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Tras el cruce con Aguinis, otra polémica envuelve a Verbitsky

23-08-2026 | 06:45

La carta de Pedro José Güiraldes

Mi padre –el Comodoro Juan José Güiraldes– y Horacio Verbitsky se apreciaban yrespetaban, coincidían en algunas cosas y pensaban distinto en otras. Sus contactos eran lacontinuidad de la amistad de mi padre con Bernardo –padre de Horacio– y su relaciónprofesional comenzó a mediados de los años ’60, en las revistas Primera Plana y Confirmado,de la segunda de las cuales “El Comodoro” fue director y “Horacito” uno desus más jóvenes redactores.

Hacia 1977, según sus propios dichos, Horacio Verbitsky había abandonado la organizaciónMontoneros, de la que fue uno de sus más importantes jefes. Tiempo después de ello se acercónuevamente a mi padre, apremiado económicamente y en busca de ayuda.

En esos días mi padre estaba escribiendo “El Poder Aéreo de los Argentinos” y era elprincipal redactor de los discursos de los Comandantes en Jefe de la Fuerza Aérea Argentina de losaños 1977, 1978 y 1979: Agosti y Graffigna. Verbitsky colaboró en la corrección del citado libro,publicado en 1979 por la Dirección de Publicaciones del Círculo de la Fuerza Aérea. Transcriboparte de su “Invocación. Agradecimiento y Dedicatoria”: “Este libro no hubierapodido llegar a la prensa de no haber recibido el permanente aliento y la eficaz colaboración deHoracio Verbitsky”. Yo fui testigo, uno de varios, de muchas de las innumerables reuniones detrabajo entre ambos, en la oficina de mi padre. Me consta además que Horacio colaboró también en lacorrección de los discursos, porque mi padre me lo comentó específicamente.

Por haber sido dado de baja en 1952 y retirado desde 1955, mi padre no tuvo ningunaparticipación en la represión de las bandas armadas de la década del ’70. Pero estuvo siempreamenazado por las mismas, como tantos otros argentinos de bien y muchos de ellos tuvieron menossuerte y fueron víctimas de los terroristas. No obstante ello, “el comodoro” teníaconvicciones muy claras y conocidas en materia de represión: el combate debía cesar cuando cesabala resistencia armada, para dar lugar a arrestos y juicios ajustados al debido proceso. Esasconvicciones le costaron sanciones y arrestos y lo movieron a salvar las vidas de los que pudo ytenía más cerca. Hay dos personas, chicos entonces, hija e hijo de un queridísimo colaborador, quelo visitaron, años después, para agradecerle haberles salvado sus vidas. La cárcel y la tortura deJacobo Timerman –su ex socio– a manos de integrantes del ejército que no merecían sertales y el asesinato de Elena Holmberg –su cuñada, hermana de mi madre– a manos de losesbirros de Massera, seguramente terminaron de convencerlo.

Pero eso no le impidió tomar partido a favor de la gesta de las Malvinas y acompañar y aconsejara sus camaradas de armas, Lami Dozo a la cabeza, en aquellos días. Mi abuelo materno, Adolfo MaríaHolmberg, padre de Elena, tomó el mismo partido. La pasión argentina de ambos, que me enorgullezcode haber heredado, siempre puede más que todas las razones, especulaciones y miedos.

Horacio Verbitsky debería ser más prudente, más justo y más inteligente, al juzgar a otrosargentinos que pueden haber cometido errores en aquellos años, errores insignificantes comparadoscon los crímenes que él cometió en sus años de jefe montonero y los odios que sigue alimentando consu maniquea y perversa visión de nuestro doloroso y trágico pasado reciente.

La respuesta de Horacio Verbitsky

El texto de Pedro Güiraldes muestra la misma preocupación del presidente de la Sociedad RuralHugo Biolcati por la pobreza y su mismo interés por acabar antes de tiempo con el Gobierno que elpueblo eligió hace menos de dos años. Cuando la primera Carta Abierta, la única en la queintervine, sostuvo hace un año que se había instalado “un clima destituyente”, no eraposible imaginar que alguien lo encarnara en forma tan nítida como esta carta que firma PedroGüiraldes. Igual que Aguinis, hace hablar a los muertos. Aguinis a mi padre, Güiraldes al suyo,ambos convocados como espectros que me condenan. Mi respuesta a Pedro Güiraldes será mucho másbreve que su farragoso discurso: es falso, de cabo a rabo, todo lo que afirma de mí, salvo miafectuosa relación con su papá.

El proyecto de un país para pocos destruyó el tejido social argentino desde 1975 hasta 2003 yreaparece ahora con virulencia. Esta carta de Pedro Güiraldes es parte de la ofensiva restauradora.Lo vi pocas veces en mi vida: cuando él era un niño durante un encuentro familiar en la playa, enocasión del casamiento de una de sus hermanas, nunca en la oficina de su padre.

Quien refutará en forma más extensa y contundente las falsedades que escribe como presuntotestigo es el comodoro Juan José Güiraldes, quien decía en vida todo lo contrario de lo que ahorale atribuye su hijo.

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