Misiones, Posadas, Argentina. Una tarde de septiembre como cualquier otra. Tres adolescentesgolpean a otra. Ni siquiera hace falta una razón. Una pelea como cualquier otra. Otra justificaciónde la decadencia de la moral, la educación, el universo y la mar en coche. Pero una de ellas sacael celular de su bolsillo y comienza a filmar la trifulca. Luego sube el video a Internet y locomparte con sus amigas.
Ahí comienza el asunto. Las tres son menores de edad, estudiantes de secundaria de 16 y 17años. Entonces la jueza Correccional de Menores de Posadas, Marcela Leiva, no les da una condenapenal y efectiva. No: las obliga a continuar con sus estudios, a asistir a psicólogos ypsicopedagogos. Y ordena a sus padres que les prohiban el acceso a internet y a la telefonía celular por un año.
Nada fuera de lo normal. Una penitencia casi estándar en el mundo "moderno" en que vivimos.Hasta que una de ellas lo dice: “Prefiero 10 años de cárcel antes de que se me prohíban Internet y el celular. Tengocientos de amigos. ¿Cómo me comunico con ellos?”.
¿Está equivocada la jueza? Para que su fallo tenga sentido, los bienes de los cuales priva alas jóvenes -el celular, el acceso a internet- deben haber sido fundamentales en la comisión delcrímen. ¿Habrían golpeado a la otra chica si no era para filmarlo y publicarlo en Internet?
La pregunta no es fácil de responder en 2009, mucho más sin ayuda de las chicas.¿Acaso hacemos algo hoy que no quede plasmado en la red? ¿Cuánto queda de nuestra vida diaria queno tenga lugar en Facebook, Twitter o YouTube? ¿Tendría sentido la golpiza antes de la existenciade los blogs? La jueza entendió que sí, y las castigó de la forma que creyó más acorde, quitándoleesas herramientas.
No es el único ni el primer caso. En junio de 2008, dos adolescentes que agredieron a unempleado de un local de comidas rápidas para grabar y publicar el video fueron condenados a cumplirservicio comunitarios y a pedir disculpas públicas por YouTube. Como en una toma de judo, la condena usó el mismo medio del crímen para castigar, pero sinprohibir el acceso al mismo.
De todas formas, tres adolescentes se quedan sin Internet, y en su lugar pueden dedicarse aestudiar, mirar la TV o escuchar la radio. ¿Cuál es el problema? El problema sigue siendo que unade ellas prefiere diez años de cárcel a un año de incomunicación parcial. Y este servidor no puedemenos que coincidir, en el hipotético caso que Devoto instalara una red de wi-fi.
Las jóvenes acaso reciban un castigo ejemplar, tal vez crezcan como personas, incluso puedenllegar a reducirse las agresiones de ese estilo. No lo creo, pero todo es posible. Lo que no van atener esas tres chicas, al menos por un año, será una conexión al mundo, a su comunidad, a susamigos, y a una educación adecuada. Y eso sí, tal vez sea igual o peor que diez años de prisiónefectiva.
(*) Redactor de Perfil.com




