Años atrás, más allá de la aerolínea y el destino elegido había un “clásico” momento común para todos los viajes en avión: tras una larga cola ante el mostrador de embarque, un empleado nos consultaba más o menos amablemente: “¿Fumador?”, “¿no fumador?”. Y, con suerte, aceptaba algún pedido de ventanilla para los chicos.
Miraba largo rato una pantalla insondable y luego entregaba una bonita tarjeta de cartulina impresa. Y allí se iban los pasajeros rumbo a la primera puerta de sus vacaciones, el control de Aduana, con su boarding pass en la mano y sus asientos asignados por puro azar por un empleado que no se sabía exactamente si jugaba para el equipo de los viajeros.

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