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A 120 años de la Conferencia Panamericana de 1889

Allí, el Secretario de Estado James Gillespie Blaine propuso la creación de una Unión Aduanera Panamericana. No preveía una disputa política.

13-10-2026 | 12:58

El 2 de octubre de 1889 dio comienzo la Conferencia Panamericana en la cual el Secretario deEstado James Gillespie Blaine propuso la creación de una Unión Aduanera Panamericana. Nopreveía una disputa política, como sí en cambio alentaba José Martí, corresponsal de La Nación,propulsando una coalición liderada por Argentina, “el Guardián de la América Latina”.Dice Harold F. Peterson que “los dos países que con mayor persistencia habían rehuidoparticipar en conferencias interamericanas aceptaron finalmente enviar sus representantes. Lapolítica nacional que cada uno había proyectado y defendido durante tres cuartos de siglo, iba aser debatida ahora en un foro abierto. Desde la sesión inaugural hasta la votación final lainiciativa norteamericana y la agresividad argentina redujeron las sesiones de la conferencia a unduelo entre dos resueltos antagonistas”. Ambos contendores diferían también en la calidad desus representantes. Buenos Aires había enviado a dos brillantes oradores y hábiles parlamentarios.Washington sólo a un ex-senador. Sus otros representantes eran empresarios. La expectativanorteamericana no engarzaba con el espíritu de confrontación de la delegación argentina. El EveningPost afirmaba que “a las compañías de vapores que ayudaron a ponerlo donde está, es a quienesquiere contentar Blaine”. El Times agregaba “por cuanto se ve, va a parar este Congresoen una gran casa de subvenciones para vapores”. El New York Herald titulaba: “Magníficoanuncio para Blaine.” Martí en La Nación transcribía la franqueza del Sun: “Compramos aAlaska ¡sépase de una vez! para notificar al mundo que es nuestra determinación formar una Unión detodo el norte del continente con la bandera de las estrellas flotando desde los hielos hasta elistmo, y de océano a océano”.

Argentina en cambio suponía que el futuro propiciaría una competencia entre iguales, en cuyotranscurrir nuestro país superaría a EEUU por el decurso natural de las cosas. Era el corazón de ladisputa, aunque el desacuerdo formal radicara sobre la unión aduanera, y los tratados dereciprocidad comercial. Sáenz Peña sostuvo que “las repúblicas hispanoamericanas viven de susproductos y de sus materias y necesitan de todos los mercados del mundo para el desarrollo yprogreso comercial de sus respectivos pueblos”… “América se inclina a mantener ydesarrollar las relaciones con todos los estados y la doctrina debe ser: América para lahumanidad”...“Intentar garantizar el libre comercio a través de mercados nointercambiables o no complementarios sería una lujuria utópica y una ilustración deesterilidad”.

Alcanzada la organización nacional, la política exterior fue desafiante hacia EEUU. Ese desafíose reveló a largo plazo contrario a nuestros intereses, por no haber asumido el rol de líderlatinoamericano. Entre 1890-1900; y 1900 a 1914, la economía vivió una supuesta grandeza que ocultósu vulnerabilidad estructural. Resistió la crisis Baring, y las exportaciones de granos seexpandieron a un ritmo sin precedentes. La mira de EEUU era el comercio hemisférico; el interésargentino no. Sáenz Peña atacó la política proteccionista, y acusó a Blaine de procurar convertiren vasallos económicos a estados soberanos. Joseph A. Tulchin narra que “desconcertados porla agresividad y la constancia de los ataques argentinos, los delegados norteamericanos seretiraron y se contentaron con someter la mayoría de sus propuestas a un estudio más profundo porparte de comités permanentes y asegurar la aceptación de la idea de mantener en el futuro unasegunda conferencia panamericana en Ciudad de México”. Describe así nuestra posición:“Estos principios o supuestos implicaban que el bienestar argentino requería de relacionesfluidas y abiertas con las naciones de Europa, que representaban el mercado principal para susexportaciones; que la Argentina no tenía ni necesitaba particularmente de relaciones estrechas conel resto de América latina y que era de alguna vaga manera superior a aquellos países, y que losEEUU representaban un competidor. Era un competidor cuyas habilidades materiales no podían negarsey que podrían hasta ser dignas de emulación pero, de alguna manera, no merecía respeto”. Añosdespués Sáenz Peña reflexionaba en una carta a Adolfo Saldías: “ sin pretender enajenarnos deAmérica, mis preferencias son hacia Europa en el sentido de nuestra cordialidad hacia las grandespotencias del Viejo Mundo”. Sáenz Peña tenía la convicción que nuestro futuro estabaasegurado, a prueba de despilfarros. Lo exteriorizó tanto desde el Club del Progreso, como cuandoejerciera la presidencia de la nación. “Para sumarse a la fiebre de lujo y derroche de lasociedad en plena efervescencia, la Comisión autoriza la venta en remate del antiguo mobiliario delClub y la compra de uno nuevo. En un alarde de europeización, y adelantándose a lo que años despuéshará Sáenz Peña en la Casa de Gobierno, lo pobres porteros del Club son disfrazados con trajes LuisXVI” (Lucía Gálvez dixit).

Argentina hubiera podido liderar sin riesgos un frente común de negociación. EEUU carecía deinterés para imponer un proyecto imperial. Había utilizado la guerra como instrumento de anexión ensus vecindades, pero hasta allí llegaba la vocación de su ejército. Hoy son otras lascircunstancias, pero similar el reto. Argentina debe apuntalar al nuevo guía–Brasil- paraconcretar una organización económica alternativa. Dar al MERCOSUR y a la UNASUR una finalidadcomún. Aún son, para Roberto Mangabeira Unger, cuerpos sin espíritu integrados por “paísesque se portan demasiado bien y se han rendido”, y “rebeldes que abrevan en el pantanode la confusión”.

(*) Decano de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales (UMSA). Ex vocero de RaúlAlfonsín.

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