. Es la magia que debe encontrar la dirigencia política: consensuar con el sector privado para dinamizar sectores que generen riqueza. Pensar un país en el que estemos todos.

— ¿El covid-19 es una suerte de bisagra en la historia de salud pública? 

—Es un acelerador de procesos. Sobre fines de los 90, la tecnología vino a cambiar muchas cosas. El genoma humano se termina de configurar hacia el 2001. A partir de ahí, hubo una explosión de desarrollos de productos farmacéuticos. Internet comienza a estar disponible para la totalidad de la población, incluso en el teléfono. El covid-19 dinamitó cuestiones del viejo estilo. En una semana hubo que hacer muchos cambios.

—La inversión en salud pública en el mundo creció. Países como Estados Unidos tienen cerca de 18%. Hace unos años tenía menos de 10%. ¿Se transformará en una tendencia en todo el mundo?

—Sí. El covid marcó la relevancia de lo que representa la salud. La sociedad le exigirá al político que le brinde servicios de calidad, que los hospitales cuenten con respiradores. Será una demanda presente. Nos dimos cuenta de lo importante de una infraestructura sanitaria presente y federal. Es una tendencia que existe a nivel global. La expectativa de vida de la población creció en los últimos años. Hay enfermedades que antes no existían y hoy se manifiestan. Vivimos más años. Hay enfermedades neurológicas que requieren de otro tipo de atención y cuidados. Hay acompañamientos terapéuticos a personas adultas que antes no existían en los países desarrollados. Lugares donde no hay hijos, en los que el concepto de familia es otro. Las personas mayores quedan solas y aparecieron servicios que antes no estaban. Esos servicios representan recursos que pondrá el Estado y también los privados, dependiendo del modelo. En la Argentina convive un sistema público con un sistema de seguridad social administrado por los sindicatos y un sistema privado. Requerimos articulación, pero claramente se necesitará dedicar más recursos. Hoy se demandan más vacunas. Es la preocupación de mis padres. Pero también se valora más el hecho de no poder ir al médico. Hay mayor valoración de la salud. Las nuevas generaciones entendieron que la salud es algo que les pega.

"El altísimo riesgo es algo innato en el negocio famacéutico."

—¿En países como Argentina, que hoy está en 11%, la inversión puede llegar a 18% y en Estados Unidos puede llegar a 25%?

—Podría llegar perfectamente. Hay que ver qué disrupción trae la tecnología. Tiende a reducir costos. Hay hospitales en China donde el diagnóstico por imágenes se hace en un celular. La placa es comparada con un banco de otros 2 millones y automáticamente te propone un posible diagnóstico sin necesidad de intervención. La tecnología será un facilitador de los procesos de salud. No sé si deberemos dedicar más recursos. Quizás con los mismos podamos tener un mejor sistema. El envejecimiento requerirá mayor inversión. Hay nuevas terapias, pero en la industria tecnológica continuamente hay actores pensando cómo hacer las cosas distintas. Cuando nací, no existía casi la ecografía o si existía era algo muy lejano. Hoy cualquier persona hace una tridimensional. Prácticamente se le ve la cara a un hijo antes de nacer. Tuvimos reducción de los costos y mejores tecnologías. Contaremos con información sobre nuestra salud prácticamente en línea. Entonces, el presupuesto de salud se utilizará de otra forma

—Para hacer profilaxis, por ejemplo.

—Las sociedades más educadas dedicarán más recursos a eso. Hoy un reloj mide tu presión. No falta nada para que mida cuáles son tus niveles de glucemia o mande información a un hospital ante un signo de accidente cerebrovascular. No es ciencia ficción. Está sucediendo y a costo accesible. Hoy tenemos más información genética sobre probabilidades de prevalencia de enfermedades. Aparecerán otros dilemas desde el punto de vista ético. En países donde esto es privado, las aseguradoras querrán cobrar diferenciales de precio si te cuidás más o te cuidás menos o si tenés prevalencias o no. La industria de la salud está preocupada por patologías que eran de abandono o de cuidados paliativos. Existen enfermedades muy poco frecuentes que afectan a dos, tres, cuatro ciudadanos cada 10 mil. Cada tanto, vemos colectas para un determinado paciente que no puede pagar su tratamiento porque es muy costoso. Ahora aparecen nuevas oportunidades

"El presupuesto total de investigación de la Argentina quizás sea menor al de Pfizer."

