El 4 de octubre de 1995, Abel Posse escribió un editorial en el que criticaba a "nuestra alegrepatria locutora". Dos días después, el periodista José "Pepe" Eliaschev leyó el siguiente texto alaire en su programa de Radio del Plata, a modo de respuesta.
El ciudadano argentino Abel Posse es un empleado público. Usted que me está escuchando, yo queestoy hablando, el operador que nos permite estar en el aire, todos aquellos que de alguna u otramanera –pasiva o activamente- estamos asistiendo a un segundo de nuestra actualidad cotidianasomos de alguna manera -aunque sea modo infinitesimal- pagadores del sueldo del empleado públicoAbel Posse.
Pero Abel Posse no es cualquier empleado público. Es un empleado público que en la actualidadrepresenta a la República Argentina ante la República Checa, una hermosa y vital nación del centrode Europa, cuya capital es una de las ciudades más encantadoras, más fascinantes y más cautivantesde las que uno pueda tener memoria: la ciudad de Praga.
Sin advertir que es empleado público de la Nación, días atrás Abel Posse ensayó unnuevo, y esta vez increíblemente desbordado y extremista ataque contra la radiodifusión argentina.
Si nadie alza la palabra, alguien tiene que hacerlo. Si nadie se siente agredido ovilipendiado, alguien tiene que aclararle al empleado público Abel Posse -de profesión diplomáticode la Nación Argentina y de hobby escritor- que las cosas no son prácticamente de ningún modo comoél las pinta en una columna titulada “Nuestra alegre patria locutora”, que publicarahace pocas horas el matutino La Nación.
El ciudadano Abel Posse, embajador argentino en la República Checa, es por de prontodespectivo. Para él, quienes trabajan en la radio argentina son, por definición, una suerte deanalfabetos funcionales, él lo dice inclusive de manera explícita, que desde el punto de vista denuestra formación cultural, sencillamente quienes están en la radio son seres humanos que subrayandiarios, y que del subrayado de los diarios extraen su material para la actividad cotidiana.
Lo que Abel Posse no dice -porque quizá no lo sabe, vive muy lejos en una ciudad hermosa yvive cobrando un sueldo de la Nación Argentina- es que también pasa la situación inversa: la patriade los diarios, a menudo vive de las notas que hacemos en radio los periodistas de radio; a menudo,las columnas de los diarios no tendrían con que llenarse si no fuera por todo aquellos que acontecey que sucede y se transmite a través de la radio; paradójicamente el más democrático de los medios,el más universal, el más abierto, aquel que ataca con mayor encono el ciudadano argentino AbelPosse.
Es despectivo, según él quienes estamos en radio somos bachilleres todos nosotros,información universitaria. Pero además de despectivo, Abel Posse es ignorante. Le pide a la gentede la radio en Buenos Aires que en lugar de hablar de la actualidad, le contemos a los oyentes comose puso el sol sobre el Río de la Plata. Qué mas quisiéramos, embajador Abel Posse, que las radiosde las que dependemos tuvieran sus estudios con ventanas enormes dando al Río de la Plata. ¿Cómocontar la puesta del sol en el Río de la Plata desde los recovecos -a menudo indignos de larespiración- en donde se hace gran parte de la radiodifusión argentina?
Pero no solamente Abel Posse es despectivo, no solamente es ignorante, su verba –y acáes peligroso lo que digo, pero más que peligroso lo que digo es peligroso lo que él hace. Es laverba de un ciudadano que representa a la nación Argentina, porque Abel Posse no se priva de unaserie de comentarios étnicos-raciales que aún no le dan vergüenza. Porque Abel Posse sostiene queestamos a la altura de Miami y, sin exagerar, de la cadena Caracol o de Radio Reló -escribe Relojsin jota, se refiere a Radio Reloj, la emblemática radio cubana que a lo largo de toda la historiade la radiodifusión del Caribe fue precisamente paradigma de periodismo libre y de periodismopuntual: “en esta materia- dice Posse- logramos un nivel realmente caribeño”, o sea lavieja pretensión de argentino venido a menos, de pensar que el Caribe está por debajo de nosotros yque cuando hacemos cosas que a él le molestan estamos en un nivel caribeño.
No solamente es despectivo, no solamente es ignorante, no solamente se priva de comentariosétnicos-raciales, el embajador Abel Posse es, además, obsoleto, pretendiendo caracterizar alperiodismo deportivo argentino todo el, como un todo, alude a José María Muñoz –ignorando queel quizá pobre José María haya muerto, pero sobre todas las cosas ignorando que hay hombres quepodrían darle desde el periodismo deportivo lecciones de música clásica y de teatro al ciudadanoAbel Posse.
