En octubre de 2026, el principal diario esloveno, Delo, publicó una entrevista con Vid Cervek, quien había viajado por África durante años. El título lo dice todo: “Los africanos son conscientes de la bancarrota moral de Occidente. En realidad, los malos somos nosotros”. Estas son, además, las últimas líneas de la entrevista: “El individualismo es animalismo, y podemos superarlo mediante la colectividad. Ha llegado el momento de que aprendamos de África y no a la inversa. El proceso de colonización debe invertirse. África es nuestra medicina; en ella podemos encontrar una alternativa”.
La verdadera independencia africana consiste en poner en claro los hechos históricos
Esta entrevista resume acertadamente la postura antieuropea predominante entre los intelectuales y las élites políticas africanas: la democracia occidental y el individualismo no son para África, arruinan el entramado pluralista del modo de vida africano, la densa red de relaciones espirituales locales y de jerarquías sociales; en consecuencia, los africanos no deberían seguir el camino de la modernización europea, sino resucitar su modo de vida tradicional… Por eso no existe una filosofía africana: la filosofía solo sobrevive cuando la jerarquía social orgánica se está desintegrando. Por eso Sócrates es el primer verdadero filósofo: rechazó estar integrado en el orden social tradicional y eligió cuestionarlo radicalmente. Por eso los ciudadanos de Atenas hicieron bien en condenarlo a muerte, y Aristófanes también hizo bien cuando, en Las nubes, se burló brutalmente de Sócrates, quien se comporta como si viviera suspendido en el aire, sobre una nube, negando sus raíces en una tradición determinada.
Como filósofo, me opongo profundamente a esta perspectiva. Para empezar, creo que el primer paso hacia la verdadera independencia africana consiste en poner en claro los hechos históricos. Tomemos la esclavitud: nuestra primera asociación es con el Imperio británico y Francia secuestrando (o, mejor dicho, comprando a los monarcas locales) esclavos de África occidental y llevándolos a América. Si alguien menciona que los países musulmanes hicieron lo mismo a una escala mucho mayor (¡el último mercado de esclavos de Medina cerró en 1962!), inmediatamente se lo acusa de islamofobia… Por eso fue un acto de importancia excepcional que Ibrahim Traoré, líder de Burkina Faso y musulmán él mismo, quien denunció con dureza la persistente explotación financiera francesa de los países de África occidental, condenara abiertamente los siglos de esclavitud ejercida por las potencias árabes contra las sociedades africanas.
Sus declaraciones sin precedentes han provocado intensas reacciones en todo el mundo musulmán, donde los debates sobre esta injusticia histórica siguen siendo en gran medida un tabú. Las declaraciones de Traoré se producen en un momento en que las naciones africanas se muestran cada vez más dispuestas a recuperar sus propios relatos históricos. Al abordar este tema delicado, el líder burkinés ha adoptado una postura audaz sobre una cuestión que durante mucho tiempo ha sido omitida de los debates predominantes en muchas regiones de mayoría musulmana. El comercio transahariano de esclavos, que se prolongó durante más de mil años, implicó el traslado forzoso de millones de africanos desde sus tierras de origen para servir en las sociedades árabes. Este sistema brutal, anterior al colonialismo europeo, ha dejado profundas cicatrices en la memoria colectiva del continente. Los registros históricos indican que los comerciantes y los imperios árabes desempeñaron un papel significativo en la esclavización y el traslado de poblaciones africanas a través del norte de África y Medio Oriente. A diferencia del comercio transatlántico de esclavos, impulsado principalmente por las potencias coloniales europeas, el comercio de esclavos dirigido por los árabes se extendió durante siglos e involucró complejas redes de comercio y poder.
Al abordar este tema delicado, el líder burkinés Ibrahim Traoré ha adoptado una postura audaz
Deberíamos seguir el ejemplo de Traoré y extender nuestra crítica a muchas otras civilizaciones. Tomemos el caso de China, cuya política económica en África suele celebrarse como lo opuesto a la brutal colonización occidental: construyen autopistas y ferrocarriles, respetan las costumbres locales y nunca imponen sus propios valores a la población local… Sin embargo, el reverso de esta imagen idealizada es lo que no podemos sino llamar neocolonialismo chino. Para disipar cualquier ilusión sobre China, basta con echar un rápido vistazo a Myanmar: Myanmar es, en los hechos, una (pos)colonia china, y China aplica allí la estrategia poscolonial habitual de apoyar al régimen militar corrupto (recordemos cómo, durante las grandes protestas encabezadas por monjes budistas hace un par de años, el régimen militar fue salvado por la ayuda discreta de los asesores de seguridad chinos) a cambio de tener libertad para explotar los vastos recursos naturales de Myanmar.
