Retroprogresismo

La tentación de analizar el ayer con los ojos actuales y manipularlo en provecho propio.

24-08-2026 | 18:29

En la década que los Kirchner pusieron de moda, la palabra progresista no existía. Lo másparecido era la “música progresiva”, signo del rock nacional. Los años ’70desbordaban de pasiones políticas. Había marxistas, liberales, maoístas, trotskistas,conservadores, socialdemócratas, nacionalistas. Pero progresistas, lo que se dice progresistas, no.Estaban los que querían hacer la revolución guevarista y los que apostaban a revitalizar elcapitalismo de la mano de la Trilateral Commission. Más un millón y pico de variantes. Ningunaparecida a un “progre”.

Quizás si a aquellos jóvenes setentistas, que hoy conforman el deseo imaginario del progresistatipo, les hubieran contado cómo serían en el futuro sus herederos progres, lo habrían entendido.Eso sí, probablemente responderían con cierta desazón: “Ah, ¿eso quedó de nuestrasutopías?”.

Qué otra cosa podrían pensar esos jóvenes que fantaseaban con socializar los medios deproducción de quienes hoy celebran como una revolución repartir 180 pesos por mes a los hijos delos más pobres. Seguro que por lo menos se sorprenderían si vieran a estos neosetentistas abrazarsecon Hugo Moyano como si en él se corporizara Agustín Tosco. O si descubrieran que el encargado delproyecto progresista bonaerense es alguien que basa su ideología en su increíble habilidad paramencionar, sin repetir y sin soplar, 50 sinónimos de las palabras deporte, esperanza y trabajo. ¡Ensólo un minuto!

Al menos se mostrarían escépticos si se enteraran de que empresarios como Daniel Hadad, DiegoGvirtz y Sergio Szpolski deben cargar sobre sus espaldas con el enorme peso de comunicar lasactualizaciones doctrinarias de aquellas utopías. Y seguro que les parecería un exceso cubrir deresponsabilidad en materia de difusión revolucionaria, a personajes buenos en otras artes, comoFlorencia Peña, Eduardo Feinmann o Daniel Tognetti.

Pero eso no sería lo peor: imagínense si supieran que los jóvenes Cristina y Néstor, a quienesellos un día vieron partir hacia el sur para prosperar económicamente, se convertirían 30 añosdespués en los líderes de una revolución progresista. Cómo explicarles que esos abogados que enlugar de presentar habeas corpus por los presos políticos se dedicaban a litigar contra losdeudores hipotecarios de la 1.050, resultarían ser los nuevos defensores de los derechoshumanos.

Este es el riesgo de usar a la historia para juzgar al presente. Una seguidilla inacabable de“chicanas” aprovechadas más para lastimar al otro que para sustentar argumentos. Elretroprogresismo cae en esa terrible tentación de analizar el ayer con los ojos actuales ymanipularlo en provecho propio. Bajo el amparo de una tranquilizadora, y nada rebelde, correcciónpolítica.
Convertir al pasado en un garrote del presente encierra otros dilemas. Porque esimprescindible no olvidar los errores ni los crímenes (los primeros para no repetirlos; lossegundos para que se sepa que hay castigo). Pero el uso a repetición de esa herramienta puede darla sensación de que lo único que se persigue es mantener el foco sólo en los derechos humanos delayer porque no se sabe qué hacer con los derechos humanos de hoy.

Hay un peligro adicional para los controladores de la historia: la pasión revisionista loscoloca a ellos mismos en el centro de la revisión. Y no todos los retroprogresistas resisten unarchivo. Al margen de que algunas comparaciones entre lo que pasó y lo que se dice que pasóresulten sorprendentes: ¿cuántas veces se puede reescribir la historia? ¿Todas las necesarias hastaque coincida con nuestros intereses?

La última característica de los progres K es sentirse eternos deudores de los realesprotagonistas de aquel pasado épico. Al punto de necesitar siempre su aprobación para saber qué eslo correcto y lo incorrecto.

Hacen mal. No deberían preocuparse demasiado por parecer una caricatura ante quienes formaronparte de aquella “juventud maravillosa”. Porque los setentistas ya no son jóvenes. Yhay dudas de que hayan sido de verdad maravillosos. A muchos de ellos también les resultaríacomplejo explicar cómo pasaron del nacionalismo ultracatólico al marxismo, por qué se levantaroncontra un gobierno democrático (que era peronista) y mataban a inocentes, o discriminaban a losgays, o encarcelaban a sus compañeros adúlteros, o tenían pulsiones armadas disfrazados conuniformes y grados militares, o tomaban a la militancia como una aventura pequeño burguesarecubierta de compromiso social.

Es cierto que la década del ’70 es una tentación legítima y apasionante repleta de erroresy tragedias de las que conviene aprender. Pero el hoy es una deuda urgente imposible de disimularcon más palabras.

* Director de NOTICIAS

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