Rebeldes y revolucionarios comparten la misma enfermedad: no saben qué hacer cuando desapareceel enemigo. Mientras los conservadores ponen toda su energía en el acto de preservar el statu quo,aquellos que buscan cambiar al mundo son expertos en derribar paredes, no en construirlas. Por eso,aunque parezca increíble, los primeros suelen ser más astutos que los segundos. El conservador estáacostumbrado a perder, y el rebelde se siente incómodo al ganar. No bien el agua les llega alcuello, los guardianes de la moral y las buenas costumbres recogen el guante, aceptan la derrota, ysuman una nueva ley a su extenso catálogo de “permitidos”. Sin ir más lejos, es lo que está ocurriendo con los tatuajes.
A diferencia de la minifalda, el pelo largo en los hombres o el corto en las mujeres; todoshitos que marcaron un punto de quiebre en su momento, el tatuaje tiene una condición definitiva quelo convierte en trampa. De ahí que la legión de “rebeldes” que inyectaron una buenadosis de tinta en su cuerpo, anden desesperados buscando algún tipo de justificación filosófica queles permita sostener la dignidad del simpático e indeleble dibujito. Porque una cosa era llevar esamarca en la piel durante los años en que se lo asociaba a un conjunto de recios marginales, y otramuy distinta es hacerlo ahora; tiempo de aceptación masiva en el que hasta Tinelli estátatuado.
PATÉTICA REBELDÍA. Si los rudos marinos que popularizaron la costumbre detatuarse, resucitan y descubren que su nave pirata naufragó en David Beckham, seguro se arrancan lapiel con el garfio. En su evidente intención de dar vuelta la página, los actos de rebeldíaencierran una belleza conmovedora. Claro que no bien se estandarizan resultan patéticos. Más omenos parecido a comparar a Fidel Castro con el Che Guevara. ¿Quién se pone una remera con laimagen de Fidel? Hay que ser fanático para embanderarse detrás de la cara del viejo líder cubano. Yesto nos lleva a una cuestión de fondo. Empezando por la vida y terminando por el amor.
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(*) Publicista y filósofo.