—Cuando viví en Brasil, el Country Manager, el número uno, el gerente general de Pfizer era argentino. Debe haber varios argentinos gerentes generales de Pfizer a lo largo del mundo. ¿Qué te decidió a vos a no seguir ese camino y pasar a una empresa argentina?

—Trabajé 23 años en una empresa multinacional. Llegó un momento en el que la opción era continuar mi carrera fuera del país. No quiero sonar altruista, pero deseo que le vaya bien a la Argentina más allá del color político que gobierna. Hay oportunidades. Tengo experiencia y conocimiento adquirido en 23 años de trabajar en una empresa global. Me parecía que lo podía trasladar a una empresa argentina y sumar lo mejor de ser argentino a aquellas cosas que aprendí. Hacerlo en una empresa que tiene presencia en veinte países y exporta a cincuenta. Les damos trabajo en la Argentina a 4.300 personas. Me permitía realizarme más acá que en otro país.

— ¿También hay optimismo sobre el futuro?

—No es optimismo. Uno tiene la obligación o el compromiso de hacer lo mejor donde está. 

—Tenés hijos. Si tuviste la posibilidad de vivir en el extranjero debés pensar que en el futuro la Argentina se emparejará.

—No me faltaron oportunidades para irme. No sé si nos emparejaremos. Irse a otro país quizás es cómodo, porque te vas bien, con buenos beneficios, pero no lo quería. Soy nieto de inmigrantes, al igual que mi mujer. Nuestros padres vivieron la emigración de modo bastante traumático. No me apasionaba repetir esa historia. Vivo bien en la Argentina, que me dio la posibilidad de desarrollo. Me eduqué acá. Si puedo contribuir a que estemos mejor, lo haré. Estoy contento. Dirigir Bagó no es menor.

—Pero podías dirigir Pfizer Francia, por ejemplo.

—No era lo que me apasionaba. Debe apasionarte lo que hacés. Desde mi experiencia en el área de salud, el área farmacéutica, siento que puedo aportar algo. Y puedo hacerlo.

 

 

“Es lógico que un empresario que corre riesgos pueda comercializar su producto; se trata de empresas, no de fundaciones”

 

—Bagó tiene un desarrollo junto con el laboratorio de Hugo Sigman. ¿Cómo es la relación societaria? 

—El grupo Bagó tiene larga tradición en salud animal. Teníamos San Jorge Bagó. Identificamos que valía la pena consolidarnos, tal como sucede con los jugadores globales. Nos vinculamos con otro grupo empresarial argentino donde está Sigman. Aunamos esfuerzos y creamos Biogénesis Bagó. Inauguramos la planta para producción de aftosa más grande del mundo en Arabia Saudita. La empresa es reservorio a nivel global de la vacuna antiaftosa. La aftosa era una de las enfermedades que circulaba libremente en la Argentina. Teníamos 50 millones de cabezas de ganado y una necesidad de vacunación anual. Había un mercado muy representativo y dependíamos de empresas globales para abastecernos de la vacuna. Con esfuerzo empresarial argentino más la tecnología, hoy contamos con la posibilidad de la vacuna, más allá de que hoy no hay circulación en el país. Esa tecnología hoy la podemos vender a otros países. Exportar o generar una planta en otro lado con el conocimiento que adquirimos.

—¿Hizo algo mal Sigman con AstraZeneca? 

—Todos los países debemos buscar la soberanía sanitaria. Las vacunas primero se dieron en los países desarrollados a sus propias poblaciones. Cualquier iniciativa de la administración pública para dotar de capacidades de manufactura es loable. Aquí tenemos empresarios argentinos invirtiendo en el país a riesgo. Esta empresa comenzó con la producción de la vacuna antes de contar con la autorización en Europa. Las autoridades europeas podrían haber dicho que no era todo lo eficiente o todo lo segura que debería ser. Si fuera así, toda la producción había que descartarla. Tenemos un empresario que con visión, ciencia y tecnología argentina asumió el riesgo y una empresa global que confió en él y decidió transferirle tecnología para que comience con la producción. 

—¿Por qué no se comprende? 

