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El regreso de las conspiraciones

Cuando segundas intenciones se atribuyen a todos los adversarios, las tesis conspirativas van perdiendo eficacia y se vuelven como un bumerang.

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A mediados del siglo XIV (cerca de 1350), Europa se vio asolada por una epidemia de peste bubónica que acabó con un tercio de su población. Aunque el papa Clemente VI consideró que la peste era consecuencia de una acción divina, la población se dejó ganar por otra explicación: la plaga era el perverso resultado de una siniestra conspiración de los judíos que buscaban envenenar a la cristiandad. Desde los tiempos en que Nerón atribuyó a los cristianos el incendio de Roma, la humanidad se ha sentido notablemente atraída por explicaciones causales que responsabilizaban de diferentes catástrofes a brujas, judíos, masones o marxistas. En los tiempos modernos, enmascaradas bajo otros pretextos, las explicaciones conspirativas siguen ganando la mente de cultivados seres humanos.

No fue esta la única muestra de persecución de esta minoría étnica a la que se le atribuía el deseo de dominar al resto de la humanidad. En el siglo XII, por ejemplo, tomó fuerza la acusación de que los judíos habían cometido el asesinato ritual de un niño cristiano. El ejemplo más trágico de teoría conspirativa ha sido, sin duda, el que tuvo lugar durante el Tercer Reich y acabó con millones de judíos en las cámaras de gas. Hitler consideró que los judíos eran una suerte de virus, de manera que la única manera de recuperar la salud era eliminándolos.

La sociología ha intentado encontrar una explicación a la extraña fascinación que desde siempre han ejercido las teorías conspirativas. Una de estas explicaciones atribuye la proliferación de teorías conspirativas al hecho de que sirven para tranquilizar a los seres humanos al proporcionar un sentido de control sobre algunos acontecimientos extraordinarios. Frente a fenómenos catastróficos, en principio inevitables, la atribución a maquinaciones de ciertas personas, provoca una sensación de confianza en que podrán ser objeto de neutralización, para lo que bastaría con reducir a sus presuntos autores.

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En los tiempos modernos, las teorías conspirativas han sido un rasgo característico de los movimientos o partidos populistas. En estos movimientos existe una constante apelación al "pueblo", pero no basta con ello y se necesita hacerlo en oposición a algo o alguien, para así potenciar esa diferencia. Como señala Flavia Freidenberg, "el populista necesita polarizar los posicionamientos de cara a diferenciar unos de otros y fundamentar su retórica en el enfrentamiento moral y ético entre el pueblo y la oligarquía, haciendo una guerra discursiva entre el bien y el mal. En este sentido, todo buen discurso populista tendrá un fuerte contenido maniqueo, autoafirmativo y halagador hacia dentro del grupo".

Las personas que están imbuidas de un sentimiento pseudo religioso de cruzada o misión -característico del nacionalismo, por ejemplo-, consiguen una fuerte homogeneidad interna buscando fuera del grupo (la sinarquía internacional, las multinacionales, la oligarquía, etc.) a los responsables de los problemas nacionales. Esta reducción casi infantil de los complejos problemas que traban el desarrollo de las sociedades, no sólo se utilizan y exhiben como modo de galvanizar a los partidarios. En ocasiones sirve también para ocultar o disimular los problemas generados por los propios errores, al atribuir los malos resultados al accionar de actores maliciosos.

No existe ningún movimiento populista en Latinoamérica, que no haya buscado distraer la atención de sus partidarios, imputando los problemas generados por una gestión incompetente, a los "yanquis" u otros actores perversos. Los últimos ejemplos, en estos días, los tenemos en las acusaciones de Hugo Chávez en Venezuela, denunciando la preparación de una supuesta ofensiva aérea norteamericana desde la isla de Aruba para disimular los efectos de una brutal devaluación.

Por su parte, Rafael Correa en Ecuador, acaba de acusar a sus adversarios políticos de programar acciones de violencia contra su integridad física. Cabe añadir también que los gobiernos populistas, basados en propuestas programáticas e ideológicas ambiguas, muchas veces consiguen la homogeneidad premiando con puestos públicos -o brindando compensaciones de similar factura- a los intelectuales y militantes que muestran su adhesión a la causa. Estas personas contemplan luego, con temor rayano en la paranoia, la posibilidad de ser desplazados intempestivamente de sus posiciones de privilegio. De modo que tienen una enorme predisposición psicológica a juzgar como "destituyentes" a los movimientos de las fuerzas políticas rivales. En Argentina, como es notorio, las acusaciones conspirativas están a la orden del día.

El problema que presenta esta atribución causal es que en la medida que aumenta la utilización retórica, disminuye su impacto emocional. Cuando segundas intenciones se atribuyen a todos los adversarios políticos y la gente escucha por doquier que astutos conspiradores se mueven en la sombra, las tesis conspirativas van perdiendo eficacia y se vuelven como un bumerang contra sus propios autores. Cunde una sensación de hastío, cansancio y marcado aburrimiento, como pasa con esos gastados anuncios televisivos que señalan por enésima vez las dudosas virtudes de un producto estrella.

 

(*) Agencia DYN