Sociedad

Bergoglio cuenta qué hizo durante la dictadura

En el libro El jesuita, el obispo porteño rompió el silencio. “Si no hablé antes fue para no hacerle el juego a nadie, no porque tuviese algo que ocultar”, aclaró

13-10-2026 | 16:22

Cuando la vida de Juan Pablo II se apagaba, se intensificaban las especulaciones sobre loscandidatos a sucederlo y el nombre de Bergoglio figuraba en casi todos los pronósticos de losperiodistas especializados.

En esos días, volvía a agitarse una denuncia periodística publicada unos pocos años atrás, enBuenos Aires, sobre una supuesta actuación muy comprometedora del cardenal durante la últimadictadura. Más aún: se asegura que, en las vísperas del cónclave, que debía elegir al sucesor delPapa polaco, una copia de un artículo –de una serie del mismo autor– con la acusaciónfue enviada a las direcciones de correo electrónico de los cardenales electores, con el propósitode perjudicar las chances que se le otorgaban al purpurado argentino.

En la denuncia se le atribuía al cardenal una cuota de responsabilidad por el secuestro de dossacerdotes jesuitas, que se desempeñaban en una villa de emergencia del barrio porteño de Flores,efectuado por miembros de la Marina en mayo de 1976, dos meses después del golpe.

De acuerdo con esa versión, Bergoglio –quien, por entonces, era el provincial de laCompañía de Jesús en la Argentina– les pidió a los padres Orlando Yorio y Francisco Jalicsque abandonaran su trabajo pastoral en la barriada y, como ellos se negaron, les comunicó a losmilitares que los religiosos ya no contaban con el amparo de la Iglesia, dejándoles así el caminoexpedito para que los secuestraran, con el consiguiente peligro que eso implicaba para susvidas.

El cardenal nunca quiso salir a responder la acusación como, tampoco, jamás se refirió a otrasimputaciones del mismo origen sobre supuestos lazos con miembros de la Junta Militar (ni, engeneral, nunca contó públicamente cuál fue su actitud durante la última dictadura).

Pero, frente a nuestro cometido, reconoció que el tema no podía omitirse y accedió a contar suversión sobre los hechos y la actitud que asumió en la noche negra que vivió la Argentina.“Si no hablé en su momento, fue para no hacerle el juego a nadie, no porque tuviese algo queocultar”, afirmó.

—Cardenal: usted deslizó antes que durante la dictadura, escondió gente que estabasiendo perseguida. ¿Cómo fue aquello? ¿A cuántos protegió?

—En el colegio Máximo de la Compañía de Jesús, en San Miguel, en el Gran Buenos Aires,donde residía, escondí a unos cuantos. No recuerdo exactamente el número, pero fueron varios. Luegode la muerte de monseñor Enrique Angelelli (el obispo de La Rioja, que se caracterizó por sucompromiso con los pobres), cobijé en el colegio Máximo a tres seminaristas de su diócesis queestudiaban teología. No estaban escondidos, pero sí cuidados, protegidos. Yendo a La Rioja paraparticipar de un homenaje a Angelelli con motivo de cumplirse 30 años de su muerte, el obispo deBariloche, Fernando Maletti, se encontró en el micro con uno de esos tres curas que está viviendoactualmente en Villa Eloísa, en la provincia de Santa Fe. Maletti no lo conocía, pero al ponerse acharlar, éste le contó que él y los otros dos sacerdotes veían en el colegio Máximo a personas quehacían “largos ejercicios espirituales de 20 días” y que, con el paso del tiempo, sedieron cuenta de que eso era una pantalla para esconder gente. Maletti después me lo contó, me dijoque no sabía toda esta historia y que habría que difundirla.

—Aparte de esconder gente, ¿hizo algunas otras cosas?

—Saqué del país, por Foz de Iguazú, a un joven que era bastante parecido a mí con micédula de identidad, vestido de sacerdote, con el clergiman y, de esa forma, pudo salvar su vida.Además, hice lo que pude con la edad que tenía y las pocas relaciones con las que contaba, paraabogar por personas secuestradas. Llegué a ver dos veces al general (Jorge) Videla y al almirante(Emilio) Massera. En uno de mis intentos de conversar con Videla, me las arreglé para averiguar quécapellán militar le oficiaba la misa y lo convencí para que dijera que se había enfermado y meenviara a mí en su reemplazo. Recuerdo que oficié en la residencia del comandante en Jefe delEjército ante toda la familia de Videla, un sábado a la tarde. Después, le pedí a Videla hablar conél, siempre en plan de averiguar el paradero de los curas detenidos. A lugares de detención no fui,salvo una vez que concurrí a una base aeronáutica, cercana a San Miguel, de la vecina localidad deJosé C. Paz, para averiguar sobre la suerte de un muchacho.

Lea la entrevista completa en la edición impresa del diario Perfil.

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