No somos mujeres y hombres del escándalo, nuestras conciencias no son saltimbanquis de laalarma. Al contrario: los hechos graves como el de la pobreza de amplios sectores de la poblaciónnos atañen. La pobreza atañe al fondo último de nuestros compromisos, la idea de igualdad, nuestrasantiguas y recientes militancias. Nos compete, nos atraviesa. Por eso podemos decir: no nosescandaliza. El escándalo es gesto espectacular y ademán avieso. El rostro de los pobres se vuelvesuperficie de inscripción de llamados evangélicos, sacralidades disponibles, obsceno planotelevisivo y objeto de malversación política. Nos atañen tanto las vidas dañadas por la miseriacomo su circulación en un imaginario que las despoja de creación, potencia y libertad.
Un presidente que desguazó las anteriores tramas sociales pudo decir “pobres habrásiempre” mientras creaba las condiciones para un inédito hundimiento de los salarios y losempleos. La conmoción del 2001 hizo visibles a contingentes de desocupados que habían encontrado ensu exclusión el ímpetu para un descubrimiento de sus propias facultades organizativas y políticas.El gobierno iniciado en 2003 pensó al trabajo como una vía de recuperación de la dignidad para losdesposeídos. Expansión del empleo y paritarias fueron las llaves precisas y, a la vez, el horizontedeseado. Detenido el ciclo, en la tormenta del mundo, la pobreza se hizo tópico de lo irresuelto.También, núcleo rutilante de una confrontación que es necesario deshojar.
En una iglesia de Liniers, en los palacios vaticanos, en los palcos ruralistas y en los grandesmedios se agitan hilos que provienen del mismo ovillo. Ovillo que es idea: es posible aunar lamayor riqueza –dada por la propiedad privada de ciertos recursos- con la asistenciacaritativa a los más pobres. Campo y Cáritas. Soja y comedor popular. Para que ese enlace seafructífero y económico debe prescindir de lo que es visto como poder coercitivo y expoliador: elEstado. Y también del enlace de la cuestión de la pobreza con los temas de la justicia y laigualdad. Pobres habrá siempre, para atenderlos está Cáritas. La limosna es la vía celeste paraunos y la sobrevivencia menoscabada para otros. Contra ella es necesario volver a situar la defensade lo público, el engarce de la cuestión social con otros modos de la justicia y la apuesta no a lavictimización de lo popular sino a su recreación política.
¿La justicia pendiente del presente no está ligada a la justicia respecto de un pasado criminal?¿No está la deuda social impaga vinculada a una renovada reflexión sobre las condiciones de unaredistribución del ingreso que afecte no sólo a los trabajadores en blanco? ¿Es posible encararmedidas imprescindibles, como un plan orientado a la resolución de las necesidades alimentarias dela población, que tenga alcance nacional y solidez nutricional, sin herramientas impositivas yrecaudatorias? Sin retenciones hay limosna. Con retenciones: debate público y politización.
Decir eso suena a mala palabra: ¡quiénes son los extraviados que en el contexto de un ataquemasivo a la política reclaman mayor politización! Nosotros: en la intersección, ya lo decimos, deDefensa e Independencia. En otras esquinas priman otros tonos: la indignación y la sospecha. Elhombre típico de Corrientes y Esmeralda es hoy alguien que sospecha. Alguien que ve, tras losdiscursos y los valores de la política, una razón oscura que sería su verdadero sentido. Una razónmaterial, crematística, que funcionaría como hilo explicativo de toda conducta pública. ¡Quién lespaga!, es el grito de guerra en una Argentina con una larga devastación de las conductas políticas.Contemporáneo a ese sentimiento está el de la indignación, el ademán del usuario enojado, delciudadano reclamante, del movilero agitado en persecuciones varias, del periodista de piso quefrunce el ceño. ¡Hasta cuándo!, resuena como eco. Entre la sospecha y la indignación se sumerge lavida política del país. Quizás el ejemplo más claro de esto es la mutación de la condición dellector en gritón de los diarios digitales: ya no es el que acude a un encuentro con lo desconocido-que le exige no poca disposición amorosa para comprender- sino el que lee como excusa para elrezongo o la suspicacia insidiosa. Es el rumor mismo, la pasión arraigada en los subsuelos de losmodos de vida que agrieta los cimientos mismos de lo público. Alimentados por una larga historia dedesalientos y exacciones. Recreados como fábula moral en las usinas mediáticas. La nueva derechavive en esos relatos y hace de ellos santo y seña.
