Enero sahariano. Empelotada realidad. Decir Kirchner da acidez. Abotonarse al Dakar, quemaneuronas. Se impone salir. De paseo. De viaje. De uno. Para estos casos "punta" cultivo hábito quemi edad mejoró: soy adicto al turismo de librería. Pasión que me rumbea (según ánimo del día) hacialibro antiguo o libro "de viejo". Son visitas furtivas, que vivo con expectativa de pescador dealtura. Paciencia en el buscar, súbita impaciencia al encontrar. Erótica entre el azar y mi ojo quecasi siempre me devuelve feliz a casa portando un volumen único, inclasificable, que irá al anaquelde los alimentos no perecederos.
Si merezco algún premio (Kónex abstenerse: soy Nokónex por vocación) deberían dármelo por mihabilidad en expedicionar en vetustas librerías y regresar a la realidad con libro ceniciento encuyos renglones discurre la "novedad" olvidada del mundo. Esa que la fenicia política megalibrera(salvo excepción) mantiene en segundo plano visual o arroja a las guillotinas cada dos meses si la"salida" del título se lentifica "por muy culto".
Créase o no, los libros pasan por cinta de producción no menos cruel que los pollos, obligadosal insomnio perpetuo para apurar la hora del sacrificio y venta. Y los autores por un escaneo quecopia métodos usados en los aeropuertos de hoy. ¡No sea que el original lo sea en serio y no lleguea vender 5000 ejemplares! Puede costarle el puesto al editor que se jugó por la literatura antesque por la Caja. No son ganas de extremar la nota: de venir hoy aquel joven norteamericano con suoriginal de "El sonido y la furia" le dirían "No, esto no va... Mejor tráiganos algo sobre elasesinato de Lincoln en el teatro, pero, eso sí, novelado como una policial ¿eh?"
El canon de la moda editora/librera actual pasa por privilegiar lo no original, lo facilista, locut/paste de donde sea, y de lanzar tontos libros inocuos que por sí solos confirman la cursileríafosforescente de su autor (¿sic?) como lo prueba titular su "obra" (¿sic?) de pretendida autoayuda"El combustible espiritual" (Dios nos guarde). La mejor autoayuda que antes y hoy puede encontrarseen los libros sigue esperando a su lector inquieto en cada línea de los autores que son clásicospor seguir siendo nuevos, pese a que los tiempos en que nacieron ya son viejos. Este alimento puedehallarse a la mano en las humildes librerías de viejo, de saldo y de anticuario. Espacios deincógnitas en cuyos caóticos, poblados estantes siempre hay un libro que de súbito lo sentimosnuestro espejo. De pronto (en papel biblia y precio regalado) nos recibe un libro tan inmenso ymoderno como “Banquete” (o simposio) en el que Sócrates se enfrenta con la vida, o“Fedón, en el que encara el arte de morir. Un Platón (cualquiera de estos dos) vale más quetodos los libros de autoayuda que pícaros editores/autores perpetran para el bienestar de susbolsllos.
El paisaje de las "librerías de viejo" es por lo general cochambroso. Puede que los ácarosprovoquen alguna tos. Pero dar con un título amado, y en edición feliz, es gracia que merecepagarse. Silencio, polvo, arañas (y hasta ratones lectores) cohabitan con dioses, mitos, utopías ylas más variadas fabulaciones. Allí no impera la moda del día sino la moda del tiempo. Nos esperanHomero, Cátulo, Chuang Tzú, Swift, Chesterton, Chejov y tantos más, dispuestos a trasladarse anuestra casa y ser confidentres amados cada vez que los hojeemos. En estos rincones mágicos anidael libro anónimo más importante del mundo. Nada se ha inventado más sagrado, democrático ydidáctico que este libro que no es ni la Biblia, ni el Talmud, ni el Corán, ni nuestraConstitución. Más: todos ellos son posibles por la existencia en la lengua primero, en el papel,después, de este previo escribano que registra el variado sentido del mundo. Este libro personal ycolectivo a la vez, sin el cual la mitad de nuestra vida sería impensable. El diccionario.
(*) Especial para Perfil.com




