Política

Archivo: La crítica de Abel Posse a "la patria locutora"

13-10-2026 | 13:53

Nuestra alegre patria locutora

Es un ronroneo que empieza al amanecer y se desliza de balcón en balcón. Se filtra de casaen casa. Hay gente que ya despierta sintonizada y pasa del sueño al cotidiano desayuno deinquietud.

El ronroneo lo va despertando como aquel delicado cuarteto de cuerdas que sacaba a laPompadour de sus espesos sueños de boudoir. El ronroneo se afirma a partir de las 7 se vatransformando en una especie de zumbido generalizado, de avispero enfurecido. Es la patrialocutora.

En realidad son heraldos de los heraldos periodísticos, porque desde un par de horas antesdel amanecer han estado subrayando el laborioso y silente producto de diarios y agencias de prensa.Con ocho o nueve diarios y un buen lápiz colorado se las arreglan. Lo que ellos ponen esa arte,voz, personalidad y, sobre todo, énfasis para la tragedia. Es un criptoperiodismo radial, vocal,telefónico, donde se necesita más llaneza de bachillerato que complejidades de universidad.

La patria locutora nos conduce hacia la irresistible fascinación de la catástrofe, delpeligro, de la tragedia. Rara vez se detiene a comentar los bancos de mariposas que septiembre traecon la primera tibieza; ni se detienen a comentar la extraordinaria gama de colores de la puestadel sol de ayer sobre el Río de la Plata. Ellos están comprometidos con el drama, el dolor y lainexorable degradación moral y vital de los argentinos. En esto son intransigentes, hay quereconocerlo. A veces, cuando la Argentina está floja de drama y el ministro no se pelea o cuando noha sido violado algún gobernador con artilugios y venganza fálica o cuando la nena está por fin enla tenencia del papá, la patria locutora tiene que prepararse a costosas llamadas internacionales yoptar entre el desacarrilamiento de Jaipur que causó ciento setenta y seis muertos, o por alarmantecaso del chico que violó a su hermanita de cinco años detrás de una góndola (no de Venecia sino deun supermercado de Liveropool).

Siempre habrá, en Jaipur o en Liverpool, un argentino con facilidad de palabra que nosdescribirá la repercusión local y los pormenores del caso.

Más bien callados

Es de observar que los pueblos que vivieron grandes dramas históricos, verdaderas aventurasde sangre, sudor y lágrimas, son más bien callados. Uno en Alemania, Japón, Inglaterra o Franciavive mañanas de verdadero opio. Da pena que teniendo tanto no lo sepan explotar. Allí no se puedeni imaginar que un ministro, después del bostezo y antes de la primera medialuna, tenga queimprovisar su posición ante la caída de las tasas de interés en Tokio o sobre las últimas andanzaspetroleras o piscatorias de los ocupantes de parte de nuestro territorio. A nadie se le ocurriríaallá escuchar a un terceto de altos funcionarios peleándose al amanecer por los sutiles vericuetosde las ondas hertzianas. Sin jactancia nacionalista, hay que decir que en esta materia logramos unnivel realmente caribeño. Estamos a la altura de Miami y, sin exagerar, de la Cadena Caracol o deRadio Reló. En una ocasión un nostálgico diplomático europeo que dejaba ya su puesto en BuenosAires me lo reconoció con todas las palabras: \"¡Qué divertida es la Argentina, hay que ver el jugoque ustedes saben sacarle a las cosas que les pasan, sobre todo cuando no les pasa nada!\".

Es verdad que los hombres de la patria locutora saben destacar el sentimiento tráfico de lavida, el tiene una innata capacidad unamuniana. Sabemos dramatizar desde un gol de River en la vozde José Maria Muñoz (Werner Herzog incluyó esa muestra del infinito oral en una películasobre los primitivos de Australia), hasta un alzamiento de empleados públicos en Salta. Salenairosos de todas las pruebas y en la masa auditiva de sonido y furia saben deslizar en el oído desu público la debida gota diaria de tragedia y desesperación.

En homenaje a los hombres y mujeres de la patria locutora hay que reconocerles que hansabido ganarse la dostoievskiana complicidad de la gente. El espacio radial es hoy nuestra modestay única ágora para la vida política argentina. Se la supieron robar al Parlamento que, después delas dictaduras, quedó sumergido en un aura de gris mediocridad. No se repuso nunca. Se diga lo quese quiera, la Argentina es un país radial, hasta la televisión parece un apéndice de la radio en loque hace a noticias y dramatización.

¿Quién se resiste a ser llamado ante miles de somnolientos connacionales por los alegresbachilleres del éter? ¿Cómo negarse a una más o menos justa improvisación? Sin embargo, no siemprees fácil. Hay gremios duros de boca como los eclesiásticos, los jueces, los diplomáticos, loscientíficos. Por un locuaz hay cien retraídos. La generosidad oral se encuentra del lado de lospolíticos y funcionarios. Tienen que hacer carrera, hacer imagen. Están siempre dispuestos y haymás de uno al que la mujer le prepara un vaso de agua sobre la mesa de luz para que pueda aclararsela voz en el amanecer telefónico.

La patria locutora crece, se sabe poderosa y empieza a buscarse un destino mayor por el ladode la ética. Obligan a la transparencia (en general de las cuentas y conductas de los otros). Pocoa poco se van configurando como una voluntariosa fiscalía oral de la Nación. Una especie deintuitivo y olfateante FBI del éter. Claro que corren con el riesgo de venalizarse ellos mismos conel rating que les deja la cotidiana venta de corrupción y desconfianza. Sabemos que sus cachets sonenormes, dignos de estrellas del music hall. Ganan más que todos los ministros y el presidentejuntos. Claro que sólo algunos, los que ya empiezan a padecer del síndrome de Berlusconi y empiezana preguntarse ¿por qué no yo?, enceguecidos por la importancia que los mismos políticos lesotorgan.

La patria locutora crece, se sabe poderosa y empieza a buscarse un destino mayor por el ladode la ética. Obligan a la transparencia (en general de las cuentas y conductas de los otros).

Como en tantos otros campos de la vida argentina, el poder no va unido ni a la imaginaciónni a la pasión del bien. Salvo contadas y muy loables excepciones, los hombres de la patrialocutora no advierten la oportunidad que tendrían para suscitar lo creativo, la postergada cultura,la reflexión creadora y serena en este momento de crisis de valores. Sin una dimensión didáctica,rectora, superior, no son más que instrumentos de histeria, de desasosiego. De sólo ver el albañalterminan por confundirlo con la realidad. El instrumento los supera: son como bebes que encontraronel cajón de los cuchillos.

Somos ciegos dilapidadores de riquezas, como afirma Germán Sopeña. Riquezas de todo tipo,políticas, oportunidades económicas, etcétera. Del mismo modo, la patria locutora no está a laaltura de la función que podría tener en un país amenazado de disolución.

Pudiendo ser -y crear- no son. Se prefieren como el poder inquietante. El mero ronroneomatinal.

Publicado por Abel Posse en el diario La Nación el 4 de octubre de 1995

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