El propósito fue logrado. Presentar los tiempos negros a partir del 24 de marzo de 1976exclusivamente como un genocidio por parte del terrorismo de Estado, que tuvo como víctimas ajóvenes idealistas encuadrados en la guerrilla urbana, sobre todo Montoneros. Esa es la historiaoficial que consiguieron imponer en el conocimiento de las nuevas generaciones, componiendo unainterpretación parcializada e interesada que no deja otro matiz que el negro versus el blanco, yque deja afuera a exiliados, censurados, doblegados y otros victimizados.
Los gobiernos Kirchner han colaborado con este aspecto sesgado de la memoria, enfocado en laexclusiva exaltación de los integrantes de la guerrilla y dejando de lado a quienes se opusieron ala ominosa dictadura del Proceso sin coincidir con Montoneros, desde posiciones democráticas yprogresistas. Fueron éstos, sin duda, la enorme mayoría de los desaparecidos y de los exiliadosinteriores y exteriores. Los montoneros no superaron el diez por ciento de las víctimas, pues elnúmero de sus activistas llegó a ser sólo de algunos miles, por otra parte tenían organización yestructura de clandestinidad a diferencia de quienes se desempeñaban en superficie.
De lo que se trata es de sostener a ultranza el paradigma agobiantemente dominante en losúltimos años que transforma en heroísmo sin autocrítica (la teoría de “la juventudmaravillosa”) lo que debería ser la aceptación de que las propuestas y las acciones de laguerrilla urbana de los setenta se prestan a la polémica y a la revisión histórica pues tuvieronuna elevada dosis de trágico error como el asesinato de José Rucci en democracia o la insensata“contraofensiva” que segó la vida de muchos jóvenes. Además, “la sangrederramada” fue negociada en los encuentros entre Firmenich y Massera en España –de loque puedo dar cuenta pues estaba exiliado en Madrid–, en una de las tantas, sospechosamentedesatinadas, decisiones de la cúpula dirigencial ‘montonera’.
Estos conceptos no desmerecen en absoluto la entrega de quienes creyeron que la vía de laguerrilla urbana era la más adecuada para terminar con el totalitarismo e ingresar en lademocracia. Pero es hora ya de reconocer que ésta no era el objetivo de la cúpula montonera, comose reveló cuando ya con Perón en el gobierno, elegido en elecciones democráticas, continuaron consu violenta apuesta a una sociedad totalitaria que pretendían socialista. Esta fue una de lasprincipales dificultades del gobierno de Perón, quizás también desencadenante de su muerte, y deldebilitamiento y consiguiente caída del gobierno deficitario pero constitucional de la señora dePerón, envuelto en el caos de la violencia especular de la Triple A y de la guerrilla montoneraque, sumada a la sospechable crisis económica, asfaltó la pista de aterrizaje del ominoso Procesode Reconstrucción Nacional.
La obstinada y no ingenua reivindicación de la lucha armada deja de lado a la gran mayoría dequienes se opusieron a la dictadura cívico-militar por otros medios, por ejemplo a los dirigentesgremiales combativos, a los dirigentes estudiantiles y universitarios, a los profesionales eintelectuales progresistas, víctimas de la “guerra” contra una supuesta subversiónmarxista, las fuerzas represivas azuzadas y “justificadas” por acciones de guerrillaurbana en un mecanismo en que unas y otras se necesitaban para autojustificarse.
En el caso del terrorismo de Estado, una vez que la guerrilla fue aplastada y sus integrantesasesinados o escapados fuera del país, incapacitado de detener su bulimia de“subversivos” hizo víctimas a mujeres y hombres democráticos que no coincidían con laguerrilla y por ende no contaban con la protección de la entrenada clandestinidad de la“orga”. Fueron víctimas chupadas de sus hogares y de sus trabajos, no pocos por figuraren alguna agenda o por denuncias motivadas por odios privados. Otras acciones fueron iniciativas“comerciales” con el fin de apropiarse de capitales o propiedades de supuestosinsurrectos al servicio del ‘trapo rojo”.
Es curioso pero la “historia oficial de los 70” es funcional a la versión de la“guerra” sostenida por los partidarios del Proceso pues al dar a entender que lostreinta mil desaparecidos eran todos guerrilleros confirmarían que se trató de un verdaderoejército.
Dicha versión es impiadosamente injusta con quienes perdieron sus trabajos o sus estudios,quienes padecieron su inclusión en las denigrantes “listas negras” que impedían aartistas e intelectuales desarrollar sus vocaciones y talentos, quienes se “quebraron”por el terror y nunca fueron lo que pudieron haber sido. Tampoco se ha reconocido a las decenas demiles de quienes debieron marchar al exilio, por persecución, por temor o por prudencia. Son muchoslos que aún viven lejos, imposibilitados de regresar a una patria que debería llamarlos yrecibirlos, padeciendo el inevitable extrañamiento y melancolía, y a quienes debería reconocérselesuna parte de la tragedia.
¿A quién sirve esta radicalización de la memoria? ¿Este exaltar la muerte como sinónimo derepublicanismo democrático? Sirve a los ex partidarios de la lucha armada encaramados hoy enpuestos de la política burguesa a la que antaño combatían, quienes de esa manera se convencen ytratan de convencer a los demás, en especial a los jóvenes post dictadura (y debemos reconocer queen gran medida lo han logrado), que ellos han sido exclusivos protagonistas de una supuesta páginade gloria en nuestra historia.
También esa radicalización de la memoria en los extremos de “asesinos” y“asesinados” disuelve las culpas de los muchos, lamentablemente fueron muchos, quefueron colaboracionistas de la dictadura: los que se desempeñaron en cargos nacionales,provinciales y municipales, los que firmaron cesantías sin que les temblara la mano, los quecensuraron libros y películas, los que escribieron listas de sospechosos, los que firmaronartículos que justificaban atrocidades, que no pertenecieron a ninguna de las dos categoríasextremas señaladas pero que fueron funcionales al terror. Sin hablar de los que se dedicaron a laespeculación financiera o a los viajes del “deme dos”, haciendo oídos sordos a losgemidos de los torturados.
Conclusión: al homenaje a las víctimas de la represión del Proceso le falta la confesión deque la lucha armada fue un proyecto equivocado que arrasó con la vida de muchos jóvenes valientes ybien intencionados y que no permitió, durante años, el desarrollo de estrategias alternativas ydemocráticas que fueron, a la postre, las que consiguieron derribar a la dictadura.
Le falta también el reconocimiento de que la inmensa mayoría de los desaparecidos y el grueso dela oposición a la dictadura no compartía las tesis ni la praxis de las organizaciones armadas, lasque, con su accionar insensato, daban pretexto al genocidio de todos los que molestaban al Procesobajo la calificación de “subversivos”.
Asimismo, le falta un saludo a quienes no merecen el demérito por haber sobrevivido a larepresión pero que la padecieron como censurados, exiliados o acorralados.
Es hora ya de comenzar a cuestionar esa “historia oficial” hecha a la medida dealgunos que así evitan la sinceridad de la autocrítica.




