Vacas muertas, caballos raquíticos, bebederos sin agua y hectáreas enteras sin cultivar. Son lasimágenes cotidianas de una región devastada por la sequía, que comenzó durante el mes de enero yque amenaza con seguir acechando a las ciudades del centro y sur de la provincia de Buenos Aires.En el segundo día del paro del campo, PERFIL recorrió los distritos perjudicados por el veto deCristina Fernández de Kirchner a Ley de Emergencia Agropecuaria. En Trenque Lauquen, a 400kilómetros de la Capital Federal, el cuadro es desolador. Los propietarios de un tambo sortearon lasequía comprando rollos de pasto para alimentar a las vacas. No fue suficiente. Tuvieron quedesprenderse de la mitad de los doscientos animales para no sacrificar la hacienda completa.
Los distritos de Trenque Lauquen, Pehuajó, Rivadavia, Hipólito Yrigoyen, Carlos Casares y CarlosTejedor habían sido declarados zona de emergencia agropecuaria y habían sido beneficiados con unarebaja el 50 por ciento en las alícuotas. Pero el veto dejó sin efecto la exención impositiva.Ayer, en Pehuajó, un puñado de pequeños productores acumulaba sobre un costado de la Ruta 5 loshuesos de las vacas, corderos y caballos que murieron por la sequía. “A esta altura del añoyo tendría que haber fumigado 9 mil hectáreas, no llegué hacer ni un 2 por ciento”, explicaMarcelo Santilo, prestador de servicios de fumigaciones terrestres.
Santilo, un hombre fornido de 40 años, tiene una pequeña empresa con dos empleados en la ciudad.Su padre era un histórico peón de campo, pero, en los últimos meses, se quedó sin empleo desde quesus patrones trocaron las 1.200 hectáreas de ganadería para plantar soja. “Es el Gobierno quepromueve la sojización sin incentivar otro cultivo”, reclama Santilo. La desesperación delfumigador se interpreta en los silencios de su relato. Santilo adquirió un prestámo bancario pararenovar la maquinaria. “Hoy, no tengo plata para hacer frente a esa deuda.”
Carlos Rossi, de 36 años, combinaba en el campo de su familia el trabajo mixto; es decir,ganadería y agricultura. Por la sequía de enero, de 400 vacas se redujo a 45 e incentivó el cultivode soja. “Pehuajó es casi todo soja, pero hay otra salida porque para muchos una actividadsubsidia la otra”, explica. Indignado, Rossi cuestiona a los grandes pooles de siembra ofidecomisos para cultivo. “Viene a la ciudad, arriendan miles de hectáreas, contratanservicios del exterior y no dejan un peso. A ellos el Gobierno no los perjudica”, dispara.Toma aire. Y luego agrega: “Con el veto de Cristina Fernández se nos fue una última luz deesperanza”.
Daniel Braco, dirigente de la entidad Federación Agraria, sugiere lo mismo. “La Ley deEmergencia Agropecuaria era un gesto, un símbolo para el diálogo. No era más que eso”, dicemientras interrumpe una reunión con dirigentes de las entidades rurales en la localidad de Junín.“Por la sequía, en mi caso estoy un 20 por ciento por debajo de la producción de losúltimos cinco años.” En esta región “la seca”, como popularmente apodan alfenómeno climático, causa estragos también naturales. Ayer, en el trayecto de 9 de Julio a Bragado,tres dotaciones de bomberos intentaban apaciguar las llamas de dos incendios en distintos camposubicados al costado de la ruta. El fuego de uno de ellos alcanzó a un Volkswagen Polo con cuatroocupantes.
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