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De Runciman a Hu Jintao

En tiempos en los que la sociedad estaba menos pendiente de los medios, los políticos no reparaban en las consecuencias de sus discursos.

24-08-2026 | 15:06

En tiempos en los que la sociedad estaba menos pendiente de los medios de comunicación, ladirigencia política no reparaba en las consecuencias de sus discursos. El conocimiento de cualquierdeclaración desafortunada, en el supuesto caso de llegar a ser publicada en los diarios, quedabarestringido a un selecto puñado de lectores y nadie tenía que salir a aclarar manifestacionesdesafortunadas "sacadas de contexto".

Así, el presidente Nicolás Avellaneda no debió recurrir hace más de ciento treinta años adeclaraciones altisonantes para justificar el pago de la deuda pública. En vez de hacer alarde dela fortaleza y la independencia de la Nación para pagar hasta el último centavo (o penique), dejóacuñada la famosa frase en la que se comprometía a pagar los compromisos "sobre el hambre y la sedde los argentinos". Las críticas le llegaron después de muerto.

Más de medio siglo después, el vicepresidente Julio Roca hijo tampoco profundizó los lazos dedependencia con el Inglaterra en nombre de la "descarnización de la relación" ni de la intención de"darle valor agregado a nuestras exportaciones". Como Avellaneda, no estaba supeditado a lasportadas de los diarios ni mucho menos a los flashes de una televisión que ni siquiera existía.Dijo, entonces, que "la Argentina, por su interdependencia recíproca es, desde el punto de vistaeconómico, una parte integrante del Imperio Británico".

Los tiempos que corren son diferentes y los anuncios parecen más importantes que los actosen sí. Quizás hoy Avellaneda mudaría el "hambre y la sed" por el más presentable "desendeudamiento"y Roca II, sorprendido por el cambio de protagonistas en el comercio internacional, cambiaríaLondres por Beijing (la Pekín de sus tiempos).

El escenario tiene sus diferencias: ya no se trata de reforzar los lazos con un imperio endecadencia sino de profundizarlos con una potencia que acaba de ingresar al mercado mundial. Lamoneda de cambio no son los cortes de carnes de primera calidad sino la soja y sus derivados. Perola esencia de la misión político-comercial es la misma, ni más ni menos que las necesidades de unpaís que a lo largo de su historia no pudo (o no quiso, o no supo) superar la limitación de tenerque adecuar su economía a los dictados de la demanda externa. Cuero, sebos y lana antes de lainvención de las cámaras frigoríficas, carnes y trigo para abastecer de alimentos a la potencia deturno y, por último, cereales, oleaginosas y (hasta hace poco) combustibles para seguir con elmismo rol bicentenario de proveedor de materias primas o con poca elaboración a cambio demanufacturas. La propia presidenta Cristina Fernández de Kirchner reconoció el desigual intercambiocon China en declaraciones formuladas desde el país asiático, cuando señaló que el 82 por ciento denuestras exportaciones tienen poco o nulo valor agregado, mientras que el 92 por ciento de lasimportaciones son de bienes elaborados. No hay demasiadas diferencias con los porcentajes delintercambio comercial con el Reino Unido hace 77 años. Tampoco en el sector elegido comocontrapartida (Corporación de Transportes en la década del '30, subtes y ferrocarriles en laactualidad).

Pero Roca II podía argumentar en su defensa que la relación con el imperio no era una creaciónde la gestión del presidente Agustín P. Justo, sino que por el contrario era una herencia que seremontaba hasta el último tramo del siglo XIX. No es el caso de la actual mandataria ni el de sumarido y predecesor Néstor Kirchner. Ninguno de los dos puede aducir que la sojizada relacióncomercial con China es producto de una herencia.

China tuvo históricamente una presencia marginal en nuestro comercio exterior (cuando la tuvo) yrecién en la década del '90 mereció ser digna de alguna atención. Las exportaciones masivas delcomplejo oleaginoso son obra de las dos gestiones kirchneristas, ya que el intercambio comercialbilateral creció nueve veces entre 2002 y 2008. Y las razones del viaje a Beijing no hay quebuscarlas en un supuesto propósito de cambiar la matriz de ese vínculo sino en la brutal caída quetuvo en 2009.
Conviene aclarar que con la pomposa denominación de "complejo oleaginoso" se esconde elmaltratado "yuyo" de la soja y sus derivados. Y que entre esos "derivados" el súmmum del valoragregado es el aceite, pero también figuran los residuos de esa elaboración con una participacióncentral.

También debe decirse que la "matriz del vínculo" excede las relaciones con China paraconvertirse en la razón de ser del oficialismo. Más allá de los discursos, sin la soja y susderivados todos los pilares de la economía kirchnerista se derrumbarían, ya que por sí solorepresentan más que todo el superávit comercial y el fiscal. Además de todas las reservas del BancoCentral y la contrapartida de la fuga de capitales: desde 2003 a la fecha las liquidaciones deexportaciones de cereales y oleaginosas superan los 110 mil millones de dólares. La crisiseconómicas internacionales afectan más que a ningún país a aquellos que basan sus crecimiento (nosu desarrollo, precisamente) en las exportaciones poco diversificadas y concentradas en uno o pocosdestinos. De los gobiernos de turno depende la resolución del conflicto: En 1933, Justo tenía otrasopciones, quizás más arduas en un inicio, que la de someter aún más el intercambio comercial a losdesignios británicos. Prefirió seguir apoyándose en los grandes exportadores de carne.

El paralelo de la situación actual con la de cuando Roca II firmó el conocido pacto con elministro de Comercio británico, Walter Runciman, vizconde de Doxford, sólo tiene como diferencia eltenor de las declaraciones. La Argentina no se declara ahora "parte del Imperio Chino", pero detrásde los dos viajes subyace el mismo problema del riesgo de no poder colocar el principal producto deexportación.

Queda para los revisionistas dilucidar si los pellets de soja de 2010 tienen más o menos valoragregado que los cortes congelados de carne vacuna de 1933. Dos años después del pactoRoca-Runciman, Alfredo Lepera aseguraba que veinte años no eran nada. No sospechaba lo corto que sequedaba.

(*) Agencia DYN

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