Ficciones

Ficciones
28-07-2026 | 13:21

Setenta millones de chinos arman sus blogs todos los días en esa galaxia de 1.200 millones dehabitantes que viven en la república popular fundada hace sesenta años. Setenta millones, unacolosal blogosfera.

No hay cifras válidas para una Argentina de cuarenta millones, pero una evaluación aproximativaproyectaría a dos millones los blogueros de este país, mucha gente emitiendo, afirmando,desmintiendo, opinando.
Eso es bueno y no es un tema menor, confinado al estrecho mundo de los lunáticos de latecnología. En sociedades no democráticas como la china, tamaña deflagración de subjetividadesrediseña el entero universo político. Si en 1970 el presidente Richard Nixon asombró al mundoreconociendo a China y abrazando a Mao, hoy tamaña epopeya de secretividad sería inimaginable porla fenomenal penetración de las redes sociales que perfora la corteza burocrática de losautoritarismos.

Este cosmos bloguero no es neutro ni inocuo. Lo pueblan seres intensos y muy personales,escépticos, inquisitivos, curiosos y muy poco dóciles. Suelen estar muy convencidos de la justezade sus afirmaciones. Manejar un blog sin haber habitado jamás una redacción los convierte enoperadores muy viscerales de sus nuevos menesteres.

En una reciente columna en The New York Times, Thomas Friedman asegura que esos setenta millonesde blogueros chinos son más enfáticos que nunca y que, además, exhiben un rasgo claramentepopulista y nacionalista. ¿El ocaso de la colosal maquinaria del comunismo chino? Hoy, tal vez no,¿pero mañana sí? Sin elecciones plurales y democráticas, estos blogueros asiáticos se convierten en“la voz del pueblo”.
En sociedades cerradas, la blogosfera se nutre de una generación escolarizada por un Estadotodopoderoso. Ese Leviatán ha formateado cabezas y sensibilidades que, ahora, asomadas a la ventanainfinita de Internet, se valen de sus propias voces y a escala global. Dice Friedman queadquirieron “sus propios megáfonos”.

No es, ni será, una transformación ideológicamente asexuada. Desde esta práctica, eminentementesolitaria, el francotirador de la democracia digital está en libertad de denunciar a cualquiera y atodos, y hacerlo desde la irascibilidad más obtusa. Traidor, quebrado, mercenario, empleado delmes, operador: todo epíteto vale en un mundo en el que la vieja frontalidad a cara descubierta delos medios ha sido reemplazada por imputaciones irresponsables de sicarios anónimos que, en lugarde poner bombas, “postean” disparates u ofensas.

Claro, glosando las descorazonantes palabras de Héctor Timerman, en simpatía con la ominosaamenaza de Hebe Bonafini al periodista Joaquín Morales Solá, un “twitt” no es lo mismoque un balazo. También es cierto que la blogosfera surgida de democracias indigentes (como laargentina) no se maneja así solamente tras el noble objetivo de asumir una soberanía informativaque favorezca a los ciudadanos. Antes bien, colabora y propicia contextos sólo propicios a losaltos voltajes emocionales.
Son pistolas simbólicas cargadas con munición pesada, en manos de gente propensa a escenariosconspirativos y a las fábulas más disparatadas.

Mientras no ceja en su alucinada conflictividad con los medios preexistentes, alegandoinfructuosamente que lo hace en procura de mayor “diversidad” de ideas, el gobierno delos Kirchner no ha hecho otra cosa que difuminar en el ambiente una peligrosa cantidad de elementosquímicos altamente inestables. Al diseminarse en la cotidianidad, estos tóxicos tienen la facultadde inflamar e incendiar realidades y relaciones. Así, la Presidenta califica de“tutelada” a la democracia existente en la Argentina. Bate el parche de la ampliacióndel espectro de voces y estimula una guerrilla digital vociferante.

Desde el Gobierno, han creado con relativo suceso la ficción de un escenario transformadoramenazado por la conjura mediática tradicional. Se posicionan como un gobierno poblado de cuadrosjugados al cambio profundo. Por eso, ella pide que la consideren una “militante”, nouna simple presidenta (“quien haya puesto la televisión para escuchar a la Presidenta, que laapague. Acá estoy como militante peronista. Soy una más”, exigió en el Luna Park elmartes).

A todo voltaje y con los decibeles más altos, se propone convencer a la Argentina de que estamosviviendo una inexistente situación pre revolucionaria, patética parodia ficcional en donde sobranpalabras y escasean hechos. Por eso, porque este presente es pasado y vamos hacia un futuroventuroso, la Presidenta arroja su diagnóstico improbable: “Así como hasta hace poco habíademocracia condicional con leyes de impunidad, hoy todavía tenemos una democracia tutelada hastaque haya una total libertad de expresión”.

El pasado es el núcleo del acero del pensamiento oficial. Lo manipula con fruición y lo formateaa su gusto. Les dice a sus arrobados militantes que ella integró “la juventud maravillosa,esa juventud que fue masacrada”. ¿Cuál? ¿La que mató a Rucci en 1973 y asesinó a diezconscriptos en el regimiento de Formosa en 1975?

Aunque se ufana de que “nunca hubo la libertad de hoy en nuestro país”, como sifuera una deuda de la Argentina con ella, de inmediato se le arremolinan las furias y denuncia una“inmensa impunidad mediática”. ¿En qué consiste tal “impunidad” en un paíscuyo gobierno terminará 2010 habiendo gastado unos 2 mil millones de pesos en propaganda? Diceella: “A nosotros nos interrogan”, pero a los dirigentes de la oposición “sóloles ponen el micrófono para que hablen y nadie les repregunta nada”.

Una ficción pesadillesca configura el léxico y los estereotipos oficiales, acuñados desde unainsondable soberbia a partir de la cual, no se sabe si para enorgullecerse o apesadumbrarse,cavila, retóricamente la Presidenta: “¿En qué otro momento de la historia argentina se havisto en radio o TV insultar con tanta elegancia y soltura a quien ejerce la primeramagistratura?”. El remate es un espasmo de paroxístico corte maradoniano: “¡Qué sigancriticando, que sigan!”. Así es como están las cosas.

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