Todos coinciden en que llevar el apellido Belgrano es un “orgullo” y un “compromiso”, que conocieron de chicos, cuando sus padres les hablaron del vínculo con el prócer. Sin embargo, eso no impidió que muchos vivieran anécdotas donde se los puso en duda más de una vez. “Cuando mi padre entra a trabajar al Ministerio de Educación, había un colega que era el doctor San Martín. En aquella época, no había intercomunicador, entonces el primer día le pide a la telefonista: ‘¿Me comunica con el despacho del doctor San Martín?, habla Manuel Belgrano’, a lo que le cortaban o le respondían con un chiste porque pensaban que las estaba cargando”, cuenta Ana María. Al hijo de Julio, que también se llama Manuel, lo mandaron a dirección del colegio porque su maestra pensaba que no quería decirle su nombre verdadero. “Yo en el colegio tenía una compañera de apellido Moreno, y como nos sentábamos juntas nos decían la Primera Junta”, agrega, por su parte, Adriana.
El peso del apellido
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