viernes 07 de octubre de 2022
TURISMO Turismo En el Aire / Vail

¿Qué tiene que tener un destino de esquí?

A dos horas de Denver, un destino de nieve tiene personalidad europea y muchas actividades de montaña. Ofrece cenas a 3.200 metros de altura, bares para cubrirse con piel de animales y descuentos especiales.

Vail es chiquita, primorosa y mide apenas 12 kilómetros cuadrados. Está a dos horas de Denver, y aunque no tenga lagos y sólo un río le pase por el costado, es una villa alpina sobre las Montañas Rocosas, con los encantos del Viejo Mundo y los servicios del Primero.

Vail nació como centro de ski en 1962, gracias al despecho de un ex marine que se quedó fuera de combate, por una herida de guerra. El hombre, que esquiaba muy bien, vino a caer acá y se quedó. Con contactos y buenos inversores, el resto de la villa se fue levantando en apenas 4 años. Por supuesto, aunque en todo Colorado existen actividades de verano, el esquí sigue siendo la razón de ser de Vail y otras villas de montaña del Oeste americano. En Vail existen muchos tipos de pases para acceder al complejo de esquí y hay que fijarse las promociones porque suelen ofrecer descuentos. El Epic Day pass es para usar en el día y cuesta 106 dólares, pero hay otras combinaciones de 4 días, semanales e incluso paquetes de temporada que incluyen el acceso a otras pistas de Estados Unidos, Canadá, Australia y varios centros asociados en Europa y Japón.

 

 

Acá, estamos en medio del Parque Nacional Río Blanco y toda la vida urbana se organiza en torno a tres pueblitos: Golden Peak, Lionshead y Vail Village, que son como Praga, Innsbruck y Salzburgo, unidos entre sí por una calle que va cambiando de nombre, por la que va y viene un bus público gratuito. Casi todos los hoteles están apenas a dos metros de donde termina alguna pista de esquí y estoy segura de que, mientras desayuna, no dejará de preguntarse si todos los esquiadores que ve bajar en picada saben cómo frenar antes de terminar sentados a su mesa. ¡Y lugar es lo que menos les falta! Todo Vail tiene 22 kilómetros cuadrados de terreno esquiable, con 31 sillas de elevación, dos góndolas, 193 pistas verdes, azules, negras y dobles negras.
Muchos argentinos vienen a Vail a aprender esquí –o enseñarlo- sobre terrenos blancos que parecen una manta espumosa de angora. Nadie se va de aquí con sabor a poco. Al contrario, porque además hay toboganes de nieve, snowboard, montaña rusa por el bosque, esquí cross country, y snowtubing (como llaman en la industria del turismo a tirarse cuesta abajo sobre la cámara bien inflada de un camión). Si el esquí sólo le gusta para verlo desde la ventana, igual agende Vail para la próxima temporada de invierno al norte del continente, porque le encantará la cadencia de los patinadores sobre hielo en la plaza de Lionshead, mientras usted almuerza y escucha las chispas de los leños encendidos en Tavern. También podrá practicar pesca con mosca, visitar un museo de esquí y una destilería de whisky. Muchos locales a la intemperie ofrecen pieles naturales para echárselas encima como esquimales. Hay 300 días de sol al año que se despiden chocando botellas de cerveza en Garfinkel’s, Vendetta´s o Frost. Y si se anima a cenar en Game Creek Club, a 3.200 metros de altura, pagará en promedio 3000 pesos el cubierto por una aventura en un chalet austríaco: subirá en góndola nocturna envuelto en mantas, hará trasbordo en una oruga de nieve y por algunos metros más seguirá hundiendo los pies sobre una tupida alfombra blanca, hasta llegar.
¿Y ya está todo? ¡No, ni lo piense! Porque si le gustó la nieve en polvo en Vail, hágase una escapada a Breckenridge y Beaver Creek y verá con sus propios ojos lo que son las pistas de ensueño. O hágase a la ruta, rumbo a Denver y visite el anfiteatro Red Rocks, Frisco y algún pueblo fantasma del oeste. Y sólo después, pero sólo después regrese para contarlo.

Desde la Redacción de Diario Perfil, para Radio Perfil

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