En junio de 2014 le di un mordisco al futuro: anduve unas semanas por la ciudad con los Google Glass, unos lentes que sobre mi ojo derecho agregaban una pantalla, una cámara y un micrófono. Podía leer mensajes, sacar fotos y dar órdenes con la voz, pero el aparato no entendía nada de lo que veía: era una computadora en busca de una inteligencia y de usuarios que supieran para qué usarla.
Trece años después, ese futuro vuelve a discutirse.
En la historia de la computación pasamos de perforar tarjetas a escribir comandos, de ahí al mouse y, durante los últimos veinte años, a tocar pantallas.
La próxima promesa es dejar de mirarlas.
Greg Brockman, presidente de OpenAI, dijo que la empresa trabaja en una familia de dispositivos y espera que la voz reemplace al teclado en la mayoría de las interacciones. Los rumores hablan de un primer equipo portátil, sin pantalla, parecido a un parlante del tamaño de un disco de hockey, con cámara y sensores para entender el entorno, y de formatos para vestir: un pin, un collar o un anillo.
Para eso, OpenAI compró por US$ 6.500 millones la empresa de Jony Ive, el diseñador original del iPhone, para darle un cuerpo a su inteligencia artificial.
Apple busca algo parecido. Se le atribuyen anteojos inteligentes, AirPods con cámaras para darle contexto visual a Siri y hasta un colgante con micrófonos y cámaras. Son rumores, pero apuntan al mismo lugar: una computadora que nos acompaña, escucha y observa todo el día.
Apple tiene algo que OpenAI todavía no consiguió: décadas de experiencia convirtiendo tecnología extraña en objetos que millones quieren llevar encima.
OpenAI, en cambio, tiene algo que Apple todavía no logró dominar: la inteligencia que puede darles sentido a esos sensores.
Por eso la pelea entre ambas importa. Y esta semana terminó de hacerse visible en un expediente judicial.
Apple demandó a OpenAI y a dos exempleados por la supuesta apropiación de secretos comerciales para acelerar su hardware. OpenAI lo niega, pidió que se desestime la causa y asegura que está construyendo algo "completamente nuevo". No sabemos quién tiene razón. Sí sabemos qué se disputan: el dispositivo que podría reemplazar al teléfono como centro de nuestra vida digital.
La relación suma una ironía. Siguen siendo socios: ChatGPT responde consultas desde Siri y depende de que Apple mantenga su app en la tienda. Al mismo tiempo, OpenAI intenta crear un producto que podría evitar que saquemos el teléfono del bolsillo para siempre.
La demanda produjo otra escena menos épica. OpenAI publicó los correos donde abogados externos de Apple mandan un reclamo a la persona equivocada tras confundir dos apellidos asiáticos, y asegura que Apple admitió que una conversación que decía haber mantenido nunca existió.
La pelea por el futuro de la computación empezó con un error de destinatario; capaz que todavía seguimos necesitando interfaces gráficas.
La voz también tiene un problema muy humano. Hablar cansa. Hablarle a una computadora todo el día puede ser cómodo en casa, un rato, e insoportable en una oficina, todo el día. Brockman mencionó unos bozales acústicos que cubren la boca para que nadie escuche; otros prototipos detectan vibraciones de la garganta para hablar sin emitir sonido. Todo con estética de utilería de una película de ciencia ficción de bajo presupuesto. Para él, su existencia prueba que la gente quiere hablarles a sus máquinas todo el día.
Meta ya vende una versión más aceptable de ese futuro. Sus anteojos IA pueden fotografiar, filmar, escuchar y responder preguntas sobre lo que uno tiene enfrente; incluso hay una versión con pantalla que probé hace unos meses en San Francisco: un déjà vu de Google Glass.
También reabrieron en Europa una discusión que Google Glass no resolvió: quien compra los anteojos acepta sus condiciones, pero las personas alrededor no aceptaron nada.
Google Glass hacía evidente la computadora: era raro, asimétrico y difícil de ignorar. Los nuevos anteojos quieren parecer normales. Es una mejora enorme para quien los usa y un problema para todos los demás. Esta discusión recién empieza.
El buscador especializado en privacidad DuckDuckGo explotó esa contradicción estos días: lanzó unos anteojos "antivigilancia" con batería infinita, cero cámaras, modo offline perfecto y ninguna notificación. El secreto: son anteojos de sol comunes, sin inteligencia artificial, micrófonos ni electrónica. Se agotaron en menos de una semana.
La broma funciona: la privacidad dejó de ser el estado natural de un objeto y se convirtió en una característica para destacar. La innovación radical pasa a ser quitar sensores y vigilancia.
Pero la privacidad es apenas una parte del precio.
Para cumplir lo que prometen, estos dispositivos de IA necesitarán saber dónde estuvimos, qué vimos, con quién hablamos y qué prometimos hacer. Podrán resumir una reunión, reconocer una cara, encontrar las llaves y avisarnos que olvidamos algo. Cuanto más observe, mejor funcionará.
Y eso también podría acostumbrarnos a no observar. A no prestar atención.
Sam Altman habló hace poco de un riesgo que llamó "atrofia cognitiva": dejar que la inteligencia artificial piense tanto por nosotros que nuestros músculos mentales empiecen a debilitarse. En una computadora de escritorio decidimos nosotros; en una que llevamos puesta, la asistencia puede volverse permanente e invisible.
La tradición convirtió al fruto prohibido en una manzana y lo asoció al conocimiento. Esta nueva fruta también promete saber más: recordar todo, reconocer todo y responder todo. Apple y OpenAI quieren que la computadora deje de exigir nuestra mirada.
La promesa es que mire con nosotros; el riesgo, que termine mirando y pensando por nosotros.
Quizás el próximo mordisco no sea a la manzana sino a la pantalla. Antes de probarlo, convendría preguntarnos qué estamos dispuestos a entregar a cambio. No sea cosa de que, esta vez, lo mordido seamos nosotros.