Hoy esos ríos profundos de la vida contemporánea minan las bases de la gobernabilidad. Lo hacenahora con el gobierno nacional. Lo harán luego contra otras representaciones. Lo que en su momentollamamos destituyente es eso: una articulación y un impulso, una organización de sentimientosdifusos para dirigirlos, sin pausa y sin errancia, contra un objetivo determinado. Por eso losjefes de ese movimiento no son hombres de la política, aunque ellos pretendan usufructuar susresultados inmediatos. En el fondo se intuyen las futuras víctimas si no logran pactar con esesordo rumor. Nadie es creíble, nadie está firme. Parecen a salvo aquellos que se escudan en elreconocimiento directo de las razones mercantiles: los que declaman sus historias empresarias, losque piensan la política como un momento más de la expansión de los negocios. Bajo sospecha quedanaquellos que intentan recurrir a los discursos ideológicos o a las tradiciones políticas. Los queconfiesan se convierten en testigos protegidos del juicio al entero sistema partidario.
¿Puede reconstituirse lo público en un tembladeral animado por esas fuerzas sentimentales yanímicas? ¿Puede reconstituirse lo público amenazado por la sensibilidad del miedo, la sospecha yla indignación? ¿Qué política podrá sustraerse de esa atmósfera en la que se reclama el reinodesembozado de los intereses privados, porque finalmente serían los únicos sinceros?
Una elección parlamentaria ha transcurrido hace algunas semanas. Los resultados fueron adversospara el proyecto que desde estas cartas acompañamos. En cierto sentido, las advertencias querecorrían los escritos anteriores fueron confirmadas: crecieron electoralmente los adalides de larestauración conservadora, fueron ungidos los que debaten en sus gabinetes cerrados si apurar elpaso hasta la caída o dejar llegar las cosas –el gobierno exánime- hasta el 2011. El triunfode Unión Pro en la provincia de Buenos Aires, con un candidato que exhibe como méritos unacaudalosa fortuna y destrezas televisivas, pone en evidencia la articulación política de los rasgosprofundos de la época: el llamado a la desnuda presencia de las razones mercantiles como latirvital de la actividad pública y la mediatización de la política, convertida en mero apéndice deficciones publicitarias que toman inspiraciones épicas –en una época que sin embargopretenden disciplinada por las grandes fuerzas corporativas económicas- y se basan enidealizaciones de la vida popular –cuando estamos en un tiempo en que lo popular resistedificultosamente la segmentación brutal de las experiencias colectivas-. Esos rasgos no los inventóla derecha. A lo sumo, sus políticos y publicistas son los que más descarnadamente, sin culpa y sinvelos, los incorporan y expanden y por ello pueden recibir los mejores dividendos. Los que semueven como peces en el agua en la sociedad del espectáculo.
La elección de junio hizo visible la debilidad en la construcción de otra escena para lapolítica. De una escena en la que las fuerzas provengan de la militancia popular y no de lasmediciones de rating, en la que los candidatos y funcionarios se elijan menos por la opiniónpública y más por sus compromisos persistentes, en la que los diálogos tengan menos derepresentación de roles que de apertura a problemas, en la que el voto se dirima por la defensa delas condiciones reales de vida y no por la presión de los conjurados mediáticos. ¿No serían éstosmenos eficaces en su monserga destituyente si estuvieran menos impagas las deudas sociales? Algobierno lo atacan los jefes agromediáticos por sus aciertos y no por sus errores. Pero en lasurnas perdió también por sus traspiés, sus titubeos, sus debilidades. En manos de un electorado queparece más tomado por el desánimo o la apatía que por el entusiasta abrazo a las consignas dederecha.
La restauración conservadora está en curso y en ella se unifican poderes corporativos –elempresariado nucleado en AEA, la airada mesa de enlace, el bloque mediático y algunos políticos-.Sin embargo no puede pavonearse de legitimidad por el resultado electoral. Porque no está melladala capacidad gubernamental y porque en los cuartos oscuros también fueron ungidas representacionesparlamentarias que arrojan a la escena problemas necesarios de ser tratados en pos de una sociedadmás equitativa y justa.