Se ha escrito mucho sobre cómo se tergiversa la universalidad de los derechos humanos
Hoy, las críticas anticolonialistas a Occidente, provenientes de fuentes tan dispares como el grupo islamista radical nigeriano Boko Haram y Vladímir Putin, se manifiestan cada vez más en el rechazo de lo que denominan la confusión sexual occidental y en la exigencia de regresar a una jerarquía sexual “tradicional”.
Por supuesto, soy plenamente consciente de que la exportación del feminismo occidental y de los derechos humanos individuales puede servir como instrumento de neocolonialismo ideológico y económico (basta recordar cómo algunas feministas estadounidenses apoyaron la intervención de Estados Unidos en Irak como una forma de “liberar” a las mujeres de ese país: como sabemos ahora, el resultado fue exactamente el contrario). Pero, aun así, debemos rechazar de manera absoluta la conclusión de que los izquierdistas occidentales deberían alcanzar alguna clase de “compromiso estratégico” por el cual se toleren silenciosamente las prácticas de humillación y persecución de las mujeres y los homosexuales en nombre de una lucha antiimperialista “superior”.
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Se ha escrito mucho sobre cómo se tergiversa la universalidad de los derechos humanos universales, sobre cómo estos privilegian secretamente los valores y las normas culturales occidentales (la prioridad del individuo por sobre su comunidad, etcétera).⁴ Pero a esta observación deberíamos añadir que la defensa multiculturalista y anticolonialista de la multiplicidad de “modos de vida” también es falsa: encubre los antagonismos que existen dentro de cada uno de esos modos de vida particulares y justifica actos de brutalidad, sexismo y racismo como expresiones de culturas específicas que, según insisten los multiculturalistas, no tenemos derecho a juzgar con valores “occidentales” ajenos. La verdadera universalidad concreta no es un conjunto de rasgos nobles compartidos por todas las culturas; es el vínculo secreto y la interdependencia entre los antagonismos que caracterizan a cada cultura o modo de vida particular. Este vínculo abre el camino hacia la universalidad de las luchas, hacia la conciencia de que todas nuestras luchas emancipadoras forman parte de una misma lucha global. De este modo también surge una nueva comunidad que supera el individualismo abstracto. La primera figura de esta comunidad fue la noción cristiana del Espíritu Santo: una comunidad de creyentes que funciona al margen de la jerarquía social tradicional. Llevado al extremo, un partido comunista es una de las formas de esa comunidad.
La defensa multiculturalista de la multiplicidad de “modos de vida” también es falsa
¿Deberíamos entonces aprender de África? Sí, deberíamos hacerlo: la lección que tendríamos que extraer es que regresar a unas raíces auténticas (en su mayor parte imaginarias) nunca es el camino para liberarnos de la desorientación del capitalismo global actual. El único camino hacia la emancipación pasa por el punto cero de la destrucción capitalista de las raíces sustanciales. Marx tenía razón: hoy, las líneas del Manifiesto comunista sobre cómo el capitalismo es, por su propia naturaleza, un proceso de desarraigo son más actuales que nunca:
“En lugar del antiguo aislamiento y la autosuficiencia locales y nacionales, tenemos relaciones en todas las direcciones, una interdependencia universal de las naciones. Y lo mismo ocurre con la producción material que con la intelectual. Las creaciones intelectuales de las naciones individuales se convierten en patrimonio común. La unilateralidad y la estrechez de miras nacionales se vuelven cada vez más imposibles y, de las numerosas literaturas nacionales y locales, surge una literatura mundial”.