Pero no es esto todo. Abel Posse es un descalificador sistemático: según él “siemprehabrá, en Jaipur o en Liverpool, un argentino con facilidad de palabra que nos describirá larepercusión local y los pormenores del caso”. Posse es un argentino típico en la definiciónde Posse.
He aquí a un embajador de la República Argentina, que desde Praga no nos habla de la ciudadde Kafka, no nos cuenta la última pieza filosófica o literaria del presidente checo Vaclav Havel,no nos dice en qué anda Milan Kundera y qué pasa con la obra de Kundera, no nos cuenta algo nuevosobre la obra de Bohumil Hrabal, no nos relata las repercusiones o las consecuencias o los debatessobre la novela de Hrabal “Yo no serví al Rey de Inglaterra”, no lo hace.
Desde Praga, el empleado público Abel Posse, financiado por el contribuyente argentino, laemprende contra la radio: el más abierto, el más democrático, el más transparente de los mediosperiodísticos de una democracia argentina con la que uno tiene derecho a preguntarse: ¿colaborómucho Posse? Porque además hay un rasgo de cinismo, verdaderamente notable, en esta desafortunadapieza de Abel Posse: “Quién se resiste -se pregunta Posse desde Praga- a ser llamado antemiles de somnolientos connacionales por los alegres bachilleres del éter”.
“¿Cómo negarse –dice-, a una más o menos justa improvisación? Sin embargo, nosiempre es fácil. Hay gremios duros de boca como los eclesiásticos, los jueces, los diplomáticos,los científicos”. No es el caso de Posse. Posse no es duro de boca. Posse como diplomático esalguien que tiene la boca siempre abierta. Se queja con cinismo de que el espacio radial es hoynuestra modesta y única ágora para la vida política argentina, pero no le recuerda a sus lectoresAbel Posse que el fue embajador de una dictadura militar. Afirma: “supieron robar alParlamento que, después de las dictaduras –a una de las cuales Posse sirvió- quedó sumergidoen un aura de gris mediocridad. No se repuso nunca”.
No se repuso nunca, conciudadano Posse, porque el Parlamento argentino fue destruido por unadictadura militar a la que usted sirvió como embajador de la República sin que ningún Senadoaprobara su designación. Si esto no es una actitud cínica, a qué podemos llamar cinismo. A quépodemos sino llamar un perfil de perfecta ignorancia y de un autoritarismo verdaderamentealarmante.
Según Abel Posse, en las radios –quienes hacemos radio- vendemos corrupción ydesconfianza, pero en donde verdaderamente su prosa se torna infame es cuando afirma que los“cachets – o sea los ingresos, los salarios de quienes hacemos radio- son enormes,dignos de estrellas del music hall. Ganan más que todos los ministros y el presidentejuntos”.
Ojalá fuera cierto embajador Posse. Pero si fuera cierto, si ganáramos lo que usteddice que ganamos -que no lo ganamos- y si cobráramos puntualmente –que no lo cobramos- seríandineros privados. Su sueldo se lo pagamos nosotros embajador Abel Posse, los contribuyentes de laNación.
Él pide que nos encarguemos de la creación, de la cultura, de la reflexión, de la crisis delos valores… ¿Lo hace él como diplomático? ¿Utiliza su tranquilísimo puesto en Praga y laslargas horas de ocio, que le depara a un diplomático literato, la posibilidad de pensar y escribirpara iluminar a los argentinos con los destellos de la cultura del centro de Europa? No,curiosamente desde Praga Abel Posse se imagina como es la radio argentina, tiene tiempo paradescalificar, a tirios y a troyanos, a hombres y a mujeres, a locutores y a periodistas.“Somos todos ignorantes, somos todos bachilleres, somos todos de nivel caribeño”, dicela gravísima pieza de increíble trascendencia -por todo lo que presupone, más allá de todo lo quedice- del embajador argentino Abel Posse.
Sostiene que “no estamos” a la altura de nuestra función y que el país, laRepública Argentina, a cuyo gobierno el sirve como embajador “está amenazado dedisolución”. Es probable y es posible que mucha gente que está en radio no esté a la alturade su función. Que no tenga ninguna duda el embajador Posse, que él tampoco está a la altura de lasuya. Porque si la Nación estuviera amenazada de disolución, estamos esperando la actitud decontrición que esperamos, estamos esperando la actitud de arrepentimiento que aguardamos de alguienque parece pretender que hemos olvidado que no era tan locuaz cuando pertenecía a los rangosdiplomáticos de la dictadura militar.
Este editorial alguien tenía que decirlo en la radio argentina.