Si el proceso abierto en el 2003 estuviera cerrado, si sólo quedase la organización de unaretirada ordenada, el gesto de la crítica sería intento de autoexclusión de la derrota. Unaprecaria salvación. Por el contrario, si hay que mencionar errores es en función de otra hipótesis:la de que hay un núcleo de valores fundamentales de este proceso que es necesario no sólo defendersino expandir en los próximos dos años. Y que se defienden y se expanden si hay capacidad dereinventar a la vez políticas de gobierno y de impulso de las autónomas voluntades militantes. Sihay capacidad de pensar como interlocutores no a las corporaciones con sus poderes de veto y susagitadas amenazas sino a los argentinos de a pie: a esos que tienen el poder de su reunión, sufuerza y su voluntad.
Las urnas hablaron, pero su mensaje no tiene por qué ser aquel que los personeros de ladestitución creen escuchar. Al contrario, muchos leyeron en ellas el llamado a un activismorenovado, capaz de procurar ámbitos de encuentro, creación de ideas en común, imaginativas defensasde lo público. En algunos lugares el nombre de Carta abierta bautizó esas experiencias que cavan elpresente no sólo para atrincherarse en la prioritaria defensa de un gobierno legítimo sino tambiénpara encontrar los destellos de una política renacida. En muchas ciudades los hombres se reúnen enDefensa e Independencia. Quizás porque esa esquina siempre esté en el núcleo más íntimo de nuestrasbúsquedas.
No venimos aquí, al púlpito de la esquina, a presentar la cartilla para la reconstrucción de unamilitancia popular. Por el contrario: venimos a decir que estamos perplejos y asombrados. Que a lavez que hay indicios de la posibilidad cierta de una catástrofe conservadora hay un énfasis delgobierno en no retroceder en sus decisiones fundamentales y los hay también de una múltiplevoluntad colectiva. Podríamos decir: falta la construcción. Nos privamos de hacerlo, para que quedeel vacío ruidoso de aquello que no sabemos ni qué sería ni cómo se hace. Apenas intuimos, y quevalga como susurro, que mucho de pasión por el presente, de donación a los entusiasmos de lo queviene y de renuncia a las rigideces del pasado, serán actitudes necesarias.
¿Estamos pidiendo más a un gobierno cuya existencia está, sin dudas, amenazada? ¿Estamosconcurriendo a la conjura de las exigencias que pueden alterar la vida institucional? ¿Es tiempo desolicitar, una vez más, profundización de los cambios, o sólo se trata de apegarnos a los hechos, aun realismo de la continuidad, para evitar lo peor: la desestabilización, el ascenso brusco de lasderechas, el triunfo de las más radicales presiones corporativas, el escenario hondureño? Elgobierno está sitiado. Por una confluencia que quizás nadie pueda detener. En el sitio conjugagestos defensivos, audacias inesperadas y perseverantes compromisos. Entre estos últimos, laactitud de condena frente al golpe en Honduras ante la indiferencia de muchos e incluso la críticaobtusa ante la decisión de la Presidenta de ir al lugar de los hechos para dejar claro que larecuperación democrática en ese país no sólo reclama la acción de las cancillerías o de lasinstancias diplomáticas internacionales. Honduras nos atañe. Habla de nosotros. Como Argentinahabla de Bolivia. Y Bolivia de Venezuela. Y Venezuela de Ecuador. Destinos cruzados y necesidadesmutuas en un contexto signado por la expansión de la presencia estadounidense en Colombia de unmodo que remeda, amenazante, las viejas prácticas imperiales.
En cuanto a la actitud que el gobierno de Cristina Fernández debiera tener en esta situaciónamenazada, algunos prescriben concesiones ante grupos de presión; otros la defensa de las políticaseconómicas sostenidas. Si solicitamos más, es porque consideramos que esa defensa sólo puededesplegarse sobre la constitución de un horizonte político, sobre el hallazgo colectivo de unproyecto que exceda y desborde la actualidad, sobre el sueño común de reinvención de lo público.Sin esa dimensión utópica, sin esa perspectiva que reinscriba los hechos cotidianos en un relatoque los excede y potencia, no hay renovación de las posibilidades gubernamentales pero tampoco delas políticas populares. La idea de cambio fue, publicitariamente, capturada por las derechasmientras el gobierno hizo campañas de reivindicación de lo hecho. Pero la política no es el cierresobre el presente, salvo que se resigne a devenir administración de lo dado. Es desde las fuerzasque efectivamente han transformado mucho en este país y en estos años, desde las fuerzas que hanpuesto en discusión razones profundas de la transformación social, que se debe recuperar lainvocación al cambio. El llamado a la construcción de una sociedad emancipada de sus grilletes yreparadora de sus injusticias.
