Cuando el kirchnerismo promocionó la difusión de la lista del personal militar y civil que formóparte del temible Batallón de Inteligencia 601 del Ejército entre 1976 y 1983, no imaginó que iba adesatar una subterránea guerra interna entre la “comunidad de espías”. Los dañoscolaterales ya golpean la puerta de los topos que actúan bajo el mandato del propio Gobierno.
La divulgación de nombres, la artillería de “carpetazos”, y hasta amenazas demuerte, son parte de los ingredientes de una olla a presión que está en pleno proceso deebullición. Ese contraataque podría llegar a involucrar a políticos y gremialistas vinculados alGobierno. Algunos ex hombres del 601 comenzaron a difundir que la lista que se entregó fuepreviamente “lavada”.
Una de las primeras muestras de la batalla que libran los espías se reflejó cuandomisteriosamente se dio a conocer el pasado del licenciado Carlos Aguilar, actual director Nacionalde Inteligencia Estratégica Militar y ex personal civil de inteligencia (PCI) de la Fuerza Aérea.El presidente de la Comisión de Familiares caídos en Malvinas, Héctor Cisneros, un hombre vinculadoal kirchnerismo y que posaba para ser fotografiado junto a la presidenta Cristina Fernández deKirchner, también formó parte del Batallón 601. Estos dos casos habrían sido parte de las esquirlasindeseadas.
Después de que la revista Veintitrés diera a conocer el listado (¿completo?) de los 4.300agentes del Batallón 601, la ministra de Defensa, Nilda Garré recibió cientos de amenazas que no sedieron a conocer. La segunda personas que más intimidaciones recibió fue el actual jefe deInteligencia de Ejército, el general Cesar Milani.
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