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El estilo K: cuando el caudillo es rey

En su libro El componente monárquico el analista Claudio Fantini desmenuza al kirchnerismo, y lo ubica en una tradición latinoamericana, donde el caudillo ocupa el lugar que el soberano. Qué más dice el autor.

05-10-2026 | 21:01

Latinoamérica es monárquica. Aunque no lo sepa y aunque su apariencia engañe con unrepublicanismo abarcando la casi totalidad del mapa, Latinoamérica es visceralmente monárquica.Paradójicamente, las repúblicas latinoamericanas son, en general, más monárquicas que lasmismísimas monarquías europeas. ¿Por qué? Porque en las monarquías del Viejo Continente los reyes,las reinas, los príncipes y las noblezas no tienen poder político. Es más, ni siquiera losgobiernos elegidos por el voto tienen el poder que fácilmente acumulan el grueso de los presidentesde las repúblicas de América latina. La diferencia está en la participación de la sociedad en lavida política del país.

En esta parte del planeta se entiende por participar la militancia política, sindical,barrial..., además de la deliberación en asambleas y el activismo en protestas callejeras. Yodefiniría este tipo de acciones como “participacionismo”, distinguiéndolo de laverdadera participación social en el manejo de la cosa pública. Una sociedad es participativacuando retiene poder en lugar de concederlo graciosamente al gobernante de turno. Y el poder esretenido por la sociedad cuando lo deposita en las instituciones y no en las manos de un solodirigente.

El poder depositado en las instituciones y en las leyes distingue a la sociedad civil; mientrasque el poder concentrado en la persona del gobernante caracteriza a la sociedad sumisa. Laparticipación de donde surge la sociedad civil está integrada por ciudadanos. El participacionismocon el que se entretiene la sociedad sumisa está integrado por súbditos. Hay muchos elementos queconfunden. Cómo puede ser sumisa una sociedad capaz de ganar la calle para tumbar gobernantes opara respaldarlos; y cómo puede ser participativa una sociedad poco adicta a las multitudinariasmanifestaciones de protesta o de respaldo a un líder.

En el pasado (y en algunos casos actuales), las sociedades sumisas lo eran (y los son) porimpotencia y resignación. Pero en Latinoamérica, desde la redemocratización que comenzó con el finde la Confrontación Este-Oeste y por ende el fin de la protección norteamericana a las dictadurasmilitares, la sumisión social no responde ni a la impotencia ni a la resignación, sino a laconvicción monárquica de que el mejor modo de invertir el poder democrático es entregándolototalmente a un hombre fuerte, esperando de él un liderazgo mesiánico que será venerado desdecalles y plazas mientras tenga buenos resultados; pero que, si en lugar de éxitos y satisfaccioneslo que trae es crisis y frustraciones, será repudiado y culpabilizado por todo, hasta que lasmasivas protestas o la violencia generalizada lo eyecte del poder.

Esta rebeldía esporádica genera la falsa sensación de un pueblo activo, cuando en realidad elmonarquismo lo que hace es desactivar al pueblo hasta que una crisis o un fracaso vuelve aactivarlo, situación en la que permanece hasta la coronación del próximo monarca, que implica unanueva desactivación, y así sucesivamente. Este activismo intermitente revela precisamente ladebilidad de las instituciones y las leyes, por no estar depositado en ellas el poder de lasociedad.

La vigencia, asumida u oculta, del “roba pero hace” grafica la impunidad de la quegoza el monarca del falaz republicanismo latinoamericano, en tanto y en cuanto su gestión seaexitosa o así la perciba el grueso del pueblo. Por la misma razón, el acoso jurídico recae sobre ungobernante cuya gestión fracasó, aunque haya actuado con ética visible en el manejo de la cosapública. En rigor, en todos los casos lo que se premia y se castiga es el éxito o el fracaso, no laética o la incorrección del funcionario. El hecho es que las monarquías parlamentarias del mundodesarrollado son mucho menos monárquicas que las repúblicas latinoamericanas, porque en lasprimeras la sociedad se vuelve participativa al retener el poder depositándolo en lasinstituciones, en lugar de entregarlo a los gobernantes. Mientras que en la hipocresía políticalatinoamericana, instituciones y leyes quedan vaciadas de poder al depositarse todo en las manosdel monarca de turno.

El nombre oficial del monarca latinoamericano es caudillo. Al hablar de monarquía en esteensayo, no me refiero específicamente al sistema hereditario de poder donde hay rey o reina,príncipes, princesas y nobleza que habitan palacios, se desplazan en carruajes y usan tronos ycoronas. Me refiero al significado concreto de la palabra, el que le dieron los antiguos griegos aldistinguir las formas de gobierno según la cantidad de depositarios del poder soberano. Y entérminos numéricos, como la palabra lo indica, la monarquía es el poder en manos de una solapersona. También los líderes mayoritaristas, o sea aquellos cuyo poder se asienta en el respaldo devastas mayorías, y por ello se sienten con derecho a ignorar y marginar a las minorías, erradicandotoda influencia que quieran ejercer. Por eso tales liderazgos siempre se proclamanfundacionales.

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