¿Acaso esto no describe, más que nunca, nuestra realidad actual? Además, ¿no ocurre lo mismo con todas las formas de identidad étnica y sexual? ¿No deberíamos complementar la descripción de Marx en este sentido y añadir que también la “unilateralidad y la estrechez de miras” sexuales se vuelven cada vez más imposibles, que también en lo que respecta a las prácticas sexuales “todo lo sólido se desvanece en el aire, todo lo sagrado es profanado”, de modo que el capitalismo tiende a reemplazar la heterosexualidad normativa estándar por una proliferación de identidades y orientaciones inestables y cambiantes? Pensemos en aquellos críticos del patriarcado que lo atacan como si todavía fuera una posición hegemónica y convenientemente ignoran un detalle del primer capítulo del Manifiesto comunista: “La burguesía, allí donde ha alcanzado el poder, ha puesto fin a todas las relaciones feudales, patriarcales e idílicas”. ¿No ha llegado el momento de empezar a preguntarnos por qué la crítica del “falogocentrismo” patriarcal, etcétera, fue elevada a objetivo principal precisamente en el momento histórico actual, cuando el patriarcado perdió definitivamente su papel hegemónico y está siendo progresivamente barrido por el individualismo de mercado basado en los derechos abstractos?
La referencia a los valores tradicionales permite a los individuos justificarse éticamente
A esto solo tenemos que añadir que el capitalismo global no empuja automáticamente a todos sus sujetos hacia un individualismo hedonista y permisivo, y que el hecho de que, en muchos países que ingresaron recientemente en la senda de una rápida modernización capitalista (como India), muchos individuos sigan aferrados a las llamadas creencias y éticas tradicionales (premodernas) (valores familiares, rechazo del hedonismo desenfrenado, fuerte identificación étnica, preferencia por los vínculos comunitarios por encima de los logros individuales, respeto por los mayores…) no demuestra en absoluto que no sean plenamente “modernos”. Como si las personas de Occidente liberal pudieran permitirse una modernización capitalista directa y plena, mientras que las de los países menos desarrollados de Asia, América Latina y África solo pudieran sobrevivir al embate de las dinámicas capitalistas gracias a las muletas de los vínculos tradicionales; es decir, como si los valores tradicionales fueran necesarios cuando las poblaciones locales no son capaces de sobrevivir al capitalismo adoptando su propia ética liberal, hedonista e individualista. Los teóricos poscoloniales de los “subalternos”, que ven en la persistencia de las tradiciones premodernas una señal de que el capitalismo global y su modernización violenta desarticulan los vínculos tradicionales, están profundamente equivocados en este punto: por el contrario, la fidelidad a los valores premodernos (“asiáticos”) es, paradójicamente, precisamente lo que permite a países como China, Singapur e India seguir la dinámica capitalista de manera aún más radical que los países liberales occidentales. La referencia a los valores tradicionales permite a los individuos justificar éticamente su participación despiadada en la competencia del mercado (“En realidad, lo hago para ayudar a mis padres, para ganar suficiente dinero y que mis hijos y mis primos puedan estudiar…”).
Hay un chiste bastante vulgar sobre Cristo (que, dicho sea de paso, me contó un palestino cristiano durante mi visita a Ramala hace aproximadamente una década). La noche anterior a su arresto y crucifixión, sus seguidores empezaron a preocuparse: Cristo todavía era virgen, ¿no sería bueno que experimentara un poco de placer antes de morir? Entonces le pidieron a María Magdalena que fuera a la tienda donde Cristo descansaba y lo sedujera. María dijo que lo haría con mucho gusto y entró, pero cinco minutos después salió corriendo, gritando, aterrorizada y furiosa. Los seguidores le preguntaron qué había salido mal, y ella explicó: “Me desvestí lentamente, separé las piernas y le mostré mi coño a Cristo; él lo miró, dijo: ‘¡Qué herida tan terrible! ¡Hay que curarla!’, y apoyó suavemente la palma de su mano sobre ella…”. Así que cuidado con las personas demasiado empeñadas en curar las heridas ajenas: ¿y si uno disfruta de su propia herida? Del mismo modo, curar directamente la herida del colonialismo (lo que equivaldría, en los hechos, a regresar a la realidad precolonial) habría sido una pesadilla: si los africanos de hoy se encontraran en su realidad precolonial, sin duda habrían lanzado el mismo grito aterrorizado que María Magdalena.
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Notas
Delo, suplemento del sábado, 30 de octubre de 2026, pp. 18-21 (en esloveno).
https://fasonews.info/burkina-fasos-president-challenges-historical-narratives-on-arab-slavery/
Para un análisis crítico detallado del feminismo liberal dominante, véase Nancy Fraser, Fortunes of Feminism, Londres: Verso Books, 2013.
Véase, por ejemplo, Costas Douzinas, Human Rights and Empire, Nueva York: Routledge, 2007.