Se hizo, es cierto. Defendemos lo hecho. Pero lo que pende es fundamental: la reposición de lasinstituciones estatales en las condiciones de producción contemporáneas, el planteo de un sistemaimpositivo que tenga un carácter progresivo o desplegar nuevas regulaciones al capital financiero,son algunas. Otras ya las hemos mencionado. Insistimos: no como gestores de un balance de unaempresa en quiebra. Sino como trabajadores de su recuperación. La nación está en juego. Y lasvísperas del bicentenario podrían ser ocasión de una apuesta imaginativa que desborde los fastosconmemorativos y los rituales previsibles. De una apuesta que incluya los temas postergados de laemancipación, como la relación entre la nación y las comunidades culturales y étnicas que laprecedieron. La reivindicación de los pueblos originarios presupone una profunda invitación a poneren cuestión los fundamentos culturales que nos cobijan, no para abandonar los que nos son comunessino para que nos sean comunes los que surjan de nuevas revisiones históricas.
La idea de que es necesario reabrir las posibilidades de la historia, no puede escindirse de laemergencia renovada de organizaciones populares. ¿A quién le habla el gobierno cuando habla?, esuna pregunta que si notoriamente está vinculada con los estilos comunicacionales dice también sobrecuestiones estratégicas. Porque a la escena de las presiones de las corporaciones patronales sólose la combate con una escena de escucha y conversación con los partidos políticos populares y conlos movimientos sociales. Y a la escena de los titiriteros mediáticos se la confronta no sólo conmedios públicos -que son necesarios-, no sólo con la democratización que supone una ley deservicios audiovisuales -que es urgente e imprescindible-, sino también con una escena políticaautonomizada de la lógica mediática. Incluso, la que ocurra en los esfuerzos últimos que realicemospara que nuestra propia conciencia vuelva a albergar la noción básica de autonomía crítica, éticade convicción y templadas responsabilidades para reconstruir un sentido de verdad ante las derechasque en el vaciadero de los conceptos, se revisten con los viejos temas de las izquierdas. No es quelas ideologías hayan desaparecido, sino que se las modula como una más de las mercancías que se leofrecen al consumidor.
Alguna vez dijimos que a las acciones de este gobierno, incluso a algunas de las más relevantes,les faltaba lo previo: una cierta elaboración en la cual se inscribieran con la fuerza necesaria,pero también su enhebramiento con un entramado de voluntades y activismo, capaz de proponer temas,de situar problemas, de hacer y defender políticas. No se trata sólo del horizonte político futuro.Incluso la institucionalidad gubernamental requiere, para sustentarse sin graves cesiones a lospoderes corporativos -que encuentran hoy en el empresariado más concentrado un programa completo detransformación de la economía argentina- , de una revitalización de las organizacionespopulares.
Eso que falta es necesario para preservar los aspectos más profundos y relevantes de estos años.Para preservar y expandir la política de derechos humanos; la integración regional; los derechoslaborales; decisiones soberanas respecto de los organismos financieros internacionales;instituciones de defensa alejadas de las doctrinas de la represión; la inversión de recursos enciencia y técnica. Preservar y expandir es, también, ir más allá de una concepción economicista quesitúa al crecimiento como estrategia rectora última. La crisis mundial dejó interrumpido ese caminode expansión de la inversión, empleo y mercado interno. La idea de distribución de la riqueza vinoasociada no sólo a un retintineo promisorio sino a la efectiva reactivación de la economía. Lacrisis afecta ese despliegue, que quizás tenía núcleos internos que lo volvían ciego ante ciertassituaciones de exclusión y desigualdad social.