—La industria farmacéutica no habló mucho hasta la pandemia. La mayoría de la gente no entendía el desarrollo de un producto farmacéutico. La pandemia nos brindó la posibilidad de contar lo bueno que hacemos por la sociedad. Dos terceras partes del crecimiento en la expectativa de vida de la humanidad a partir de la finalización de la Segunda Guerra Mundial se deben a la industria farmacéutica a nivel global. Fuimos partícipes en extender sensiblemente la expectativa de vida de la humanidad. En la pandemia tuvimos que salir a contar las cosas que hacíamos. No hubo comprensión de cómo funciona la industria. Hay empresarios dispuestos a invertir, producir, generar capacidades productivas a riesgo, para después comercializarlo. Se trata de empresas, no de fundaciones. Falta explicar lo bien que hace la industria farmacéutica a la salud en general. Es una falencia que tenemos.

—¿Si hubieras debido tomar la decisión y contaras con una vacuna como la de AstraZeneca que aceptaba la transferencia tecnológica y la fabricación en la Argentina, hubieras aceptado?

—Seguramente.

 

 

“Gran parte de los subsidios del Conicet para investigación están vinculados a desarrollos de biotecnología”

 

 

—Brasil, con más de 200 millones de habitantes y la tradición de fabricación de vacunas en el Butantan, ¿quiso fabricar su propia vacuna porque Argentina tenía AstraZeneca?

—Argentina tiene capacidades diferenciales en la producción de productos biológicos, ya sea para el uso humano o para el uso en animales.

—¿Más que Brasil?

—Soy argentino y me siento muy a gusto con las capacidades argentinas.

—¿Cuál sería la singularidad de la capacidad para la fabricación de medicamentos?

—Tenemos una industria fármaco-química. Argentina sigue manteniendo la producción de principios activos en Latinoamérica. Bagó tiene una planta de producción de principios activos que Brasil no tiene tan desarrollados. Existe la capacidad de desarrollar acá la síntesis química de esos productos. En productos biológicos, desarrollamos sin apoyo significativo del Estado nuestra capacidad. Algunas empresas argentinas invirtieron a riesgo, lograron hacer síntesis de esos productos biológicos. Hoy los exportan. Tenemos la capacidad intelectual, desarrollamos un modelo financiero que nos permitió llevar adelante un programa de estudios clínicos para afirmar que un producto biológico es tan bueno como el original. A partir de ahí tenemos la facultad de abastecer el mercado argentino y de exportar. Brasil intentaba desarrollarlo con programas de participación público-privada. Uno de los vectores de desarrollo era la biotecnología. Decidieron invertir miles de millones de dólares para poner a la industria farmacéutica brasileña en un nivel en el que ya está la argentina.

—¿A qué obedece esa característica de la industria argentina que no se desarrolló en otros aspectos?

—Hay factor humano. Hubo empresarios que entendieron el juego. Apostaron fuerte en los últimos veinticinco o treinta años en el cumplimiento del marco regulatorio, en inversiones en manufactura. Comprendieron el futuro de la industria. Nos posicionó como industria diferencial en un país en el que no creció su PBI per cápita en los últimos treinta años.

—Debe haber causas estructurales, también. Somos el país que tiene entre sus premios Nobel a César Milstein o Luis Leloir.

—Está la capacidad intelectual de producir. Es algo que también tienen China e India. 

—Pero ambos tienen más de 1.300 millones de habitantes.

—Y mercados. Argentina lo logró a pesar de una localización geopolítica desfavorable.

—Como dijo el Papa, estamos en el fin del mundo. En el hemisferio sur, cuyo 70% es agua.

—Contribuye tener la educación pública. El 60% de los subsidios para investigación del Conicet están o estuvieron vinculados a biotecnología. Nosotros tenemos capacidad de investigación básica, de ciencia básica. Lo que nos falta es trasladar esa ciencia básica a una industria local. 

—¿Incide la cuestión financiera?

—La cuestión financiera, la escala, la falta de previsibilidad de la Argentina, las dificultades macroeconómicas. Pero hoy el Grupo Bagó tiene presencia en cincuenta países. Exportamos a Europa, como otros grupos que también lo hacen. Exportamos a Vietnam, a Sri Lanka, entre otros.

 

Producción: Pablo Helman y Debora Waizbrot.