El debate sobre las asignaciones familiares a trabajadores informales o a desocupados, la ideade ingreso universal de ciudadanía, los planes diferenciados para atender situaciones de pobreza,fue postergado en función de una perspectiva economicista. La ausencia de políticas reparatoriasque atenuaran las desigualdades dentro del interior del mundo laboral, aligeró como palabras alviento aquellas que nombraban las efectivas medidas de justicia existentes. ¿No tuvieron relaciónlos resultados electorales con esa ausencia? Porque no hay metáfora más errónea que la de traición,que supone a los votantes como seres arrastrados a una decisión cuyo sentido ignoran. Hay, en todocaso, un disgusto, una necesidad, una crítica, que benefició, especialmente, a los dirigentessurgidos de las falanges restauradoras y los gabinetes fantochescos que inventan políticos porencargo. Lamentamos esa decisión emanada de las urnas. Pero no serán las explicaciones consoladoraslas que permitan revertirla.
La reversión es posible, pero requiere un modo novedoso de tratar lo público. De volver aconsiderar lo público. Está en juego eso en la política nacional pero también en la ciudad deBuenos Aires, en esta ciudad con sus plazas en las que se leen estas cartas, con sus edificiossanitarios amenazados por operaciones inmobiliarias, con sus parapoliciales que desalojan espacioscomunitarios, con sus jefes de policía que surgen de las más tenebrosas historias de encubrimientosy exacciones. Medidas que pretenden hacer campo raso de lo heterogéneo y de la ciudad laboratoriode la nueva derecha. Nuestra calle, aquí, es Resistencia.
El jefe de gobierno de esta ciudad es un empresario. Como tal parece menos enjuiciable que loshombres de la política. Ante el banquillo del juicio que la sociedad mediática encara, se lopresume inocente. Quizás no del todo, pero sí más que aquellos que hablan más de política que denegocios. Por eso, puede reírse de las combinaciones entre tintorerías y prostíbulos en los barriospobres de la ciudad. Ha ordenado desalojar huertas y expulsar hombres y mujeres sin techo. Haburlado a los docentes y a los trabajadores de la salud. Ha imaginado desalojar los antiguosneurosiquiátricos, menos por un libertarismo antimanicomial que por la valorización de losterrenos. Ha nombrado un jefe de policía en cuyo nombre se anuncia la acentuación de estrategiasrepresivas y de funcionamientos corruptos. Perdiendo votos, sin embargo ha ganado las elecciones.Quizás porque en figuras así se condensan las fuerzas anímicas del miedo, la sospecha y laindignación.
No es un problema de los porteños. En Nueva York le pagan a los desocupados un pasaje de idapara privar de su miseria a la ciudad. Pero esta es nuestra ciudad: en ella debemos disputar cadaesquina, cada barrio, cada discurso y cada idea. Contra esa articulación reaccionaria, es necesariosituar una agenda de recuperación de lo público: del espacio, de las conversaciones, de laspolíticas, de las instituciones, de los recursos naturales, de las facultades humanas. El mercado,sabemos, es capaz de apropiarse y gestionar todo eso, bajo la lógica de la ganancia y elrendimiento comercial. Y hay políticas estatales que se subordinan a la obediencia de esa lógica.Incluso, algunas políticas nacionales, como la que regula la minería, en la que prima laexplotación inmediata antes que el resguardo de los derechos comunitarios. Recuperar lo público esponer en cuestión esos criterios, situarlos en el marco de una discusión que no debe aceptar parasí los límites de lo ya dado, sino que debe constituir el horizonte utópico y realizable de loporvenir.
Hay mucho que preservar y hay mucho por hacer. Aunque minado por la sospecha y la indignaciónexiste un terreno en el que eso se dirime: la política. Las diversas tradiciones ideológicas quehan puesto el acento en lo popular y sus potencias tienen ante sí un desafío mayúsculo: el deconsiderar su confluencia sin exclusiones, su situación sin mezquindades y el futuro con inéditaimaginación.
Aquí en esta esquina somos una suerte de conjurados. En defensa de un conjunto de políticasdesplegadas desde el 2003 y del derecho del gobierno a perseverar en ese camino y con laindependencia de criterio que nos dan nuestras propias experiencias, valores, ideas. Nuestrollamado al coraje colectivo contra el operativo derrumbe no resuena en el eco de los espaciosvacíos. Al contrario, rebota en los cuerpos, se ahínca en los sueños, se intercambia en lareflexión común. Por eso creemos que no se puede hablar de derrota ni de victoria ni nos está dadoel tono de la certeza. Sí saber que lo que sucede nos atañe. Y por eso no nos escandaliza.




